miércoles, 10 de agosto de 2011

No dejen que los niños jueguen con fuego



Quizá única reflexión que merezca la pena acerca del movimiento 15M sea la del Devorador de Patrias: La verdad del irritable y vanidoso que, por incapaz de cambiarse a sí mismo, quiere cambiar el mundo.

Cuando en mi juventud me puse a estudiar cosas de política, de economía, me asombró lo complejas que son estas disciplinas que no envidian nada a la física de partículas, digamos. Me convencí entonces de que, como la medicina, la ingeniería de puentes o aeronáutica, era algo que debíamos dejar a los profesionales. Muchos economistas lo son -profesionales-, pero por desgracia políticos, pocos; como sucede con los actores, hasta el fulano más tonto se considera dotado para ponerse delante de una cámara o subirse a un escenario, sea de teatro o de cualquier parlamento del mundo.

El movimiento 15M propone el alquiler asequible como arreglo para la penuria de habitación que sufre España. El hecho de que existan tantos pisos vacíos es simple: muchos de los poseedores de éstos temen el cansino y lento trámite al que se enfrentarían contra unos inquilinos que no pagan sus deudas y prefieren evitarlo dejando su inmueble vacío. La solución sería clara: agilizar el proceso de deshaucio de morosos. Sin embargo el 15M ¡apoya a los grupos que obstaculizan la legítima acción de la justicia en tales circustancias!

Hace unos días, en Twitter, una de las representantes del 15M, cuando le expresaba mi estupor por el hecho de que todavía nadie de su movimiento hubiera hecho patente su rechazo por la lacra más seria de nuestra democracia, el terrorismo, me respondía que ellos estaban contra el "terrorismo hipotecario". Le pedí explicaciones y, como no me las dio, formularé aquí una hipótesis: supongo que se refiere con ese término tan sonoroso al hecho de que gente que contrató su hipoteca en los años de vacas gordas ahora pierda el piso y sin embargo se vea obligada a seguir pagando los restos de su tarja, quedando más pobre que al principio. Parecería justo que esta deuda quedara saldada con la entrega de las llaves; pero si por ley eso fuera así, a cualquiera con unos rudimentos económicos no le es difícil ver las consecuencias: los bancos se blindarían ante esta contingencia y la posibilidad de acceder a créditos por parte de particulares y de empresas se haría más dificultoso aún. No es por otra cosa por la que el actual gobierno socialdemócrata no ha accedido a una propuesta tan populista: tendría efectos catastróficos.

Si hemos de meter en una nuez la causa de la crisis que vivimos, ésta se resumiría en lo siguiente: endeudamiento. Las administraciones públicas gastaron en diez años el producto de veintitantos de trabajo, sí, pero lo mismo hicieron los ciudadanos privados. En mayor o menor medida casi todos somos responsables de la insensatez de esos diez años, también los chicos de la Plaza o sus padres. La única solución sensata se resume en dos acciones: austeridad y promoción de la ciencia y el conocimiento. Hemos de solventar todo el gasto que promovimos -o dejamos promover- y hemos de formarnos de tal manera que nuestra sociedad sea mucho más dinámica, más creativa, para afrontar la penuria económica de los próximos años. Los pocos dineros que podamos retraer del pago de nuestras deudas -las deudas hay que pagarlas, lo siento- han de ir, en buena ley, a mejorar el único capital no fungible con el que cuentan las naciones: el de sus gentes.

Finalmente leo que el 15M propone una huelga general con el objetivo de oponerse a las tímidas reformas anteriores y como apoyo a la reducción de jornada laboral, al aumento de salarios y a un plan de inversión pública que reduzca el desempleo y solvente necesidades sociales. De dónde saldrán los fondos para la última exigencia no se explica, quizá porque esa explicación es imposible. Por otro lado, paralelamente a lo que sucede con el mercado inmobiliario, en el laboral los costes de emplear nuevos trabajadores retrotraen a los empresarios. La realidad es triste, pero no por ello es menos realidad ni tampoco por ello es más inteligente ignorarla que enfrentarla.

Las propuestas del 15M se corresponden en gran medida a las de Izquierda Unida. No se entiende muy bien el que, siendo ello tan explícito, este movimiento no se integre en la coalición y pida el voto en las próximas elecciones. Estas propuestas de mayor intervención en la economía por parte del estado, de mayor endeudamiento, producirían unos efectos catastróficos fáciles de ver: el infierno está empedrado de buenas intenciones. Lo más triste de toda esta circustancia es que, por lo que sé, ninguna voz autorizada desde el campo académico haya avisado de esta realidad: los adultos sensatos nunca deberían permitir que sus hijos jueguen con fuego...



domingo, 3 de julio de 2011

Haikus para "Kibo"


El 11 de marzo de este año, el noreste de Japón fue azotado por un terremoto y olas sísmicas de una magnitud sin precedentes, que a su vez provocaron un accidente nuclear. Desde junio de 2011, NHK WORLD Radio Japón solicita a su audiencia que le envíe mensajes de apoyo y aliento a Japón en la forma de poemas en estilo haiku, bajo el lema "Haikus para KIBO: El poder de las palabras".
Sobre la base del último poema publicado, los participantes escriben otro haiku relacionado que pueda leerse a continuación de los anteriores.




sábado, 18 de junio de 2011

"Ha sido doloroso hacerme a mí mismo"


