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jueves, 1 de julio de 2010

Necesitando los huevos


Estaba a punto de dormirme cuando vibró el cristal de la ventana. Pensé "un terremoto"; pero no, era un lagarto: la luz atrae a los insectos, él los espera ahí y se da el gran banquete. Esa noche me dormí muy tarde: no podía quitar los ojos de sus movimientos, precisos, sigilosos, elegantes.

Al día siguiente se lo conté a mi legítima: "Los lagartos sólo salen por el día. Es una salamanquesa." Pues una salamanquesa. Todas las noches, puntual a nuestra cita, viene a mi cristal. Mientras esto escribo observo su abdomen contra el vidrio, sus patas de ventosa, su actitud vigilante. De vez en cuando se desliza sutilmente y atrapa uno de los habitantes de la noche.

En el fondo la mayor parte de nosotros somos como ella: para sobrevivir dependemos de la luz que ha encendido otro. Quizá nuestro hermano nos dé igual, pero necesitamos los huevos...


jueves, 28 de febrero de 2008

春なれや Haru nare ya!


春なれや
名もなき山の
薄霞



Haru nare ya!
Namo naki yama no
Usu-gasumi.


¡La primavera!
Sobre un monte sin nombre
suave es la niebla.




Has spring come indeed?
On the nameless mountain lie
Thin layers of mist


Bashō




Esta mañana, en el desayuno, le he preguntado a mi señora: "Oye, aquí ¿cuándo empieza la primavera?" Entre nosotros, hispanitos de la calle, una duda así no tiene sentido: acostumbrados estamos a que cada veinte de marzo el hombre del tiempo nos informe exactamente de a qué hora, minuto y segundo comienza la estación de las flores. Es que está muy claro: cuando el sol entra en la constelación de Aries, entonces. Pero para los japoneses la cosa no es tan simple: las divisiones meteorológicas del año no tienen que ver con la cronología o con fenómeno sideral ninguno, sino con el sentimiento. Así que, después de escuchar mi pregunta, ella se lo ha pensado un poco y me ha respondido: "Cuando florecen los ciruelos." O sea, que ya estábamos en primavera y yo, con estos pelos, todavía escribiendo, todavía perpetrando por ahí traducciones de haiku de invierno. Bueno, aunque lo hecho hecho está y ahí queda, propósito de enmienda no me falta: inmediatamente me he ido a la antología y he elegido el poema que habéis leído. No sólo después de mi decisión, después incluso de tener el texto castellano rematado he caído en la cuenta de que se trataba de uno compuesto por Bashō, el gran poeta.

Mi elección no ha sido ni mucho menos azarosa. Cuando, con los restos del desayuno aún en la mesa, me he quedado solo, he mirado por la ventana: en los montes de Tanzawa la neblina de la mañana todavía se resistía a acabar disipada por el sol. Los más altos y alejados, a esa hora aún sólo se adivinaban.

Aunque el original japonés puede tener -como siempre en un buen haiku- variadas interpretaciones, me ha parecido apropiado evitar la interrogación retórica que nos propone el Prof. Buchanan. Es posible que mi parcialidad por la expresión admirativa sea un simple eco de mi sorpresa matutina, la que me produjo el conocer el desfase estacional en el que aún vivía. El verso inicial lo he traducido en un primer borrador como: ¡Ya es primavera! Inmediatamente de las cavernas de mi subconsciente una voz opaca, macilenta, de ultratumba, me ha respondido: En el Corte Ingleeeeeés. Así que me lo he pensado un instante y al final ha quedado como está.

Del resto poco hay que decir: suave es la niebla es lo mejor que he encontrado para usu-gasumi. Ciertamente una traducción literal obligaría a dejarlo como "ligera neblina", así, a secas, sin es ni nada. El adjetivo suave se recomienda por sí sólo: reproduce, a mi juicio, el espíritu del poema (el que yo siento por lo menos). El verbo lo incluyo porque las dos eses me traían una tentación demasiado grande para no ser capaz de sucumbir a ella.

Concluyo: apunta la edición que sigo que el monte sin nombre del segundo verso no lo es tanto por naturaleza, sino por deseo del poeta, o sea, un monte de cuyo nombre no quiero acordarme. Otra vez la vaguedad, la afirmación, que traspasa todo haiku magistral, de la victoria de sentimiento frente al raciocinio. Bueno, no sólo del haiku, claro: también de la vida communis.


lunes, 25 de febrero de 2008

雨の日 Ame no hi



雨の日に
心が乾く
君を待つ



Ame no hi ni
kokoro ga kawaku,
Kimi wo matsu.



