miércoles, 31 de diciembre de 2008

Dos maestros (y alguno más)

Cruel trabajo el que descansa en la memoria: ¿Quién fue aquella maestra que me enseñó las primeras letras, las cuatro reglas fundamentales, esa treintañera que ponía tanto cariño en sus clases parvularias? Se me han despintado el nombre y la cara por completo. Queda sólo un aroma de agradecimiento de un niño temblón y asustadizo por su labor, por ese trabajo que hizo que un mocosillo despistado y triste se siga aferrando al aprender cual clavo salvador. En fin, si ella o alguno de los que por olvido no nombro leyera lo que sigue, les pido mil perdones.

De los ocho años del colegio elemental algunas caras sí me vienen ahora a la memoria: recordaré nada más a D. Juan, el maestro al que debo sin duda el verano más apasionante de mi vida: con los catorce años recién cumplidos me suspendió y me obligó a pasar tres horas cada día encima de los rudimentos del álgebra. Para un adolescente imagino que no hay descubrimiento más fascinante que el de observar cómo de la noche a la mañana la materia cutre de las cifras se convierte en un juguete mágico sólo por obra del esfuerzo de dos o tres semanas. De aquel verano, gracias a ese maestro sabio, saqué una conclusión senequiana que creo que ha sido la más valiosa de mi vida: Nada hay despreciable para el agudo ingenio.

Durante el bachillerato acabé en un instituto lleno de jipis setenteros. Entre esa progresía peluda y multicolórica había de todo: también profesores extraordinarios. Ahí estaba Antonio Aranda, el de literatura, al que yo debo otro descubrimiento impagable: en un texto, en cualquier frase, hasta el más tonto artículo lleva intención; y labor divertidísima es buscarla.

De la fauna universitaria que me tocó en suerte podría escribir doscientas páginas y no todas malas: ahí estaban, por ejemplo mi Luis Santos y mi Julio Borrego, dos especímenes egregios de cabezón salmantino, grises por fuera, genios por dentro, de los que aprendí barbaridades de sintaxis, semántica, lingüística en general y, sobre todo, de ironía castellana, a veces caústica pero siempre entrañable. También tengo que nombrar a Juan Lorenzo y recordar aquel fenómeno que creo que me sucedió por vez primera en mi vida: cuando no podía asistir a sus clases algo se me rompía por dentro sintiendo el desperdicio vital que perpetraba alejado de su aula.

Ya era yo estudiante talludito (veintiocho, me parece) cuando comencé la asignatura de Carmen Pensado, la Lingüística Románica: en las clases de Carmen uno tenía la sensación de encontrarse rodeado de un paisaje remoto, en la jungla amazónica, pongamos. Tenías que abrirte camino a machetazos, y sólo contabas con la tijerita de las uñas. En las clases de Carmen yo comprendía una décima parte: pero ese diez por ciento era obviamente la materia de los sueños. Ella sabía de aquella realidad  -que entendíamos lo que el negro en el sermón- pero se negaba a rebajar el nivel de la asignatura:  su trabajo era enseñar lo que enseñaba, no alimentar con papilla deglutida a la masa de memos lingüísticos que éramos nosotros. Yo en aquella época ya tenía la conciencia de que, fuera como fuera, constituíamos una pandilla de fulanos afortunados: por asistir a clases como las de Carmen la gente recorría kilómetros y kilómetros, solicitaba becas, se iba a escuelas de nombres que llenaban la boca al pronunciarlos; nosotros gozábamos del lujo de tenerla en nuestra universidad, una mediocre universidad provinciana perdida en un rinconcito del mundo. Una vez fui a su despacho a consultarle alguna duda sobre un artículo escrito por uno de los popes intocables de la disciplina. Le planteé mi problema; pensó un instante, torció la naricita moviendo ligeramente las gafas con un gesto encantador muy suyo y me dijo: "Pues yo tampoco lo entiendo. Espera un momento que le llame por teléfono". Miró el reloj y ese instante se corrigió. "No, ahora no, que está comiendo. Vamos a esperar media hora a que vuelva a su despacho."

Mi visión de la fonología histórica no sería la misma si no hubiera tenido la suerte de encontrarme con Carmen Pensado; mis clases hoy en día serían muy diferentes si no hubiera asistido a las de José Antonio Pascual. Si lee esto alguna vez, le pido que me disculpe: lo cierto es que, a pesar de todo, no puedo recordar si aprendí gran cosa en sus lecciones o no. Cuando intento traer a la memoria imágenes de él en aquellos años (ya han pasado casi veinte) sólo me vienen aquellas que nada tienen que ver con la Historia de la Lengua Española, la asignatura de la que se encargaba, sino, por ejemplo, una entrando en el aula a las nueve de la mañana con cara de horror y, sin apenas saludar, soltarnos: "Están bombardeando Bagdad: no se crean todo lo que oigan y piensen por sí mismos". Hay días en que, en medio de una explicación gramatical, siento la tentación de repetir la frase con la que interrumpió una de las suyas: "¿Saben ustedes la verdad? Yo no querría ser catedrático de lengua española, sino más bien Bart Simpson. Qué tío, oigan".

En fin, lo que me enseñó José Antonio Pascual (si de verdad algún día me enseñó algo), todo ya se me ha olvidado; pero cuando me enfrento a un conflicto con un estudiante siempre automáticamente me pregunto: ¿Qué haría él? Gracias al ejemplo de mi maestro intento mantener hacia mis alumnos esa actitud de respeto, de cercanía, de afecto, la misma que yo sentí siempre en su presencia. Es que todo está en los libros, claro; pero hay cosas que a lo mejor no: las fundamentales, quizá. Yo tuve la fortuna de recibirlas de quienes las podían dar. Por eso, en este día del Jano Bifronte en el que miramos para atrás, he querido enviarles así, con unas líneas, todo mi agradecimiento. Qué menos.


martes, 30 de diciembre de 2008

Reposada senectud

Traducción más o menos literal de un e-mail que acabo de recibir en japonés.

