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miércoles, 18 de agosto de 2010

Vivir en el alambre


- Bonitas las montañas de Shinshu al amanecer. Lástima de cables...
- ¿Qué cables?
- Los cables del tendido eléctrico de delante de las montañas, ¿no los ves?

Hombre, pues si me lo dicen, los veo; pero llevo un tercio de mi vida en esta tierra: o te adaptas a lo feo, o te mueres de asco.

Decía una amiga americana que se podía acostumbrar a los terremotos, a la comida, al verano y a no entender ni patata del idioma, pero que que a la fealdad del país, jamás. En comparación con nuestras tierras europeas, el paisaje de las ciudades de Japón -salvo contadas excepciones- es feo, pero feo con ganas: no sé si existirán leyes y planificaciones urbanísticas, pero si las hay se disimulan muy bien. He visto construir rascacielos mostruosos en el campo, entre arrozales, en mitad de una zona residencial de coquetas casas de dos plantas; he visto talar arboledas centenarias para construir apatos canijos y cochambrosos... Y sobre todo he visto por todas partes los cables, los omnipresentes cables.

Según sabemos por los documentales y las fotografías de antes de la Guerra, este país era un rincón delicioso del mundo. En las últimas seis décadas sus habitantes lo han destrozado sin ningún escrúpulo ni casi remordimiento. ¿Podría haber sido de otra manera? Sí: en los años setenta tuvieron la ocasión: durante un período largo de bonanza económica los recursos con los que contaba este país eran fabulosos. En lugar de tomar la decisión por la que siempre han optado británicos o franceses, o sea, emplear capital en conservar el paisaje, decidieron ponerlo a trabajar en inversiones en el extranjero o, sencillamente -algunos gobiernos provinciales- en atesorar reservas de oro que guardaron bajo siete llaves en las autocomplacientes instituciones financieras de la época.

¿Tendrá solución este estado de cosas? A la larga, por supuesto; pero haría falta una voluntad firme de la ciudadanía, voluntad que tendría que pasar por la renovación del sistema político nacional. ¿Mucho pedir? Pues claro, pero no hay otra...


viernes, 28 de mayo de 2010

Hoy las palabras sobran


Afp para El Mundo








¡Por fin tenemos el iPad!









jueves, 20 de agosto de 2009

Embarazoso


Leído en El País :
"Grupos provida podrán asesorar a embarazadas con dinero de la Xunta"
Las mujeres que hayan sido embarazadas con dinero de otras entidades, obviamente, no podrán recibir asesoramiento...


miércoles, 5 de agosto de 2009

Oh, feliz adolescente...


Ayer el vecino llamó a la puerta: venía a traernos un panfleto del Jiminto, el partido que ha gobernado Japón durante los últimos sesenta años y que, según dicen las encuestas, se llevará un batacazo en las próximas elecciones. 
La candidata para nuestra circunscripción es una treintañera recién salida del horno con másters en universidades americanas, doctorado en una de las más prestigiosas de Japón... asusta su currículum en una mujer tan joven. Como sucede en muchos de estos casos, es hija de político. Si tiene suerte, heredará el escaño de su padre.
Cuando llegué a estas tierras el parlamento parecía un geriátrico; los diputados bisoños intentaban camuflar su condición. Hoy, en el panfleto de la candidata de marras, además de su nombre aparece sin ningún pudor y en letras bien grandes su edad: 31 años. O tempora, o mores...


domingo, 21 de diciembre de 2008

La gran Pepita Grilla


Aquí tenéis (a partir del minuto 47) una entrevista con Rosa Díez en la que se desmontan los argumentos de nuestro Presidente del Gobierno, el Sr. Rodríguez, acerca de la supuesta imposibilidad de la disolución inmediata de los ayuntamientos vascos y navarros gobernados por asesinos. Yo no puedo encontrarle ningún pero a su argumentación: si alguien sí, se ruega que haga uso de la obra de caridad pertinente (Enseñar al que no sabe). 
Tenéis una semana para ver la entrevista; luego TVE la borra de su página electrónica. Una pena...


jueves, 6 de noviembre de 2008

Ca la caça del mur, caça es de altanería


En honor de los que como Él no tuvieron la buena suerte de vivir para verlo (y sobre todo, los que, como él, muy a pesar suyo sí la tuvieron) una humilde y sentida celebración...