Día de lluvia,
el alma siento enjuta
mientras te espero.



In a rainy day
I feel my soul getting dry
while waiting for you.


Bueno, ya he relatado en el anterior artículo en qué circustancias escribí esta madrugada aquel haiku. El que va ahora arriba, aunque más reciente de hechura, de origen es casi prehistórico. Hará unos cinco años, cuando me pasaba el día zurrándome a modo con la métrica castellana y no paraba de escribir sonetos y romances, me salió, entre unos y otros, cierta coplilla japonesa que decía:

Ame no hi, ame no hi,
kimochi yoi koto yatta
anata to tomo ni.


("Día de lluvia, día de lluvia,
cosa de gustito hicimos
los dos tan juntos")


Como se ve, contando las sílabas a la castellana cada verso resulta octosílabo. En japonés un poema compuesto por líneas de ocho, diez y siete caracteres hiragana -que es como se cuenta- no tiene ningún valor especial. Pero a mí (inevitablemente), me producía mucha gracia, sobre todo porque había sido el primero. Tanto que improvisé también una musiquilla ramplona para él (voz de bajo profundo con piano acompañante) que repetía machaconamente, hasta que mi dómina me mandó callar con el argumento de que a ella, como hablante nativa de la lengua nipona, cada vez que la escuchaba le rechinaban los oídos. En fin, que me hice cargo de sus sufrimientos estéticos y no volví a tararear el estribillo, sino en voz baja y estando bien seguro parapetado en el santuario de mi habitación.

Esta mañana, cuando he acabado el primer haiku, he pensado que sería buena idea el compensarle de sus sufrimientos antiguos y escribirle ahora otro poema que comenzara con las mismas palabras del odioso sonsonete, pero disfrutando de los beneficios de estructura y remate de la estrofa clásica. El original japonés me gusta mucho más que la traducción hispana: es que aquél goza de un nivel poético de ambigüedad con mucho superior al que la gramática romance le permite a éste. La necesidad de marcar el sujeto en el verbo (espero) dentro de nuestra lengua destruye mucho de su gracia.


Para que no quede nada sin decir en esta crónica de musas, referiré que el poema ha gustado mucho. Incluso, para mayor regocijo, afirma mi señora que de la matraca histórica aquella se ha olvidado por completo: El perdonar, de sabios; el olvidar, de dioses...

富士に雪 (Fuji ni yuki)




富士に雪
我の胸には
ひが光り





Fuji ni yuki.
Ware no mune ni wa
hi ga hikari.



Nieve en el Fuji.
Muy profundo, en mi pecho
el su ampo brilla.



Snow on the Fuji.
Deep, very deep in my soul
The sun is shinning.



Ayer por la noche no podía dormir. Por ver si el ligero ejercicio hacía venir al sueño salí a la calle y el viento frío de la madrugada me despejó aún más. Entonces, brillando imponente la luna, con su reflejo invernal en el Fuji a lo lejos, el insomnio se convirtió en un breve paseo de exaltadora belleza. Aún tiritando el relente del alba, durante los cinco minutos de reposo del té de las primeras luces, me vino el haiku que veis arriba. Misterio es el que haya nacido precisamente tan diurno.

Cuando mi "santa" despertó se lo leí. Ella me sugirió el sustituir hi ga hikaru ("el fuego -o "día", o "sol"- brilla"), que era lo que había escrito yo, por hi ga hikari ("el brillo del fuego -o "día", o "sol"-"). Supongo que no hace falta enumerar todos los méritos poéticos de tan ponderada elección. Sencillamente incluyo el sustantivo, suprimo el verbo y, con este párrafo dejo claro de quién es el mérito principal del poema.

domingo, 17 de febrero de 2008

La mandarina de Amaterasu

Hoy domingo ha sucedido algo muy habitual en mi vida nipónica en mañanas como ésta: cuando a las seis y media estaba en lo mejor del sueño ha sonado el teléfono: era la Sra. Yaguchi, la madre de uno de los colegas de mi hijo: el suyo, su esposo y Taku-chan, otro crío de la guardería, iban a subir al monte Kobo dentro de, digamos, veinte minutos. Como tengo a mi señora en cama con un gripazo impresionante, me ha parecido un plan de perlas para pasar el día, así que, a velocidad de trueno, nos hemos dispuesto con la ropa de monte, hemos cargado las mochilas y no nos ha dado tiempo a más, porque enseguida ha vuelto a sonar el aparato: Yaguchi-san -el padre- y los dos pequeñajos nos esperaban para llevarnos en su todoterreno hasta su casa, que está, a diez minutos de aquí, en la ladera de la cordillera de Tanzawa, a la que pertenece el monte Kobo.