El hombre va a tener que encontrar una solución que no tenga que ver con bonitas palabras como bondad y generosidad y sí con el sentido común. La cosa se va a poner seria. Habría que escuchar a los hombres de ciencia más que a los banqueros. Así debe de ser por el bien de todos. También hay que hacer una llamada a encontrar el placer en las cosas básicas y renunciar a lo innecesario. La sociedad respondería a ese mensaje. En una especie de acto de justicia misterioso. Esta gran equivocación va a afectar también a los poderosos. O nos salvamos todos, o nos vamos todos al traste.


martes, 26 de abril de 2011

El sismólogo y la gotera fonológica

Me mandan ayer un e-mail en el que me dice el remitente que tiembla, al igual que yo, con el más mínimo de los terremotos que sentimos estos días. Imaginé que mientras a mí me pasa por el puro y simple hecho de haber sido siempre de naturaleza cagueta y cobardica, lo que a esa persona le sucedía era diferente y que tenía que ver con los informes de la Agencia Meteorológica Nacional que ha publicado la prensa estos días anunciando que tras el seísmo que sufrimos hace un mes han aumentado las probabilidades de que se produzca definitivamente el que vienen vaticinando desde hace por lo menos cuarenta años, el Gran Terremoto de Tokai, que destrozaría Tokio.

De predicción de terremotos no tengo ni idea -ni de casi nada, como le pasa a todo el mundo- así que hace años hice lo que os parecerá más sensato: le pregunté al experto. Desde entonces ni he leído ni escuchado ninguna nueva información que me haya hecho cambiar de idea, así que le respondí más o menos eso al remitente del e-mail y como me dice que se ha quedado más tranquilo me pareció que que romper el voto de silencio que hice ayer serviría quizá para que alguno de mis lectores se relaje un poco (o en su defecto, que me haga ver con proposiciones nuevas lo irresponsable y errado que voy).

Pensando en escribir esto me vino a la cabeza una historia que creo que define un rasgo muy tradicional del carácter japonés. Cuando los aliados comenzaron a ser capaces de bombardear las ciudades del propio archipiélago los jerifaltes del régimen intentaron tranquilizar a la población fundamentalmente con una frase: No pasa nada; esto desde el principio estaba previsto.

Si los galos de Astérix temían más que a un nublado que el cielo se les viniera encima, a los nacionales de esta tierra lo que les pone al borde del colapso es que cualquier contingencia horrorosa no haya sido prevista, vaya, que no venga en el manual de instrucciones. Así que, ante la duda, lo más seguro es avisar siempre de lo peor. ¿Quién se va a acordar luego de lo que dijiste si al final no pasa nada?

¿Son unos ineptos los expertos en sismología del instituto gubernamental? Ni mucho menos; seguramente no los habrá mejores en el mundo; pero no sé por qué me da que les sucede un poco lo mismo que a nosotros los lingüistas (y a meteorólogos, economistas, sociólogos...) eso que tan gráficamente explicaba mi maestra Carmen Pensado cuando hablaba del cambio fonológico: Podemos decir: "si llueve, aquí habrá una gotera". El problema es que no sabemos cómo predecir si va a llover...



lunes, 25 de abril de 2011

"Todo lo que se puede se quiere"

Cierta persona por la que conservo un cariño especial -a pesar de los muchos años que no la veo- y yo representábamos con nuestro grupo de aficionados una obra de teatro: su papel era el de una marquesa y el mío, de un cura; no hará falta añadir que yo lo bordaba (pero, como hay mucho incrédulo por el mundo, lo añado). Cuando a ella le tocaba decir una frase, muchas veces se confundía y soltaba la contraria: "Todo lo que se puede, se quiere".

Hace unos días mi amiga me la recordó y yo le respondí que pensaba que precisamente esa frase y no la que aparecía en el guion era con mucho más sabia. En fin, que todo esto viene porque me ha dado por pensar que hay cosas que he podido hacer en estos últimos años y que se han quedado en el camino que va de la intención a la realidad sólo por no querer hacerlas, o sea, sencillamente por pura vaguería.

Y nada, ese es el motivo y no otro por el que el ritmo de los artículos de este blog ha bajado repentinamente: porque estoy embarcado a tiempo completo en asuntos que debería haber rematado hace ya demasiado y que ahora precisamente -yo soy así- siento urgencia por finiquitar.

Lo de arriba no quiere decir que abandone este espacio en absoluto; pero por un tiempo -meses, quizá algún año- lo podré frecuentar mucho menos asiduamente.

Me tendréis, con todo, en el Twitter del margen del blog: ciento cuarenta letrillas -creo que son- se avían en medio credo...



jueves, 14 de abril de 2011

Pero mira que soy vago...

Decía un profe mío de mis tiempos de la facultad que una de las cosas más tristes que sucedían en esta profesión era que nosotros, los docentes, cada año cumplíamos uno más mientras que los estudiantes sentados frente a nosotros siempre tenían los mismos. A lo mejor es que soy un inconsciente -cosa que seguramente mis doctos lectores ya la tienen asumida- pero para mí precisamente ese es el atractivo principal del negocio en el que estoy embarcado.

Esta mañana tenía clase a las once de la mañana. Me desperté a las seis con un humor de perros. Apagué el despertador y me volví a dormir hasta las ocho. No tenía ganas de levantarme, de desayunar, de vivir. Si no hubiera sido por la puñetera clase me habría quedado todo el día metido en el futón vegetando. Hice de tripas corazón, me tomé medio vaso de leche de soja y me fui pal tajo.

