viernes, 14 de marzo de 2008

Salamanca en la Literatura



(Texto de la charla pronunciada el 13 de marzo de 2008)



0. Introducción.

Es para mí un gran honor y una gran satisfacción el encontrarme hoy aquí, con ustedes, el poder dirigir estas palabras a una audiencia de amigos y a la vez, de amantes de la cultura española y de nuestra universidad salmantina. Antes que nada quiero agradecer a mis compañeros de la Junta directiva de la Sociedad Universidad de Salamanca en Japón, y en especial a su presidente, el embajador Hayashiya, el haberme ofrecido esta oportunidad de hablar de algo que me apasiona sin medida. Tampoco quiero olvidar a la Sra. Miotani, quien me ha ofrecido su apoyo incondicional en el proceso elaboración de esta conferencia. A todos, Muchísimas gracias.

Cuando se me propuso esta intervención de hoy no tuve ninguna duda en aceptar, tampoco dudé en cuál sería el tema. Sólo después, al pensarlo, en frío, caí en la cuenta de varias dificultades que se me presentaban. De estas dificultades déjenme hablarles, pero un poco más adelante. Antes quiero dedicar un poco de mi tiempo a exponer brevemente mis intenciones para la ponencia que ahora comienzo.

Cuando llegué a Japón, en el ya lejano año de 1994, como es lógico, todo a mi alrededor no dejaba de sorprenderme. Créanme cuando les digo que ya desde el primer momento mi relación con este país fue ésa que de forma un poco insípida se suele llamar “amor a primera vista”. Desde entonces y hasta ahora la situación básicamente no ha variado: me encuentro más feliz en esta tierra que en la mía nativa. Esta afirmación que a ustedes les puede extrañar supongo que tengo que aclararla un poco. Soy español y siempre lo seré: amo profundamente a mi tierra, a mi cultura y a mi lengua; pero eso no me impide el sentir un amor casi igual por este país que es el de la mayoría de ustedes, y eso por muchas razones. De la mayor parte de ellas no voy a hablar ahora. Podría decirles de la hermosura de la naturaleza de estas islas, de la amabilidad que siempre he encontrado en el pueblo japonés, del gran valor de su literatura y, sobre todo, de su idioma, para mí, profesional de la lingüística, un tesoro diario de descubrimientos. Todo eso que les digo es verdad. Pero quizá lo que más me agrada de vivir en Japón sea el hecho de que aquí veo mi cultura española, nuestra historia larga y dramática, nuestro idioma y nuestra literatura con una perspectiva diferente e imposible de adoptar si permaneciera en mi país. Cuando me encuentro en España me rodea gente que habla mi lengua nativa, el español. Esta lengua española obviamente, es allí, en mi tierra, lo normal, lo natural. Cuando regreso a Japón sucede, claro, lo contrario: en mi entorno, mi familia, mis estudiantes y colegas, casi todos mis amigos, hablan japonés. Entonces el español se convierte en una lengua especial, más mía, íntima y personal; se convierte no en lo necesario, en lo inevitable, sino en un lujo auténtico; sus palabras, que sólo utilizo para escribir, para comunicarme conmigo mismo, toman otra forma, las veo con nueva perspectiva; les diré aún más: esa perspectiva se convierte en casi mágica.

Con la literatura española me sucede algo paralelo. Recuerdo que el primer otoño que viví en esta tierra lo dediqué a leer el Quijote. Llevaba un ejemplar pequeño en el bolsillo de mi abrigo y lo iba devorando con avidez en cualquier parte. Una tarde, sentado en un tren expreso de la línea de Odakyu, casi cerca de la estación de Shinjuku ya, levanté los ojos de mi libro y vi una imagen que me maravilló: la luz del atardecer del otoño llenaba el vagón del tren, y en esa hermosísima luz naranja se recortaban las siluetas de las personas –jóvenes, ancianos, niños- sentadas frente a mí. Eran todos japoneses, claro. Eran todos gente de finales del siglo veinte, claro. Hablaban una lengua muy diferente de aquella en la que yo estaba leyendo. Yo venía, en aquel momento, del mundo de principios del siglo diecisiete, de un país del otro lado de la tierra, de la historia de un hombre, don Quijote, que en su propia época, vivía otra ya pasada, ya muerta y que él se empeñaba en hacer volver a la vida. Ese contraste tan fuerte entre idiomas, ambientes y paisajes de mi lectura y de la realidad que me rodeaba aquella tarde tan hermosa del otoño japonés me hizo sentir la grandeza de la literatura y me hizo ver lo afortunado que yo era de poder disfrutar de dos experiencias que para las personas “normales” son muchas veces del todo desconocidas: la de la lectura reposada de la literatura clásica de su propia lengua y la del goce desde el interior de una cultura remota a aquella en la que ha nacido.

Por eso, como les decía antes, el hablar de esta literatura clásica española a ustedes, el hacerlo en mi propio idioma, y sobre todo, el poder tratar de ello en el corazón de esta ciudad de Tokio, a la que tanto amo, me llena de satisfacción. Les tengo que hablar de todas maneras de alguno de mis temores. Los alemanes tienen un refrán muy oportuno en esta situación: “Nunca regales lechuzas en Atenas”, o sea, “No quieras enseñar a los atenienses algo de filosofía, porque ellos saben más que tú”. Tengo constancia de que ahora me escuchan personas que conocen más de literatura española que yo mismo, por eso sería una muestra de la más ridícula imprudencia por mi parte, algo del todo sin sentido, el que yo intentara en este momento pronunciar una charla erudita ante esas personas. Los salmantinos somos gente muy habladora, nos encantan las tertulias, esas conversaciones a la hora de la siesta en las que, en los cafés, durante las largas tardes castellanas del verano o la cortas del invierno, nos reunimos para tratar de todo, de lo divino y de lo humano. Permítanme que hoy aquí sienta que eso es lo que estamos haciendo: que aquí nos reunimos no para una conferencia académica, sino para una charla en la que yo les presento a ustedes, mis amigos, a otros amigos queridos: los libros de la literatura española que hablan de mi ciudad, esos libros por los que yo siento una gran pasión y sin los que mi vida sería mucho más oscura, mucho más triste y mucho más vacía. Permítanme también, finalmente, olvidarme a partir de este momento de mi profesión académica, de mi formación como filólogo y lingüista, y véanme ustedes sencillamente como un lector empedernido y nada más.

El título de esta conferencia en español es “Salamanca en la literatura”. La verdad es que más que el nombre de una conferencia éste debería ser el de todo un curso. Intentar hablar en una hora de todas las obras, de todos los libros o escritores relacionados con Salamanca a lo largo de la literatura española, sería igual que intentar recorrer el museo del Prado en una hora. Acabaríamos enfermos. Por eso me he permitido hoy reducir mi charla a cuatro o cinco escritores y obras clásicas. De la literatura contemporánea de Salamanca esperemos tener ocasión de hablar en otro tiempo. Les pido que me disculpen de antemano: la selección está motivada por causas personales. Estos son los autores que desde niño más me han apasionado, los que siempre me han acompañado en el viaje de mi vida y los que lo harán hasta que éste acabe. Si a alguno de ustedes esta selección les parece demasiado limitada o si su curiosidad no se siente suficientemente satisfecha les recomiendo este libro: Salamanca en la literatura, de D. Luis Cortés, el gran experto en letras medievales de nuestra Universidad.

Salamanca es una ciudad en la que aún hoy en día se respira literatura: en la parte antigua es imposible situarse en ningún punto en el que no podamos encontrar algo que no nos recuerde algún episodio, algún personaje del mundo de las letras. Si paseamos por el Puente Romano veremos el famoso toro sin cabeza contra el que el ciego golpeó al Lazarillo de Tormes. Un poco más a la izquierda, al final de la cuesta que sube a la facultad de Ciencias, encontramos la escultura de la vieja Celestina. Si pasamos esta facultad de Ciencias podemos ver la casa de Torres Villarroel, el famoso profesor del siglo dieciocho al que debemos, entre otras obras, el relato más divertido de la vida de cualquier persona de la época. En fin, siguiendo así no podríamos parar: porque hasta ese siglo dieciocho de Torres Villarroel casi todos los personajes importantes de la literatura española, por una causa o por otra, han tenido relación con la ciudad, y sobre todo, con nuestra Universidad.



1. El Libro de Buen Amor

Es precisamente en la biblioteca de ella donde se guarda una de las obras maestras de nuestra literatura medieval: el manuscrito del Libro de Buen Amor. Existen otros dos –en la Real Academia y en la Biblioteca Nacional, ambos en Madrid- pero el nuestro, el salmantino es, sin ninguna duda, el más completo y el más hermoso. Se trata de un manuscrito con letra de gran elegancia, negra y roja, de principios del siglo XV. Nunca olvidaré la mañana de abril en la que, gracias a mi maestro en Literatura Medieval, el sabio profesor Pedro Cátedra, tuve oportunidad de ver y de hojear por primera vez el manuscrito. Esa mañana la recordaré siempre como una de las más emocionantes de mi vida. Salvo que sean ustedes investigadores profesionales seguramente será muy difícil que puedan tener el privilegio de sentir en sus manos esta gran joya de las letras españolas. De todas maneras existe una edición facsímil publicada en 1975 a cargo del profesor Real de la Riva. La edición es tan buena que cuando uno de los mayores expertos contemporáneos en esta obra, el Prof. Blecua, publicó su edición no tuvo necesidad de consultar el original: trabajó sobre la facsímil y solamente una vez vino a Salamanca: cuando quiso comprobar si un punto era realmente tinta o un excremento de mosca…

Personalmente, el Libro de Buen Amor es mi obra preferida de la literatura española de la Edad Media. Lo es por varias causas, pero el principal es porque conozco pocos libros más divertidos que éste. En él vamos conociendo los amores vividos por el Arcipreste de Hita, el propio autor. Se trata de un texto realmente avanzado, hasta revolucionario en la época: no sólo se nos habla de amores, sino de los de un sacerdote católico, alguien al que no se le estaban permitidos. De este Juan Ruiz, de este Arcipreste, conocemos muy poco que no sea invención: casi todo lo que sabemos es eso que digo: que era religioso, que era nacido en la ciudad de Hita, en la provincia de Guadalajara, que escribió nuestro libro y que persiguió, admiró, respetó y amó mucho a las mujeres, a todas: a las rubias, a las morenas, a las jóvenes, a las monjas (lo que era un escándalo, claramente), pero sobre todo a las pequeñas, algo que yo mismo comparto. Cuando alguna jovencita japonesa se me queja de su pequeña estatura yo siempre le recuerdo el poema de este Arcipreste de Hita que en el siglo catorce, con gran inteligencia decía estas cosas que me permitirán ustedes que les lea ahora.


De las chicas que bien diga el Amor me fizo ruego,
Que diga de sus noblezas; yo quiérolas decir luego;
Decir vos he de dueñas chicas, que lo habredes por juego:
Son frías como la nieve, y arden como el fuego.

Son frías de fuera, con el amor ardientes;
En la cama solaz, trebejo, placenteras, rientes;
En casa cuerdas, donosas, sosegadas, bien facientes;
Mucho al y fallaredes, adó bien paráredes mientes.


Sin duda el Arcipreste era un hombre de gran inteligencia ¿no les parece? En este libro, en versos muy diferentes y variados, cabe todo el mundo, todo el mundo de la Edad Media española, con él sentimos la vida de la calle, de hombres y mujeres a los que les mueve esa presencia continua en la literatura española: el amor. Curiosamente ese “Buen amor” del que nos habla el título no es tanto el amor al que me refiero, el amor erótico, sino el amor a Dios. Al amor de hombre y mujer, el Arcipreste lo llama “Loco Amor”, ése que debemos evitar. En su prólogo nos lo dice: “Habrá gente que se escandalice con lo que aquí escribo cuando muestro tanto del loco amor. Lo hago para que lo desechen”.