Pues dicho y hecho: en hora y media nos hemos puesto en la cumbre. Entre naranjos y cerezos aún invernales el camino de ascenso, suave, se nos ha hecho trabajado de verdad (estamos un poco faltos de forma), pero delicioso y estimulante. A la derecha de nuestra marcha teníamos el monte Fuji en todo su gloria invernal, nevado y grandioso como sólo lo es él. Cuando uno lo ve todos los días comprende precisamente por qué los artístas plásticos han tenido siempre tanta obsesión por su figura: no hay dos momentos en que la muestre igual, sus tonos varían de la mañana a la noche y de jornada a jornada. Yo muchas veces no haría otro trabajo que admirarlo. Desde nuestra casa, por una mala suerte de la perspectiva, no se ve; pero veinte metros hacia el sur ya se entremira el punto más alto de su nevada corona y desde el edificio de mi despacho, a un medio kilómetro, la vista es impresionante. En invierno, claro; porque vendrá abril, y despídete hasta el otoño.

Al contrario de lo que sucede en mi tierra, la estación del frío en la Japonia, meteorológicamente hablando, es la temporada más alegre. Será por mi contumaz e inmarcesible pelo de la dehesa; lo cierto es que demasiado no me puedo acostumbrar a este -para mí- trastueque ocioso y aun perverso del calendario natural del mundo. En fondo de temperaturas primaverales, el paisaje de cerezos primorosamente florecidos recortándose sobre un cielo de color tul de novia negligente me descoloca las mollejas, me agobia, no se me hace abril. Los nativos, en especial "mi santa" se ríen cuando les hago ver mi desconcierto. Para ellos un azul intenso sobre sus cabezas en esos días sería una paradoja: les daría repelús, esa luz pura les pondría frío en los tuétanos y la carne de gallina.

Bueno, lo cierto es que sí que hay días de cielos inmaculados en el verano: en junio, cuando pasa algún tifón fortísimo, el día siguiente nace del mismo color que lo haría en el Mediterráneo. Cuando eso sucede, dos o tres veces al año, yo no puedo trabajar. Tenga lo que tenga que hacer (salvo que sea dar clase, obviamente) dejo mi labor y me voy a la calle. El día aquel del 2002 en el que jugaron por primera y única vez en un mundial los equipos de Brasil e Inglaterra, coincidió con el efecto que acabo de describir. Yo no soy aficionado al fútbol, me interesa como fenómeno social y nada más; pero ese día habría dado cualquier cosa por poder disfrutar del partido en el estadio de Shizuoka, abarrotado mitad y mitad de profes de inglés venidos de todos los rincones del país y de inmigrantes "nikkei" de origen japonés cuyos abuelos habían marchado hasta América en búsqueda de esa tierra prometida que ahora reencontraban sus descendientes en la primitiva de sus ancestros. Parecía que un demonio guasón hubiera preparado la contienda, porque precisamente quiso la casualidad que el combate se dirimiera en una provincia en la que en muchas de sus ciudades la lengua oficial no es el japónico, sino el portugués, tanto que hasta se la conoce popularmente como "Shizuoka de Janeiro". No voy a recordar la fiesta posterior al pitido final que me relataron mis amigos brasileños -sajones y cariocas remezclados- porque si lo hago a lo mejor no paro de gimotear en toda una semana.