(¡Hoy no haya penas: ésta también!)


viernes, 13 de junio de 2008

El color del cristal


Sra. Ministra:

"Mira, Paco: a partir de mañana lo tuyo, de los dos; pero lo mío, mío", le propuso a cierto amigo su futura esposa la víspera de bodas. Ni que decir tiene que la ceremonia se canceló. ¿Por qué ha de ser precisamente esta situación la que tenemos de soportar los hombres que hablamos la lengua castellana? En nuestro idioma el género femenino es exclusivamente posesión de las mujeres; la titularidad del masculino, por contraste, dada su naturaleza de "género común", la hemos de compartir con ellas.

¿Se ha parado a pensar en la discriminación lingüística que sufrimos los varones en el ámbito del trabajo? Salvo en el caso de "piloto", ningún nombre de profesión cuya marca original sea la -o del masculino carece de su forma correspondiente femenina: médica, abogada, ingeniera, astrónoma... ¿Cuánto tendremos que esperar hasta que la Real Academia admita -como ya hiciera con el pionero modistopolicío, pediatro, foniatro, geriatro, dentisto, equilibristo, poeto, novelisto, flautisto, violinisto, funambulisto, artisto, periodisto...?

Señora ministra, sea valiente y tome medidas contra esta grave discriminación idiomática que sufrimos los hombres hispanos. Empiece por dar ejemplo; la próxima vez que se dirija a sus compañeros de partido hágalo con estas palabras: "Compañeras socialistas, compañeros socialistos."






jueves, 8 de mayo de 2008

Se vende padre de ex futuro primer ministro


Nos hacía mucha gracia en las primeras ecografías de mi hijo el movimiento continuo de su brazo derecho, como saludando a la afición. Una vez nacido, cuando iba instalado en el cochecito, repartía zalemas a diestro y siniestro. Yo bromeaba con la frase de que teníamos en casa un futuro primer ministro. Como fue creciendo, esa pasión política de enfervorizador de masas se atemperó y otras tomaron el relevo: ahora anda dudando entre flores y aviones de papel. Ayer, sin aviso ni barrunto, va y me suelta: "Papa, qué suerte no haber nacido niña. Si fuera niña, no me gustarían los aviones. Qué rollo, ¿no?"

Un escalofrío pánico, de nuca a rabadilla, me recorrió como un relámpago. Bran Stoker refiere en Drácula el terror insuperable del desgraciado prisionero cuando descubre al Conde hecho lagarto por las paredes exteriores del castillo: "I am encompassed about with terrors that I not dare think of..." Pues como yo, mismamente...

No, no, ni mucho menos: no creo que acabe de primer ministro. En España, por lo menos, lo tiene muy difícil.




martes, 5 de febrero de 2008

Poderoso caballero


La presidenta regional y del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, y el número dos de la candidatura popular al Congreso, Manuel Pizarro, intercambiaban ayer impresiones en la sede del partido. Para Aguirre, es “fantástico” que el ex presidente de Endesa, “que ha defendido a aquellos cuyos derechos podrían haber sido atropellados, haya decidido “dar el salto a la política”.

El País, 5/2/08
La foto es de aquí



The interest of dealers [...] in any particular branch of trade or manufactures, is always in some respects different from, and even opposite to, that of the public. [...] The proposal of any new law or regulation of commerce which comes from this order, ought always to be listened to with great precaution, and ought never to be adopted till after having been long and carefully examined, not only with the most scrupulous, but with the most suspicious attention. It comes from an order of men, whose interest is never exactly the same with that of the public, who have generally an interest to deceive and even to oppress the public, and who accordingly, have, upon many occasions, both deceived and opressed it.