Mientras pedaleaba la mañana era gloriosa; el cielo, azul intenso (en la primavera de Japón esto raramente sucede); los cerezos, en flor; la carretera, alfombrada con los pétalos que la lluvia de ayer por la noche había esparcido. Al fondo, inmensa, majestuosa, imponente, -poned el adjetivo más rimbombante que os dé la gana- la silueta brillante del monte Fuji.

Dejé la bicicleta al lado del edificio catorce donde tenía mis clases, me metí en el aula y el verla llena de veinteañeras sonrientes, de mozos tan bizarros y llenos de energía, tras ese paseo en bicicleta ¿cómo me iba a permitir el desperdicio de seguir todo el día hecho una piltrafa?

Tuve tres clases (cada una de hora y media, añadiré para los no iniciados). Las tres eran de principiantes y en estas siempre hago lo mismo: me pongo a explicar durante diez minutos el temario a toda mecha en español fingiendo que no sé ni una palabra de japonés y me lo paso pipa -no lo puedo evitar, lo siento- viendo cómo mis chavales van poniendo cara de "¿Y vamos a tener que aguantar un curso entero así?" Cuando ya la expresión de los muchachos es un poema, suelto en japonés: ¿A que este idioma suena bonito? Y todos se echan a reír.

Qué más decir. Como en todos los curros hay días que daría lo que fuera por no tener que ir a clase, pero no puedo imaginar un trabajo en el que yo, personalmente, pudiera disfrutar más. Bueno, para todo hay matices; como digo siempre, el Papa -el de Roma- tiene a su entera disposición toda la Biblioteca Vaticana. Eso no es moco de pavo, chacho. Quizá, si me ofrecieran la plaza, hasta me lo pensaba...




miércoles, 13 de abril de 2011

Empezó el curso

Comenzaron las clases de nuevo. Como todavía parece ser que hay cortes de suministro eléctrico en las compañías ferroviarias, en las universidades de nuestra región de Kanto se suspendieron las ceremonias de graduación y de ingreso.

El inicio del curso ha sido igual que el de cualquier otro año. El mismo número de estudiantes, el mismo número de profesores. Hay una pequeña diferencia, no obstante: en los pasillos, para ahorrar electricidad, una de cada dos filas de fluorescentes está apagada. Lo mismo pasa en muchos otros lugares públicos, como los supermercados.

En fin, que la vida sigue.



domingo, 3 de abril de 2011

Otro día hablaré de los cerezos

Siempre he admirado a esos articulistas de periódico que publican cada día una columna diferente, original, con temas que un año y otro y otro no repiten. Si hay proezas humanas, esa me parece una de ellas.

Cuando escribo cuatro o cinco días seguidos en este blog al sexto me da la impresión de que, como opinaba el venerable padre Benedicto en su Regla, más guapo estoy calladito.

Por eso estos días últimos los he dejado pasar dando descanso a mis amables lectores, todos amigos, y ahora les pongo al día de mis actividades cotidianas. He ido entreverando la lectura del Quijote que me compré en la librería Kinokuniya de Umeda -por cuatro perras, como dije- con la escucha del mismo libro grabado por los amables voluntarios de Librivox, quienes, por cierto, tienen prometido terminar un día de estos las Novelas Ejemplares. Para no perder forma, he salido a pasear por el parque. Ayer fui con mi hijo a Crayonhouse, la sucursal de la librería infantil tan estupenda que hay en Omotesando, en Tokio. Y eso es todo.

Los cerezos sakura están ya florecidos. Pero de eso no quiero hablar: otro día, con más tiempo, explicaré por qué cuando me parecen de verdad gloriosos es en su esplendor otoñal.



jueves, 24 de marzo de 2011

Padre con edad de abuelo

Esta mañana me desperté remolón; el catarro era mínimo ya, pero se estaba tan bien entre los futones que decidí quedarme un rato y escuchar otro capitulillo del Quijote.

Después de la hora de la comida, me levanté, me duché (llevaba no sé cuántos días sin hacerlo) y me fui a la calle con mi mujer y mi hijo porque hacía una tarde espléndida.

Nos compramos unos bollitos en una panadería estupenda que hay por aquí cerca, nos los comimos en el parque y mientras mi señora hacía llamadas a sus amigas de Kanto, nosotros jugábamos a esto y a lo otro. Mi hijo es un crío enormemente activo que se sube a los árboles como un mono. Yo, cuando era como él, en las horas de los recreos, me quedaba en una sala jugando al ajedrez. Así que me resulta dificilísimo estar a la altura de su energía y acabo agotado.

Fui padre exactamente al poco de cumplir cuarenta años. Una de las pocas cosas de las que me arrepiento en mi vida es de no haberlo sido antes y poder disfrutar con más energía eso tan maravilloso que es ser padre. En fin, más vale tarde que nunca, claro.



miércoles, 23 de marzo de 2011

Vicio por la radio

Sigo en cama, con menos tos y dolor de garganta, pero todavía con malestar general. Ayer casi me escuché todo el Quijote con mi iPod.

