miércoles, 17 de octubre de 2007

Una vida tan vivida


A principios de abril, cuando florecían en Tōkyō los cerezos, un anónimo abuelito americano tropezó, al atardecer, en una calle más, como hay miles. En el hospital comprobaron que el daño que había producido el trauma en el cerebro posiblemente sería irreversible. El anciano agonizó más de tres meses y en agosto, quizá el día más caluroso del verano, finalmente para siempre descansó.

Las manos compasivas que prestaron el primer auxilio, el médico que atendía esa noche las urgencias, no estarían seguramente al tanto: en su periplo por la tierra, la actividad de aquel extranjero de apariencia tan común había causado más impacto en la promoción de la cultura japonesa que la de todos los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores combinados. Su nombre era Edward Seidensticker, infatigable japonólogo, traductor -se dice escandalosamente pronto- del Genji Monogatari.

Seidensticker pertenecía a esa generación de americanos que, al oír la llamada del clarín de mando, no acudieron al campo de batalla. Al contrario de los jóvenes ingleses a los que recordaba en The Spires of Oxford Winifred Letts, Who took the khaki an the gun / Instead of cap and gown, ellos regresaron a los "hoary colleges" a estudiar a fondo la cultura del enemigo. Al principio de la Guerra casi no existía tradición japonológica en América. Como precisa Ruth Benedict en el prólogo de The Chrisantemum and the Sword el desconocimiento por parte del mando estadounidense del mundo ideológico de Japón era uno de los mayores peligros con los que se enfrentó América en aquellos años. Inmediatamente se comprendió que "sólo vence quien conoce" (un adagio que los líderes contemporáneos de esa gran nación parecen haber olvidado últimamente) y de la noche a la mañana en Harvard, por ejemplo, la asistencia a las clases de lengua japonesa se multiplicó exponencialmente, según refiere en sus memorias Edwin Reischauer (lectura ya casi olvidada, pero muy recomendable). Fue necesario organizar cursos intensivos y más cursos, suprimir vacaciones y hacer uso de cualquier profesor disponible.

Aunque -también según Reischauer- la mayor parte de esa juventud estudiosa, tras la victoria, decidió olvidar la lengua de la nación derrotada, un pequeño grupo -los más notables, Donald Keene, Ivan Morris y el propio Seidensticker- tomaron la decisión que, por lo menos para mí, los eleva, humana e intelectualmente, a la categoría de gigantes: olvidarse de venganzas o desprecio al enemigo, y acostarse con él.

Un buen día hará ya más de una década encontré en "El Infierno", el tercer sótano de la biblioteca central de Tōkai, un ejemplar de Genji Days, el diario que escribió Seidensticker a lo largo de los años en los que tradujo el clásico. He de reconocer que gran parte de la mitad de la obra, aquella en la que trata los problemas técnicos de su trabajo, no serán posiblemente de gran interés para quien no tenga como oficio el estudio de la literatura japonesa. No obstante, este diario está lleno de pasajes inteligentes, vivos, sensibles, apasionantes. Mi favorito es sin duda:

I did not make much progress, because the festivities surrounding the removal of Kaoru's bride to Sanjō go on and on, and get more and more maddening. At such times you can almost be tempted to think that the Genji as a work classic is Waley's creation, and that Murasaki really is a cette ennuyeuse Scudéry.


Pasajes humorísticos sacados de la vida cotidiana abundan:

Speaking of scents: in the new instructions on how we should comport ourselves in this our Shūwa Residence is an admonition that we refrain from farting in the elevator.


También:

Wandering around Ueno in the evening, I came upon a shop that even outdid the one to which Donald Richie introduced me in Shinjuku. Such a variety of tresses an fetters and dildoes, some of them with batteries to make them swell and squirm. Even more charming were the customers. One handsome young couple was solemnly deliberating the relative merits of a variety of enema syringes. Who, I wanted to ask, was going to do what to whom? The name of the place is Atene, which I take to be Athens. I wanted to ask about that too. But I was timid both times.


A veces he oído a algunos japoneses, especialmente personas de avanzada edad, afirmar que algunos japonólogos extranjeros (sobre todo Donald Keene) "entienden y sienten más profundamente el carácter nacional que nosotros mismos". Un nuevo fragmento:

Monday, July 16: I sometimes think that my Colorado relatives would be a little less unhappy if they paid some attention to the fist call of the meadowlark, or the fist Indian paintbrush to come into bloom.


A pesar de su gran pasión por nuestro país y cultura, el suyo no era amor irracional o acrítico:

How very cute are the lists of things Japanese available in English -we really do not take the Japanese very seriously, and they do not themselves invite being taken very seriously when they make it appear that their chief contributions to the culture of the world have been the tea ceremony and paper-folding. [...] I suppose that we who seek to teach things Japanese, at least things artistically Japanese, are considered similarly quaint.


Quizá no haya sido justo con Seidensticker cuando más arriba he afirmado que sus consideraciones sobre la traducción que realizaba simultáneamente al diario no sean de interés más que para el especialista. Una prueba de mi retractamiento:

Waley once said to Ivan Morris, I think it was, that the translator, having taken so much away from his original, must add something by way of compensation. The principle is a dubious and dangerous one, and when what is added seems in dubious taste, why then things are dubious twice over. I take much courage from the thought that, though I am translating many things that Waley did not, there is a good possibility of ending up with fewer words than he.


Cuando leí el libro sobre el que ahora escribo, considerando su edad y su afición por el alcohol, supuse que habría muerto tiempo atrás. Después descubrí, en una página suya en internet, que disfrutaba de la feliz vida del jubilado académico americano, vi su foto sonriente y me alegré; su naturalidad, agudeza, falta de inhibición con respecto a sus pasiones, la bebida o las artes eróticas, me hacían sentir por él una fuerte empatía.

Muchas veces la vida es más sorprendente de lo que pensamos. Hará de esto como un año: paseando con mi hijo por la zona de librerías de Jimbōchō entramos en una de las dos de lengua china que hay, frente a frente, en el centro de la calle peatonal. Subíamos al segundo piso, cuando a mitad de la escalera un abuelito sonriente se le acercó, extendió la mano y le ofreció dos bolitas de caucho advirtiéndole: "Elige una". Sólo cuando vi la foto del obituario en el Asahi caí en la cuenta de que, a pesar de lo que yo creía, sí había tenido oportunidad de conocer personalmente a Edward Seidensticker, que, al decir aquel día "dōmō arigatō", no había agradecido solamente la amabilidad de un desconocido hacia mi pequeño: el azar, sabio, me había entregado la oportunidad insospechada de transmitir a un gran maestro, aún sin saberlo, mi aprecio más profundo por su obra, por su vida y por su ejemplo.

Saturday, June 30: Yesterday I lost a tooth. The incisor which Dr. Cluser, who later killed himself with drink, killed for me some forty years ago, and which has caused endless trouble, and endless discussions with this and that dentist as to whether it should be removed or root-channeled or something, quietly fell out, leaving no scars and drawing no blood and causing no pain. I said to myself, well, that is that and I am glad, and why all the fuss over the years. I wonder if one might not feel rather the same upon dying and seeing nor a small blackened tooth but one's whole ugly fetid body go.

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