Pues bueno, que hoy, gracias a los más generosos de los kamis, los dioses locales que velan de nosotros, hemos podido disfrutar, desde lo alto del monte Kobo, de una mañana preciosa de invierno japonés. Como ya sabéis, no soy fotógrafo. Y lo he sentido, porque me habría gustado regalaros dos imágenes muy grandes: el Fuji, como digo, a nuestra derecha y, al otro lado, a lo lejos, el brillo glauco de las aguas del Pacífico en la costa de Odawara. Si Amaterasu, la diosa del Sol, patrona de estas tierras, se nos hubiera aparecido sobre ellas nos habría resultado incluso natural. De haber sido así, le habríamos invitado a las mandarinas que devorábamos en aquel momento; bueno, a una sola: otra cosa no habrían permitido ni de broma los tres golfales de nuestra tribu.



miércoles, 14 de noviembre de 2007

Shichi-go-san

Cierta persona a la que me presentaron hace años durante unas vacaciones en España, al saber que yo vivía por estas tierras, me preguntó asombrado: "Pero, por ejemplo, un martes, ¿qué haces tú en Japón?" Pues ayer fue precisamente martes (y trece, ahora que lo pienso). Como tuve un día completísimo iba a contar mis peripecias desde las cuatro y media de la mañana, cuando me levanté, hasta las once de la noche, en que llegué a casa. Pero me sucedió lo del domingo anterior: un inesperado acontecimiento de hoy, miércoles, ha puesto mi cotidianeidad marteña en segundo plano y, por eso, dejaré ese relato para más adelante.

Estaba tan feliz soñando en mi futón a las seis de la madrugada cuando intuyo una dulce voz femenina que baja del paraíso:

- Anata. Kyō wa, ne, jūichigatsu no saigō no daian dakara, kodomo no Shichi-go-san no koto wo shita hōga ii ja nai kashira?

"Como sueño no está mal, pienso." ¿Será un aviso de algún kami de que vaya preparando el año que viene? Continúo soñando como el que no quiere la cosa. Pero la voz no se da por vencida.

- Nē, nē... Dō omou? Oye, que esto no va a ser un sueño... Abro los ojos y lo primero que veo es la silueta de mi legítima recortándose contra las nubes rosadas de la amanecida. ¿Qué? El Sichi-go-san... Claro, el niño tiene cuatro años, pero, con la forma tradicional de contarlos, salen cinco; vaya que, ahora es precisamente cuando le corresponde la ceremonia de marras. Abro los ojos y me pongo en movimiento. Yo que pensaba que hoy iba a tener un día tranquilo y consagrado por entero a las musas que velan por la ciencia...

Bueno, a estas alturas hay que explicar bastantes cosas, y, voy a ellas. Primero, ¿qué quiere decir esa parrafada japonesa que a propósito he dejado sin traducir para que quien lea este blog disfrute de la eufonía de la lengua del país, con la que yo flipo a diario? Las palabras de mi señora, en nuestro austero romance, quedan más o menos así: Oye, oye. Hoy es el último daian del mes de noviembre. Sería mejor que hiciéramos el Shichi-go-san del niño. ¿Qué te parece? Pues me parece muy bien. Esto del Shichi-go-san (literalmente "Siete-cinco-tres") es una costumbre que consiste en llevar al templo shinto, para una ceremonia de bendición, a las niñas de tres y siete años y a los niños de cinco. Estas ceremonias es mejor aviarlas en un daian, un "dies fastus", que dirían nuestros antepasados latinos. Hasta finales del siglo diecinueve los japoneses, por influencia china, contaban la edad de la gente de esta manera: cuando un niño nacía se consideraba que venía ya con un año (el corto que había estado guardadito en el útero). Cada uno de enero toda la población, en masa, añadía otro más a su edad. Así, en teoría, un bebé que llegara al mundo el treinta y uno de diciembre, al día siguiente tenía ya con los dos añitos. Bueno, pues ahora hay ciertos padres que celebran estas fiestas contando a la occidental y los que quedan -como nosotros hoy- lo hacen a la oriental, o sea, cuando el niño tiene sólo cuatro.

A toda mecha he salido del futón, me he vestido lo mejor que puedo (que no es demasiado), después de desayunar nos hemos metido en el coche y mi esposa -yo no sé conducir- nos ha llevado hasta Hibita Jinja, un hermoso templo en Isehara, a un cuarto de hora de nuestra casa.