Cuando llegué a Japón a mediados de los noventa la única conexión que tenía con mi país -además de esas cartas que tardaban una semana en llegar- eran diez minutos de telediario español que ofrecía la NHK a las ocho y media de la mañana y el ejemplar de El País Internacional que me prestaba una compañera una vez cada siete días. Hoy con internet me escribo con mi familia y mis amigos sin tasa, puedo ver la televisión española como si estuviera allí y hasta -casi lo mejor- escucho Radio Nacional cuando y como quiero.

De todos los medios de masas la radio siempre ha sido mi vicio. No sé cómo he podido vivir tantos años sin escuchar esos programas maravillosos que hacen desde Madrid. Estoy convencido que no me mueve la nostalgia al decir esto: de las radios del mundo que conozco RNE es una de las dos mejores; la otra -obviamente- es BBC.

Pasear por el parque al atardecer mientras uno escucha A hombros de gigantes o In Our Time es un placer divino. Nunca podré explicarme cómo, mientras muchas cosas sin sentido cuestan tanto, placeres tan extraordinarios son gratuitos. Lo que menos vale es lo que más caro cuesta, dice mi madre. Y lo que más vale es gratis, añado yo. En este caso gran verdad es.


martes, 22 de marzo de 2011

Tengo catarro

Suelo escribir la entrada del blog por la noche, antes de dormir, pero ayer a esa hora no pude. Cuando me desperté por la mañana sentí dolor de garganta, tenía tos -pero no fiebre- y malestar general, así que me quedé todo el día en cama no haciendo casi nada. Bueno, escuchando la segunda parte del Quijote grabado por los chicos de Librivox.

A los veintitantos, una novia mía y yo teníamos la costumbre de irnos al parque con un libro y leernos en voz alta, por turnos, trozos de ese libro. Recuerdo que nuestros preferidos eran Cortázar y los otros genios de la literatura hispanoamericana (la especialidad académica de la chica). Creo que esas lecturas al aire libre, a la sombra de un árbol en verano o en un rincón abrigado del viento en los meses fríos, fue lo más divertido y hasta quizá extraordinario que he hecho yo jamás con una chica...

Por eso el que existan tantos libros leídos por personas tan diferentes, en tantos idiomas, dentro de una página como esta de Librivox (y que encima sea gratis) me parece un regalo de las musas o de cualquier dios propiciatorio.

Espero volver al tajo mañana. Mientras tanto me voy a escuchar la aventura de los leones. Vaya flipe...



lunes, 21 de marzo de 2011

Hoy he ido al cine

Me ha dicho mi hermana que me han hecho propaganda gratuita en un periódico que también lo es -gratuito, digo- de mi tierra charra. Se lo agradezco de verdad a este periódico y, como antiguamente se hacía en los programas de la tele, les envío un saludo a todos los nuevos lectores que pueda tener por esa publicidad inmerecida.

Esta mañana tenía un dolor de cabeza horroroso, así que después de desayunar y jugar un minuto con los niños, me he echado un rato en el futón y he estado escuchando a Mahler como un Alfonsoguerra cualquiera.

He pasado de comer porque el desayuno aquí es copioso y después del mediodía me he ido a los grandes almacenes que están cerca de la casa donde vivimos a ver The King´s Speech. Mi mujer pensaba venir, pero el caso es que ella se ha ido a ver a una compañera de universidad con la que había quedado en la estación de Umeda y yo he estado de rodríguez.

Hacía años que no iba al cine y me lo he pasado pipa. En conjunto la película es una de esas que tan bien hacen los ingleses sobre su historia y, en particular, sobre esa familia en cuyas aventuras se reconocen como nación y con las cuales se entretienen: los Royals. De los actores no hace falta hablar, porque todos sabemos lo estupendos que son.

La elección de la música me pareció acertadísima y, me quedé disfrutándola hasta el último título de crédito. Yo, la verdad, es que en lo que más me fijo de las películas es en los títulos de crédito: me encanta ver que el apellido del zapatero es de origen italiano, el de la script ruso o el último extra armenio. Pero lo que más me interesa de los títulos del final son los que tienen que ver con la banda sonora, la orquesta que la ha tocado, el nombre de las cancioncillas y esas cosas. Si a alguien envidio es a los privilegiados que componen la música de las películas. Qué flipe debe de ser el que te den una recién salida del horno, verla e irte sacando del coco la partitura que embellece las imágenes.

En fin, que he visto la película y, después, como llovía, me he sentado en una de esas plazas interiores que siempre tienen los grandes almacenes por aquí con mesas y sillas y me he puesto a leer la novela que compré ayer: horrorosa. Me he aburrido como un tonto.

Seguía lloviendo y me he comprado un paraguas de quinientos yenes, que no me ha servido para nada, porque cuando salí a la calle había parado el chaparrón.

En fin, un día muy completo.


domingo, 20 de marzo de 2011

Menudo rollo

Me despierto, miro el e-mail y me cuentan que el gobierno español nos va a poner transporte para devolvernos a la patria. Llamo a la embajada y pregunto que si sale también de Kansai, el aeropuerto de Osaka, y que cuánto cuesta. Me dicen que no, que solo de Tokio y que es gratis. Lo último en principio es fabuloso -aunque luego habría que pagarse la vuelta, claro-, lo primero, para nosotros no tanto, porque el acercarnos hasta Narita nos supone casi como el viaje hasta Europa. Así que para otra vez.

