El domingo pasado en Japón fue el día de la madre. Fechas como ésta -incluida la del padre- desde joven me han producido un sentimiento gozoso similar al de la urticaria. Ya que la reproducción animal es un proceso biológico más, ¿por qué no dedicar también conmemoraciones a la digestión, al lagrimeo, e incluso al regüeldo, la menstruación o la dulce ventosidad?
No voy a ser tan tópico como para sacar a cuento el origen pesetero y tenderil de tales celebraciones. Demasiado sabido es. Solo diré que en estas kalendas me vienen a la memoria las flores a María, las pláticas del cura del colegio sobre la imitación a san José y a la Inmaculada (¡horror!) y no me queda más remedio entonces que exortizarlas con la lectura de las páginas más descarnadas de L'Amant, en las que Marguerite Duras evoca tan explosivamente la figura de su madre.
Lo mismo que el nacer, el envejecer o el morir, el hecho a secas de ser progenitor es algo que no supone ningún mérito especial y, por tanto, no merece aspavientos, ceremonias o visajes. Incluso aunque uno llegara a convertirse en el más florido patriarca del planeta, tampoco. Como ya decía mi abuela: En el pecado llevarás la penitencia.
22.10.2026 – Langsam Gesprochene Nachrichten
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