Lo confieso, hermanos: he pecado. Podéis dejar de leerme, podéis blandir el flagelo, podéis denunciarme al Tribunal de Haya. Ayer, en el restaurante, al leer el menú del día, mi tierno corazoncito sufrió un rebrinco. No había duda: el ideograma de pez + el de capital = ballena. Qué gente ésta. Yo no puedo, ¿o sí? Pues sí: pude. Pedí la ambrosía -ochocientos yenes- y esperé con el corazón en un puño mirando a la puerta del garito, no fuera a aparecer algún compañero australiano y tuviéramos un terrible altercado diplomático.
Oiga, que se ha equivocado, que esto es carne de vaca y además de la más cutre... Que no, que era ballena. Pues nada, lo que sea: si dicen esos jodíos extranjeros que no podemos comerla, que se amuelen y se aguanten. ¿Que tenemos que hacernos enemigos de medio mundo para poder seguir dándonos gustito? Pues se hace, porque somos los más chulos y los más echaos palante.
Además, si bien mirado los ecologistas, los que se juegan la vida por las aguas heladas, también salen con lo suyo. ¡Qué envidia! ¡Qué poético y bonito! Lo que se deben de ligar contando a las chicas estas épicas batallas, el desprecio con el que mirarán al pobre tonto que protesta contra la cría inhumana de pollos, vacas o marranos. ¡Deja sitio en la barra, pringao!
Salí feliz del restaurante. En los quince años que llevo comiendo en él sólo un día he encontrado la maravilla; por el resto de figones, ni eso; en el súper, jamás de los jamases. Las debemos de estar esquilmando. Pobrecitas.
Archive: Plate Tectonics
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Misha Glenny delves in to the In Our Time archive to select ten episodes
for listeners to revisit. His fourth choice, first released in January
2008, exp...