Hemos llegado a las nueve de la mañana. El día era espléndido: ni una nube en el cielo; el jinja está en un bosquecito frondoso y las hojas de los árboles se recortaban contra el azul perfecto. El monte Fuji se veía como en los días más claros del invierno. La temperatura era de primavera. Cuando hemos entrado en el patio principal no se oían sino los rumores de la naturaleza. Una miko-san vestida de blanco nos ha recibido. La mamá ha rellenado el impreso de rigor y, como es ya tradición familiar, ha explicado el motivo por el que ella y su hijo tienen el mismo apellido, mientras que el padre va a su aire. Cuando nació, por comodidad para él, lo registré en el Ayuntamiento con el de su progenitora, y en la Embajada, según el sistema hispánico: mi apellido de primero, y el de ella, de segundo. Sé que hay una minoría de habitantes de este país que considera este detalle intrascendente -el que padres e hijos lleven diferentes nombres familiares- como raro y hasta vergonzoso. Mi opinión al respecto es tajante: se trata enteramente de un problema de tal minoría; no mío, o de mi pequeño.

Terminada esta mínima burocracia ha venido el sacerdote, nos ha saludado, ha subido las escaleras del templo y, después de un minuto, ha vuelto para invitarnos a entrar. Se había colocado sobre su túnica blanca otra verde y en la cabeza, un sombrero negro. Su apariencia era exactamente la de esos cortesanos del período de Heian que vemos en los libros y las pantallas de aquella época. Nos hemos sentado en unos taburetes plegables de lienzo blanco enfrente del altar. Lo más llamativo en él era el espejo redondo y un relieve en madera que representaba un dragón. Me ha dado mucha pena no tener con nosotros a nuestro experto familiar en religión japonesa, mi colega y buen amigo Alfonso para que contestara con más fundamento que yo a las preguntas del peque. Por lo menos a mí lo que más impresión me ha dejado ha sido el olor natural y fresco, casi balsámico, del interior del edificio de madera, y el silencio y la luz limpia de la mañana que rasgaba la penumbra de la escena.

La ceremonia habrá durado un cuarto de hora. El sacerdote ha recitado algún Norito (los rituales antiguos), nos ha mandado varias veces hacer reverencias, en alguna de ellas ha agitado sobre nuestras cabezas un penacho blanco formado por papeles de este color y, en otra, unos cascabeles cuyo sonsonete me ha parecido especialmente melodioso. Al final el niño ha ofrecido al dios del templo una rama decorada también con un papel blanco, y, cuando salíamos, se nos ha obsequiado con tres copitas de sake, eso sí, después de advertirnos que quien tuviera que conducir podía hacer meramente el ademán y no beber. Y que, obviamente, lo mismo iba por el niño. El sake era dulce y, aunque no de primera, sí de una calidad bastante pasable. Nuestro caballerito, dentro de su nivel de golfillo de cuatro años, se ha comportado bastante bien. A partir del momento en que antes de entrar al edificio del santuario hemos hecho sonar los cascabeles y dado las palmadas de rigor (se nos había olvidado imperdonablemente lavarnos las manos) el niño ha estado imbuido por su papel de protagonista y eso ha ayudado mucho en la buena marcha del evento.

Me imagino que mis amigos que España, que saben que no somos fieles de ninguna religión, a estas alturas estarán un poco asombrados al enterarse de que hoy hemos participado en una ceremonia de una de ellas -y que hemos pagado cinco mil yenes para hacerlo, añado ahora. Diré que el Shinto, aunque reciba el nombre de religión, es, desde mi punto de vista, más bien un conjunto de costumbres y ceremonias en lo que importa más el color, la pompa y circustancia que el contenido. En cualquier caso, mucha gente estará de acuerdo conmigo que no es muy difícil el participar en los ritos de una iglesia que carece de normas restrictivas (salvo las universales, como el respeto a la vida), que no impone, que no tiene pretensiones de poder terrenal y cuyos templos suelen encontrarse en parajes hermosísimos. Bueno, para mí el mayor atractivo del Shinto es, sin duda, su simplicidad. En fin, que más que en un rito religioso hoy hemos participado en un acto folclórico lleno de sabores y aromas. No lo oculto: de lo que más me siento satisfecho es de que recuerdo de esta mañana, pasada junto a su madre y a su padre, acompañe a nuestro hijo durante toda su existencia.

Eran las diez menos cuarto y en una clínica del vecino Tsurumaki Onsen teníamos cita con el Dr. Andō, el fisioterapeuta que nos atiende una vez cada dos semanas: hoy no sólo nos hemos ocupado del espíritu, sino también del cuerpo.