Adam Smith, The Wealth of Nations, Volumen I




el santi también estuvo aquí

sábado, 24 de noviembre de 2007

A la cerveza le invito yo




Por causas que no me apetece contar, estos días hace exactamente una década tuve que entretener brevemente, con un buen amigo japonólogo, a cierto político español, a su esposa y a un asistente del primero. El mismo día de la llegada de los tres, a la hora de la comida, les esperábamos en el lobby de su hotel, uno de los más afamados entre la extranjería pasajera por esta tierra. El prohombre nos saludó con esa seguridad campechana que exhiben muchos de nuestros padres de la patria y tras los protocolos de rigor nos soltó casi sin tomar aliento: “Venga, vamos a comer, que ya es hora. Invito yo, ¿eh?” “Bueno, -contesté- la verdad es que no conozco muchos restaurantes por aquí.” El político, con tono de hombre viajado -era la segunda vez que venía al Japón- arqueó las cejas, movió la cabeza un poquito hacia un lado, esbozó una sonrisa de conmiseración y con un aplomo de película ensayado seguramente frente a un espejo dijo: “Hombre, Japón, Japón, ya se sabe: ternera de Kobe. Sí, sí, venga, carne de Kobe, no se hable más.” “Vaya -dijo mi amigo-. Habría que mirar si hay algún restaurante que la sirva por aquí. Además, eso es cosa bastante cara...” “Nada, nada, un día es un día. Por el dinero, no preocuparse: ya he dicho que invito yo." Ese “yo” era más bien colectivo: quien iba a pagar sería la institución a la que él representaba, y, en último término, el contribuyente hispano. "Casualmente -continuó- yo conozco un restaurante en la última planta de este hotel donde la sirven buenísima.”

El experto exhibió su mejor sonrisa: no todos los días podía hacer gala de su sabiduría extrema en cosas del Oriente, y más aún delante de fulanos a los que se les suponía un conocimiento suficiente del negocio. Es que, claro, el que sabe, sabe...

Mientras subíamos en el ascensor, aunque yo tomaba parte en la conversación intrascendente que se iba desarrollando, la verdad es que lo hacía con el piloto automático: iba calculando mentalmente cuánto nos podría costar una comida de ese tipo en una de las zonas donde los restaurantes presentan las minutas más caras del planeta. Para qué lo voy a negar: siempre me ha parecido ridículo y hasta vergonzoso el gastarse esos dinerales en banquetes en los que uno paga más por mantel, sonrisas y ceremonia que por lo que vale la pitanza en sí. Comidas como ésta no las podré disfrutar, ni tengo ninguna pretensión de llegar a hacerlo nunca. En este caso el hecho de que el dinero tirado a la basura -por lo menos en mi caso- fuera a venir de los impuestos que pagaba la gente de mi país (o del que fuera, que es lo mismo) me ponía en un estado que no sabía definir: entre la risa falsa y el escándalo de quien durante gran parte de su vida -como yo- aunque afortunadamente no ha pasado penurias extremas ha tenido que contentarse con lo justo.

Entramos en el restaurante y la cosa fue como esperaba: lujo niponero, esos ventanales exagerados de los últimos pisos de los rascacielos por los que entraba la luz alegre del invierno, zalemas inacabables. Nos sentaron no en una mesa, sino en un pequeño mostrador circular en cuyo centro tomó posiciones un cocinero de media edad, bien afeitado, piel cuidada, muy en su papel de artista de alta cocina japónica. Delante de él había una plancha de cocina, impoluta, brillante como un espejo.

A todo el que ya lo sepa le pido disculpas por explicar lo obvio. La carne de Kobe no es cara a causa de un capricho de sus productores. El proceso de engorde es realmente laborioso: se somete al ganado a masajes continuos, se les hace escuchar música (he oído que las óperas de Mozart y los Preludios de Chopin son sus favoritos) y reciben una dieta muy cuidada, en la que se incluye la cerveza. Se me perdonará mi inexcusable e irreplimible sinceridad plebeya si afirmo que el único día que me fue dado el probarla -éste que ahora relato- no pude descubrir la diferencia entre la exquisita y deliciosa ternera de Kobe y la común vaca vulgaris.

Una camarera toda reverencias nos trajo un menú pequeñito, encuadernado en piel. Nos entregó un ejemplar a cada uno; el primero, claro, al gran hombre. Éste se sentaba imediatamente a mi derecha. Abrió con decisión la libretilla y, en aquel momento, sentí el respingo. No quiero ni mentir ni exagerar: la reacción fue levísima, el temblar de su voz casi duró sólo una fracción de segundo: enseguida recuperó la compostura. “Bueno, bueno, la verdad es que yo no tengo mucha hambre -maravillas de la letra impresa: seis caracteres y un espacio (10000 ¥) se la habían quitado instantáneamente-. Con cien gramitos voy servido.” Miré entonces yo mi menú: cien gramos de ternera de Kobe, el plato más barato del restaurante, costaban precisamente diez mil yenes, al cambio actual unos sesenta euros: hace diez años la divisa japonesa estaba por los cielos; entonces habría que haber añadido un treinta por ciento. Mi amigo japonólogo, todavía no ilustrado en precios y con su menú cerrado, apostilló: “Pero eso es muy poco: te vas a quedar con hambre.” En aquel momento el político demostró por qué era lo que era: “No, no, si es que, ya sabes, en el avión, en business, la comida... Me he tomado un desayuno de ésos y todavía no me ha dado tiempo ni a digerir el café.” (ni, con seguridad, le daría en toda la jornada después del corte de digestión que le iba a suponer la llegada de la cuenta). La señora, el asistente, mi amigo -después de caer en el ajo- y yo accedimos al mismo pedido, tomamos nuestros cien gramitos y salimos del restaurante. Los dos residentes en el país, tras agradecer al padre de la patria su buen uso de los presupuestos del estado, nos marchamos e inmediatamente nos dirigimos dos estaciones de metro más allá a un restaurante de ramen -fideos chinos- a saciar nuestro apetito. Por el camino, imitando con mi mejor registro de bajo la voz de Jean Paul Belmondo, acerté a mascullar: “No te preocupes, un día es un día: la cuenta -unos seiscientos yenes- la pago yo. Y si quieres tomar una cerveza, sin problemas.”

