viernes, 21 de septiembre de 2007

Tonto bilingüe, tonto doblado



Cuando yo era estudiante siempre sentí una gran fascinación por la figura del Rey del Ponto, Mitrídates, un personaje al que los historiadores describen con los rasgos de la desmesura. Un ejemplo: a lo largo de su vida había ido acostumbrando su organismo a la digestión de todos los venenos conocidos, así que, cuando acosado decide terminar con ella, ningún tósigo causa efecto y hay que recurrir finalmente a la espada. En el fondo, lo que más me impresionaba era que él, en una época pre-assimil-berlitz-linguaphone, hubiera sido capaz de dominar la decena larga de idiomas que se hablaban en su imperio.

Esta admiración por el malabarismo en el manejo de las lenguas es moneda general entre la humanidad contemporánea. En el país en el que vivo se convierte casi en idolatría. Existe un prejuicio común entre la ciudadanía japonesa de que el estudio de idiomas extranjeros constituye una de las labores más inhumanas que pueda emprender una persona, y quien consigue tener conocimiento de seis o siete, en opinión del niponito de la calle, necesariamente habrá de ser un miembro de la "eliito", esa raza de nefelitas intratables que, dentro del pensamiento mitológico nacional contemporáneo, habitando las nubes de arriba el monte Fuji, manejan con hilos misteriosos los arcanos del presente, el porvenir y, -sobre todo- del ayer de la nación.

Esta idea preconcebida tiene raíces profundas y antiguas: el gran novelista de principios del siglo XX Natsume Sooseki relata en un texto autobiográfico su desesperación, después de tres años de denodado esfuerzo, por no haber sido capaz de dominar más que los rudimentos de la gramática latina. Es cierto que la estructura de la lengua japonesa -su orden de palabras, por ejemplo- se asemeja en poco a las de las lenguas más estudiadas por la gente del país, o sea: el inglés, alemán, francés, chino y español. No obstante, el hecho de que al húngaro o al finés o al estonio, por poner ejemplos bien trillados, les sucedan tres cuartos de lo mismo no ha sido nunca impedimento para que los ciudadanos de estas sabias naciones europeas hayan dominado las parlas de sus vecinos cuando la necesidad o el gusto les ha inclinado a esos estudios. En Japón, sencillamente, el conocimiento de las lenguas foráneas, debido sobre todo al aislamiento secular, y salvo para una pequeña minoría, nunca ha sido necesidad imperiosa. El búnker nacionalista siempre -lo sigue haciendo- ha fomentado el mito de la "diferencia inexplicable" del pueblo japonés, y obviamente de su lengua: según esta falacia el idioma del país sería, en su "espíritu" tan diferente de los otros que marcaría una barrera casi infranqueable entre el "soto" (lo de fuera) y el "uchi" (el interior, la nación nipona). De un japonés no se espera que sea hablante de una lengua que no sea la suya y, de un extranjero, que si hace uso de alguna jerga local, que lo haga no yendo más allá de construcciones similares a las que empleaban los siux del cine en los doblajes de las películas de nuestra infancia: "Tú, nihon; mi, gaijin. Jau".

Desde mi experiencia constato una realidad muy diferente. En primer lugar, los universitarios japoneses son unos extraordinarios aprendices de lenguas extranjeras: ¡Muchos, a pesar del pésimo sistema de enseñanza, hasta llegan a hablar con soltura algún idioma! Para mí, cómo sean capaces de conseguirlo contituye uno de los grandes misterios que atesora este país. Cuando digo "a pesar del pésimo sistema" no estoy recreando un mito; el sistema es malo, y con avaricia: clases kilométricas (hora y media) a lo largo de las cuales resulta difícil mantener una atención continua, grupos que ven a un mismo profesor una vez a la semana (diez o doce al semestre, y así es imposible tratar materias en extensión o profundidad), manuales de metodología preconciliar (tridentina, no vaticana), carencia de laboratorios de idiomas...

En fin, seguro que ahí están las causas por las que todavía no me he encontrado a un japonés que se considere a sí mismo un buen aprendiz de las hablas extranjeras o que, por consiguiente, no tenga en capítulo semidivino a aquel que se maneje en más de dos. Pero, vaya, éste es también un prejuicio extendido en el común de la humanidad: "Dime cuántas parlas y te diré cual listo eres".