Pitando nos hemos marchado después al "Estudio de Alice", un negocio de fotografía que regentan un grupo de jovencitas muy risueñas. Es costumbre después de la ceremonia inmortalizar a los niños, y con ésta también hemos cumplido. Las fotógrafas, además de unas santas, eran unas profesionales de quitarse el sombrero. Yo les he preguntado que cada día a cuántos infantes retratan: a veinte o treinta, me han respondido. Si no tienen un sicólogo en plantilla para auxiliarlas -por causa del estrés, digo- no entiendo cómo sobreviven. Nos han vestido al niño de hakama, una ropa tradicional a la que un español llamaría kimono, y ha quedado guapísimo. A mí me ha producido cierta grima una pose en la que, con fondo de armadura del dieciséis aparecía, con una cinta blanca en la frente, sosteniendo una katana: el tufillo bélico era obvio y ambos, Naoko y yo, hemos torcido el morro. Me ha pasado por la cabeza lo incomprensible que resulta el que estas apariencias todavía gocen del favor de los padres tras de lo que ha llovido -hablo de la historia, claro- en este país. Tomé entonces la decisión de descartar la foto, pero cuando he visto como ha quedado he sido incapaz. Es más, me he reído con muchas ganas: la expresión de nuestro pequeñajo era tan irónica que desarmaba con ellla la connotación militarista de la imagen; su cara de fastidio divertido parece estar diciéndonos: "Qué ridículo, ¿no?"

La sesión fotográfica ha sido agotadora. Los señores Yaguchi, los padres de un compañero de nuestros chiquitajo que también ha participado en el posado, han propuesto que nos marcháramos a celebrarlo a "Macarroni Market", un italiano de Odawara y para allí que nos hemos ido. Milanesa y Arrabiata con vistas al Pacífico. ¿Qué más se puede pedir?

En este día tan largo en el que he vuelto a cumplir como padre los ocho millones de dioses del Shinto nos habrán bendecido desde su Ten, su cielo particular. Opinaban algunos de los antiguos que las divinidades sí existían, pero que no se preocupaban en absoluto de los tristes sucesos de los mortales. En los lugares donde habitan los espíritus de la religión japonesa, en la impasibilidad de la roca, la majestad de los ríos o el silencio de los bosques, sentimos su "presencia": si de verdad les somos indiferentes, si de verdad nunca nos han querido otorgar sus bendiciones, oye, que lo disimulan muy bien...

lunes, 12 de noviembre de 2007

Alegato a favor de la libertad de información

Una vez al año, más o menos, se repite la misma escena: llaman a la puerta, salgo y un señor vestido muy correctamente, con una tarjeta de identificación prendida al pecho, me saluda y me dice: "Soy de la NHK. Vengo a cobrar." y al ver mi cara de extranjero añade. "¿Sabe usted a qué me refiero o no?" Yo le respondo que sí, pero que como no tengo aparato televisivo me creo libre de la obligación de pagar el canon. Entonces esa persona -creo que nunca es la misma- pone cara de incredulidad, a veces de fastidio, de alguien que, aunque no le es permitido hacerlo, se muere por soltar: "Eso ya me lo han dicho demasiadas veces..." La comedia continúa con mi parte del libreto: "De verdad que no tengo televisión (me hago a un lado invitando al señor a pasar). Si no lo cree, adelante." Respuesta: "Nosotros sólo cobramos; no podemos entrar en las casas."

No tengo la menor duda de lo que piensa en aquel momento el probo empleado de la Empresa de Radiodifusión Nacional: "Como que me voy a creer que a estas alturas haya una casa sin aparato." Pues lo cierto es que en la nuestra no lo hay. Hará unos tres años que se estropeó y decidimos no comprar uno nuevo. Lo hicimos sobre todo porque no queríamos que el niño se nos pegara demasiado a la pantalla, ni que viera los vergonzosos programas que se proyectan en horario infantil, claro. Sobre eso ya me extendere algun dia. Si soy sincero diré que echo de menos el concierto de la noche de los domingos, un programa estupendo sobre arte que había una hora antes que ése y las películas de "Cinefill Imagica", la cadena privada que sólo emitía películas, y que recibíamos por la módica cantidad de trescientos yenes al mes.