Como hacía buen tiempo los niños se han ido a un parque con los abuelos y nosotros a dar una vuelta por Umeda, que es el centro de Osaka. Mi mujer quería comprar hornillos de campaña para mandárselos a unas amigas que están en la zona del desastre. En la tienda de artículos de montaña he visto un cartel de una marca española que tenía ¡una frase en euskera!

Las calles estaban llenas de gente. Como es la época de las graduaciones se ven universitarias preciosas en hakama, la vestimenta que llevaban antiguamente las chicas de diario a la universidad, y hemos visto hasta una extranjera en kimono. En cada rincón hay postulantes pidiendo dinero para ayudar a la gente que ha sufrido el terremoto. En las tiendas de comida y cosas así no había ninguna cola, pero en una de pasteles había que esperar como diez minutos a que te atendieran, me imagino, porque la línea era como de cincuenta metros.

Como me vine sin lectura, en la librería más grande de Osaka me he comprado una novela de Vargas Llosa, un Quijote en un tomo y el Sherlock Holmes ilustrado completo. Me ha sorprendido el precio, por lo barato, como unas tres veces más que hace diez años, digamos. También allí había una cola que daba miedo. Después de comer en un indio hemos pensado que era buena idea ir al cine (mi mujer quiere ver The King´s Speech), pero no había entradas más que para la primera fila y nos hemos vuelto a casa.

El niño está entusiasmado porque su abuelo le ha sugerido que haga un cuaderno de campo y él ha empezado esta misma mañana. Tiene madera para el dibujo; lo ha heredado de su madre. Después lo he dormido y ahora, mientras a mi lado mi mujer trastea con su móvil, les escribo esto. "Menudo rollo patatero nos mete este", dirán ustedes. Lo siento mucho: me han dicho que escriba de la vida diaria de la gente. Pues esto es lo que hay.






sábado, 19 de marzo de 2011

Hoy no había nada que escribir



Hoy iba a escribir sencillamente que no tengo nada que escribir, porque hoy no me ha pasado nada. Pero luego he pensado que a todo el mundo le pasa, aunque sea el tiempo, y eso es sin duda el suceso más importante de la vida, así que aquí estoy contándoles mi día.

Por la mañana hemos desayunado como siempre todos juntos, alrededor de una mesa grande de madera irregular, pulida, preciosa, donde hasta la más humilde comida - rectifico: sobre todo la más humilde comida- se ve como la mejor del mundo. No sé si ustedes saben que los japoneses adoran el pescado, el natto, que son alubias de soja fermentadas, o cosas así para desayunar. Yo también.

Cuando hemos terminado, como los niños no tenían colegio, mis dos sobrinos y mi hijo se han ido con el abuelo a la montaña. Parece que Tácito, de todo su linaje de quien más orgulloso se sentía era de su suegro. Yo también me siento mucho del mío. Es un señor que durante su adolescencia y juventud vivió una guerra horrorosa, una posguerra trabajadísima, y no solo no se ha dejado hundir en la miseria, sino que ha criado tres hijas estupendas, ha estudiado idiomas, se ha convertido en un dibujante experto y ha tenido tiempo de aprender todo lo que se puede saber de plantas y cosas por el estilo. Los niños le adoran y no hay nada que más esperen que los paseos con su abuelo, que son lecciones de todas las ciencias de la naturaleza en una caminata.

He sentido mucho no tener una cámara a mano -o, mejor, habilidad dibujarera- para inmortalizar ese momento en el que los cuatro se perdían al final de la callecita de casas de dos plantas donde está nuestra vivienda. El abuelo más feliz del mundo con los nietos más felices. Yo, cuando me llegue el día, sólo aspiro a una cosa: a ser así como es mi suegro.



viernes, 18 de marzo de 2011

Corazón de tigre


Esta mañana nos despertamos viendo en el telediario de las siete que la central nuclear de Fukushima sigue teniendo diversos problemas, problemas que no detallaré porque ustedes seguro que los conocen. A mí, personalmente, me parece extraordinaria la profesionalidad de las personas de la NHK, la televisión nacional japonesa, quienes, ante una situación tan difícil, mantienen de esa manera la calma intentando transmitir tranquilidad a la población.

Después de haber desayunado, para distraerme un poco de las noticias, estuve escuchando un ratito música, tomé un café y jugué con mi hijo. Después salimos al súper a comprar la comida: un sushi surtido muy rico que tienen en Osaka. Parecerá un poco cansino que lo repita, pero el ambiente en la calle era de lo más normal, bueno, a excepción del frío y la nieve que caía, inusual en estas fechas.

Supongo que a muchos de ustedes les interesará más que nada saber qué pienso yo de todo esto. Verán: gracias al consejo de un gran amigo me encuentro a una distancia de la central similar a la que hay entre Salamanca y Murcia -creo-, estoy en una casa calentita y fuera nieva; he comido un sushi riquísimo y esta noche me tomaré una cerveza con mi suegro y mi cuñado; hay por el norte una gente -muchos niños de la edad de mi hijo o más pequeños- que, entre temblores de tierra constantes, estando ahora al lado de la nuclear, lo ha perdido todo, casi no tiene qué comer y anda alojada en unos refugios improvisados donde parece que no hay apenas con qué calentarse. Entenderán que me sienta afortunado. Además, unos hombres grandes, a los que no conozco ni seguramente conoceré nunca, se están jugando la vida para salvar la de la mitad de la gente que quiero en el mundo. Siempre digo de broma que soy un tercio japonés, porque llevo viviendo en este país ese tiempo de mi vida; déjenme que hoy lo diga, muy en serio y con orgullo, el orgullo de pertenecer, aunque sea de forma consorte, de lado y muy espuria, a la misma estirpe de esos hombres grandes, unos hombres que en el cuerpo de humanos normalitos atesoran un inmenso e indomable corazón de tigre.