¿Eso es así? Yo, que ya desde pequeño fui cayendo en el vergonzante vicio de estudiarlas a bulto. Como a pesar de variados intentos de reforma, contrición, períodos de abstinencia forzada y autocrítica (sincera siempre), ya desesperando, me veo incapaz de renunciar a ellas a estas alturas de mi vida, reintegrarme a lo normal en los mortales y dedicar mi tiempo a actividades mínimamente de provecho al bien común, en fin, me creo con las credenciales necesarias para dar una opinión, si no cabal, por lo menos que se asiente en experiencia contrastada. Y es ésta: el mérito del que suelte veinte tonterías en veinte lenguas diferentes no iguala, ni de lejos, al de aquel que en la nativa suya diga una sola sensatez. Al sabio que escribe en lenguaje marginal al final se le traduce; el imbécil, si quiere que le escuchen algún día, condenado se verá a ser su propio trujamán.

Dominar idiomas no dice de nosotros más que lo que dice: que disfrutamos de un "hobby" entretenido, que hemos tenido la suerte de vivir en lugares varios, que nuestros padres eran de patrias diferentes. Quien descubra los secretos de la materia original, del mecanismo último de la replicación de virus u, obviamente, de una teoría perfecta de sintaxis aplicable universalmente, merecerá nuestra admiración, la de las generaciones venideras, y, de propina, cuatro o cinco premios nóbeles. La gente como yo nos contentaremos, mientras tanto, con una medallita de recuerdo de algún club de traductores amateurs. Y habrá que dar las gracias.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Al colegio, ni a tiros

Me levanto por la mañana y leo en el "Deia" que en Euskadi la retreta laboral de los docentes públicos por motivos de salud está levantando revuelillo. Se me ponen aún los pelos un poquito estilo punki si me vienen a las mientes las semanas tan magras que pasé arrastrándome por los institutos de mi tierra cuando seguía el destino del estigma natural del profe temporero. Con una media de treinta y tantos adolescentes por barba, aquellas lecciones no fueron ni con mucho la experiencia más chiripitifláutica de mis años juveniles. Eso sí, de ellas aprendí algo fundamental: si por piernas no salía a todo trote de ese ambiente, lo haría, y no mucho más tarde, con ellas por delante.

Hoy, cuando vuelvo por España, me encuentro con mis antiguos camaradas de aquellas campañas correosas del empolle que libramos cuerpo a cuerpo en aulas, bibliotecas y -con la misericordia de la divinidad- en garitos de reputación variada. De estos "old boys", en los días que ahora corren, la mayoría ejerce de profesores de las lenguas clásicas por los institutos de enseñanza media que adornan el paisaje del país. Uno me contaba sin ningún pudor que, en cuanto las vacaciones se le iban quedando ya en lo mínimo, se arrimaba a donde lo de su doctora, le hacía un recuento de tribulaciones y le sacaba una baja laboral que iba alargando todo lo que daba de sí la legislación vigente. "Qué le voy a hacer -me contaba mirando para el suelo con ojos evasivos-. Es que yo no puedo más".

Otro: un joven con tanto entusiasmo por las lenguas, que, además de haber aprendido media docena larga, por su cuenta y en las aulas, no bastándole con éstas, las inventaba por docenas. Posiblemente habría sido capaz de echarse un buen parlado con Homero, y no sólo en lengua ática común, sino con toda seguridad en el propio dialecto artificial en el que escribía el griego. Bueno, pues la última vez que lo encontré, al verle un tanto quemado del estrés, ingenuamente le sugerí si no le sería buen remedio solicitar un año de permiso por estudios. Me contestó con espartano laconismo: "Sí, pero es que, cuando me lo dieran, habría que estudiar, y ya no estoy para esos trotes". Aquellas palabras me pusieron cara a cara con ese mal seguramente de efecto irreversible que produce la infelicidad continua y no tratada, y de cómo, con sus toxinas, es capaz de destruir de modo muy brutal una vida que tanto prometía.

