Como ya saben mis eruditos lectores, el primer título que logré en mi vida fue el de licenciado en filología clásica. A pesar de haberme pasado ocho años estudiando latín y siete griego, cuando acabé con el diploma en la mano era incapaz de descifrar un texto en esas lenguas sin la artillería pesada de un buen diccionario y su largo rato de reflexión. Eso me causó el convencimiento de que era un verdadero negao con los idiomas; para mi sorpresa pasaron los años y logré, con menos tiempo y esfuerzo que le había echado a las parlas clásicas, no solo llegar a leer esta y aquella, sino hasta entender y hablar con soltura una supuestamente tan esotérica como es la japonesa.
¿Cuál era el secreto? No me voy a extender en explicarlo, porque lo hace mucho mejor Carlos Martínez en este artículo extraordinario, que he recuperado gracias a la sagacidad de Alvarus Alonsus, quien ha tenido la energía y sapiencia de traducirlo con no poca donosura a la lengua de Virgilio.
¿Qué aprendemos de esta fábula latina? Vete tú a saber, pero yo, esto: si uno quiere comprender realmente qué sea la literatura, llegará más lejos intentando escribir un relato, un romance o una comedia que metiéndose entre pecho y espalda diez tomos de una historia de la cosa. Si quieres saber de música, deja el aparato reproductor y aprende a tocar un instrumento, escribe la canción del verano o solfea La vaca lechera.
Sólo la práctica hace al maestro. Ya lo decía Woody en La última noche de Boris Grouchenko: "–¡Qué bien haces el amor!" "-Es que practico mucho solo..."
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In Our Time returns for a new series with host Misha Glenny.
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