Existe mucha mitología sobre la televisión japonesa. Una vez en la BBC (Creo que en "Foreign Correspondent") vi un debate en el que periodistas de diferentes países hablaban sobre la calidad de las televisiones de aquí o allá. Una de ellos, que había vivido varios años por estas islas, con enorme desparpajo afirmaba: "En cuanto a la japonesa, qué voy a decir: después de la Suiza es la peor del mundo." Inmediatamente le respondió una graciosísima corresponsal de algún periódico escandinavo: "Pero, vamos a ver, ¿qué tal es tu nivel de japonés? Porque, vaya, si alguien que nos esté viendo no entiende el idioma en el que hablamos va a pensar que menudo aburrimiento que somos..." Pues la experta -creo que era de los Estados Unidos, pero no quiero equivocarme- se rio y, con un chiste, eludió la pregunta.

La televisión comercial japonesa es desastrosa, tanto que yo personalmente no puedo ver media hora de ella sin acabar francamente convencido de la estupidez general de la raza humana. De la pública no se puede decir lo mismo sin cometer una injusticia: el canal uno está lleno de documentales sobre biología, arte, historia, música, debates políticos, pequeñas clases de diez minutos de expertos en diferentes campos del conocimiento... De vez en cuando incluso, los domingos, pasan una ópera. En el segundo se pueden aprender media docena de idiomas, recibir clases de danzas variadas, cocina, instrumentos musicales, hay todos los días un cuarto de hora de noticias para los sordos... Los informativos, en muchos casos mera propaganda gubernamental, distan de esa independencia ideológica de la que hace gala, por ejemplo, la BBC. Por desgracia, según he oído, se trata éste de un mal común casi universal a todas las televisiones estatales. Salvo los programas infantiles, considero que la programación de la NHK es de muy alta calidad... para quien entiende el japonés, obviamente.

Además del mencionado evento periódico de la visita del cobrador de la tele hay otro que se repite casi siempre por las primaveras, cuando entran nuevos inquilinos al edificio en que vivimos.

-Buenas tardes, perdone que le moleste. Soy el representante del periódico X. ¿Cuál es el que lee usted actualmente?

He respondido a lo largo de estos años muchas cosas: que no sabía leer, que compraba "El Caso", prestigioso rotativo español (si alguien se preguntaba por qué los estudiantes no cogían mis chistes, aquí tiene una buena pista), que no me gustaban los periódicos, que no me interesaba el mundo contemporáneo... De todo. En cualquier caso procuro no dirigirme a ellos en un tono demasiado cortante, un tono que les pueda herir el amor propio o hacerles pensar que su interlocutor es un grosero. Lo hago, además de por elemental civilidad, por ósmosis cultural -aquí lo manda la buena educación-, pero también, como se verá, por motivos puramente egoístas. Generalmente al llegar a ese punto el vendedor pide disculpas y se marcha. No obstante, hay uno muy persistente que suele preguntarme por mi filiación, oficio, mi país de origen, mis intereses culinarios, estado civil y tal. Dependiendo de la respuesta que doy él me cuenta que la publicación que representa (el Yomiuri, me parece) se ajusta perfectamente a mis caracteristicas naturales, intereses, ideología política, aspiraciones en la vida y que, total, por una suscripción de un mes de prueba, pues no iba a perder nada. El señor lo ha intentado no sé cuantas veces, y con bastante gracia, aunque de tanto en cuanto le falla el tratamiento, o sea, el uso del keigo, la lengua de respeto, de la que otro día prometo escribir un poco. Ahora que lo pienso, la debe de usar bastante mal, cuando hasta yo me doy cuenta...

En definitiva, que con los empleados de la NHK y con estos vendedores de periódicos he practicado mucho el japonés, y gratis. A veces me da pena el no corresponder a sus improbos esfuerzos en favor de mi educación lingüística subscribiéndome a la tele nacional o a cualquiera de sus diarios; este sentimiento me asalta, en especial, cuando recuerdo la exquisita educación de la que siempre hace gala el joven que vende el Nikkei, el periódico económico. No sabe que, en caso de decidirnos algún día, lo último que haríamos sería encargárselo a él: como el tío de mi señora pasó toda su vida activa en esa empresa, gracias a su intervención podríamos conseguir un mejor arreglo -asumo- que el que nos ofrece ese caballero tan amable. No obstante, creo que seguiré sin darles un no definitivo -menos un sí, obviamente. Continuaré con las largas, y no creáis, no es por pura mala fe: si me definiera claramente no volverían jamás a llamar a la puerta. Entonces seguro que les echaría mucho de menos, insoportablemente quizá...

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