Existen excepciones. Conozco a un profesor de filosofía que, alerta del peligro que suponían el contacto con las masas de víctimas suburbanas del acné, elegía como destino laboral las zonas despreciadas por el resto del profesorado de plantilla, aquellas cubiertas casi exclusivamente por el subgénero interino. Cuando yo le preguntaba por las causas de esta elección tan incomprensible para el resto de la tropa docente él me respondía: "El aire y el ambiente, entre compañeros y estudiantes, es más sano. Los alquileres, de risa: con el mismo dinero que me gastaría en un piso cutre de ciudad me puedo permitir una casa con dos plantas en la que, sin molestia para los vecinos, puedo cantar a voz en grito a las cuatro de la mañana (lo que, de verdad, él juraba que a veces hacía)". De forma así de simple toreaba este miura depresivo que enviste a la profesión. Pero ya se sabe: hay hijos, esposas, amantes. Uno no está solo en el mundo y, al final, vence el morbo de irse acercando a la civilización y acabar presa de sus dulces venenos.

Lo que voy a escribir ahora para muchos, sabiendo de qué negocio vivo, se les hará un poquito estupefaciente: siempre he guardado en el corazón la sospecha razonable de que las clases, cualquier clase, en el fondo, no valen de gran cosa. Me meto aún en camisa de más varas: en ellas no se educa para la responsabilidad, sino más bien todo lo contrario.

A veces en mis ensueños me vienen fantasías húmedas de un rijoso inconfesable: en los edificios de las universidades, los institutos, desaparecen en masa los aularios; se reconvierten en inmensas bibliotecas, en despachos de profesores, uno para cada cual. En esas bibliotecas los jóvenes estudian libremente, sin presiones, a su aire. Cuando les surge alguna duda van a donde sus tutores y éstos les proponen problemas, sugerencias, debates, conexiones, forman grupos de estudiantes con la misma pasión por cierto tema, organizan excursiones; pero nunca imponen, exigen o examinan.

Para mí todo está en los libros y teniendo acceso ilimitado a ellos en cantidad suficiente para producir la necesaria masa crítica el resto sobra. El sentido de estudiar la Antigüedad lo comprendí no cuando acarreaba mis cuadernos por las aulas, sino el día que, acabada la carrera, me decidí -en el fondo sólo por el placer de hacerlo-, a estudiar y, disfrutando como un loco, pasaba ocho horas cada día en la biblioteca de cerca de mi casa. Se me responderá que bendito de mí que natura me diera aqueste don, pero que a la mayor parte de la parroquia le hace falta un algo que le marque el ritmo en la galera, un horario, una disciplina externa. Yo responderé que, claro, esa carencia de hábito, esa falta de autodisciplina vendrá seguramente, de las malas mañas a las que se nos acostumbra desde niños, a saber: que siempre existe algún elemento filipino con un palo detrás de nuestras orejas que nos obliga a embaular prematuramente esa sabiduría que, en tal estadio de nuestro desarrollo ni nos va ni nos viene. Me contaba una amiga hace unos años: "¿Tú no te das cuenta de la putada que se nos ha hecho obligándonos de niños a leer precisamente los clásicos, las obras de la literatura que merecen de verdad la pena? Es que, cuando la gente se hace adulta o las odia para siempre o, si no, acaba guardando eterno resquemor a los que les indujeron a ese odio." Y es que claro, uno tiene que meterte con calzador y mala leche "La Celestina" en una edad en la que deberías estar pegando brincos en el parque o escribiendo poemas de amor a Manolita -escandalosísimamente nunca se enseña cómo-. Si en lugar de eso se nos hubiera dejado libertad y con voz como de aquel que no quiere la cosa alguien nos hubiera dicho: "ahí está la biblioteca, si no te enrolla, pues no vayas" seguramente, por curiosidad o por llevar la contraria, habríamos picado y nos hubieramos enganchado al saber. Porque no hay nada más natural al ser humano que la curiosidad, salvo cuando se la aplasta bajo toneladas de manuales escolares embutidos casi a tortas.