¡Una comunidad especializada en las relaciones sexuales! Objetivo: encontrarse rápidamente. ¡Todos al hotel!
Dirigido a hombres y mujeres de más de cuarenta años en cualquier parte del país. En el mundo de la gente de más de cuarenta años hay un gran deseo incumplido de mantener relaciones carnales. Nuestra web es la única que puede satisfacer ese enorme deseo.

Normas:
1. Personas de edad superior a los cuarenta años.
2. El objetivo es exclusivamente el trato carnal.
3. El secreto es básico: por favor, sea discreto.
4. La habitación del hotel se paga a medias.

Forma de contacto:
1. Intercambio de e-mail.
2. Intercambio de dirección electrónica del teléfono móvil.
3. Intercambio de número de móvil.
4. Como mínimo, acceda a nuestra web.

Consejo: a fin de poder mantener ese contacto a tiempo real, se sugiere preferentemente intercambiar el número de teléfono móvil.

Hace medio año más o menos me llegó el mismo, pero mucho más gracioso. Se titulaba: "Abrace a una cuarentona de su barrio, pero abrácela ya". Y concluía: "El nivel es bajo, ¡Pero la abrazará hoy mismo!" En fin, una ocasión más para repetir la gloriosa frase de Agustín Almodóvar: "Señora, es que los choris no descansan".





domingo, 21 de diciembre de 2008

La gran Pepita Grilla


Aquí tenéis (a partir del minuto 47) una entrevista con Rosa Díez en la que se desmontan los argumentos de nuestro Presidente del Gobierno, el Sr. Rodríguez, acerca de la supuesta imposibilidad de la disolución inmediata de los ayuntamientos vascos y navarros gobernados por asesinos. Yo no puedo encontrarle ningún pero a su argumentación: si alguien sí, se ruega que haga uso de la obra de caridad pertinente (Enseñar al que no sabe). 
Tenéis una semana para ver la entrevista; luego TVE la borra de su página electrónica. Una pena...


sábado, 13 de diciembre de 2008

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El genio de Brooklyn

Nadie se sorprenderá de que afirme a estas alturas mi esperanza de que mi hijo y todos los muchachos de su generación lean cuando adultos alguna biografía de Woody Allen: habrá en las bibliotecas pocos manuales más completos de la propedeútica de ese difícil arte que es el de saber reírse de la existencia, de todo y de uno mismo, y de hacerlo tomando esta actividad como algo profundo, como la fundamental de  nuestra vida.

Aquí van algunas de sus frases más conocidas. Para la que he dejado en el original inglés no he podido encontrar traducción que le hiciera justicia: seguramente alguno de los que esto leáis será más hábil que yo en este rudo lance del traduttore, traditore...

El sexo sin amor es una experiencia vacía; pero por lo que respecta a experiencias vacías, una de las mejores.
Love is the answer - but while you're waiting for the answer, sex raises some pretty interesting questions.
Soy tan buen amante porque practico mucho yo solito.
El león y el cordero llegarán a dormir juntos, claro; pero no creo que el cordero consiga muchas horas de sueño.
(Without Feathers, 'The Scrolls')
Nunca he sido un intelectual, es sólo que nací con esta pinta.
Cuatro palabras sobre anticoncepción oral: le pregunté a una chica si quería dormir conmigo y respondió: "No".
(Woody Allen Volume Two)
Seguí un curso de lectura rápida y leí Guerra y Paz. Va de Rusia.
(Quote and Unquote)





miércoles, 3 de diciembre de 2008

Madamina...

Ya sabéis de mis dos grandes y ocultas vocaciones: convertirme en Papa (el de Roma) 0 (y) mezzosoprano de fama universal. No obstante, si bien todavía conservo la esperanza de encontrar algún día colmada la primera, con respecto a la segunda (aunque sólo sea por cosa de la edad) ya, poco a poco, voy resignándome a no verla atravesar nunca ese río misterioso que separa el mundo de nuestra gris realidad y el otro de los sueños.
Sí, sí: ya sé que (aunque sólo fuera por no acabar como Alfonso Guerra y su fatídico Gustav Mahler) había prometido no volver a dar la tabarra con Mozart, la ópera y Cecilia Bartoli: Lo poco divierte y lo mucho enfada, dice siempre mi madre con frase sabia como pocas. Pero no se puede evitar, es muß sein: al que se opone a su destino, éste le arrastra.
Ayer por la mañana hacía un frío que pelaba: iba yo por la avenida de Takadanobaba luchando contra la rasca infernal y por cosa de animarme escuchaba en mi IPod el Don Giovanni ese de Barenboim del que ya he hablado muchas veces. Debía de formar una imagen realmente fantasmagórica: un gaijin de malos pelos (los llevo muy largos últimamente) que trotaba cantando Madamina, il catalogo e questo contra la corriente del personal que iba hacia la estación...
Llegué por fin a mi refugio cafetero invernal y ahí, si no fueron veinte veces, ninguna, escuché el mismo fragmento. Me obsesioné tanto con él que, cuando volví a casa me puse a buscarlo en el Youtube: ¡Y mira por dónde me aparece, otra vez, la versión de Zürich del 2001, con la Bartoli de Donna Elvira! El extraordinario László Polgár está soberbio, claro, pero para mí (¡Perdón!) lo irresistible es, mejor que el recitativo previo, la muda interpretación posterior de mi dolce Cecilia. ¿Qué haríamos cuatro o cinco chalados en un mundo sin ella?










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