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martes, 8 de abril de 2008

Basura de los dioses




Por la mañana, corriendo hacia el trabajo, me pilló de contrapié una galerna inusual de esta estación y, sin aviso, cierta ráfaga de viento impertinente hizo perecer de muerte tonta e inesperada mi paraguas más pomposo. Tras el seceso automáticamente recordé ese párrafo de Rayuela en el que a uno de ellos, víctima de un combate semejante, tras la tormenta que acabó con él, se le organiza el funeral vikingo más inolvidable de toda la literatura hispana. Mientras me acercaba a la Universidad iba pensando en una ceremonia que, en el santuario de Asakusa, se conmemora anualmente, y de la que cuando supe no pude sino pensar que sería una de las más delicadas que celebrarán sobre la tierra: un sepelio en honor de las agujas de coser fenecidas durante los doce meses precedentes. Los restos de paraguas que me iba encontrando en mi camino, abandonados sobre el pavimento, me hacían considerar que, en los últimos años, este país realmente sí que había cambiado, o que, por lo menos, lo había hecho en eso que respecta a la sensibilidad por lo mínimo, por los objetos de los que nos servimos cotidianamente en nuestra vida más menuda.

En esto llevaba ocupada bien la mente cuando, parapetado de la lluvia en su garita, me saludó el guarda de la puerta y entré finalmente hasta lo seco, al edificio donde tengo mi despacho. Allí, en mitad del pasillo, me salieron al encuentro los siete cubos usuales del negocio reciclero. Supongo que no necesitaré aclarar que, al arrojarlo al que correspondía a su natura, por el alma de mi paraguas ni siquiera entoné la jaculatoria más ligera. Eso sí, lo que no pude evitar fue que me tocara de repente un ligero sentimiento de nostalgia por todo aquello que, tras su día de gloria en este mundo, acaba finalmente como él: en el fondo de un humilde tacho de basura. Porque, qué narices: el sueño de una sombra -que diría el griego-, el polvo enamorado del ingenio, las medulas que han gloriosamente ardido, lo que quieras, mirados todos con el ojo más sensato -o sea, el de la aguja- no serán nunca otra cosa sino basura al fin.




sábado, 26 de enero de 2008

La imaginación al poder

If the Treasury were to fill old bottles with bank notes, bury them at suitable depths in disused coal mines which are then filled up to the surface with town rubbish, and leave it to private enterprise on well tried principles of laisser-faire to dig the notes up again... there need be no more unemployment and with the help of the repercussions, the real income of the community would probably become a good deal larger than it is. It could, indeed, be more sensible to build houses and the like; but if there are practical difficulties in the way of doing this, the above would be better than nothing.

John Maynard Keynes
The General Theory of Employment Interest and Money



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