"¿Qué haces?" "Nada, lo de siempre: tomándome un cubata y viendo porno en internet. Tengo clase y si no me preparo..." Mi colega Marc, el cátedro de francés, viene a enseñarme un artículo del Japan Times. Él, el de alemán y yo solíamos formar en el departamento la cofradía de barbudos. Con el periódico en la mano, fuimos a hacer fotocopias a la sala de profes. Dos minutos después ya teníamos formado el corrillo alrededor.
"Esto es que nos tienen envidia." Apuntaba en broma un colega de perilla elegante. "No, es cuestión de castigar lo diferente." Por ahí van los tiros: "Al clavo que sobresale, se le machaca," dice el famoso mantra nacional. Hasta hace poco la barba por Asia era un signo de conocimiento, de saber de viejo. Cuando un mequetrefe se la dejaba crecer, los de alrededor murmuraban: "Quién se creerá que es éste."
Me volví a mi despacho a seguir con mis vicios. Dejaba ya a media facultad discutiendo sobre la identificación del despropósito con uno de los siete signos de la Apocalipsis. No creo que haya para tanto. Este país, por la fuerza de las cosas (inmigración, turisteo, juventud más libre) está cambiando y nadie pondrá puertas al campo. Pero tampoco hay modo de evitar que, de vez en cuando, algún tonto en un despacho nos dé su pataleta.
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