Y desecharán y aborrecerán las maneras y maestrías malas del loco amor, que hace perder las almas y caer en saña de Dios, apocando la vida y dando mala fama y deshonra y muchos daños a los cuerpos. Empero, como es cosa humana el pecar, si algunos, lo que no les aconsejo, quisieran usar del loco amor, aquí hallarán algunas maneras para ello.


¿Era verdad este propósito del Arcipreste o se trataba solamente de evitar los problemas con las autoridades de la Iglesia a la que él pertenecía? Yo quiero creer que un hombre tan sinceramente apasionado, que tanto valoró a las mujeres, no puede de verdad considerar que el fruto de su relación con ellas, el amor, sea un fruto malvado.

Sin ninguna duda el Arcipreste fue uno de los hombre más notables de su época. Antes he dicho que casi no sabemos nada de él: pero no es cierto. Conservamos su retrato literario, el que él mismo se hizo en su libro.

El único problema de la lectura del Libro es, seguramente, su gran variedad. Como ya les he dicho, aquí cabe todo el mundo medieval, no sólo la narración de los amores del Arcipreste, también las oraciones, a Cristo, a Santa María, gran cantidad de “enxiemplos”, que son cuentos en verso con los que el autor nos pone ejemplos de lo que trata. Como todos los libros grandes de poesía no les recomiendo que lo lean de seguido, sino que lo tengan sobre su mesa, al lado de su cama o futón y lo vayan abriendo de vez en cuando, disfruten dos o tres páginas y se diviertan recreando ese mundo de pasión de uno de los más notables de la literatura en lengua castellana.

El Libro de Buen Amor tiene una profunda relación con Salamanca. Durante siglos, no obstante, por decisión real, estuvo depositado en la Biblioteca del Escorial. Ello era para nosotros un motivo de gran tristeza. Pero este estado se remedió en los años cuarenta del siglo pasado gracias a nuestro rector Antonio Tovar, que consiguió la devolución del manuscrito. Con todo, ni el Arcipreste ni el argumento del Libro tuvieron relación aparente con nuestra ciudad de Salamanca ni con nuestra Universidad.


2. La Celestina

La siguiente obra de la que les voy a hablar, la Celestina, sí que la tuvo, y por muchos conceptos. Primero porque su autor, Fernando de Rojas, fue estudiante de nuestra Universidad: estudiante de Derecho, según parece, a finales del siglo quince. En el prólogo de esta obra de teatro, sin duda la más notable de todas las que se han escrito en español, el autor nos cuenta que el primer acto de ésta circulaba entre los estudiantes salmantinos y que él, en unas vacaciones de quince días, escribió el resto. Hoy nos parece bastante difícil de creer que una obra tan profunda y pensada esté escrita por un estudiante durante un período de tiempo tan corto. Con todo, nadie ha logrado ninguna prueba de que lo que se afirma no sea verdad. En esta obra, a medio camino entre la Edad Media y el Renacimiento, se nos cuentan los amores de un joven noble, Calisto, y de la bella Melibea. El joven ha entrado en el jardín de la casa de ella a rescatar un halcón, un pájaro con el que estaba cazando, y se encuentra de repente con la hermosa Melibea. Entonces le intenta hablar, pero ella lo rechaza. Completamente enamorado solicita, a través de un criado suyo, la ayuda de una vieja alcahueta, Celestina, intermediaria entre los amantes, y, finalmente consigue su propósito: Melibea termina perdidamente enamorada de él. Pero este lazo entre ambos Celestina, lo había conseguido gracias a un pacto con el diablo: el fin no podía ser diferente del desastre. La pareja de enamorados, los criados, la propia Celestina, tras gozar, terminan muriendo como castigo de su pasión y de la intervención del diablo.

Cervantes nos dice de la Celestina, un texto que sin duda conocía bien que es una obra divina, si no fuera tan humana. Y es que este libro está lleno de humanidad, pero de humanidad en el peor de los sentidos: de pasiones bajas satisfechas, de ambición, de engaños, de egoísmo. Si en el Libro de Buen Amor encontrábamos, a pesar de los avisos morales del prólogo, una obra llena de vida, de alegría, en la Celestina el mundo ya es oscuro, terrible, negro totalmente. A pesar de esto, es una obra que hay que leer: está recorrida por gran sabiduría: humana, clásica, literaria y popular. Los estudiosos de las letras la consideran, después de el Quijote, la segunda gran obra de la literatura española: su prosa, su estilo son magníficos, suaves y musicales en algunas partes, brutales y salvajes en otras.

Los filólogos nos dicen que el marco de la Celestina, la ciudad donde se desarrolla, no es un lugar real, sino una ciudad ideal que sólo existe en la imaginación de Fernando de Rojas. Esto los salmantinos no lo aceptamos. Para nosotros, aunque no se diga en la obra, la ciudad en la que sucede es sin duda la nuestra: Salamanca, la Salamanca de finales del siglo quince. Para afirmar eso incluso hemos dado a uno de los tres pequeños montes sobre los que se construyó en época pre-romana el nombre de Peña Celestina y hasta hemos localizado el propio huerto de Melibea en uno de los lugares más hermosos de la zona antigua, junto a lo poco que queda de las murallas de la ciudad. Cuando vayan a Salamanca pregunten por él, por el “Huerto de Calisto y Melibea” y disfruten desde allí de la visión única de las catedrales al atardecer.


3. El Lazarillo de Tormes

Bien, ya hemos llegado a la mitad de nuestro camino, ya estamos en la época dorada de Salamanca, en el Renacimiento, en pleno siglo XVI. Ésta es la época en la que se construye nuestra fachada de la Universidad, en la que los Reyes Católicos y después su nieto, Carlos V, la favorecen; la época en la que jóvenes de todos los rincones del mundo –como nos recuerda Cervantes en uno de sus relatos, El licenciado vidriera, estudian en Salamanca. La ciudad se llena de todo tipo de gentes, de sabios y de ignorantes, de estudiantes serios y de estudiantes pícaros, de lo mejor de la nobleza de las Españas y de los peores criminales. Sólo en nuestra ciudad podría nacer un personaje como fue Lázaro de Tormes, el protagonista de El Lazarillo de Tormes, en la aldea de Tejares (hoy un barrio de Salamanca al que se llega en autobús en quince minutos). Yo siempre he sentido una relación especial con el Lazarillo de Tormes. Hoy en día todos los niños salmantinos nacen, al contrario de lo que le sucedió al Lazarillo, en el lado derecho del Río, en el gran hospital universitario. Yo pertenezco a los últimos niños de la última generación que tuvo el privilegio de nacer en su casa: mi hermano, que es cuatro años menor que yo, ya vino al mundo en la clínica Universitaria. Por eso, y porque la casa de mis padres está en el lado izquierdo del río, no muy lejos de Tejares, yo soy uno de los pocos salmantinos que pueden afirmar que, al igual que el Lazarillo, nacieron en la parte izquierda. Por fortuna para mí ahí se termina el parecido, porque mi vida y la suya en nada tienen de relación. La madre del pobre pequeño, no siendo capaz de mantenerlo, se lo entregó a un ciego como criado. Junto a este ciego, el Lazarillo se hizo hombre, dejó de ser inocente y niño. Éste es también un libro triste y brutal, como la Celestina. Especialmente los que somos padres no podemos dejar de leerlo con amargura. Sin embargo, les recomiendo a ustedes el viaje por la España triste del siglo XVI, por todo lo que vale. Hay mucha gente que sostiene que el Lazarillo es la primera novela moderna europea. No sé si será verdad. En ella el protagonista no es un noble, un gran hombre, un héroe, sino un pobre mendigo, o como lo llaman los especialistas: un anti-heroe. Tal idea de la gloria de lo pobre, lo triste, hasta lo despreciable, era revolucionaria en este tiempo. Más todavía cuando el relato está escrito por el propio Lazarillo, quien no esconde nada de sus obras, no se justifica, sino que se muestra tal y como era. Igual que decía la Celestina de sí misma, Soy una vieja como el mundo me hizo, ni mejor ni peor, lo mismo podríamos contar del pobre Lazarillo: el mundo le hizo pícaro y de esa vida de pícaro nacería un género literario que sin duda es el más notable de la literatura española: la picaresca, un conjunto de novelas en las que se nos cuentan los trabajos y las aventuras de esos hombres a los que hoy llamaríamos “homeless delincuentes”, esas vidas que al final resultarán más enriquecedoras para nosotros que las de los reyes, los santos o los papas.

La Celestina fue una obra anónima. Su autor no se atrevió en su primera edición a firmarla abiertamente. Si sabemos quién es fue porque al principio de ella incluyó unos versos acrósticos, o sea, que leyendo la primera letra de cada uno podemos conocer su nombre. El autor del Lazarillo no se atrevió a eso: hoy en día desconocemos quién fue quien lo escribió. Hay varias teorías, pero ninguna está completamente aceptada por la crítica. En nuestra ciudad quedan dos restos de la presencia de esta obra: la escultura del ciego y del Lazarillo y el toro ibérico. Este toro, como él nos cuenta en su libro, en el siglo XVI se encontraba a la entrada del Puente. Ahora lo vemos en el centro. Durante los últimos treinta años el Ayuntamiento ha estado moviéndolo de un lado para otro: cuando vayan a Salamanca no sé muy bien dónde lo van a encontrar. En cualquier caso fue aquí donde sucedió la siguiente historia.

Del capítulo primero

Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: “Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él.” Yo simplemente llegue, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: “Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo”, y rió mucho la burla.




4. Fray Luis de León

Dejamos ahora en su viaje al Lazarillo, continuamos con el nuestro por el Renacimiento español y nos encontramos con una figura que para nosotros, los que nos sentimos salmantinos de raza, es un orgullo recordar: Fray Luis de León. No era salmantino de nacimiento, como no lo serían la mayor parte de los grandes nombres de la literatura relacionados con nuestra ciudad: Miguel de Unamuno o Gonzalo Torrente, por ejemplo. Nació en Belmonte (Cuenca) en 1527, en la época aquella en la que la segunda generación de conquistadores se abría camino por las rutas desconocidas de América. Fray Luis estudió en Salamanca, no la carrera de su padre, el Derecho, sino las letras hebreas. Éstos eran años de gran interés por los estudios de la Biblia: Lutero acababa de publicar su traducción y Erasmo de Roterdam afirmaba la superioridad de las versiones originales en griego y en hebreo sobre la versión al latín de San Jerónimo, que era el texto oficial de la iglesia Católica. Fray Luis tomó partido en esta discusión por el camino más valiente, pero también el más peligroso: defendió el valor del texto hebreo del antiguo testamento y eso le supuso grandes problemas frente a la Santa Inquisición. A causa de esta disputa religiosa, por defender valientemente sus opiniones desde su puesto de profesor de la Universidad, Fray Luis sufrió cuatro años de cárcel. Cuando salió ya libre de las falsas acusaciones que había tenido que soportar y volvió a sus clase se cuenta que ésta estaba llena de estudiantes esperando palabras duras contra sus acusadores. Él, sin embargo, tranquilamente continuó con la lección interrumpida cuatro años atrás con la frase: “Decíamos ayer”. La enseñanza de Fray Luis era la de que esas acusaciones, esos cuatro años de cárcel, no tenían en realidad ningún valor: lo que merecía la pena de verdad era lo que sucedía en esa clase, en sus clases en las que no había dejado de pensar durante todo el tiempo de prisión. Los grandes profesores de nuestra Salamanca exiliados por desgracia a lo largo de nuestra historia (Miguel de Unamuno, Enrique Tierno Galván) siempre han regresado con esa frase del maestro Fray Luis: “Decíamos ayer”.

