"Si tengo que elegir entre la justicia y mi madre, me quedo con mi madre." Siempre he admirado esa frase valiente de Albert Camus, una frase que le valió el repudio de toda la progresía francesa -con Sartre al frente- que durante aquellos turbulentos años apoyaba sin condiciones a los sublevados argelinos contra el gobierno francés.
A Miguel Hernández, enfermo en la cárcel, se le ofreció la posibilidad de un tratamiento médico que le habría salvado la vida. Se le pedía a cambio que escribiera una loa al Caudillo como prueba de buena voluntad. Él rechazó la oferta y su muerte dejó en la indigencia a su esposa y a un hijo de pocos años.
Desde que me enteré de ella, esta actitud de poner ideología y orgullo personal por encima de la felicidad de aquellos a los que amas siempre me ha parecido una muestra del más reprobable fanatismo. Celebro el centenario del poeta, del artista; pero dejadme que no comparta la opinión ni la alegría de todos aquellos que nos quieren presentar su figura como ejemplo de conducta cívica y de rectitud ciudadana digna de imitar por la generación joven.
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