El único motor auténtico y verdadero de un país es la sed de conocimiento y eso sólo se fomenta con la libertad, dejando crecer naturalmente una flor vulgaris, que debido a nuestra mala cabeza se va convirtiendo en especie endémica: la curiosidad adolescente. Uno sólo aprende lo que quiere aprender. Por eso ningún maestro nunca ha enseñado nada: sólo ha señalado el camino para que el alumno lo recorra. Y es que al final, como pasa muchas veces, se olvida hasta lo más elemental: que no aprendemos con la cabeza, sino con el corazón.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

El cianuro y la abuelita

Al final sí que vino el de la cooperativa y pude tumbarme a la romana en el dormitorio. Había alquilado un vídeo de la serie de Hercule Poirot. Me encantan. Qué habilidad la del equipo que los cuece para prepararnos ese guisado portentoso, exhumando del desván tanto trasto apolillado, carcomido, y, cual gitano iluminado con burro matadúrico, vendernos lo mejor de aquella época, ocultando con tal maña la canguinga que de seguro rezumaban. Bueno, no pintaría así la cosa para todos: solo lo vería de esa manera el noventa y mucho por ciento de la población que andaba arrastrándose por cosa de la crisis y ni en sueños les llegarían los subsidios del paro (que no había) para contratar al genial belga. Pero, oye, pelillos a la mar.

La primera vez que debí de oí hablar de Agatha Christie con algún fundamento -andaría yo por los quince- fue en una clase de literatura de cierto profesor extraordinario llamado Antonio Aranda. En la lección dedicada al género detectivesco un muchacho le pregunto por ella. Aranda levantó la ceja, miró por encima de las gafas y soltó un lacónico: "Oye, mira, yo, en esta clase, sólo vengo a hablar de lo que es literatura".

Dejando al margen encuentros académicos, a doña Agatha la conocí en mi adolescencia gracias la desaforada afición que sentían por ella mis amigos del barrio, en particular uno. Este colega apilaba en su casa (entre otro material gráfico más espiritoso) rimeros de novelitas de esta autora que se hubiera ido mangando, poco a poco, de las colecciones de su hermano y de su cuñado, incondicionales de la abuelita inglesa. Por aquellos años se había publicado "Telón", y él, dando una matraca impresionante, estaba empeñado en que yo lo leyera. Al final, en una temporada que estuve con gripe y la guardia baja, acabé por aceptar y me zampé, con gesto algo desabrido (ya era yo alevín progretante) "Los trabajos de Hércules", una serie de historias cortas que ella publicó al final de su carrera. Obviamente se trataba de una mala elección: la obra de Christie hay que comenzarla, digo yo, en orden cronológico, o, para ser más claros, por la docena de relatos que publicó en prensa al principio de su producción a la misma velocidad viciosa que toman a veces algunos anfetamínicos naturales de la literatura. Leer esas piezas cortas, puras perlas de la ficción detectivesca, es delicia que hay que experimentar por lo menos una vez en la vida.

Recuerdo que en televisión, hace unos años, hubo un debate muy acalorado en el que participaban novelistas españoles "puros" y editores. Los malos eran, obviamente, los últimos. En ese programa aprendí mucho, sobre todo, del por qué no había oído hablar nunca media sílaba de ninguno de esos novelistas que se tenían a sí mismos como el colmo insobornable de la letra de molde. Uno de muy mala leche, se quejó a lo largo del programa con perseverancia de plañidera antigua. Fustigaba una y otra vez con zurriago machacón: "A los jóvenes ya no les va el describir, aceptan sólo la sucia peripecia". En un momento del encuentro, mientras le salía fuego purificador y vengativo de los ojos, atizó: "Hace poco uno de estos niñatos me preguntaba ¿por qué usas una página para la descripción de no sé qué? -dio un manotazo en la mesa atestada de vasos y botellas y produjo una generosa aspersión de privita variada que salpicó al resto de la caterva acompañante- Y yo le respondí: 'Pues debería usar sesenta, setenta, qué digo, ochenta'. Es que no saben describir -con desesperación movía a derecha e izquierda la cabeza como el miura recién deschiquerado-, no saben describir...". Una señora editora, temerosa ante esa jauría de zelotas, con los pies de plomo -de otro modo seguro que se la habrían zampado en el combibio que me imagino que seguiría a la discusión- se atrevió a terciar, pero muy tímidamente: "No olvidemos que la literatura es, sobre todo, diversión..." Y ya la cosa pues fue Troya.