Fray Luis de León fue un profesor excelente en sus estudios, un hombre envuelto en las luchas de su época, tristes y terribles, como tristes y terribles fueron la Celestina y el Lazarillo. Pero su literatura, los poemas que nos regaló, son obras de tono hermosamente sereno, suave y optimista. En la literatura supo encontrar una paz que le negó su vida real. Famosas son sus Oda a Salinas, el catedrático de Música ciego, gran amigo de Fray Luis, y su Oda a la vida retirada. Permítanme leerles algún verso de esta última obra, versos que para mí, español, salmantino y universitario, están llenos de una emoción inevitable.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.



Como no podría ser de otra manera, nuestra Universidad vive el espíritu de Fray Luis de León. Primero encontramos, la estatua que mira hacia la fachada de la Universidad, estatua que afortunadamente ahora se encuentra libre del pedestal que la elevaba: Fray Luis, hombre humilde y bueno, estoy seguro que hubiera preferido estar así, más a pie del suelo, más entre la gente, entre los universitarios que tanto le amaban. Dentro del Edificio Antiguo encontramos todavía su aula; la clase tal y como se veía en la época en la que daba sus lecciones. Pocos lugares hay más emocionantes que éste en toda la ciudad de Salamanca.


5. San Juan de la Cruz.

Quizá lo más grato de la labor universitaria sea el hecho de sentirse un elemento de la cadena humana del saber, de ver que se recogen los conocimientos de los maestros y se transmiten a la siguiente generación. Eso debió de sentir Fray Luis del siguiente poeta al que nos vamos a referir: San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes, que era su nombre real, nació en un pueblecito de la provincia de Ávila, Fontiveros, en 1541. Seguramente alguien les haya recomendado el que visiten Ávila: yo también lo quiero hacer ahora. Para mí sin duda es la ciudad que guarda más puro el espíritu de Castilla, de la Castilla de finales de la Edad Media y del Renacimiento. Dentro de sus murallas, en el aire frío de la sierra de Gredos, podrán vivir el tiempo detenido de una España eterna y universal, que diría nuestro Rector Unamuno. Pero además de visitar Ávila les recomiendo que se aparten un poquito y paseen por el pueblo donde nació san Juan de la Cruz, o, todavía mejor, por el campo que rodea el pueblo. ¿Qué hay de interesante en este campo? Seguramente otra persona les dirá: “Nada”. Y es que realmente, a excepción de enormes rocas en una extensión casi sin árboles ni naturaleza, en el campo que rodea la ciudad de Ávila no hay nada. Pero esa nada es una nada grandiosa, enorme, un espacio que sobre todo en invierno se nos hace íntimo, que nos obliga a mirar para dentro, a buscar en nuestro interior el calor, la belleza que no encontramos fuera. Bueno, para mí, particularmente, este paisaje desolado y salvaje tiene mucha belleza, una belleza primitiva y antigua, una belleza que nos trae recuerdos de ese mundo en el que no existían los hombres, en el que casi no existía la vida, un mundo del que nos hablan los geólogos y los físicos pero que de primera mano jamás podremos conocer.

Yo, cuando desde el tren o desde el autobús veo esta tierra llena de grandes piedras y de nada perfecta no puedo sino recordar al gran poeta que fue san Juan de la Cruz y no puedo sino pensar que sólo un poeta nacido dentro de este paisaje duro, profundo, nos podría haber regalado una obra tan profunda, tan contenida y tan serena. La gran obra de san Juan se reduce a trescientos versos excepcionales, trescientos versos que le hicieron inmortal. Del resto de su otra obra poética, de los comentarios en prosa y de su obra teológica, podemos prescindir. Son sólo tres poemas, el Cántico espiritual, la Noche oscura y la Llama de amor viva, los que nos maravillan, los que hoy me obligan a que en esta tarde de un remoto país, de un tiempo remoto para el poeta, les tenga que traer el recuerdo de ese hombre pequeño y humilde que vivió y murió en mi tierra ya hace casi quinientos años.

San Juan fue alumno de Fray Luis en Salamanca. A los veinte años comenzó sus estudios en nuestra Universidad y con ella mantendría una relación continua que sólo terminaría con su muerte, en 1591. Al igual que su maestro, fray Luis, san Juan fue un hombre valiente, peleador, empeñado en las reformas religiosas que traían los aires del Concilio de Trento, y por su lucha religiosa, al igual que su maestro, sufrió cárcel durante varios meses. San Juan era un hombre de muy baja estatura (Santa Teresa le llamaba: “mi medio fraile”) pero de sensibilidad grande y profunda. En su poesía esta sensibilidad se manifiesta de forma inevitable. Es su escritura, como digo, una escritura llena de fuerza y energía, y es que el tema único de ella es el amor, el amor erótico, entre hombre y mujer. Parecerá muy extraño que un fraile en el estricto siglo XVI escribiera de este tema y lo hiciera con palabras que contenían tanto fuego: del mismo modo que sucede en la Biblia, en el Antiguo Testamento, más concretamente en el Cantar de los Cantares, este amor humano es un símbolo del amor divino, el que sienten las criaturas por su Dios, el Dios cristiano. Así, en la obra de san Juan la figura de la amada, es el creyente, la criatura creada por su Dios; mientras que el amado, el esposo, será el propio Dios. Seguramente sea difícil para alguno de ustedes entender la poesía perfecta de nuestro autor en su versión original. Les pido que no la escuchen por su significado, sino por su sonido. Escúchenla como lo que es, como unas palabras que consiguen aquello a lo que aspira la auténtica y más elevada poesía: a convertirse en música. Para mí no hay poemas más musicales, con mayor belleza sonora que los de san Juan de la Cruz. Permítanme ahora que les lea ahora algunos versos del Cántico espiritual, quizá los más encendidos:


La Esposa

13. Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

14. la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

15. Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.



Supongo que habrán observado que este paisaje fantástico, la tranquilidad en la que en esta noche el amado y la amada se encuentran está marcada por lo que llamamos los filólogos “aliteraciones”, repeticiones del mismo sonido en el mismo verso o en versos cercanos. En todo el fragmento las eses nos marcan con su tono suave el silencio de la noche. Es más, la aparición de sonidos nasales y líquidos, la m, la n, la r y la l, sonidos continuos en su pronunciación y, por tanto, dulces (por contraste con los oclusivos, como la p, la b, etcétera, en los que se produce una explosión en la boca al pronunciarlos) estos sonidos nos marcan un paisaje de suave melancolía.

Vamos a verlo con más calma en los primeros cinco versos del fragmento. Observen por ejemplo: “Mi amado, las montañas”. Aquí, de diez consonantes cinco son nasales, o sea, m, n o ñ; sólo aparecen dos oclusivas, la d y la t, y aún ésta se encuentra “suavizada” por la n anterior, en una posición que solemos llamar de “coda consonántica”. Vean también como las erres se repiten en eco en tres casos de los versos restantes: “solitarios nemorosos”, “ríos sonorosos”, “aires amorosos”. En esta primera estrofa finalmente fijémonos un poco en las vocales: miren cómo juegan también las oes y la aes: en el primer verso, “Mi amado, las montañas” de ocho vocales cinco son aes; en el segundo, de doce, seis son oes; el tercero, de siete, cuatro aes; el cuarto, de siete, seis aes; en el quinto y final, doce vocales y cinco oes. En definitiva, existe un juego vocálico entre versos, en unos las aes son mayoría; en otros, la oes. ¿Será demasiado decir que este contraste entre vocales abiertas, y semi-cerradas, nos produce una sensación de variedad, de vaivén como el del viento, como ese “silbo de los aires amorosos” del final de la estrofa? Pero ¿son todo aes u oes? No: miren cómo los primeros acentos de las tres últimas sílabas caen precisamente en tres íes: ínsulas, ríos, silbo. Quizá ese sonido “cerrado” agudo de la más anterior de la vocales, ésa que se pronuncia en la parte más adelantada de la boca, nos sirva como contraste también, nos marca el ritmo de los versos, ofrece un dinamismo que evita la monotonía, el aburrimiento que podríamos sentir si las vocales abiertas o semiabiertas predominaran en el poema. Son algo así como la nota disonante que los grandes compositores siempre introducen para evitar que su música sea demasiado previsible.


6. Conclusión.

A las puertas del siglo diecisiete, el siglo de Cervantes, de Góngora y Quevedo, ese siglo fundamental en la literatura española, con el dulce y mínimo san Juan de Ávila, san Juan de la Cruz, muerto en el 1591, quiero terminar hoy nuestro primer viaje por Salamanca y las letras españolas. Créanme que ha sido un gran placer el poder compartir con ustedes en esta tarde de la primavera incipiente del Japón ese regalo de la vida que son las obras de nuestros grandes poetas. Nada me alegraría más que el poder pasear algún día con ustedes por Salamanca, por las calles, los caminos y los paisajes por los que también pasearon Fernando de Rojas, el Lazarillo de Tormes, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz; nada me llenaría más de satisfacción que poder mostrarles a todos ustedes personalmente, uno por uno, ese tesoro del que cualquier escolar salmantino se enorgullece legítimamente: el manuscrito del Libro de buen amor, sin duda la obra más vital de toda la Edad Media española. Hasta que llegue el momento en que este sueño se cumpla, me despido dándoles las gracias a todos ustedes por su atención y también haciendo un gesto de agradecimiento al espíritu de nuestros grandes literatos, ese espíritu inmortal que, estación tras estación, año tras año, en nuestro camino por el mundo, por la vida y por los siglos, nos acompaña, nos consuela y nos conforta. Muchas gracias.

sábado, 8 de marzo de 2008

Loving Emma...



Es posible que carezcas de una experiencia similar... sobre todo si no vives en Japón, ¿eh?





También puede ser que no te hayas visto en ninguna parecida a ésta...





Pero si de verdad jamás en tu vida has hecho algo así, ¿estás seguro de que tienes sangre en las venas?

miércoles, 5 de marzo de 2008

Entrevista


Buscando en el Youtube por si un amigo mío había colgado sus vídeos de guitarra me he encontrado esto. Me he reído un rato y, como viene de una televisión regional y algunos no lo conoceréis, aquí os lo dejo. Que lo disfrutéis.


lunes, 3 de marzo de 2008

Igual a un dios se me hace ése...

Φαίνεταί μοι κήνος ἴσος θέοισιν
ἔμμεν ὤνηρ, ὄστις ἐναντίος τοι
ἰζάνει, καὶ πλυσίον ἆδυ φωνεύ-
. σας ὑπακούει

καὶ γελαίσας ἰμερόεν, τό μοι μάν
καρδίαν ἐν στήθεσιν ἐπτόασεν·
ὡς γὰρ εὔιδον βροχέως σε, φώνας
. οὺδὲν ἔτ' εἴκει·

ἀλλὰ κὰμ μὲν γλῶσσα ἔαγε, λέπτον δ'
αὔτικα χρῷ πῦρ ὐπαδεδρόμακεν,
ὀππάτεσσι δ' οὐδὲν ὄρημ', ἐπιρρόμ-
. βεισι δ' ἄκουαι.

ἀ δέ μίδρως κακχέεται, τρόμος δέ
παῖσαν ἄγρει, χλωροτέρα δὲ ποίας
ἔμμι, τεθνάκην δ' ὀλίγω 'πιδεύης
. φαίνομαι [ἄλλα].

Safo de Lesbos


domingo, 2 de marzo de 2008

Y nada más que la verdad

Estoy releyendo por enésima vez el genial libro de Heilbroner, The Worldly Philosophers; y luego dirán que la historia de la economía es un latazo. Cada vez que vuelvo a él me encuentro con un algún párrafo que me hace sonreír y que, a la vez, me muestra otro nuevo senderito que en la anterior visita había pasado por alto. Hoy, en la página 183, en el capítulo dedicado a Henry George, he encontrado el siguiente. Como me hace mucha gracia traducirlo, lo voy a dar no en la versión original, sino en la mía:

Cuando la Universidad de California fundó una cátedra de Economía Política, se le consideró como un candidato muy en firme a la plaza. Para obtenerla debía impartir una clase delante de profesores y estudiantes. Entonces George fue tan indiscreto como para airear estas opiniones: "El nombre de la economía política se ha utilizado constantemente contra cualquier esfuerzo de la clase trabajadora para aumentar sus salarios", y, rematando, añadió: "Para el estudio de la economía política no hay necesidad de conocimientos especiales, de una enorme biblioteca, de costosos laboratorios... de hecho, si uno se toma la molestia de pensar por sí mismo, no hacen falta siquiera libros de texto o profesores."


