domingo, 21 de septiembre de 2008

El muerto al hoyo


Durante mis años universitarios, cuando en casa de mis padres se trataba del asunto, yo dejaba clara y contundente mi última voluntad: que se me incinerara y se arrojaran las cenizas, con la máxima ceremonia posible, a la taza del retrete familiar.
Siempre he sentido una especial repugnancia por esos lugares ridículos, cochambrosos y patéticos que son nuestros cementerios; ni aun de muerto, quiero colaborar en su perpetuación. Este trance vital que es nuestro fin creo que, en la medida de lo posible, nos lo hemos de tomar con ironía, con humor, aunque sea un poco negro; así, veía comiquísima la imagen que me pintaba en la cabeza: la familia, con su ropa de funeral, agolpándose en ese espacio tan angosto -pero íntimo- que era nuestro baño; mi hermana arrojando ceremoniosamente mis cenizas, y, finalmente algún tío pulsando el botón que liberaba el sonido de cascada feliz del inodoro.
Por todo eso, cada vez se me hacen más repulsivas las noticias de fetichismo mortuorio que leo en los periódicos: esos esfuerzos masivos por discernir mediante complejos análisis genéticos la pertenencia de unos restos irreconocibles, cercanos a la nada; aquellas labores zapaderiles y ridículamente pomposas de las gentes que se afanan, por cunetas y descampados, en desenterrar las osamentas de correligionarios o deudos a los que nunca conocieron.
Mientras que en el primer caso, si la consideración de los sentimientos que libera el dolor por la pérdida inesperada y brutal me puede llevar a comprender esos esfuerzos, no me pasa lo mismo en el caso del segundo. Poniéndome en la piel -digamos más bien en los huesos- de uno de los asesinados durante nuestra Guerra Civil, creo que me serviría de consuelo el que, comparado con mis verdugos, en una circustancia el destino me hubiera sido más piadoso: mientras que ellos acabaron, rodeados de desconocidos, en la tierra repugnante y estéril de algún cementerio anónimo, a mí me fue dado el privilegio de reposar para siempre, junto a mis camaradas, en mitad del campo de mi España; unas veces en bosques añosos, otras en paisajes marinos, casi siempre en lugares apartados, tranquilos, de belleza rara. Aun más, cuando las tumbas de mis asesinos se convirtieran en un punto olvidado en un lugar indeseable, la mía seguramente por generaciones sería recordada como un elemento de la fantasía local: "Mira, en la cuneta están, tras los chopos esos altos", dirían en voz baja y tono misterioso mis descendientes y los de los criminales cada vez que pasaran por allí. Y maldita la gracia que me haría el que, por la cabeza de chorlito de mis nietos, se me despojara del único privilegio que, en su insensatez, ni mis matadores jamás se atrevieron a arrebatarme.






2 comentarios:

  1. Todo listo para recuperar los restos del poeta y de sus compañeros de martirio. Así reza la "Une" del PAIS Digital. Y, luego, el inevitable Ian Gibson va y se luce una vez más removiendo la carroña: "Era una noche sin luna"... ¡Jo! Queda de cine.

    La dichosa chusma que no cesa. A ver qué se puede sacar. ¡País...!

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  2. Me perdonarás que no conteste directamente a tu comentario. Una amiga arqueóloga me enseñó un día el producto de una campaña de verano. "Cuando acabes de estudiarlos, los echaras en el cocido ¿no?" le pregunté ingenuamente. Pues dejó de hablarme durante un mes. Decidí entonces no volver a hacer chistes con asuntos que tengan que ver con huesos.

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