Ahí está el asunto: si Homero, el Cid, Virgilio, hasta San Agustín, no les hubieran resultado divertidos a sus contemporáneos nos habríamos olvidado de ellos en dos días. Recordaré las lágrimas de los presentes cuando la primera lectura pública de fragmentos de "La Eneida", las polémicas que produjo el sabio de Hipona, cómo se discutía ésta u otra línea de la Ilíada en la Atenas de entonces. Los siento mucho y que me lleven a la hoguera (por lo que sigue y por sacar a relucir mi barniz cultureta, como en las dos líneas precedentes): para mí, las novelas populares de nuestros días, los Kens Follets, las F. K. Rollings, Fredericks Fortsytes, Stevens Kings o, por supuesto, Agathas Christies, llevan encima su puntito de genialidad, y ninguno se lo podemos negar sin pecar de beatería. Si ya lo decían las abuelas, "Algo tendrá el agua cuando la bendicen". A los intelectuales nos fastidia mucho que los tostones que a veces queremos hacer pasar por sabiduría no los lea nadie, y, así, nos vengamos cuando esta gente consigue, no sólo llevar un buen pasar más que holgadito, sino hasta comprarse castillos escoceses con las historias que les salen de las entretelas del coco. Bueno, pues si somos tan listos ¿por qué no lo hacemos nosotros también? Pues porque la masa, la gentucilla que siempre será sal de la tierra, andará descalza y escandalosamente no podrá ni precisarte la fecha exacta del acta de defunción de algún genio del flamenco como Prisco de Panión de Tracia, para no ir muy lejos; pero de tonta no tiene un pelo. Y ya no lo tenía en la época del poeta aquel con el que flipaban los de Atenas, de don Publio o del Manco universal, quienes, por cierto, fueron los figuras del superventas en su tiempo.

Lo siento otra vez en el alma; pero hay que tener mucha sabiduría (o gramática parda, o llámesele como se quiera) para entretener a tantos millones de personas como hizo Agatha Christie, y todo ello a pesar (o tal vez precisamente por) sus tramas esquemáticas; sus personajes estereotipados, descritos en dos líneas cartonpiédricas; las descripciones mínimas que hubieran sublevado al contertulio de arriba. Porque, sobre todo cuando la prosa de uno va algo limitada (ella lo sabía muy bien) es más efectivo marcar un paisaje, un carácter, con sólo media frase y dejar que el lector rellene el blanco. Pura y simplemente hemos dado con uno de los secretos de la verdadera obra literaria: el dejar cancha a nuestro público para que recree y no dárselo todo mascadito.

Obviamente en su obra no todo fueron fragancias y rositas, más aún si pensamos en los miles de páginas que salieron de su escritorio. Yo confieso que todavía, a excepción de esa novela tan extraordinaria en la que el narrador es el asesino, no he podido terminar ninguna: me mareo, me da vueltas la cabeza entre tanto personaje de relleno. Pero sus relatos, de los que tengo aquí delante un volumen escandalosamente grueso, los devoro cual tetilla tiernita de abadesa. Si uno lee su biografía, por ejemplo, -algo que recomiendo a todos los que lleven en la sangre las miasmas de la literatura- dará un buen respingo cuando llegue a la página en la que se defiende sin pudor la aplicación de la pena de muerte general y sin escrúpulo incluso a los trastornados mentales. Hoy en día, después de una declaración así, le sería imposible asomarse a la puerta de casa por el resto de su vida. Era una mujer de su tiempo, lo sabía y lo aceptaba; con sus miserias y con sus glorias. No quiso hacer de esas memorias una confesión íntima al modo descarnado, cruel y catártico de Margueritte Duras, por ejemplo. Para ella obrar así hubiera constituido una impudicia especialmente repugnante. En su biografía calla lo que no conviene. Es tan hábil en la manipulación que llega a convencernos, sin parecer siquiera que lo intente, de que los villanos de la historia de su vida particular son los mismos que los de las del resto de la gente; pero, a la vez, nos persuade de que experimentaba por ellos una piedad que seguramente no sentía.