Ésa fue la primera y la última lección impartida en una carrera académica que prometía maravillas. Pues acabo de caer ahora en la cuenta: sí que fue una suerte -para mí, no para los otros dos candidatos- que, cuando lo de mi oposición de titular, no le detallara al tribunal mis ideas sobre la enseñanza, ya sabéis...

sábado, 1 de marzo de 2008

Out of...









暗くない Kurakunai


暗くない
君との夜に
星が咲く


Kurakunai
Kimi to no yoru ni
Hoshi ga saku.


Las blancas noches
en que juntos estamos
astros florecen


So bright is the night
When we are one together
That stars are blooming.



El otro día vi en el Yutube a Sabina. Decía que una aristócrata afiliada al sindicato mediatiquero la había abordado con: "Dime, ¿es cierto que resulta más difícil desengancharse del tabaco que de la coca?" Bueno, pues el haiku debe de ser del mismo pelamen que la nicotiana tabacum: a pesar de mis buenos propósitos de tres días atrás, cuando escribí que me iba a limitar a la traducción, ya he vuelto a reincidir y he perpetrado otro trilingüe. Para compensaros de algún modo limitaré el latazo exegético a una sola frase: Si non è vero... En fin... y un beso muy grande para todos.

Tchaikovski









viernes, 29 de febrero de 2008

梅が香 Ume ga ka




梅が香に
のっと日の出る
山路かな



Ume ga ka ni
Notto hi no deru
Yamaji kana.


Apunta el sol
por ciruelos fragantes.
¡Mira! Un sendero...


Prunos fragantes
so el apremio del alba,
¡y ese sendero!



On sweet plum blossoms
The sun rises suddenly.
Look, a mountain path !




¡Uf, qué tirao estoy! Me imagino que alguna gente que no ha traducido poesía -o que no ha escrito ninguna en su lengua propia- me vendrá con que este mío es trabajo que se hace en dos minutos, y que más aquí, con tres líneas mal contadas en las que no hay que someterse al galeotazo de la rima o a un ritmo prefijado. Pues será que soy muy bruto o que no tengo condición, pero lo cierto es que me paso la jornada dando vueltas a éstos los tres rengloncillos de mis dolores, pesando y repesando palabras, vocales, consonantes, tónicas, átonas y tal y no veo un fin de fiesta. Con este haiku, al cuarto de hora de labor, ya tenía la sensación de andar dándome de cabezadas contra un muro, pero de esos que hacían los egipcios y que duran todavía. Para empezar, el primer verso dice literalmente: "En el aroma de ciruelas". Bueno, no de ciruelas, claro, eso ya se sabe, sino de los ciruelos en flor: el poeta -otra vez el genial Basho- usa esa figura retórica que toma la parte por el todo o al revés; el continente por el contenido y olé. Me parece que se llama sinécdoque, pero no me hagáis mucho caso, porque estas cosas desde la EGB siempre las mezclo. Y eso que hay una historia que debería ser suficiente para hacerme recordar el nombre. Veréis: cuando yo era muy chico, en el colegio, un maestro le pidió a un compañero mío -debíamos de tener doce años- que le explicara la frase gongorina de Oh siempre glorïosa patria mía / tanto por plumas cuanto por espadas. Mi compa le dio una respuesta digna de un premio, pero grande: "Córdoba, famosa por sus toreros y por la calidad de sus gallinas". Ayer pensé que no sería mala obra el recopilar todas las barbaridades que había presenciado en mi larga vida académica (las de los profesores: con los estudiantes sucede generalmente lo contrario, que uno oye genialidades, si es que sabe escuchar). Bueno, pues tendría que empezar por aquí, porque el colega docéntico en cuestión se llevó las manos a la cabeza. A lo mejor un genio -el que dormía en el porvenir de mi compañero- se perdió para siempre.

En fin, aterrizando de los altos mundos de la retórica: que el problema era cómo meter en cinco sílabas aroma, ciruelos y de remate, artículos, preposición y otras alharacas. Aún decidiéndome por odor o árbol o cualquier otro apaño sinonímico, todavía me faltaba espacio en el renglón. ¿Qué hacer? La única respuesta a tan supremo enigma que había podido encontrar hasta el momento estaba en una página de internet y dice:

Aroma del ciruelo
de repente el sol sale.
Senda del monte.


Sobran las palabras que diría en idéntica circustancia Guillermo Sautier Casaseca (¿A qué no sabéis quién es, eh? Chincha, rabia... El listo que se acuerde que deje abajo un comentario...). En fin, que no es solución ni nada, porque el traductor renuncia de antemano al combate cuerpo a cuerpo quinquesilábico y se resigna al hepta sin más. ¿Qué hacer pues? En un primer momento creí que no había más solución que alterar el orden de los versos. Es un recurso de tufillo picaresco, claro; pero, oye, si no se incluye la traducción al inglés, pelillos a la mar...

Bueno, pues estaba ya tan contento con mis diecisiete silabejos en los que sólo había tenido que renunciar a piltrafas como el orden de los versos o al notto -"rápidamente"- del segundo, cuando me vino la idea de que quizá la posposición ni la podría trasladar mediante alguna chapucilla del gremio al segundo verso y, así, echando mano de obsequioso sinónimo, salvar el expediente X de las cinco sílabas. ¿Tendría prunus algún derivado en castellano? Según la RAE sí. Aunque no especifica dónde, resulta que hay lugares en los que al ciruelo se le llama pruno y a la ciruela, pruna. Vaya, que parecía que por esta vez iba a salir con el oficio.

Comparada con el japonés, la segunda versión tiene sólo un pero gramatical: mientras que en aquélla aparece un verbo deru, "salir", ésta, cual estación de tren tokiotera de ocho en la mañana, no deja espacio para más. Pues mira, cuando iba escribiendo la línea anterior se me ha ocurrido so alba que presta asoma; pero la falta del artículo o la alternativa de incluirlo, so el alba que ya asoma no me acaban de convencer, pero que ni un pimiento bercianero. Así que ahí lo dejo y santas pascuas.

Por cierto, ayer a las tantas volví sobre los tres haiku que compuse originalmente, los que me metieron en este negocio. Más que nada por obsesión de simetría les endiquelé unas traducciones albiónicas que no se las salta un gitano, vaya, ni con acta de eurodiputado adjunta en zona estomatera. Pues descubrí una cosa que demuestra lo bobo que soy por no haberme dado cuenta antes: el vicio monosilábico de la eufónica lengua de don Chaucer hace que la elección de palabros resulte muchísimo menos complicada que lo que sucede con el castellano, y es que a uno le suele suceder lo que a mí jugando a la siete y media, que siempre me paso. Es más, un problema muy frecuente es el inverso: cómo encontrar elementos léxicos que sean lo suficiente buenos mozos para rellenar la línea. Qué cosas, oye.

Con un aviso termino: mis buenos compadres angliparlescos, los pobres desgraciaítos a los que asaeteo con los mostruos de mis escritos originales en su lengua, a causa de variadas investigaciones estos días están para pocas: el primero, metido hasta las canganillas en una cosa de biología molecular de mes y un poco que ya atiende al nombre de Kent-chan; los otros dos, obedeciendo a la llamada de natura, de trabajo de campo de amores, flamantes y floridos. En fin, que hasta que Charles, el papa de Kent-chan, no lo meta en guardería o a alguno de los otros dos les deje de echar la zancadilla la dulce Afrodita, en absoluto respondo de que mis traducciones al inglés valgan medioduro. Bueno, ahora que lo pienso, como último recurso, a lo mejor éstos hasta podrían ayudar. No sé...

jueves, 28 de febrero de 2008

春なれや Haru nare ya!


春なれや
名もなき山の
薄霞



Haru nare ya!
Namo naki yama no
Usu-gasumi.


¡La primavera!
Sobre un monte sin nombre
suave es la niebla.




Has spring come indeed?
On the nameless mountain lie
Thin layers of mist


Bashō




Esta mañana, en el desayuno, le he preguntado a mi señora: "Oye, aquí ¿cuándo empieza la primavera?" Entre nosotros, hispanitos de la calle, una duda así no tiene sentido: acostumbrados estamos a que cada veinte de marzo el hombre del tiempo nos informe exactamente de a qué hora, minuto y segundo comienza la estación de las flores. Es que está muy claro: cuando el sol entra en la constelación de Aries, entonces. Pero para los japoneses la cosa no es tan simple: las divisiones meteorológicas del año no tienen que ver con la cronología o con fenómeno sideral ninguno, sino con el sentimiento. Así que, después de escuchar mi pregunta, ella se lo ha pensado un poco y me ha respondido: "Cuando florecen los ciruelos." O sea, que ya estábamos en primavera y yo, con estos pelos, todavía escribiendo, todavía perpetrando por ahí traducciones de haiku de invierno. Bueno, aunque lo hecho hecho está y ahí queda, propósito de enmienda no me falta: inmediatamente me he ido a la antología y he elegido el poema que habéis leído. No sólo después de mi decisión, después incluso de tener el texto castellano rematado he caído en la cuenta de que se trataba de uno compuesto por Bashō, el gran poeta.

Mi elección no ha sido ni mucho menos azarosa. Cuando, con los restos del desayuno aún en la mesa, me he quedado solo, he mirado por la ventana: en los montes de Tanzawa la neblina de la mañana todavía se resistía a acabar disipada por el sol. Los más altos y alejados, a esa hora aún sólo se adivinaban.

Aunque el original japonés puede tener -como siempre en un buen haiku- variadas interpretaciones, me ha parecido apropiado evitar la interrogación retórica que nos propone el Prof. Buchanan. Es posible que mi parcialidad por la expresión admirativa sea un simple eco de mi sorpresa matutina, la que me produjo el conocer el desfase estacional en el que aún vivía. El verso inicial lo he traducido en un primer borrador como: ¡Ya es primavera! Inmediatamente de las cavernas de mi subconsciente una voz opaca, macilenta, de ultratumba, me ha respondido: En el Corte Ingleeeeeés. Así que me lo he pensado un instante y al final ha quedado como está.

Del resto poco hay que decir: suave es la niebla es lo mejor que he encontrado para usu-gasumi. Ciertamente una traducción literal obligaría a dejarlo como "ligera neblina", así, a secas, sin es ni nada. El adjetivo suave se recomienda por sí sólo: reproduce, a mi juicio, el espíritu del poema (el que yo siento por lo menos). El verbo lo incluyo porque las dos eses me traían una tentación demasiado grande para no ser capaz de sucumbir a ella.

Concluyo: apunta la edición que sigo que el monte sin nombre del segundo verso no lo es tanto por naturaleza, sino por deseo del poeta, o sea, un monte de cuyo nombre no quiero acordarme. Otra vez la vaguedad, la afirmación, que traspasa todo haiku magistral, de la victoria de sentimiento frente al raciocinio. Bueno, no sólo del haiku, claro: también de la vida communis.


miércoles, 27 de febrero de 2008

天も地も Ten mo chi mo


天も地も
なしただ雪の
降りしきる



Ten mo chi mo
Nashi, tada yuki no
Furishikiru.


Ni cielo o suelo
se ven. Sólo la nieve
cayendo insomne.



No sky and no earth
At all. Only the snowflakes
Fall incessantly.



Hashin (1864-?)




