sábado, 29 de marzo de 2008

Yo, mi Patria, ¿qué no te deberé?



"Me juness, lla Tereja, ja chacha! Passaʼll combodor", ijo llʼOjeño. "Cata: do un alosso e lla palomba sse entoña neʼll ssoto, to!"

("¡Mírame, Teresa, mujer! Deja el ordenador", dijo Eugenio. "Observa: doy un aplauso y la paloma se esconde en la arboleda, ¿ves?")

Hola, soy yo. He venido hoy también, pero ahora es, con mucha vergüenza, para despedirme. No volveré a escribir en este blog. Aún más, no volveré a utilizar en la vida este idioma de opresión, vergonzoso e imperialista, con el que, gracias a un enorme esfuerzo de voluntad y corazón, ahora os escribo. Como el gran Peret, aunque tarde, he visto la verdad. A partir de ahora me voy a dedicar exclusivamente a la obra de mi vida, a un trabajo que me agradecerán por siempre la patria y los siglos; me consagraré, en cuerpo y alma, sólo al grandioso IDIOMA CHARRO.

La luz tardó en llegar, pero ayer me deslumbró de pleno. Miraba algo en la Wikipedia y de repente, al margen de la página, una palabra: "estremeñu". ¿Qué? Pues resulta que la buena gente de Extremadura, tiene una wikipedia en su lengua, la Güiquipeya. Y no sólo eso: claro que el catalán, el vasco y el gallego cuenta cada uno con la suya; el aragonés, el asturianu, también. Dentro de poco, el llionés, el churro, el oliventino, el cantabrón, la fala del Jálama, el andalú, el murciano, el mirandés, el canario y, con toda seguridad, el madrileño, como es de justicia, la tendrán. ¿Y en Salamanca los charros, chulos y charoleses como nosotros solos, vamos a consentir una vergüenza tan difícil de sufrir, la de carecer de nuestro inmarcesible, pulcrísimo y gentil idioma? Ahí me dolió y, por fin, después de tantos años, vi claro mi sentido de esta vida. Eres lingüista -me dije-. Puedes descubrir a tus compatriotas la energía, el valor, la luz de nuestra propia cháchara. ¿Del castellano? Ca, ca: eso es lo impuesto a nuestros seres verdaderos; no en vano, la lengua del Imperio, que decía aquél. Yo iré a nuestras prístinas raíces y, sin inventarme nada, sólo descubriendo qué es lo cristalino, como orfebre de la piedra que saca del mármol de Carrara el David, que desde la noche de los siglos dormía en sus entretelas, desvelaré su esencia. En fin, que, ya he empezado, con las líneas fundacionales de una novela de diez tomos, las que, en primicia mundial, habéis tenido la gloria de leer, ¡y en charro puro!

¿Que cómo lo he hecho? Los materiales son simples: un manual de dialectología, el diccionario de la Academia y un poquito de sentido común (demasiado, la verdad es que estorba mucho). El conocimiento de una miaja de latín ayuda, pero no lo veo, ni mucho menos, imprescindible. Básico es ir a la historia, a la tradición, que es la masa de las gentes y las tierras; pero también, al uso prístino popular, madre de las naciones. Uno pasea por Ledesma y ve "calle del Lombo". Oye, chacho, qué belleza: pero si esto del lombo es el lomo que conserva el grupo mb latino. Ole, ole; a partir de ahora, nada de decir plomo o paloma: plombo, palomba, lombo, y a triunfar cual rey del Mambo. ¿He dicho Ledesma? ¿Pero eso no venía de Pleressuma (o sea, "planísima")? Pues aquí claramente se ve que el charro debe de simplificar el grupo pl antiguo y convertirlo en l simple. Qué digo: demasiado soso. Mirando el manual de dialectología este que tengo a mano en medio minuto me entero de que en la zona de la isoglosa leonesa en la que estamos esas eles primeras se convierten en palatales, o sea, en aquellas elles que pronunciaban tan bien los bisabuelos hablando castellano y que nosotros hemos olvidado: pues a recordarlas tocan. Eso, eso: Lledesma nos viene como de molde. Las eles interiores, las dejamos como están y santas pascuas. O sea, aplauso queda como aloso, mejor, alosso, que hay que marcar la ese tan hermossa de las "nuevas" generaciones, y así nos las vamos atrayendo: passa, tío.

El resto de la fonología lo dejo para luego. Vamos ahora con el léxico, la sintaxis y tal. Mucho trabajo no nos va a costar encontrar la raigambre charra: lo que importa es que no se parezca demasiado al sucio español imperialista. Todas las palabras que no se usen del diccionario de la RAE y que lleven la etiqueta Sal. nos las echamos al taleguito; y cuanto más raras, mejor. "Me junes", casi derramo lágrimas viendo este imperativo que rebosa olor del pueblo. El verbo junar lo conocéis. ¿Habrá quien lo iguale en hermosura al simple mirar del castellano malsonante? Puesto el dulce me junes al lado de la cacofónica traducción españolista, mírame, no hay término de comparanza: ese pronombre antepuesto, ese presente de subjuntivo en función de imperativo -Se sienten, coño-, ¿no os remueve algo muy íntimo en la entraña intrahistórica del solomillo?