Para mí, la trayectoria que media de ese desprecio adolescente por la obra literaria de la señora Christie hasta mi valoración actual supone un camino de madurez, ese viaje hasta el crecimiento interior que todos recorremos algún día y que no es otro que el que va desde el "amén, amén" a las ponderadas palabras del maestro a la sonrisa escéptica y quizá algo burlona de quien por fin cae en la cuenta de que el prudente o el sabio también -gracias a los cielos- atesora como joya en su corazón un gramo de insensatez, error o simplemente bobería.

martes, 18 de septiembre de 2007

Que vaya Tanaka al dentista

Otra vez hace un día típico de otoño japonés. Se levantó la mañana limpia, con promesas de traer temperatura de verano; pero ahora, después de comer, unas nubes piadosas han aparecido en el horizonte y ya se ve nublado. Me estoy quedando frito: ayer el niño vino del campo, a donde había ido a pasar el fin de semana largo con cuatro de sus amiguitos (en Japón también hay puentes), y se durmió muy tarde. Esta mañana, como siempre, se ha levantado con el gallo y ha soplado diana. Creo que, porque era el más pequeño, le tocó gastar energía suplementaria y volvió agotado. Pero tiene cuatro años y no perdona el juego de por la tarde. Conque, entre la disyuntiva de quedarse sopa y trastear con los trenes de madera, que le encantan, eligió el sarao. Por el cansancio y el sueño estaba más mimoso de lo normal, así que, entre lloros y zalemas, tardó en dormirse. Es algo que le ha pasado desde que yo recuerde. Cuando tenía sólo un mes y sentía que le vencía el sueño, se enfadaba. Era muy gracioso verle quedarse traspuesto entre cabreo y cabreo. Yo me imaginaba que debía de pensar que quienes teníamos culpa de su sopor eramos -quién si no- sus padres. Obviamente, cuando él quería estar despierto, y no lo conseguía, los responsables de esa antinatura eran la pareja de pendejos que tan malamente le organizaban la vida. Qué monstruo.

Pues se acabó de nublar del todo. No me extrañaría que cayera un chaparrón. Con esta temperatura hasta lo íbamos a agradecer. Me apetece tumbarme a ver un vídeo. No lo hago, porque me pasaría lo que al niño y tiene que venir de un momento a otro el colega de la cooperativa que nos trae las viandas todos los martes al mediodía. Si no le abro inmediatamente me deja los bultos en la entrada y me toca luego a mí acarrearlos como hacían los negros, con perdón (de Cervantes, claro), en esas películas tan estupendas de Tarzán. Bueno, mientras escribo esto rezaré alguna jaculatoria para vencer la modorra como dicen que hacía mi bisabuela.

Tengo que ir al dentista. Me da una pereza horrorosa. La verdad es que, salvo una vez, nunca me ha dolido un pelo. Eso fue cuando, sin anestesia, me hicieron un empaste. Medra por aquí cierta subespecie de odontóptero que aún se resiste a administrar a sus incautas presas, antes de devorarlas, esos agentes atontizantes que tanta felicidad han producido entre la raza humana. Me imagino que ellos argumenten motivos de salud y seguridad de las víctimas. A mí no me engañan: una pasta que se ahorran. Ni decir tiene que fue la última vez que me vio por su chamizo; bueno, por ese salvajismo y por una paranoia que me entró de que parecía que no le iban mucho los clientes forasteros. A lo mejor era paranoia; pero no lo creo. Con respecto a mi extranjería nunca me han dado demasiadas, tanto que a veces (como no me veo a mí mismo) me olvido de que, en este país, soy diferente y cuando alguien se me dirige hablando despacito o marcando las sílabas para que le entienda mejor, en un primer momento me sorprendo, hasta que inmediatamente caigo en la cuenta "Anda, si es yo soy un 'gaijin'. Pues se me había olvidado." Y ya está.

Venga ya, al dentista iré otro día, dentro de dos más bien, porque mañana tengo que marcharme a Shinjuku, que me caduca una tarjeta con la que puedo comprar una película gratis y no es plan de dejarlo. Me va a costar el mismo dinero el viaje, más o menos, pero, hombre, así me oreo un poco.