No os voy a negar que los tres haiku que escribí y que luego traduje al español me han hecho una ilusión grande. Dándome cuenta de mis limitaciones y no queriendo hacerme empalagoso he decidido cambiar de tercio: como hoy tenía que pasar por la biblioteca central he tomado prestada allí la antología de Daniel C. Buchanan One Hundred Famous Haiku y me he hecho el propósito de intentar traducir al español uno de ellos cada tanto, empezando, claro, por los de invierno. La ventaja de haber elegido una antología bilingüe es que así me es posible incluir la versión del erudito americano y a vosotros contrastar unas y otras.

El haiku que he seleccionado para hoy entre los veinticinco de esta estación me ha parecido el más hermoso. El kigo es el mismo que el del primero que escribí yuki, "nieve". Mi versión de la última línea quizá a alguien le parezca demasiado libre: furi-shikiru, algo así como "no dejar de caer", o "no parar de nevar" lo doy en castellano como cayendo insomne. Una alternativa más ajustada a la letra es cayendo siempre. Ésa fue mi primera apuesta, pero no he podido resistirme a la triple aliteración de enes, a la gracia que produce la mayor variedad en vocales en ese verso, y al eco de la o acentuada de la segunda línea. Confieso que, a pesar de estos argumentos de eufonía, he tenido mis escrúpulos. Luego, pensándolo detenidamente, me ha parecido que insomne, o sea "sin descanso", se ajusta no mal al significado y, sobre todo, al espíritu del poema. A pesar de este veredicto mío, si a alguien se le hace siempre una elección más acertada, me gustaría que me lo hiciera saber. Ya lo decía la Santa de Ávila: "Qué aburrida sería la vida sin problemas". Qué horrible si nadie nos llevara la contraria...

Más sabe el diablo


La precampaña electoral
"Nos conviene que haya tensión"
EL PAÍS - Madrid - 14/02/2008
(el artículo aquí)



-¿Qué sondeos tenéis?
- Bien, nada...
- Sin problemas...
- Lo que pasa es que yo creo que Nos conviene que haya tensión.
- A mí me parece que Os conviene muchísimo.
- Y luego ya empezar a partir de este fin de semana a dramatizar un poco.
- Ya.
- Pero Nos conviene mucho... Si no la gente...
- Claro, Señor. Pero, con todo mi respeto: tened también mesura. Es la primera vez... una experiencia como ésta, en tantos milenios... No sabemos si va a salir...
- Oye, que todo ha sido una idea tuya: ahora no Me vengas con éstas. Si estábamos bien como estábamos... ¿De verdad aún crees que era necesario llegar a tanto?
- Absolutamente, Señor: no tengáis más dudas. "Hay que cambiar para que nada cambie".
- Mira, no te lo he dicho; pero ya no Me puedo callar: para Mí que el responsable de todo este desbarajuste eres tú. No Me digas que no te has pasado... Dejando entrar a tanta gente, digo...
- En absoluto Señor. Además, con la Ley Antigua no íbamos a ninguna parte: siendo tan estrictos como antes nos quedábamos en cuadro. Hacía siglos que... Ya conocéis las estadísticas. Señor, la idea, aunque fue mía, a Vos Os pareció tan buena...
-¿No te habrán robado las llaves?
- No, no, Señor. Vedlas aquí.
- En fin, que salgamos con bien de ésta. Si a lo mejor, Pedro, hasta tienes razón: "Más sabe el diablo por viejo..." Bueno, tú ya me entiendes.



Prozac, mi paradiso



- ¿Ausencia de deseo sexual?
- Sí, por completo.
- ¿Obsesiones suicidas?
- Sí.
- ¿Incertidumbre por su futuro profesional?
- Sí, muy grande.
- ¿Falta de apetito, bajo tono vital, insomnio?
- Sí.
- El diagnóstico me parece claro: estado depresivo agudo. Me dice usted que es la primera vez... ¿Antecedentes familiares?
- ¿Entonces con medicación mejoraré?
- Verá, lo importante en su caso es evitar la tensión emocional. Mañana mismo unas vacaciones...
- ¿Me recetará Prozac, Seroxat, Anafranil...?
- Cuidaremos la dieta, ¿usted fuma...?
- El Prozac es infalible. ¿Cuántas al día?
- Sí, sí, en fin: me va a hacer ejercicio. Un paseo de dos horas por la mañana...
- Doctor, dígame, con esta medicación...
- Verá, es que no le voy a dar nada.
- Doctor, créame: estoy seguro, pero cien por cien seguro, de que si no me receta antidepresivos, -muchos antidepresivos- no mejoraré. Nunca. De verdad.
- ¿Usted lee la prensa?
- Continuamente, todos los días.
- Entonces no hará falta que le ponga al tanto.
- No, no me hace ninguna falta.
- Pues eso. Vigilaremos el colesterol, las grasas, los excitantes -nada de café- y el nivel de stress. Practique su hobby. Si no lo tiene, búsqueselo. Y hasta la semana que viene. En caso de urgencia, no dude en llamarme, a cualquier hora. Del día o de la noche. Ahora le extiendo el parte de baja.
- Es igual, no se moleste.
- ¿Por qué? Por cierto, ¿a qué se dedica? ¿En qué trabaja?
- En la industria farmaceútica: psicofármacos. Ejecutivo. Bueno, la verdad: soy el accionista principal...


Un estudio asegura que antidepresivos como el Prozac o el Seroxat son poco efectivos
Los pacientes que toman placebos mejoran tanto como aquéllos que consumen estos fármacos
AFP / ELPAÍS.com - Londres / Madrid - 26/02/2008
La noticia aquí.

martes, 26 de febrero de 2008

Abdominales meningéricos

El primer blog que comencé, como sabéis, fue éste, en latín. Aunque no desespero en revivirlo, hace tiempo que lo tengo abandonado (Ars longa, vita brevis). Lo comencé en una página de "El País", pero luego descubrí el servicio de "Bloggers", en el que ahora estoy instalado, y aquí me veis. El sistema del periódico madrileño se me hizo engorroso de usar, no sé si por poca compatibilidad con el Mackintosh, o por mi nula pericia ordenadoreril. En definitiva, que ahora en esa página antigua sólo queda un enlace que remite a la nueva.

Hace unos días, como os cuento antes, me vino a la cabeza un haiku y pensé que en este espacio que ahora leéis no tenía mucho sentido el incluirlo. Por eso, volví a "El País" y ahí lo planté. Luego reconsideré las cosas y me di cuenta de que en mi blog de siempre cabía de todo. Decidí entonces publicar los haiku en los dos sitios, eso sí, dejándolos en el periódico sin traducción, con un enlace que remitiera hasta aquí.

Ayer reviví un proyecto que comenzado hará unos cinco años abandoné por exceso de trabajo (y de pereza; soy como soy): utilizar noticias de periódico como pie forzado y escribir un relato todos los días. Se trata de un ejercicio para despertar esa capacidad creadora que todos llevamos. Durante una temporada de mi vida me dediqué a dibujar a destajo: pues resulta que cuando uno se instala en ese mundo gráfico al final acaba viendo el de todos los días con una perspectiva nueva. Dicen los que de esto saben que es, sencillamente, el hemisferio derecho del cerebro, la loca de la casa, que toma la iniciativa y nada más. Bueno, pues con lo de escribir poemas o pescar ideas literarias sucede otro tanto: la primera semana es una cosa de trabajo minero arrastradizo: para encontrar el diamante en bruto te tienes que rascar las circumvoluciones cerebrales de sol a sol y a veces ni con ésas. Pero llega el octavo día de la creación, se prende el piloto automático, oyes una frase al azar y listo: a ésa se le añade otra -que se convierte en segundo verso- y el soneto, media hora después, lo tienes ya casi aviado; ves a una chica que cuando entra en tu vagón de metro viene azogada, sudorosa, falta de fuelle, y enseguida una luz se te enciende en las meninges -literal que me ha pasado- et voilà, tienes tu historia.

Arriba veis los primeros frutos de la Creación. Si lo tenéis a bien, contadme qué sos parecen. No hace falta que lo diga: también se admiten propinas...



梅の木 Ume no ki


梅の木は
望の香り
パパの花


Ume no ki wa
nozomi no kaori.
Papa no hana,

Como el ciruelo
fragante es mi tesoro,
flor de su papa.


Like plum tree blossoms
Fragrant little thing my boy
Is daddy's flower.





El diciembre anterior fuimos a España. Yo, por cosa del trabajo, tuve que regresar a Japón y pasé las navidades solo. Mi hijo y su madre quedaron en casa de los abuelos y allí estuvieron hasta concluidas las fiestas. El reencuentro en el aeropuerto fue emocionante: no olvidaré nunca la imagen de mi peque cuando venía del control de aduana arrastrando una maleta casi más grande que él mismo con un aplomo tal que daba la impresión de haber nacido viajando. En su carita se veía la felicidad encarnada: estaba otra vez en Japón y después de dos semanas -para un niño unas mil- veía por fin a su papa. Al salir de la terminal el viento de la anochecida cortaba. Me quité la bufanda que en invierno siempre llevo, la bufanda que su madre me regaló precisamente ahora hará unos diez años paseando por Kobe, se la puse al cuello y él inmediatamente exclamó con ese tono de satisfacción sincera del que son sólo capaces los niños: "Papa no ii nioi da!" (¡El buen olor de mi papa!). Es la frase más dulce que nadie me ha dicho jamás. Este poema querría contener un poquito del "aroma" de ese momento, tan trascendental para mi vida.

Como sabéis todos un buen haiku necesita de un kigo, una palabra clave que marque la estación: en los dos anteriores una es yuki, "nieve" y la otra, anacrónica porque estamos en época seca, ame, "lluvia". La de hoy es ume, o sea "ciruelo", apropiadísima para estas kalendas: desde mi ventana se ven tímidas pinceladas blancas y rosáceas que entre los árboles del monte, aún desnudos, se mecen con el viento. Me iría en su búsqueda al instante, pero el día amenaza nublado y se está tan agusto aquí dentro, oyendo el aullido del viento que golpea los cristales...






Soneto




Una nueva locura se ha asentado
en los entendimientos desta era,
que no hay quien a la hermosa dama quiera,
si no es discreta y sabia en sumo grado.

Por la hermosura no dan un cornado,
y adóranla si es fea y es parlera,
como si en el aviso consistiera
tener la dama el cuerpo bien formado.

¡O necio humor, no amor, mas devaneo!
¡Como, porque es astuta, la raposa
y no como, por simple, la gallina!

Cualquiera vaya, pues, tras su deseo,
que de mujeres quiero la hermosura,
pues hermosura busco y no dotrina.



lunes, 25 de febrero de 2008

雨の日 Ame no hi



雨の日に
心が乾く
君を待つ



Ame no hi ni
kokoro ga kawaku,
Kimi wo matsu.



Día de lluvia,
el alma siento enjuta
mientras te espero.



In a rainy day
I feel my soul getting dry
while waiting for you.


Bueno, ya he relatado en el anterior artículo en qué circustancias escribí esta madrugada aquel haiku. El que va ahora arriba, aunque más reciente de hechura, de origen es casi prehistórico. Hará unos cinco años, cuando me pasaba el día zurrándome a modo con la métrica castellana y no paraba de escribir sonetos y romances, me salió, entre unos y otros, cierta coplilla japonesa que decía:

Ame no hi, ame no hi,
kimochi yoi koto yatta
anata to tomo ni.