jueves, 17 de marzo de 2011

Transmitiendo desde Osaka

Después de escribir la crónica de ayer recibí por internet mensajes de mi familia y de mis amigos, en especial de uno en cuyo criterio profesional en seguridad nuclear confío mucho, y todos me decían que se quedarían más tranquilos si me fuera de vacaciones a un sitio más lejos de la central de Fukushima. Mi criterio siempre es hacer caso a quien te quiere, y si esa persona es experto en algo de lo que tú no tienes ni idea, más todavía. Así que hablé con mi mujer y aprovechando que estamos de vacaciones de primavera y puedo ventilar en cualquier sitio mis obligaciones académicas nos hemos venido a pasar unos días a casa de mis suegros, en Osaka, a unos quinientos kilómetros al oeste de Tokio.

Después de que decidiéramos el viaje, me fui a dormir al niño y yo mismo me quedé frito en el futón de al lado. Habrían pasado unos minutos cuando me despertó un fuerte golpe en el suelo, de abajo hacia arriba. En todos los años que vivo en Japón era la primera vez que lo sentía -los terremotos suelen ser de movimiento horizontal- y por lo que me han enseñado sé que esos son los peligrosos. Desperté al niño y salí con él en brazos a la calle. El temblor, que había sido fuerte, paró en ese instante y mi hijo se puso conmigo hecho un basilisco por haberle despertado.

Por la mañana fue mi mujer la que me despertó. Hicimos el petate y aprovechando que la línea de Odakyu funcionaba a primeras horas de la mañana, nos llegamos hasta Odawara donde subimos al Shinkansen. Nuestra estación, Tokai Daigaku Mae, estaba llena de gente que, como cualquier día de jornada, iba en dirección a Tokio hacia el trabajo. En la de Odawara vi a bastantes extranjeros -un gran grupo de indonesios, creo- y ni aglomeraciones ni nada extraño. En el tren se veían asientos vacíos y de nuevo muchos extranjeros, esta vez occidentales.

En Osaka la vida es completamente normal. Hemos dejado al niño con su abuelo y nos hemos marchado a comprar unos pijamas a los grandes almacenes del vecindario, porque los habíamos olvidado. Nos hemos tomado un café con un croasán y nos hemos vuelto a casa. Como cualquier otro día.

En la televisión se dan noticias continuas de la situación de la central nuclear, que parece muy difícil. Leo en internet que el emperador se acaba de dirigir a la nación, pero todavía no lo he visto. También que según la embajada de los Estados Unidos los niveles de radiactividad en Tokio no son significativos y que la de la propia nuclear ha bajado en las últimas horas hasta niveles aceptables. Ójala sigamos así por mucho tiempo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El martes

A las seis de la mañana nos despertamos con la noticia de que en uno de los reactores de la central de Fukushima se había producido una explosión y, según contaban los representantes de la empresa -asediados por los periodistas- era posible que existieran filtraciones de material radiactivo al exterior.

Como no creí probable que llegaran tan pronto esas partículas hasta mi barrio, después de mandar al niño al colegio, cogí mi bicicleta y me fui al banco a realizar una gestión que ayer no había podido aviar. Delante de la fila de cajeros automáticos había solo dos clientes y un empleado. Leí ayer en la prensa española que mis vecinos habían dejado las estanterías de los supermercados vacías, así que me pasé por el que tenía más a mano para salir de dudas. Era verdad, pero solo en parte. Estanterías saqueadas había unas cuantas, mayormente las de productos calóricos, como chocolate y galletas; también se veían claros notables en las de latas de cerveza. Por lo demás, como siempre.

Me volví a casa y a las once apareció el primer ministro por la pantalla. En tono anodino pidió unidad y esfuerzo ante estos momentos difíciles y eludió entrar a fondo en las preguntas de los periodistas. Siguió el Sr. Edano, que anunció el incendio en el reactor número cuatro y la emisión de partículas nocivas a la atmósfera.

No sabiendo cómo interpretar aquello, llamé por teléfono a quien me constaba que sí sabía, y esta persona me tranquilizó, informándome de que, por la naturaleza del viento que sopla del norte en Honshu, la isla principal del archipiélago en la que estamos, era poco probable que una cantidad importante de partículas radiactivas llegara hasta donde vivimos.

Más tranquilo seguí con mis quehaceres, y más tranquilo me quedé cuando por la tarde nos informaron que el incendio ya estaba apagado, el viento había rolado hacia el mar y las mediciones de radiactividad en Tokio eran moderadas.