Shinjuku siempre me ha encantado. Cuando llevaba pocos años por aquí y me entraba la depre me cogía el tren y me sentaba en una esquina a ver la marabunta de la gente. Era algo que me ponía como una moto: después hasta parecía que me había tomado algo. Qué raro que es uno. Menos mal que ya me he acostumbrado. Bueno, ver la gente y todo lo demás. Un día compré el "Nikkei Shimbun" (parezco tonto) y me senté en la puerta de Takashimaya donde tienen, fuera, unos tajos puestos en hilera para que los maridos, mayormente, a los que les da grima el ir de tiendas, esperen a sus señoras. No hace falta que lo diga, pero lo hago: cuentan todos con mi comprensión y mis más efusivas bendiciones. Hice el bobo y no escribí nada. Creo que si hubiera seguido la inspiración de aquel momento habría compuesto en un pispás un poema épico sobre el tema: el de las señoras en los grandes almacenes más nutridos de la galaxia y sus maridos esperando a la puerta mientras un abobado occidental los contemplaba. Comparando, la cólera de Aquiles iba a ser agua de borrajas. Otra vez me paré delante de un árbol, también en Shinjuku, y me pasé una hora, mirando, dibujando, pensándolo. La verdad es que he visto pocas cosas tan impresionantes como esos árboles, tiernos, dóciles, imponentes que, en uno de los lugares más salvajes del planeta (desde el punto de vista del árbol, digo) se agarran a la vida con tanta intensidad. Soy incapaz de imaginar circunstancias menos propicias para el desarrollo de un ser molecular. En esa esquina de Shinjuku, precisamente, el aire debe de acunar niveles espeluznantérrimos de plomo, sulfuro, tugsteno (vete tú a saber) y todas esas porquerías cacoquímicas de las que, por piedad de los númenes sin duda, desconocemos la filiación y que a diario nos envenenan los pulmones. Pues el árbol, casi un recién nacido, ahí estaba, creciendo, aferrándose a la tierra, tan pimpante. Era otoño avanzado y, con sus hojas, parecía una estampa de Durero. Ya digo: no se me cayeron las lágrimas porque no estaba para dar el espectáculo delante del millón de fulanitos que, según alguien me ha contado, pasan por esa esquina a cada hora. Si no me hubiera reprimido palabra que me sacan en la tele: un pirao, un guiri, durante una hora, pasmado, echando el moco en medio de un lugar donde la gente se abre paso a empellones, bolsazos, collejas... Venga, hombre, como si no hubiera ya sueltos suficientes terroristas.

Pues el de la cooperativa no viene. ¿A que el cabrito me ha dejado la impedimenta por en las anteportas? ¿A que me toca ahora pencar? Ay, mísero de mí, ay infelice...

lunes, 17 de septiembre de 2007

"La Biblia en España", de George Borrow

(Si quieres leer el original de esta traducción al español haz clik aquí)

Hace unos días, en Kanda, el barrio de librerías de la ciudad de Tokyo, encontré un volumen estupendo: "La Biblia en España", de George Borrow. Como no lleva fecha no sé muy bien cuándo lo imprimieron, pero cualquiera, por su apariencia, acabará reconociendo que se trata de un ejemplar antiguo, más o menos de hace unos cien años. Su precio: ¡ciento cincuenta yenes! ¡Pero si con ese dinerillo, en Tokyo, no puedo ni tomarme un vaso de agua! Claro, inmediatamente lo compré. Cuando llegué a casa -y antes, por el camino- me leí gran parte de él.

El autor, un enérgico varón inglés que vivió doscientos años antes de nuestros días, recorrióse las Españas vendiendo biblias traducidas al idioma del país. No se trataba de una oveja de la grey católica: era anglicano. Con todo, cuando ya de edad avanzada escribiera él estas páginas, conservaba aún recuerdos muy afectuosos de su España. A modo de dintel, en el prólogo, escribió esto que ahora sigue:

"En España pasé cinco años, si no los más interesantes de mi vida, sin duda los más felices. De ella, actualmente, cuando el ensueño ya se ha desvanecido para, ¡cielos! no volver más, guardo la mayor admiración: éste es el país más grandioso del mundo entero, probablemente el más fértil y, con seguridad, el de clima más agraciado. Si los hijos son dignos de tal madre, eso ya es asunto que no me esforzaré en aclarar; me limitaré a decir que, entre bastante de lo que es lamentable y que se habrá de reprender he encontrado mucho de noble, de digno de admirar; la virtud más estricta y más heroica; salvajismo, demasiado, y crímenes horribles; vicio despreciable y bajo, muy poco...