("Día de lluvia, día de lluvia,
cosa de gustito hicimos
los dos tan juntos")


Como se ve, contando las sílabas a la castellana cada verso resulta octosílabo. En japonés un poema compuesto por líneas de ocho, diez y siete caracteres hiragana -que es como se cuenta- no tiene ningún valor especial. Pero a mí (inevitablemente), me producía mucha gracia, sobre todo porque había sido el primero. Tanto que improvisé también una musiquilla ramplona para él (voz de bajo profundo con piano acompañante) que repetía machaconamente, hasta que mi dómina me mandó callar con el argumento de que a ella, como hablante nativa de la lengua nipona, cada vez que la escuchaba le rechinaban los oídos. En fin, que me hice cargo de sus sufrimientos estéticos y no volví a tararear el estribillo, sino en voz baja y estando bien seguro parapetado en el santuario de mi habitación.

Esta mañana, cuando he acabado el primer haiku, he pensado que sería buena idea el compensarle de sus sufrimientos antiguos y escribirle ahora otro poema que comenzara con las mismas palabras del odioso sonsonete, pero disfrutando de los beneficios de estructura y remate de la estrofa clásica. El original japonés me gusta mucho más que la traducción hispana: es que aquél goza de un nivel poético de ambigüedad con mucho superior al que la gramática romance le permite a éste. La necesidad de marcar el sujeto en el verbo (espero) dentro de nuestra lengua destruye mucho de su gracia.


Para que no quede nada sin decir en esta crónica de musas, referiré que el poema ha gustado mucho. Incluso, para mayor regocijo, afirma mi señora que de la matraca histórica aquella se ha olvidado por completo: El perdonar, de sabios; el olvidar, de dioses...

富士に雪 (Fuji ni yuki)




富士に雪
我の胸には
ひが光り





Fuji ni yuki.
Ware no mune ni wa
hi ga hikari.



Nieve en el Fuji.
Muy profundo, en mi pecho
el su ampo brilla.



Snow on the Fuji.
Deep, very deep in my soul
The sun is shinning.



Ayer por la noche no podía dormir. Por ver si el ligero ejercicio hacía venir al sueño salí a la calle y el viento frío de la madrugada me despejó aún más. Entonces, brillando imponente la luna, con su reflejo invernal en el Fuji a lo lejos, el insomnio se convirtió en un breve paseo de exaltadora belleza. Aún tiritando el relente del alba, durante los cinco minutos de reposo del té de las primeras luces, me vino el haiku que veis arriba. Misterio es el que haya nacido precisamente tan diurno.

Cuando mi "santa" despertó se lo leí. Ella me sugirió el sustituir hi ga hikaru ("el fuego -o "día", o "sol"- brilla"), que era lo que había escrito yo, por hi ga hikari ("el brillo del fuego -o "día", o "sol"-"). Supongo que no hace falta enumerar todos los méritos poéticos de tan ponderada elección. Sencillamente incluyo el sustantivo, suprimo el verbo y, con este párrafo dejo claro de quién es el mérito principal del poema.

Trompetas celestiales









viernes, 22 de febrero de 2008

Evento insólito y providencial


El día 13 (jueves) del próximo mes de marzo, a la taurina hora (más o menos) de las seis de la tarde, daré una conferencia que lleva puesto el insondable y proceloso título de "Salamanca en la literatura". Teleológico evento tal llevaráse a cabo en el marco -incomparable- del "Edificio satélite" que Gaigo (la Universidad de estudios extranjeros) tiene a la vera mismita del campus principal (Hongo) de Todai, uséase, la histórica, gloriosa, centenaria, insuperable y patidifúsica Universidad de Tokio, orgullo de locales; azote, pasmo y asombro del orbe conocido. Como hecho tan insólito no admitiría trato muy de bóbilis, la entrada se cotiza a los ¡mil yenes! Empero, por causa justa es: la de sacar dinerillo ad maiorem gloriam de nuestra "Asociación 'Universidad de Salamanca en Japón'", buena y benéfica cual haya alguna.

Porque si no luego va y se dice que si tal, antes tengo que aclarar estas dos cosas que aquí siguen. Primera: como viene siendo consuetúdine fatálica por causa de mi natura propria, generosa y algo estúltica, los laureles, la gloria de Talía y de Fama volatriz, serán mi recompensa única; peculio, nichts, nothing, niente, res de res, nanimo nai. Segunda: yo no iría -como escuchante, digo-; pero, siendo el parlante contratante de la primera parte contratante de la segunda parte, a ver: es cosa del farandulesco oficio con el que me arrepaño las alubias; no me queda más remedio que fichar.

En fin, que escribo esto porque me acaba de llamar la secretaria de la Asocia y me dice que, faltaría más: mis estudiantes, amigos, deudos, allegados (y enemigos, añado de cosecha imprómptica) no pagarán entrada. Hasta ahí podíamos llegar. Osea que, si alguno tenéis afición (o morbo, porque no creo que sea ésta circustancia que mucho se prodigue), los canales consagrados de la tonante técnica telecomunicadórica mediantes, a ponerse en contacto con mi menda, darme por su sitio un toque bueno y al punto sos apunto (sin "apuntamiento" previo me dicen que no vale, que esto es el Japón, oyes; vete ya enterando de una vez, ¿no?).

La conferencia será en nuestra sonorosa lengua cervantina; las preguntas, Dios dirá.

En fin, tened piedad de este pobre pecador y apuntaisus: si no me tomo una birrita bien acompañado después del susto (y, a ser posible, antes), ja, chacho, oye, que hasta me da el jamacuco, mal rayo me parta. Ole.


Iacobus dixit.

domingo, 17 de febrero de 2008

La mandarina de Amaterasu

Hoy domingo ha sucedido algo muy habitual en mi vida nipónica en mañanas como ésta: cuando a las seis y media estaba en lo mejor del sueño ha sonado el teléfono: era la Sra. Yaguchi, la madre de uno de los colegas de mi hijo: el suyo, su esposo y Taku-chan, otro crío de la guardería, iban a subir al monte Kobo dentro de, digamos, veinte minutos. Como tengo a mi señora en cama con un gripazo impresionante, me ha parecido un plan de perlas para pasar el día, así que, a velocidad de trueno, nos hemos dispuesto con la ropa de monte, hemos cargado las mochilas y no nos ha dado tiempo a más, porque enseguida ha vuelto a sonar el aparato: Yaguchi-san -el padre- y los dos pequeñajos nos esperaban para llevarnos en su todoterreno hasta su casa, que está, a diez minutos de aquí, en la ladera de la cordillera de Tanzawa, a la que pertenece el monte Kobo.

Pues dicho y hecho: en hora y media nos hemos puesto en la cumbre. Entre naranjos y cerezos aún invernales el camino de ascenso, suave, se nos ha hecho trabajado de verdad (estamos un poco faltos de forma), pero delicioso y estimulante. A la derecha de nuestra marcha teníamos el monte Fuji en todo su gloria invernal, nevado y grandioso como sólo lo es él. Cuando uno lo ve todos los días comprende precisamente por qué los artístas plásticos han tenido siempre tanta obsesión por su figura: no hay dos momentos en que la muestre igual, sus tonos varían de la mañana a la noche y de jornada a jornada. Yo muchas veces no haría otro trabajo que admirarlo. Desde nuestra casa, por una mala suerte de la perspectiva, no se ve; pero veinte metros hacia el sur ya se entremira el punto más alto de su nevada corona y desde el edificio de mi despacho, a un medio kilómetro, la vista es impresionante. En invierno, claro; porque vendrá abril, y despídete hasta el otoño.

Al contrario de lo que sucede en mi tierra, la estación del frío en la Japonia, meteorológicamente hablando, es la temporada más alegre. Será por mi contumaz e inmarcesible pelo de la dehesa; lo cierto es que demasiado no me puedo acostumbrar a este -para mí- trastueque ocioso y aun perverso del calendario natural del mundo. En fondo de temperaturas primaverales, el paisaje de cerezos primorosamente florecidos recortándose sobre un cielo de color tul de novia negligente me descoloca las mollejas, me agobia, no se me hace abril. Los nativos, en especial "mi santa" se ríen cuando les hago ver mi desconcierto. Para ellos un azul intenso sobre sus cabezas en esos días sería una paradoja: les daría repelús, esa luz pura les pondría frío en los tuétanos y la carne de gallina.

Bueno, lo cierto es que sí que hay días de cielos inmaculados en el verano: en junio, cuando pasa algún tifón fortísimo, el día siguiente nace del mismo color que lo haría en el Mediterráneo. Cuando eso sucede, dos o tres veces al año, yo no puedo trabajar. Tenga lo que tenga que hacer (salvo que sea dar clase, obviamente) dejo mi labor y me voy a la calle. El día aquel del 2002 en el que jugaron por primera y única vez en un mundial los equipos de Brasil e Inglaterra, coincidió con el efecto que acabo de describir. Yo no soy aficionado al fútbol, me interesa como fenómeno social y nada más; pero ese día habría dado cualquier cosa por poder disfrutar del partido en el estadio de Shizuoka, abarrotado mitad y mitad de profes de inglés venidos de todos los rincones del país y de inmigrantes "nikkei" de origen japonés cuyos abuelos habían marchado hasta América en búsqueda de esa tierra prometida que ahora reencontraban sus descendientes en la primitiva de sus ancestros. Parecía que un demonio guasón hubiera preparado la contienda, porque precisamente quiso la casualidad que el combate se dirimiera en una provincia en la que en muchas de sus ciudades la lengua oficial no es el japónico, sino el portugués, tanto que hasta se la conoce popularmente como "Shizuoka de Janeiro". No voy a recordar la fiesta posterior al pitido final que me relataron mis amigos brasileños -sajones y cariocas remezclados- porque si lo hago a lo mejor no paro de gimotear en toda una semana.

Pues bueno, que hoy, gracias a los más generosos de los kamis, los dioses locales que velan de nosotros, hemos podido disfrutar, desde lo alto del monte Kobo, de una mañana preciosa de invierno japonés. Como ya sabéis, no soy fotógrafo. Y lo he sentido, porque me habría gustado regalaros dos imágenes muy grandes: el Fuji, como digo, a nuestra derecha y, al otro lado, a lo lejos, el brillo glauco de las aguas del Pacífico en la costa de Odawara. Si Amaterasu, la diosa del Sol, patrona de estas tierras, se nos hubiera aparecido sobre ellas nos habría resultado incluso natural. De haber sido así, le habríamos invitado a las mandarinas que devorábamos en aquel momento; bueno, a una sola: otra cosa no habrían permitido ni de broma los tres golfales de nuestra tribu.



miércoles, 13 de febrero de 2008

Yo soy aquel negrito

Ya quedó dicho por varias entradas anteriores: en mi juventud de la única insensatez de la que me tengo que arrepentir es, me parece, de la de haber sido tan sensato. "Quien de pollo por Séneca se tiene, de viejo en lo más lerdo que deviene" ha sido siempre uno de mis refranes favoritos; de defender su prístina verdad creo que puedo excusarme: basta mirar alrededor para encontrar ejemplos doblados que lo confirmen.

Pues bueno, quizá el despropósito más grande que cometiera en aquellos primeros años de mi vida, un despropósito del que ahora me enorgullezco y creo que con fundamento, es el de haber dedicado siete años de ella a estudiar griego clásico, y el haberlo hecho a tumba abierta, de forma apasionada, intensiva, irreponsable, haciendo oídos sordos a los consejos de los sabios que me zumbaban alrededor con la cantinela de otro refrán tan ponderado como el primero: "Trabajar en lo inútil es peor que no hacer nada". La lectura a pelo, libre, sin el uso del diccionario, intuyendo este significado, equivocándose en el otro, dándose de mollerazos contra los textos, es desde luego el placer más grandes que disfruta uno cuando comienza a pasar el nivel picapedrérico gramatical al que se ve inevitablemente condenado el neófito del estudio de cualquier sistema lengüero que el mundo haya parido. Los catecúmenos del idioma de Herodoto experimentan esa dicha casi universalmente enfrentándose a los discursos de Lisias, "la abeja ática", ese leguleyo meteco que, aún sin poder gozar de los beneficios de la ciudadanía ateniense, manejaba el idioma de sus vecinos con una gracia suprema, con una sencillez llena de hermosura que aún hoy en día, desde la otra orilla de los milenios, con tal de poseer una sensibilidad mínima, cualquier jovenzuelo alevín de helenista puede disfrutar.

