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lunes, 21 de enero de 2008

Rico en Paz

Cuando por los años setenta empecé a ir al cine "en serio", como era de rigor entre los jóvenes progretas de la época, me aficioné a ver todas las películas del italiano y del alemán que aparecían por las dos salas "de arte y ensayo" de Salamanca. Esas películas del primer Bertolucci, los hermanos Taviani, Fasbinder, Herzog, han envejecido mal, con alguna contada excepción; salvo por el hecho de pertenecer a la "memoria histórica" de gente como yo, carecen de mucha vigencia en el mundo de hoy. Una de ellas Aguirre, la cólera de Dios, quizá se encuentre entre las excepciones de las que hablo.

De esta tremebunda película me he acordado más que nada por una cosa: porque ningún columnista periodiquero ha tenido la ocurrencia -y mira que ya es raro- de titular así alguno de los artículos con los que nos han apedreado mientras nos ponían al tanto del último rifirafe de los protagonistas del estrellato de la rutilante derecha política de nuestro país. Por lo que dicen, los monosabios de la cuadrilla de Felipe González le apodaban "Dios"; quizá suceda algo parecido entre los de Rajoy, y así el uso de la frase vendría como de molde, que dirían nuestros clásicos.

No voy a comentar la noticia en absoluto, y eso es porque sé que los que leéis esto estáis más al hilo de los detalles -y del bulto- que yo mismo. Si he seguido más o menos la agarrada mediática que han protagonizado la visorreina de los Madriles populares, doña Esperanzita Aguirre y Gil de Biezma, y un muchachín con cara de recién salido de la secretaría general del SEU, Alberto Ruiz Gallardón, ha sido más que nada por lo que sigue.

Hace unos días, en una de las conversaciones que sobre política tuve con mi madre -yo creo que en el fondo no tratamos de otra cosa- ella me contó: "Todas las mañanas escucho a un chico en la radio que habla tan bien: me recuerda a ti. Creo que habéis estudiado lo mismo. Qué pico de oro". Cuando regresé a mi casa lo primero que hice fue, claro, buscar la emisora del "chico del pico de oro" y escucharle una semana entera. Pasada esta obra penitencial, aunque valor yo creo que no tengan demasiado, os voy a poner al tanto un poco de mis conclusiones.

Las cosas que este señor cuenta obviamente son terribles y yo no me veo con medios ni capacidad para poder discernir si se trata de cuestiones realmente fundamentadas o no. Sólo se me ocurre aquí hilar algunas formulaciones de lógica elemental, de esas que aprendíamos en el bachillerato. Si, como él asegura, sus acusaciones son verdad de la buena, y, por tanto, vivimos en una sociedad gobernada por gentuza criminal que no para en barras -ni muertos- para llegar al poder y mantenerse en él, si soportamos una judicatura corrupta y unos cuerpos de seguridad no menos venales, ¿cómo es que la oposición no se subleva de forma unánime, organiza un escándalo en todos los foros internacionales denunciando tanta infamia o, más simplemente, no se lanza al monte, a la guerra civil, sin más miramientos ni espera? Motivos habría de sobra: en ese caso contarían con mi apoyo y con el de la mayor parte de la buena ciudadanía de nuestra tierra, me imagino. Pero, por otro lado, si realmente todo lo que se sostiene mañana tras mañana en esa emisora es falso y carente de fundamento, ¿podrá imaginar alguien desvergüenza más grande? Si esta segunda hipótesis fuera la cierta, las personas que hacen posible día a día tanto despropósito, tanta ignominia -la Iglesia Española y la derecha política nacional, que calla, y por tanto, otorga- ¿no merecerán el desprecio, el repudio más brutal de toda la gente de la nación por tanta sevicia?

Nada más, eso es todo lo que se me ocurre: quizá alguno de mis lectores sepa iluminarme y sacarme de este laberinto. Sólo me queda un detalle: en germánico Fried-rich significa "rico en paz". ¡Ah! otra cosa y ya acabo: para los que amamos lo más hermoso de la verdadera cultura de nuestro país Federico, así, a secas, sólo hay uno, y ése es irrepetible. Lo acabó matando la misma gentuza despreciable que jaleaba las intervenciones, brillantísimas, que, a golpe de botella, iba desgranando el general Queipo de Llano desde los piadosos micrófonos de Radio Sevilla.