Los españoles contemporáneos, cuando lean esto, tal vez se sorprendan de que, en aquellos años, un extranjero escriba así sobre el país, y aún más, que lo haga un súbdito de la nación de la que, precisamente por ese tiempo, Leandro Fernández de Moratín, en "Apuntaciones sueltas de Inglaterra" escribiera:

"El pecado mortal de los ingleses, el que cubre toda la nación y hace fastidiosos a sus individuos, es el orgullo; pero tan necio, tan incorregible, que no se les puede tolerar. ¿Se habla de religión? Todas las demás naciones son fatuas, supersticiosas y fanáticas en sus principios y prácticas religiosas."


¿De verdad que los ingleses llevaban ese orgullo hasta tal punto? Yo, que ya he pasado la tercera parte de mi vida en tierra extranjera, comprendí que lo que uno espera ver fuera de su patria, eso es lo que ve. Leamos los comentarios de Colón: el paraíso que buscaba ciertamente lo encontró en América. Allí vio solamente maravillas, pero no aquellas que tenía ante su ojos; anotó las que conocía de antemano de las lecturas de los libros que trataban del Oriente, las de las Sagradas Escrituras.

Hablando de mí mismo diré que cuando vine a Japón todo era fabuloso. El pasado, sobre el que había estudiado tanto, lo veía ante mis ojos, y no, precisamente, lo que estaba allí, delante. Se me hacía imprescindible encontrar lo extraordinario. Si este fin del mundo, esta tierra extraña en la que vivía solo, sin amigos, no hubiera sido el súmmum, la quinta maravilla, ¿qué es lo que hacía yo aquí?

Para George Borrow España era la nación perfecta; sus habitantes no. Si esos salvajes hubieran sido los pobladores supremos del planeta ¿a santo de qué iba él vendiendo biblias por España? Obviamente: en sus corazones dormían las semillas de lo bueno. Por eso él, que había reconocido esas semillas, iba penando de viajero por España.

Lo que queremos creer, al final creemos. Lo que deseamos que aparezca ante los ojos, aparece luego. ¿Es esto terrible? Aún yo no lo sé; para mí, con seguridad, se trata de una manifestación del gran poder de nuestro espíritu. Bueno sería que todos pudiéramos reconocer esa fuerza dentro de nosotros, y, hoy y no mañana, aprendiéramos con gozo a disfrutarla.

Bajo la invocación de Venus


Era yo aún muy niño y el otoño ya se me hacía la época del comenzar. Siento una emoción punzante si me viene a la memoria la tarde de ese octubre, muy antiguo, en la que comencé el bachillerato. Al salir de las lecciones, la brisa de la estación acariciaba nuestras pieles y, contra el cielo de la tarde, se iban encendiendo los primeros faroles del crepúsculo. Teníamos la vida por delante, y la embriaguez adolescente de las experiencias y los saberes intuidos.

Así, como los otoños (y no las primaveras, o los comienzos de año) me traen ese aire de principios, cuando llegan los finales de septiembre, me da por removerme dentro, y preguntarme qué será lo que para este año empiece. Pues, este año, como llegó el otoño, me decidí a algo que llevaba tramando mucho tiempo: escribir un blog.

De primeros, al ponerme delante del computador, me entró el vértigo: desde que tenía dieciséis años, cuando con mis cuentos de ciencia ficción descubrí el juguete fantástico de la literatura, (y otro más dulce y sabio: el de la vanidad) creo que no he sacado nada para un público tan amplio. Por ese vértigo nació "Epistulæ ex Japonia". Véase, y que cada cual judgue.

Ahora, bajo la admonición de mi patrona, la insobornable Afrodita, comienzo travesía. Quieran serme los vientos favorables, y los insólitos lectores, benevolentes y locuaces.

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