Es precisamente esa condición de meteco, de inmigrante que diríamos ahora, la que me ha traído la figura de Lisias a la memoria. Atenas fue -por lo menos en su época de esplendor- lo que hoy llamaríamos "un lugar de acogida": gentes de todos los rincones del mundo conocido paseaban sus calles, pregonaban mercancías, discutían la última teoría de la naturaleza de las cosas, recitaban sus yambos o perseguían sus amores. Como ya sabéis eran los atenienses gente muy orgullosa de su ciudadanía, un orgullo que les llevaba a hacer casi imposible la naturalización a la gran cantidad de venidos de otras polis griegas; eso no impedía el que incluso desde el estado se estimulara la incorporación de nuevos y valiosos elementos extranjeros a la ciudad: si el propio Lisias nació en Atenas fue precisamente a causa de una de esas invitaciones, la que el mismo Pericles extendió al padre del orador animándole a asentarse en la ciudad de la que era mandamás primero. Los jerifaltes atenienses, gente lista y avisada como en el mundo ha habido pocas, bien sabían que su puesto de privilegio en la liga militar que comandaban, origen de su fortuna y su bonanza, no se podría mantener sin una sociedad dinámica y una economía pujante que hicieran al estado poderoso y enérgico, y estaban al tanto de que sólo en un ambiente de libertad que permitiera el ir y venir las mercancías, las ideas y las gentes podrían crear esa riqueza que exigía el exagerado tren de vida que necesitaba el mantenimiento del Imperio marítimo de cuyos diezmos y primicias gozaban con bastante cara dura. Mientras el negocio fue viento en popa las cosas, para todo el mundo, inmejorables. Pero ya se sabe: llegó el día de la ira, en la guerra a los atenienses les tocó perder y el gobierno de los Treinta Tiranos -en un gesto repetido y multiplicado en Alemania dos mil quinientos años después- destruyó contando con la pasividad de su población a la minoría de metecos ricos y, como aquel que no quiere la cosa, se fueron repartiendo alicuotamente los beneficios del pillaje por las esquinas y las sombras más recogidas.

Vaya, que este asunto de los derechos de ciudadanos contra inmigrantes, de la necesidad, conveniencia o no de admitir a gentes venidas de otros aires no es cosa de anteayer. La regla, entonces y ahora, ha sido siempre la misma: el rico, el que paga, pone siempre las condiciones, y las pone, obviamente, movido no por su buen corazón, sino por amor del bolsillo. Si Atenas no hubiera necesitado a gente emprendedora como el padre de Lisias -a su muerte, uno de los hombres más ricos de la ciudad- no se le habría invitado a cambiar de domicilio. Pero para todo hay excepciones, porque ¿qué tiene que ver esto con la masa de gente deshidratada que verbenea por las playas del Mediterráneo? Obviamente si los admitimos a nuestro paraíso es por mera humanidad, porque ¿a quién va a beneficiar tanta harapiencia, sin estudios, sin oficio, sin beneficio en este país nuestro, valhalla de licenciados, doctores e ingenieros? Por eso, y porque todo tiene un límite, habrá que decir algún día "basta", ¿no?

Los especialistas de la cosa que lean lo que sigue habrán de perdonarme. Háganlo con el afán de benevolencia que se le debe a un buen amigo: por dedicarme a ese despropósito de estudiar el griego no me dio tiempo a ponerme al tanto de cómo funciona el mundo tan complicado de los intríngulis económicos, de modo que las frases que vienen a continuación no son sino cuatro despropósitos que se me ha ocurrido hilar, en mi ignorancia, con el único fin de que quien de verdad entiende me corrija, me amoneste y me castigue: para eso esto es un blog y por lo mismo tenemos abajo comentarios.

Como veo que lo de las pateras les preocupa tanto a los políticos ahí les sugiero una solución barata, contundente y hacedera. La verdad es que no he tardado ni cinco minutos en pensarla, pero, en fin, aplicándola, el problema se acaba en cuatro semanas: se hace una legislación que condene a veinte años de cárcel (o al máximo que la ley permita) al desaprensivo que emplee a cualquier trabajador sin los papeles de regularización por delante y problema concluido. Los de las pateras serán pobres; pero tontos, no: si se juegan la vida es por la certeza de que van a encontrar trabajo, un trabajo, obviamente, remunerado por debajo de los límites legales, con cuatro perrillas, vaya. Desde su punto de vista el trato merece la pena; pero quien más se beneficia con la componenda es sin duda el "capital", ese ente abstracto tras el que estamos, en mayor medida, todos los que nos vemos a este lado de la raya, amparados bajo la santidad de la ley, las buenas costumbres y el sagrado "droît de sang".

Persiguiendo implacablemente al ejército que se aprovecha -nos aprovechamos- del inmigrante paterero los políticos acabarían con su flujo, sí; pero no sólo con él: también con la gallina de los huevos de oro. Toda la economía sostenida por la mano de obra ilegal -hay quien dice que un diez por ciento del tinglado, me parece- se hundiría sin remedio. La "legal", la que se beneficia de los salarios mínimos a la baja que provoca por mera ley de mercado la gran bolsa de mano de obra de la inmigración "no regulada", se vería gravemente malherida por la revaloración de los salarios de los currelas nativos: en cuatro días la señora que nos quita la canguinga de la letrina, la cocinera ecuatoriana de la abuela, el senegalés que recoge la pera en Lérida -bueno, sus sustitutos hispanos, ahora libres de competencia darwinista- iban a verse cobrando un sueldo superior al de un letrado: hasta seguramente alguno de éstos últimos se remangaría la camisa y dejaría el despacho aprovechándose de la coyuntura de la coyuntura.

Resultado: esta subida meteórica del precio de la mano de obra produciría efectos colaterales divertidísimos: sectores enteros de la economía legal, sufriendo nuevos salarios "reales", a la quiebra, y, por tanto, aumento furioso del desempleo; disminución en picado de las cotizaciones a la Seguridad Social; inflación desmandada consecuente, debida al aumento de costes en las empresas que lograran sobrevivir; menor competitividad en el mercado exterior y más paro por lo tanto... en fin, que lo del veintinueve, cosa de criaturas.

No sé del nivel de la cátedra de Economía en la facultad de Derecho de la universidad de Santiago hará unas tres décadas; por si acaso al santo de guardia le voy a ir poniendo unas velas retrospectivas para que no haya sido excesivamente bajo, para que los estudiantes que pasaran por sus aulas cuenten hoy con una formación competente en tan delicada disciplina y para que los despropósitos que oímos estas kalendas no tengamos que interpretarlos más que como mera estrategia para mantener contentos a tirios y troyanos y así conseguir los votos de ambos: del que paga cuatro cuartos al trabajador africano que le recoge la cosecha y de la abuelita algo aprensiva que pega un brinco cada vez que se cruza con uno de éstos yendo de camino a donde el pan. Porque si lo que se escucha por ahí es lo que nuestras lumbreras de verdad proyectan, si lo que dicen lo manifiestan de corazón sin darse cuenta de las consecuencias económicas que esa política que defienden nos traería, si de verdad y de la buena piensan practicar lo que predican; entonces, oye: apaga y vámonos.


martes, 12 de febrero de 2008

De sus obras y sus pompas



Una compañera de trabajo se enteró de que a mis estudiantes les hago escuchar cierta canción de Antonio Machín en la clase que dedico a la música popular dentro de la asignatura de "Cultura y Sociedad Españolas" (en fetén スペイン語文化と社会). Parece ser que uno de ellos, con esa ingenuidad enternecedora que sólo se disfruta a los veinte años, le había preguntado si ella también compartía esa mi afición por la música del bardo cubano. No sabiendo con qué carta quedarse -si con la de la indignación proporcional a la gravedad de la circustancia o con la de la incredulidad benevolente- se me acercó en la sala de profesores y, provista de la energía del púgil peleón fajado en mil veladas, ése que salta al ring dispuesto a devorar al otro primerizo y tontorrón, me preguntó a bocajarro por el asunto. Cuando le confirmé sin rubor su sospecha me miró con cara de pasmo y soltó un irreprimible "¿Y no te da vergüenza?" que le salió del alma.

No era ésta la primera vez que me veía blanco de su santa y justificada indignación: poco tiempo antes, cuando tras las lecciones me pilló absorto en la misma sala sobre el Polifemo me pulverizó con una mirada telúrica al tiempo que me esquinaba contra las doce cuerdas lanzándome un directo a la parte más blanda de mis asaduras en forma de: "¿Pero no me digas que tú lees poesía...?" Ella parecía que no; por eso me ahorré la cita de César Vallejo que me vino a la cabeza -ella es española, aclararé-; bueno, por eso y porque, obviamente, compartiendo ambos la nacionalidad, a lo mejor el verso se me podría caer también a mí un día en la cabeza.

Como yo soy de los que escarmientan poco, este segundo round -el de Machín, digo- su pregunta me pilló también de guardia baja y tampoco supe responder de forma más o menos decorosa. Creo que, como la otra vez, sencillamente, con un buen juego de piernas hurté el cuerpo al castigo. Ahora me doy cuenta de que obré de forma muy prudente: si ella hubiera sabido de mis gustos plebeyos en materia musical quizá habría removido Roma con Santiago hasta conseguir por lo menos un K.O técnico, o sea, que el catedrático encargado del currículo académico no me asignara otra obligación que la de enseñar cursos de "Gramática 1" con el argumento de que en clases más avanzadas me convertía en peligro público para la sanidad mental de nuestros pupilos.

Como estamos en confianza, como esto no lo leéis más que vosotros que sois muy de casa, os lo digo así, en voz susurrada y con mucho sotto voce: lo cierto es que, además de Machín, me alegra y hasta estimula escuchar ciertas canciones de Manolo Escobar, María del Monte, Antonio Molina o Sara Montiel. Qué le vamos a hacer: hay lo que hay, se es como se es y, del mismo modo que sucede con los padres o los hermanos, uno no se puede escoger a sí mismo. Pero quede claro, y advertidos os dejo: si se lo contáis a alguien, si lo vais repitiendo por ahí, si llega hasta los oídos de la Santa Inquisición, renegaré las veces que haga falta; y me sentiré como un bendito, oye.




lunes, 11 de febrero de 2008

¡Más madera!

Hace una semana más o menos me llegó un mail de Seul, de mi amiga la profesora Lee, en el que me enviaba algunas fotos de Salamanca, del simposio de japonología de diciembre y, también otras en las que me presentaba a sus hijos, dos pequeñajos de unos ocho y diez años, y a su esposo, un coreano guapo (feos he visto pocos), de sienes regiamente grises y mirada sensible e inteligente. A la profesora Lee, una catedrática de la universidad Han'yan, tuve el gusto de acompañarla hace dos meses escasos en el viaje que hicimos por los patrimonios de la humanidad más pateados de nuestra Península: no voy a relatar con detalle el periplo para evitarme un mareo premonitorio de eso que han dado en llamar los expertos "mal de Stendhal" y que decían que les achuchaba mucho a mis compatriotas japoneses cuando viajaban por Europa en aquellas épocas del yen fuerte que, por desgracia, parecen haberse acabado.