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martes, 30 de octubre de 2007

Beatus Ille

El domingo pasado la iglesia católica beatificó a varios centenares de mártires de la Guerra civil española. Informaré a los pocos que no lo sepan que soy un gran aficionado a la hagiografía: años atrás lo primero que hacía al despertarme era tomar el santoral de Sellner y leer el relato de la vida del bienaventurado al que se dedicaba la fecha. Los hay de todo tipo: divertidos, sorprendentes, surrealistas incluso. Mi preferido es aquel del joven noble que, obligado a casarse contra su voluntad, la noche de bodas, un instante antes de consumar el matrimonio mira a su desposada y le dice: "Oye, ¿qué te parece si en lugar de pecar nos encomendamos a san José?". Siento mucho no acordarme del nombre de ese benemérito caballero, pero prometo buscarlo e incluir su referencia.

Existen patrones de, contra y a favor de cualquier cosa: yo soy parcial de san Simón y san Judas (contra las malas mujeres viriles, [¡líbranos señor!]) y de santa Ágata (contra las heridas del recto [otro tanto de lo mismo] ), aunque también guarde devoción a santa Notburga (del reposo laboral), Conrado (contra el trabajo duro [es posible que, por desgracia, se trate de un error del pobre Sellner]), san José Copertino (de los astronautas y los célibes), santa Bibiana (de los bebedores [único vicio que para la iglesia católica merece santo]), san Porciano (de los enfermizos, entre los que afortunadamente me encuentro), santa Clara de la Cruz (de los patizambos, a los que, también por suerte, creo no pertenecer).

Es posible que mi afición por el santoral venga favorecida por los cuatro patrones que me acompañan y protegen en mis correrías por el mundo: Santiago, el Menor; San Jorge de Capadocia; San Martín de Tours y San Cipriano de Antioquía: dos alquimistas (san Jorge no es sino uno muy bien disimulado), un aficionado a los libros (Santiago, hijo de Alfeo) y un cuarto del que no hace falta dar referencias. Con todo, y a decir verdad, lo que más me agrada del lote con el que voy por la vida es el que, de cuatro, sólo uno es mártir probado (el santo de Capadocia tiene todas las papeletas para ser apócrifo). Y digo todo esto porque, si algo no puedo soportar, -pido disculpas a quien se sienta ofendido- son las historias de martirios.

Sé que me tengo que explicar. Asesinatos por causas de conciencia siempre han existido y qué duda cabe de que los primeros cristianos los sufrieron: es lógico que la Iglesia posterior reivindique su martirio y hasta que lo ensalce. Pero -lo siento mucho- esas efusiones continuas de sangre, huesos crujientes y carnes humeantes me parecen excesivamente irreales y su relato cercano al morbo más cutre. No afirmo que sean todas ellas producto de la imaginación de los apologetas, -de cualquier modo nunca se podrá comprobar a ciencia cierta- pero pienso lo mismo que un cura joven con el que tuve una conversación muy interesante acerca del sacramento de la penitencia: "Mira, si una feligresa viene y confiesa que ha pecado contra el sexto, le pregunto cuántas veces y basta. No hace falta que me dé más detalles." Pues eso.

Me parece muy, pero que muy bien, el que la Iglesia organice todas estas ceremonias de masas en Roma: para eso está y para eso ha estado siempre. Personalmente pienso como los modernistas: el mayor atractivo del mundo católico es el rito. Sin él toda la cristiandad se vería ahora luterana. He leído, por ejemplo, que se les critica por no haber reconocido también como mártires a las víctimas a manos del bando nacional. Es su elección dentro de su ámbito y, como cualquier otra no impuesta al resto de la ciudadanía, respetable. Claro está que los miembros del Real Madrid son libres de dar la medalla de oro y diamantes del club a quien les venga en gana, y que los socios del Atlético, por ejemplo, nunca irán a meter la cuchara en asuntos internos del equipo merengue.

En resumen, las cosas de la Iglesia católica son problema de sus miembros, y nadie más que ellos tiene derecho a criticar sus actividades de puertas para dentro. Punto. Eso sí, nunca hay que olvidar que la recíproca también cuenta: yo, como persona ajena, no tolero que ningún directivo de ese club privado vaticano -ningún obispo, vaya- se venga a meter en mi conciencia, la evolución política de mi país, la moral de mi sociedad o mi comportamiento de alcoba, faltaría más. Iré más lejos: a estas alturas de la historia, una asociación civil que practica en su seno discriminación reconocida contra mujeres y homosexuales, por ejemplo, carece de estatura ética para dictar lecciones de civismo. Esta realidad se debería recordar machaconamente tras cualquiera de las diatribas sociales que emite periódicamente la Conferencia episcopal española.

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