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viernes, 18 de junio de 2010

Yo pecador me confieso a vos...

Lo confieso, hermanos: he pecado. Podéis dejar de leerme, podéis blandir el flagelo, podéis denunciarme al Tribunal de Haya. Ayer, en el restaurante, al leer el menú del día, mi tierno corazoncito sufrió un rebrinco. No había duda: el ideograma de pez + el de capital = ballena. Qué gente ésta. Yo no puedo, ¿o sí? Pues sí: pude. Pedí la ambrosía -ochocientos yenes- y esperé con el corazón en un puño mirando a la puerta del garito, no fuera a aparecer algún compañero australiano y tuviéramos un terrible altercado diplomático.

Oiga, que se ha equivocado, que esto es carne de vaca y además de la más cutre... Que no, que era ballena. Pues nada, lo que sea: si dicen esos jodíos extranjeros que no podemos comerla, que se amuelen y se aguanten. ¿Que tenemos que hacernos enemigos de medio mundo para poder seguir dándonos gustito? Pues se hace, porque somos los más chulos y los más echaos palante.

Además, si bien mirado los ecologistas, los que se juegan la vida por las aguas heladas, también salen con lo suyo. ¡Qué envidia! ¡Qué poético y bonito! Lo que se deben de ligar contando a las chicas estas épicas batallas, el desprecio con el que mirarán al pobre tonto que protesta contra la cría inhumana de pollos, vacas o marranos. ¡Deja sitio en la barra, pringao!

Salí feliz del restaurante. En los quince años que llevo comiendo en él sólo un día he encontrado la maravilla; por el resto de figones, ni eso; en el súper, jamás de los jamases. Las debemos de estar esquilmando. Pobrecitas.


viernes, 11 de junio de 2010

Vito

Belén desde niña siempre quiso un perro. Ya lo tiene y en su página de Facebook ayer publicó fotos de él.

Cerca de nuestra residencia vagueábamos dos argentinas, mi colega de Tailandia y yo. Cierta señora paseaba un can tan adorable como Vito. Las chicas: "Qué animal más precioso." "¿Cómo precioso? -respondió mi amigo tailandés- Delicioso querréis decir..." Ante los ojos horrorizados de ambas, conoisseur, nos dio un curso abreviado y experto de alta gastronomía canina; explicó, casi babeando, por qué precisamente el bichillo que aún se veía en el otro extremo de la calle era del tipo más sabroso y cuál habría sido la receta que él le hubiera aplicado para sacar de su carne todo el sabor que atesoraba.

Las argentinas, con los ojos de aquel que ha visto un monstruo, se retiraron a sus habitaciones. Miré en redondo. Me cercioré de que no escuchaba nadie. "Oye, -le dije en un susurro- ¿hay en Tokio algún restaurante que sirvan esos platos de tu tierra? Llévame, hombre: yo te invito..."


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