De la simpatiquísima profesora Lee, y del resto del grupo coreano, me he acordado esta tarde al leer que en la ciudad en la que ella vive ayer mismamente ardió una de las reliquias históricas del país, Namdaemun 南大門, o la "Gran Puerta del Sur". Esa misma puerta en japonés se llama Nandaimon: el parecido de las dos palabras se debe a que ambas están compuestas por tres elementos siníticos (el último 門, "puerta", mun en coreano, mon en japonés y men en chino, no es sino el mismo del final de Tian'anmen 天安門 ("la Puerta de la Tranquilidad Celeste"), la gran plaza de Peking, y el primero, 南 nam "sur", ése con el que acaba Vietnam 越南). Gracias a la influencia china en los países que gozaron de su tutela histórica (también Vietnam) hoy en día a los que conocemos alguno de los idiomas de estos países, se nos hace relativamente fácil el aprender los otros debido al aire de familia que presenta el vocabulario, sobre todo el estrato "culto".

En fin, que, sabiendo del amor casi fanático que profesan los coreanos por todas las manifestaciones de su cultura, el primer impulso que tuve fue de enviarles un mensaje de pesar a mis amigos. Después, cuando lo rumié un poco, caí en la cuenta de que si así lo hiciera obraría de una forma bastante hipócrita. Y es que después de pasar la noticia por el tamiz del raciocinio ahora he acabado por convencerme de que a la tal puerta, y a Corea en general, en el fondo, no les podría haber sucedido nada mejor. Sé que tengo que explicar esta afirmación tan estupefaciente, si no para mis lectores -a los que os presumo más listos que el mismísimo Lepe reencarnado- al común de los andantes.

Para empezar, gracias al desastre, -imagino- el españolito más desinteresado por las cosas del Oriente, ése incapaz de localizar en un mapa mudo de la tierra a Seul, conoce ya de la existencia de una pieza cultural que confieso sin sonrojo que a mí no me sonaba ni de nombre ayer, a un fulano como yo que ya lleva leída más de una docena de volúmenes de la historia de la "nación de la calma matutina", que ha estudiado los rudimentos de la lengua, que vive en un país en el que es casi imposible no tener amigos coreanos...

A pesar de mis muchos trabucos mentales, algo que lo que no puedo presumir es de ser fetichista o iconero: para mí las cosas en sí no tienen más valor que el espíritu que las anima, la idea que las concibió, ese embrujo de la mente que se atrevió a presentirlas y a sacarlas de la nada. Si la existencia de esta puerta enriquece de algún modo a la especie humana, si es algo más que un vacio timbre de orgullo para el pueblo coreano, lo es sencillamente porque su forma, su diseño, lo que es inmaterial e imperecedero nos ilumina nuestro ser, del mismo modo que -por lo menos para mí- lo hace una partitura de Bach, cierto soneto de Quevedo o tal película italiana de los sesenta: si la partitura o el soneto están impresos en papel de la mejor calidad o en resma de cuatro cuartos, si la película la veo en vídeo, DVD o cualquier formato que puedan inventar nuestros descendientes tecnocráticos, para mí el caso es el mismo: quién duda que la disfrutaré con más placer en una gran pantalla que en la chiquita de mi ordenador, que preferiré que me interprete la pieza Richter a Periquito el de quinto de piano; pero lo que vale de verdad, lo que me emociona o no hasta las lágrimas incluso, no lo altera una u otra circustancia.

Sobre Namdaemun se habrán escrito tesis, manuales, estudios incontables, existirán imágenes bastantes para, puestas en fila, hacer viaje de aquí a la Luna y vuelta. Los arquitectos, artesanos, eruditos, especialistas de pedigríes varios de Corea y del ancho mundo, los grandes capitales deducibles de impuestos, los estados, las agencias de la Unesco, del Consejo de Europa se verán felices de colaborar en el gloriado evento de la restauración... Se celebrarán congresos, simposios, exposiciones sin fin; vaya, que turistas vendrán a miles - veo a los hosteleros secarse ya las lagrimas-, y vendrán a visitar la reconstrucción, primorosísima por supuesto, idéntica al original; perfecta, aún más, seguramente, que ese "original", que no era más que una pieza seriamente retrabajada tras la Guerra de Corea, un conflicto que la dejó, por lo que cuentan, muy maltrecha. Ahora, este nuevo avatar del monumento podrá gozar del beneficio de toda la cañonería de avances eruditos que se habrán producido en los últimos cuarenta años, de la pujante tecnología coreana y de la munificencia financiera universal. ¿Qué se habrá perdido a la postre? Alguna tonelada de madera vieja y ríos de lágrimas de los súbditos de la gran nación del Este, lágrimas que, como sabe cualquiera que sufra, cual mi caso, de ataques intermitentes de "dry eye", acaban siendo presentes divinos para el ojo.

Qué cosa: si hasta ahora que voy terminando estas palabras me dan ganas de enviarle felicitaciones a mi amiga... No sé, pensándolo mejor, y por si acaso, me voy a cortar un pelo.

domingo, 10 de febrero de 2008

αἰ δὲ μὴ φίλει, ταχέως φιλήσει...

Estos días, no estando muy católico del ánimo, me he visto incapaz de escribir cosa de sustancia: sólo he incluido en la cabecera del blog un verso sacado del Himno a Afrodita, no tanto por lo que dice (si ella no te quiere, pronto que lo hará) sino por lo que para mí, como sabéis, suponen esos caracteres griegos al principio de mis palabras. Aunque tal vez no se note, mis escasos -pero selectísimos- lectores me merecéis un respeto cercano a la idolatría y, así, cuando no tengo nada que deciros, porque del caletre no me sale, o porque el trabajo no me da tregua, en lugar de saldar el expediente largando lo primero que me viene, os quiero informar de mi vida incluyendo aquí fragmentillos de mamotretos que voy medio leyendo, de las poesías que me salen al paso o de las imágenes hermosas que veo por estos mundos que las ninfas electrónicas nos dieron. Me parece que, si no mi prosa -desde hace un tiempo de capa caída- por lo menos esas explosiones de alegría, las obras de los maestros del pasado, servirán para recordaros en momentos de desánimo la primera obligación que tenemos ante nosotros mismos: apurar todos los días la copa de la vida, y de apurarla hasta las heces...

jueves, 7 de febrero de 2008

martes, 5 de febrero de 2008

Poderoso caballero


La presidenta regional y del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, y el número dos de la candidatura popular al Congreso, Manuel Pizarro, intercambiaban ayer impresiones en la sede del partido. Para Aguirre, es “fantástico” que el ex presidente de Endesa, “que ha defendido a aquellos cuyos derechos podrían haber sido atropellados, haya decidido “dar el salto a la política”.

El País, 5/2/08
La foto es de aquí



The interest of dealers [...] in any particular branch of trade or manufactures, is always in some respects different from, and even opposite to, that of the public. [...] The proposal of any new law or regulation of commerce which comes from this order, ought always to be listened to with great precaution, and ought never to be adopted till after having been long and carefully examined, not only with the most scrupulous, but with the most suspicious attention. It comes from an order of men, whose interest is never exactly the same with that of the public, who have generally an interest to deceive and even to oppress the public, and who accordingly, have, upon many occasions, both deceived and opressed it.

Adam Smith, The Wealth of Nations, Volumen I




el santi también estuvo aquí

lunes, 4 de febrero de 2008

domingo, 3 de febrero de 2008

Suave aroma de incienso sosegado

Ayer iba en el tren para la biblioteca de Atsugi -ya sabéis: donde McArthur tenía el garage- cuando entraron en mi vagón dos niñas de unos ocho y seis años que, por apariencia e impedimenta, deduje irían a su lección de ballet.

- Oye, cuando lleguemos a Ebina -le decía la mayor a la pequeña- nada de andar: hay que correr.
- De todas maneras vamos a llegar tarde.
- Bueno, la posibilidad de que lleguemos tarde está en un cuarenta por cien. De que lo hagamos a tiempo, en un sesenta.

Esa precisión matemática me hizo sonreír y me trajo a la memoria una escena que viví hace unos días cuando se me acercó mi hijo con un libro, señaló una ilustración y me preguntó:

- Papa, ¿sabes qué es esto?
- Claro, un dinosaurio.
Inclinó la cabeza en un gesto de "para ese viaje..." y soltó.
- Bueno, la verdad es que es un Stegosaurus.

La primera vez que fui a un museo de la ciencia -el de Tokio- debía de tener unos treinta y tantos; mi hijo aún no podía andar cuando entró en él, por eso, me imagino, no tendré que extrañarme de que "Stegosaurus", y además "Tiranosaurus", "Velociraptor" o "Alosaurus" sean palabras comunes para él: son los nombres de los fósiles del museo que su padre le ha leído varias veces y que, como todas las experiencias que vivimos en la primera infancia, le han quedado grabados en la memoria.

En el libro de lecturas en ruso con el que medio estudié ese idioma en mis años mozos ya aparecía un texto con una conversación entre dos abuelos acerca de este tema: "Ivan Ivanovich, hoy en día los niños ven la televisión, visitan los museos, las bibliotecas, las salas de concierto... Es normal que a tan corta edad adquieran conocimientos de los que nosotros no disfrutamos hasta que fuimos adultos..." Es posible que esta generación que ahora a mí me parecen el límite del espabilamiento sientan lo mismo que los dos abuelos rusos del manual cuando les llegue su turno, y así volveremos a la cosa de Demócrito de que "todo permanece" y santas pascuas.

En los últimos tiempos, con los exámenes finales (horribilis sobre horribilis), no he tenido tiempo para nada. Además, como soy vago rematado, el exceso de trabajo me pone en un nivel de ruina anímica que no me permite labor de provecho. Casi sólo para dar unas magras señales de que seguía en el mundo y batallando incluí en este blog durante los últimos días dos citas de un libro de economía que estaba leyendo y cuatro links a otras tantas interpretaciones magistrales de divinas señoras de la lírica. Las dos conversaciones que refiero arriba -la de las dos niñas y la de mi pequeño y su padre, o sea, yo mismo- y el presente espléndido de las voces de las grandes damas que nos ha regalado la vida, me obligan aquí a echar un cuarto a espadas en favor de Heráclito, y considerar que en el fondo las cosas, incluso las de la infancia, sí que cambian, y a veces para bien. Veréis.

Tendría yo unos seis años cuando comencé a comprender las palabras que cada domingo repetía el cura. Una frase en especial me llenaba de desasosiego: "He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión". Y es que sentía que, si me esforzaba titánicamente, podría refrenar de todo mal mi pensamiento, mi boca o mis acciones y así ganar el paraíso; pero ¿cómo evitar el pecado de omisión? ¿Cómo renunciar a los tebeos, al partido de fútbol de platillos, a la Vuelta a España con ellos alrededor de mi barrio cuando llegaba el verano, a las partidas de ajedrez en el recreo de la escuela o, tras la salida del colegio, a los indios de plástico y el fuerte que me trajeron los Reyes? Claramente esos buenos ratos no eran sino "pecados de omisión", momentos dedicados egoístamente a mí mismo en lugar de a los demás, a las buenas obras, a las oraciones o los sacrificios? Bueno, pues estos tormentos producidos por escrúpulo de conciencia sólo fueron el principio. No voy a relatar los que sufrí hasta los dieciséis, más o menos, a manos de aquellos curas continuadores de la más pura tradición nazista que no desaprovechaban puntada para corromper nuestras mentes angelicales con terrores del sadismo más refinado.

Esas represiones, esos horrorosos remordimientos, aquellos dolores de la conciencia, aunque ahora, como adultos, no tengan más presencia visible en nuestra realidad, sin duda han dejado un poso de veneno en el cerebro, en nuestra forma de ver el mundo y de sentir la vida. Cuando contemplo a mi hijo y a los pequeños que juegan con él, me alegro porque, aunque inevitablemente llegará el día en el que sufran el zarpazo terrible, misterioso y contradictorio de la existencia humana, por lo menos, podrán disfrutar de todo lo bueno de la vida -de una voz rotunda y prodigiosa, por ejemplo- sin escrúpulo alguno, porque se habrá evitado que ningún carroñero sotánico les perturbe el sueño sembrando en sus mentes infantiles la cizaña repugnante del remordimiento estéril.




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viernes, 1 de febrero de 2008

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