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viernes, 24 de octubre de 2008

Diga treinta y tres


Cuando no tienes televisión -como es mi caso- el aparato se convierte en el mejor invento de la historia. Pa qué lo voy a negar: me paso la semana esperando la emisión por internet del capítulo del jueves del Cuéntame cómo pasó. A veces tanto fervor tiene su premio: en el de hoy he escuchado una frase de esas de piedra negra de los romanos:

Ya está bien de pensar tanto en los muertos y tan poco en los vivos. 

Pues eso.





viernes, 17 de octubre de 2008

La altura de las pirámides


Chiste de primera página de Le Monde: "Oye, esto de la crisis debe de ser en serio; hace tres días que no hablan de Carla Bruni." 
Sé que a nuestro Presidente Rodríguez le sobran las ideas pero, ¿qué tal un divorcio fulminante seguido de un enlace por lo alto, digamos con algún miembro (masculino, a poder ser) de la Casa de Alba? Cortina de humo perfecta: no habría necesidad de recurrir a estas tan burdas que recientemente anda ensayando: me refiero, claro está, a la humorada que acaba de protagonizar uno de sus corifeos solicitando el acta de defunción de Franco y del resto de la jauría fascista. De cualquier manera, a consolarse; esto de los disparates es como la física: acción~reacción equivalente; cuando más anémica la barbaridad, más sesuda la respuesta. Me da mucha alegría el haber leído finalmente una opinión sensata de un miembro del Partido Socialista, ¡después de tanto tiempo!:
Ramón Jauregui ha señalado que la Ley de la Memoria Histórica, de la que él fue ponente, "nunca pretendió una causa general contra el franquismo, ni una investigación penal" como la que ha abierto el juez Garzón. En declaraciones a Telecinco el diputado socialista ha manifestado su "impresión" de que "el camino jurídico de esta resolución es dudoso" al considerar que se entra en un conflicto jurídico entre la aplicación de la amnistía y la posible naturaleza de crímenes contra la humanidad de estos delitos
Ridículo berenjenal. Si al menos sirve para que gente de un partido que protagonizó algunas de las páginas de mayor ponderación de la historia reciente vuelva un poco por sus fueros, bendito sea. Se hace camino al andar, bueno, en este caso al desandar... siete pueblos, oye.





miércoles, 8 de octubre de 2008

La Moncloa por 1984, más o menos


Cuando el presidente Clinton se retiraba a altas horas de la noche cuentan que leía literatura intensamente. Me imagino que si el nuestro goza de aficiones similares -lo dudo- estos días peleará sin descanso con un ejemplar de 1984. Digo; qué mejor guía para él en esta obra grande de su mandato, la reescritura personal de nuestra historia de España.
Hace unos días me entero de que se acaba de decretar la concesión de la nacionalidad española a los miembros de las Brigadas Internacionales y pienso que yo también, cuando andaba por los veintitantos cometí bobadas sin cuento, pero que por fortuna nadie me las jaleó. No puedo encontrar mayor dislate que apuntarse por propia voluntad a una guerra de tontos. Nuestra Civil no fue otra cosa: bien es verdad que los causantes inmediatos de la misma, los militares africanistas, eran una pandilla de memos arrogantes, inútiles e indeseables, pero no tendríamos que olvidar que los políticos republicanos no formaban una caterva de varones sensatos y ecuánimes, sino que obraron en muchos casos de forma irresponsable, dando excusas a aquellas degeneraciones del generalato para actuar. No es cosa de relatar aquí lo que se lee con facilidad en los libros de historia, pero nunca estará de más recordar el desprecio por la ciencia económica que profesaba el gran Azaña, o el uso ridículo que ya en la guerra se hizo de los recursos que poseía el gobierno legítimo a la hora de afrontar el ataque de las fuerzas sublevadas.
Dos de mis tíos-abuelos, unos muchachitos reclutados contra su voluntad, murieron luchando en el frente de Brunete: no sería muy extraño el que hubieran caído víctimas de las balas de algún brigadista. Hace unos días en cierto artículo de ABC se preguntaba qué sucedería en Alemania si su presidenta planteara conceder un galardón similar a los soldados americanos que bombardeaban a base de bien su país para salvarlos del nazismo. 
Otorgar unilateralmente la nacionalidad española supone conceder derechos también en todo el conjunto de la U.E.: al menos ésa es la razón que alegó el gobierno González para denunciar los tratados de doble nacionalidad con los países de habla hispana. Puestos a romper la baraja de la legalidad europea personalmente preferiría que se hiciera en favor de ambos bandos de la contienda, o aún mejor, no de la gente que, venida de tierras lejanas, aportó su granito de arena a la historia contemporánea matando generosamente españoles, sino de la que contribuye a sostener las pensiones de mis padres, el sistema sanitario y, en general, el funcionamiento del entramado económico de mi país.