La historia de arriba me ha venido de repente a la memoria por ciertos artículos de la prensa hispana en los que se cuenta que la Guía Michelin ha repartido como el doble de estrellas más por la capital de Japón que en la de Francia. Si alguien recuerda lo que yo escribía hace poco acerca del Instituto Cervantes y de la especial relación que conservan los franceses con este país creo que tendrá una pista del porqué de esta amabilidad extrema de los sabios galos de la cocina. No sé si a uno de los restaurantes de campanillas a los que he ido alguna vez -siempre en categoría de invitado y por causas como la de arriba- le habrá tocado la chinita. De lo que sí estoy cierto es de que a los que yo frecuento, y en los que me gasto como mucho dos mil yenes por sesión, no los habrán visitado ni pensado visitar. Y es una pena porque ni al mismo precio, cambiaría por la comida del sobredicho restaurante de la carnecilla de Kobe al gran establecimiento regentado por Tomoko-san, Hidamari de Hadano, o a esos genios del “natural pork” que son, en Fujisawa, los cocineros de Gombachi o de Hekkorodani.

Tomoko-san, la gran dama que regenta Hidamari, yo la veo como una institución dentro de la ciudad donde vivo, Hadano. Su restaurante es el centro de actividad de mucha de la gente que hace algo que merezca la pena por aquí. El local es realmente pequeño: no cabrán más de dos docenas de personas, y aún así con dificultad. Los conciertos, el ambiente, el calor humano de las tres señoras que lo atienden, es para mí lo que le hace entrañable. Obviamente la calidad de la comida, y sobre todo del café, también ayudan. Pero yo creo que, aunque el menú no fuera tan extraordinario, incluso entonces me tendrían asegurado como cliente.

De los dos restaurantes de Fujisawa de los que hablo arriba se podría decir tres cuartos de lo mismo. Aunque aquí la comida sea lo fundamental -la carne de cerdo, como digo- el ambiente también ayuda. Cada tanto celebran lo que llaman “la noche de las velas”, en la que, a su luz tenue, clientes y camareros participan en conciertos improvisados e inolvidables.

Tiempo atrás, durante una de esas cenas a las que me veo obligado a asistir de vez en cuando, en cierto tugurio fino de Roppongi, una de las zonas de mogollón nocturno más afamadas de la capital, un camarero me informó: “Precisamente donde usted está ahora es el lugar en el que se sentó hace unos días el Presidente Bush.” Pegué un respingo, pero, habiendo aprendido ya mucho de gentes como el político de antes, contaré orgulloso que lo disimulé muy bien. En efecto, en su visita a Tokyo, el populachero primer ministro Koizumi había querido mostrar a su amigo americano -y a los trescientos que le acompañaban- un trocito del jaleo capitalino y le había llevado a la tasca en la que yo me encontraba. En fin, cuando algún día lea esto -o, en su defecto, cuando lo hagan los de la Michelín- si le apetece, que no se corte y me pegue una llamada; que lo haga, por ejemplo, dentro de un año, cuando deje definitivamente el mando (y yo esté de vacaciones de primavera). Aquí me tiene muy dispuesto a darle un paseo por los mejores restaurantes de la comarca. Seguramente se lo pasará pipa y aprenderá cosas importantes, para el día en que él mismo de su bolsillo tenga que pagar la cuenta, digo. En el periplo prometo invitarle; bueno, por lo menos a una cerveza. Qué puñetas, un día es un día: a toda la que quiera.

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