En el telediario de las siete de NHK, el más seguido del país, no había ninguna novedad aparente, así que hemos cenado tranquilos, he acostado al niño y aquí estoy escribiendo esto.



lunes, 14 de marzo de 2011

Tercer día

A las seis de la mañana me levanto y veo a mi mujer que mira el ordenador donde sale ese pobre secretario de estado que no debe de haber dormido dos horas seguidas desde el viernes. Explicaba que como un reactor de la nuclear de Tokaimura tenía problemas similares a los de Fukushima había que racionar la electricidad, que muchos trenes dejarían de funcionar y que tendríamos cortes de fluído a lo largo del día. Ella se ha ido a poner gasolina al coche antes de que hubiera colas enormes y yo, después de mandar al niño a clase, me he marchado a las ocho a hacer dos gestiones al banco pensando que la gente iba a acaparar capital para hacer frente a la crisis: además de servidor había solo otros dos tontos que opinaron lo mismo.

En el supermercado de veinticuatro horas, en el que pensaba comprar la última barra de pan que quedara en las estanterías, casi no había nadie, y la cantidad y calidad de los productos eran los habituales, así que he dejado la acaparación alimentaria para otro rato que tuviera más tiempo y me he marchado para casa. Al llegar he escrito algo en el Twitter y me he puesto a meter libros en las cajas de la mudanza que tenemos para el viernes. Nos hemos tomado un café y mi señora se ha pasado la mañana haciendo trámites, llamando por teléfono y escuchado las noticias: en un reactor de Fukushima, como era de esperar, ha habido otra explosión. Lo habían predicho los ingenieros, pero parece que los chicos el El País no lo sabían, porque han decidido que esa noticia de tan poco relieve era lo más importante que había pasado en el mundo en este día y la han puesto la primera.

El niño ha regresado pronto del cole, porque como al mediodía íbamos a tener un corte de luz -que luego no tuvimos- no le podían hacer la comida allí y no era cosa de tenerlo ayuno hasta las tres. Después de tomar el condumio del mediodía nos hemos marchado hasta el ayuntamiento, porque teníamos que arreglar los asuntos del cambio de domicilio. La funcionaria me ha preguntado que si me dio miedo el terremoto y yo le he respondido la verdad: que mucho. Me ha dicho que firmara con la fecha, le he preguntado que a cuánto estábamos y ella me ha respondido que a catorce. Me he dado cuenta de que hoy era el White Day, o sea, cuando los chicos les regalan a las chicas dulces en el curro o en el colegio. Parece que ella no había cosechado muchos, porque tiene la política de dar pocos chocolates a los compañeros de trabajo el día de San Valentín. Le he respondido que hace muy bien, que en esta vida bobadas, las justas. Mi hijo ha visto un libro de arqueología que estaba por allí para que la gente se entretenga mientras espera y se ha puesto muy pesado con que se lo comprara: le he prometido hacerlo, pero el día que lo sepa leer, o sea, dentro de diez años, más o menos: sólo los alumnos de bachillerato conocen tantos caracteres como para entender cosas así.

Como mi mujer no acababa con los trámites suyos, el niño se ha puesto cargante y nos hemos tenido que ir al parque del otro lado del río donde me ha obligado a jugar al onigokko (corre que te pillo) y a subirme en el tobogán gigante de unos siete metros de altura. Cuando estaba arriba he pensado: Mira si ahora viene otra vez un terremoto imponente y me tira para abajo; pocas muertes más ridículas. En ese momento, cuando estaba arriba, el tobogán ha empezado a moverse. Yo he pensado que tenía que ser necesariamente sugestión, pero cuando he bajado mi hijo me confirmó que ¡se había sentido un pequeño temblor, no imaginario, sino de los de verdad! Tranquilos: parece que mi salud mental no está tan por los suelos.

Hemos vuelto a casa entre anuncios de los coches de la policía de que dentro de poco habría un corte de electricidad y que como estaba anocheciendo y no habría semáforos era mejor no conducir y marcharse para casa. Eso hemos hecho, nos hemos preparado una tortilla para la cena y ahora, mientras estoy tumbado escribiendo esto mi hijo hace los deberes y mi señora mira las noticias en su ordenador.

Si no fuera por los avisos de cortes eléctricos (que luego no se han producido), las colas de coches delante de las gasolineras y la gente que llenaba por la tarde los supermercados y que, según me han dicho por teléfono, ha acabado con las existencias (que mañana estarán completamente repuestas), un día como otro cualquiera: viento del nordeste, temperatura máxima de diecisiete grados, nubes y claros.



domingo, 13 de marzo de 2011

Dos días después

Son casi las cuatro de la tarde de un domingo soleado del principio de la primavera. El cielo es de un azul intenso, como el de un día de enero en el Japón o uno de julio por mi tierra. Han pasado dos del terremoto y aunque las réplicas continúan, parece que la tierra se va calmando. Además de alrededor de donde fue el primer gran movimiento, ayer comenzó a haber pequeños temblores en Nagano y hasta se produjo uno en la propia bahía de Tokio.

Estamos preocupados por lo que pueda suceder en la central nuclear de Fukushima. Aunque, según nos cuenta un físico nuclear español en este vídeo, esa planta no sea Chernobyl, la radiación puede afectar intensamente a la zona del perímetro, un área agrícola y pesquera más o menos importante.

Descanso tumbado en mi habitación mientras escribo esto. La vida sigue: me envía algún colega mensajes con asuntos relacionados con el trabajo, me llaman por teléfono de la compañía de mudanzas, los pequeños detalles de la cotidianeidad parece que quieren hacernos olvidar lo terrible del desastre.