domingo, 21 de septiembre de 2008

El muerto al hoyo


Durante mis años universitarios, cuando en casa de mis padres se trataba del asunto, yo dejaba clara y contundente mi última voluntad: que se me incinerara y se arrojaran las cenizas, con la máxima ceremonia posible, a la taza del retrete familiar.
Siempre he sentido una especial repugnancia por esos lugares ridículos, cochambrosos y patéticos que son nuestros cementerios; ni aun de muerto, quiero colaborar en su perpetuación. Este trance vital que es nuestro fin creo que, en la medida de lo posible, nos lo hemos de tomar con ironía, con humor, aunque sea un poco negro; así, veía comiquísima la imagen que me pintaba en la cabeza: la familia, con su ropa de funeral, agolpándose en ese espacio tan angosto -pero íntimo- que era nuestro baño; mi hermana arrojando ceremoniosamente mis cenizas, y, finalmente algún tío pulsando el botón que liberaba el sonido de cascada feliz del inodoro.
Por todo eso, cada vez se me hacen más repulsivas las noticias de fetichismo mortuorio que leo en los periódicos: esos esfuerzos masivos por discernir mediante complejos análisis genéticos la pertenencia de unos restos irreconocibles, cercanos a la nada; aquellas labores zapaderiles y ridículamente pomposas de las gentes que se afanan, por cunetas y descampados, en desenterrar las osamentas de correligionarios o deudos a los que nunca conocieron.
Mientras que en el primer caso, si la consideración de los sentimientos que libera el dolor por la pérdida inesperada y brutal me puede llevar a comprender esos esfuerzos, no me pasa lo mismo en el caso del segundo. Poniéndome en la piel -digamos más bien en los huesos- de uno de los asesinados durante nuestra Guerra Civil, creo que me serviría de consuelo el que, comparado con mis verdugos, en una circustancia el destino me hubiera sido más piadoso: mientras que ellos acabaron, rodeados de desconocidos, en la tierra repugnante y estéril de algún cementerio anónimo, a mí me fue dado el privilegio de reposar para siempre, junto a mis camaradas, en mitad del campo de mi España; unas veces en bosques añosos, otras en paisajes marinos, casi siempre en lugares apartados, tranquilos, de belleza rara. Aun más, cuando las tumbas de mis asesinos se convirtieran en un punto olvidado en un lugar indeseable, la mía seguramente por generaciones sería recordada como un elemento de la fantasía local: "Mira, en la cuneta están, tras los chopos esos altos", dirían en voz baja y tono misterioso mis descendientes y los de los criminales cada vez que pasaran por allí. Y maldita la gracia que me haría el que, por la cabeza de chorlito de mis nietos, se me despojara del único privilegio que, en su insensatez, ni mis matadores jamás se atrevieron a arrebatarme.






lunes, 8 de septiembre de 2008

Si Carrillo fuera de Derechas...

Félix de Azúa llamó al siniestro personaje colaborador de todas las dictaduras menos una. No es que me encante sacar un tema tan cutre a la palestra; pero, qué le vamos a hacer: difícil es estarse quieto ante tanta insensatez que se oye... Aquí va el artículo.






jueves, 11 de octubre de 2007

Memoria histórica, pero con fundamento


Tucídides calificó su Historia de la Guerra del Peloponeso como ktéma eis aeí, "una adquisición para siempre". De la sabiduría de los grandes escritores de la Antigüedad aprendimos que el pasado de un pueblo es, sin duda, su más preciado patrimonio. Es por eso por lo que todo español de bien se congratulará de que la "Ley de la Memoria Histórica" salga finalmente de su limbo, y, en consecuencia, rechazará rotundamente las dos críticas principales que desde la oposición a esta norma se han venido fabricando.

No es cierto que existan urgencias más perentorias que, a día de hoy, enfrente España: la casi imposibilidad por parte de las nuevas generaciones de acceso a la vivienda digna, a trabajo estable, a una vida muelle en definitiva, no son sino minucia despreciable que preocupa a minorías oscuras, grupúsculos anarquistoides que con masa de hedonismo modelan becerros de oro. La única y verdadera tragedia nacional habría de ser el olvido permanente de nuestras propias y castizas raigambres.

Se trata también de un argumento falaz aquel que asegura que "una nación es futuro. Los traumas de la Guerra Civil quedaron ya cancelados gracias a la sabiduría de los altos varones que llevaron por buen rumbo la Transición a la Democracia". Pues Ortega -para qué ir más lejos- nos recuerda con certeza que "El hoy de la historia no es sino el ayer actualizado". Ningún pasado, ni siquiera el más remoto, es ajeno al presente de la Patria bienamada.

Hay que felicitar al Gobierno y a los grupos que le apoyan por su valentía; pero también hay que razonar responsablemente acerca de que esta iniciativa habrá de verse, de forma necesaria, ampliada y completa a lo largo de la próxima legislatura. Y es que, por terrible que se considere, el Franquismo, mirado con auténtica perspectiva histórica, no fue, ni mucho menos, la época más oscura de nuestra larga singladura nacional. Bien está que se denuncien sus atrocidades, pero ¿No merece algún respeto toda aquella generación perdida, masacrada, en la Guerra de África por mor de idea imperial descabellada; o las víctimas de las sangrientas Guerras Carlistas, de la vergonzosa dictadura de Fernando VII, la Invasión Napoleónica, la Guerra de Sucesión, la de las Comunidades o, más terrible aún, la fratricida entre Pedro I y los Trastámara? Sin la repulsa oficial de estas barbaries la Memoria Histórica no se vería completa.

Señores Padres de la Patria, hagamos las cosas bien y comencemos la casa por sus cimientos, no por el tejado, como es gloriosa tradición hispana: sea prioridad en la legislatura venidera una "Ley de la Memoria Histórica contra el barbarismo imperialista romano". Nunca nuestro país sufrió una invasión tan atroz, una dictadura tan cruel y sanguinaria como durante el período que media entre las Guerras Púnicas y la final liberación del yugo extranjero, en el siglo V, gracias a las hordas salvadoras de bárbaros variados. Me tomo la libertad de apuntar algunos elementos fundamentales que sin duda debe recoger la ley si quiere hacer justicia a tan maño desmán:

1. Declaración rotunda e inequívoca por parte de las instituciones públicas (y privadas) de repulsa a la invasión romana y a la desculturización del mundo ibérico que ésta supuso.

2. Rehabilitación civil de los patriotas que, como Viriato, perecieron a manos del cruel invasor.

3. Desaparición de todo resto onomástico que pueda recordar tan negro período. Nombres como Mérida ("Emerita Augusta"), Zaragoza ("Caesaraugusta"), León ("Legio Septima Gemina") desaparecerán del mapa y estas gloriosas urbes recuperarán de una vez por todas sus prístinos nombres indígenas (sean los que fueren, que eso pues da igual).

4. El Derecho Romano y todas sus corrupciones posteriores serán declarados ilegales a perpetuidad.

5. Cualquier resto de arquitectura pública (o también privada, obviamente) que nos traiga la mínima memoria de ese oscuro período será demolido sin ningún remordimiento. Sobre las ruinas se hará pasar (tres veces) el arado y en el solar remanente se sembrarán cantidades viciosas de sal gorda.

6. El uso de cualquier lengua romance (o del vasco contemporáneo, corrupto de vergüenza con jerga latinera) se considerará imperialista y, por tanto, perseguido. El idioma ibérico, el celta peninsular y el proto-vasco serán declarados oficiales en sus ámbitos respectivos anteriores a la invasión.

Señores políticos: o somos, o no somos.

Salud y pesetas.

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