Ayer, mientras para celebrar que estábamos vivos y juntos comíamos en un restaurante -no se veía mesa libre- me sobresalté al caer en la cuenta de que Yuki, Charles y su pequeño Kent, seguramente estarían en Miyagi, en casa de la familia de ella. La llamé por teléfono y supe que Charles estaba en América, ella se había quedado con el niño en casa y había buscado refugio en la de unos amigos tras el gran susto. No tenía noticias de su padre entonces, pero esta mañana, a primera hora, me ha llamado para decirme que con la normalización del la red de comunicaciones había podido hablar con él y toda la familia estaba sana y salva.

Cualquier desgracia tiene su lado positivo: todos, incluso la gente más arisca, quieren mostrar su lado amable. Vecinos que casi te ignoraban te saludan, se preocupan por ti; un sentimiento de empatía se extiende entre los que hemos sobrevivido por mero azar del destino, por hechos tan desconocidos para nosotros como la tectónica de placas y sus aparentes caprichos.


viernes, 11 de marzo de 2011

Dicen que ha sido el terremoto más fuerte en varios siglos

A la una y media tenía la reunión de mi departamento de todos los meses, una de esas reuniones en las que literalmente te quedas frito. Quince o diez minutos antes de las tres el edificio del Rectorado ha empezado a moverse y lo ha hecho durante unos diez segundos -lo normal es que un terremoto no pase de un breve instante- cuando he mirado a un profesor japonés, un hombre joven nada impresionable, y le he visto con cara asustada, lo que me ha hecho pensar en que la situación sería más peligrosa de lo que yo creía. He mirado el reloj para comprobar dónde se encontraba mi hijo, si en la escuela -lo que en teoría es más seguro- o en la calle.

He abierto una ventana de la sala de juntas y casi inmediatamente y sin pensarlo he dado un brinco hasta el jardincillo japonés del patio interior. Esta sala y las oficinas del rector están en la planta segunda del edificio, pero dan a una terraza que se sustenta sobre el techo de la Biblioteca Central. He pensado en ese momento que, si se hundía el quiosco era más seguro estar sin techo que bajo él. He sido el primero en saltar hacia afuera e inmediatamente me han imitado otros colegas. He visto al rector asomarse a una ventana junto a dos secretarios y le he chillado, sin pensar, que saliera fuera. Después, como los tres se habían quedado junto a la ventana, les he vuelto a gritar que era peligroso mantenerse junto a unas cristaleras tan enormes. El edificio se movía como nunca; hace unos años tuve mi despacho en la planta tercera de él y nunca había sentido nada comparable. Me he tenido que agarrar con fuerza a uno de los arbustos para no caerme al suelo. Mientras todo temblaba he intentado usar el teléfono que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón para preguntar a mi mujer si el niño ya estaba en casa. Sorpresivamente, ella me ha respondido y en ese momento el temblor ha parado.

No puedo calcular con exactitud cuánto se ha movido la tierra, pero me da la impresión de que seguramente más de medio minuto. Al salir nos hemos encontrado fuera con todos los oficinistas y los pocos estudiantes que hacían gestiones en los mostradores de la planta baja. Antes de la reunión me había pasado por la biblioteca y no había nadie; estamos en época de vacaciones.

La reunión se ha suspendido y he vuelto al despacho. En la oficina de mi departamento había una televisión encendida y me he enterado de la increíble magnitud del sismo. En la pantalla aparecían imágenes aéreas de los incendios en Miyagi y un mapa con el aviso de tsunami y las horas a las que se esperaba el golpe.

He cogido la bici y al pasar cerca de la puerta principal he sentido una réplica más corta pero creo que igual de intensa. Estaba junto al edificio número dos, el más alto del campus. La torre, que se eleva unos diez pisos, está en reparación y el ruido de los andamios al chocar contra la estructura metálica que la remata impresionaba.

Al salir el guardia de la puerta me han saludado mucho más amablemente que lo habitual y me han recomendado que tuviera cuidado. Lo mismo ha hecho uno de los guardas de la obra que están haciendo en la carretera y otro, el del puente que hay cerca de mi casa, me ha pedido que desmontara de la bicicleta porque el asfalto de uno de los extremos de la calzada se había hundido como diez centímetros. Me ha impresionado el que una piedra de bordillo de cien kilos -digo yo- haya saltado cinco metros movida por la presión de las otras con las que estaba en contacto.

Al llegar a casa me esperaba la familia fuera de casa. Sentado en un banco del patio he mandado varios mensajes y he escrito algunas frases en el Twitter. En las casas de alrededor de la mía -todas unifamiliares típicas de esta tierra- no había grandes daños, pero al salir a pasear hemos visto paredes de jardines caídas y varias roturas de cañerías. El parque de al lado de nuestra casa está hecho un poema; el suelo parece un acordeón, levantado cada diez metros. Un funcionario municipal nos ha echado con el argumento de que no era un sitio seguro; ¡y yo que pensaba que en caso de gran terremoto era nuestro lugar de refugio! Pues no, por lo visto es la escuela de mi hijo, en particular el gimnasio que, según me ha contado él mismo, parece que lo han hecho a prueba de bomba.

Hemos ido a comprar al súper cuando se ponía el sol (ahora, a las siete y veinte es noche cerrada). No había demasiados clientes pero el ambiente era el de un viernes normal. En fin, un susto no pequeño, pero que siempre se quede en eso. Dramatismos fuera, habida cuenta del lugar en el que me pilló, si hubiéramos estado en el epicentro, no sé si ahora podría estar contándolo.



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