Llegando a lla Tereja, la cosa ya se pone poética, pero a tope. Una lengua, si no cambia los nombres propios de la gente que la usa, no es lengua ni es nada. Ahí tenéis esas huestes de imanoles, koldobikas, peps, xorxes, atilanus... pa qué seguir. Teresas, eugenios, víctores, victorias, eulogios, a despedirse: desde ahora sólo brillarán, y con luz propia, terejas, ojeños, víchores, vechueras y olejos. ¿Cómo vamos a permitir que nuestros niños lleven nombres de parla cultista? Al pueblo, al pueblo... Éste es un punto realmente importante: "Llaneza, hermano", que decía el gran hombre. Pues llaneza nos obliga, y así, ja, chacho; to o yunaminga, serán nuestras expresiones de admiración. Por llaneza también no consentiremos nada de cosa latinista. ¿Cómo vamos a usar ordenador, o computador? Combodor ¿no os suena a música celestial en los oídos. ¿Qué me diréis de esas formas verbales ijo, cata, do, entoña? Comparadlas con las corruptas y vulgares dijo, mira, doy, esconde... ¿Qué podré añadir ya que vosotros a estas alturas, de lágrimas los ojos rebosantes, no hayáis al punto aquí apreciado?

Un detalle importantísimo se me olvidaba: la grafía. Dejándolo tal cual, nuestras frases patrias van a parecer mero castellano barnizado. Si los vascos, digamos, eligieron tx, como el catalán, sencillamente para evitar lo fácil, o sea ch, ¿quién a nosotros nos impide hacer lo mismo? No os canso con detalles: la frase de arriba nos queda bien bonita como:

"Me xuneß, lya Terexa, xa txatxa! Paßaʼly combodor", ixo lyʼOxenyo. "Kata: do un aloßo e lya palomba ße entonya nʼely ßoto, to!"


Pues ya está. Ahora, a hacer la gramática y el diccionario. Trabajo de dos días: para el segundo, como os digo, se copian las palabras con el Sal. que vienen ya en el de la Academia; para la primera, se fusila sin piedad cualquier manual de dialectología (el más gordo, mejor) y todo aviado. Eso sí, no hay que olvidar la regla de oro: aquello que suene a poco añejo, a cultureta o simplemente, de la lengua diaria, se borra, pero sin remordimiento.

Habrá algún tonto que dirá: "Pero si esto no lo va a usar nadie". El Txarho goza de algo fundamental en cualquier elemento de cultura populachera: aunque se aprende en dos patadas, lleva tres o cuatro chinitas que cuestan de asimilar día y medio (la pronunciación de la elle o la grafía, por ejemplo). Así, los más brutos de la tribu -sus hablantes primarios naturales- lo pueden aprender; empero, como les lleva algún tiempo el rumiarlo y algo más el digerirlo, como carecen de hábito ni inclinaciones intelectuales, sienten que han hecho un esfuerzo titánico y eso les motiva a considerarlo asunto de cultura; vaya, adquisición para siempre, que diría el clásico. Resultado: si los dioses son propicios, hasta acabarán a tiros con el que les tome el pelo por usarlo en público.

En fin, lo primero es lo primero: vamos a encargar un millón de pegatinas con la frase "En Txarho, konyo". Los más bestias de los brutos, los camisas viejas que se han apuntado con la exclusiva y cerril motivación de la "seña de identidad", ésos, al salir de los garitos, ya cocidos, ya drogaos, que los vayan pegando de madrugada por los rótulos de las tiendas y negocios. A los restaurantes chinos y a los sex-shop, obviamente, se les perdona. Matamos dos pájaros de un tiro, porque así habremos conseguido que el tío de la imprenta sea un adicto a la causa de por vida. El del negocio de rótulos, también, claro; sobre todo cuando, un mes después, comiencen a destrozar aquellos cartelones que sigan escritos en vulgar spanish. Después cogemos al ejército de maestros, médicos, sicólogos, en fin, a todo parado de larga duración que tengamos a tiro, y hacemos que los brutazos hablantes primeros les den -gratuitos, huelga decir- cursos intensivos. Al medio año la delegación del Gobierno va a estar asediada por desempleados eruditos en Txarho exigiendo que a nuestros niños se les deseduque igual que siempre, pero a lo castizo; que a los pacientes se les liquide de la forma consagrada por la tradición, pero con un galeno experto en las mañas de la tierra. En fin, pasando uno o dos añitos toda esta gentecilla fundará periódicos, radios, cadenas de televisión, editoriales... Gracias al cielo, con las nuevas tecnologías, todo esto ahora cuesta medio duro.

Qué poético será el futuro de las generaciones por venir. Por supuesto que, pasando el tiempo (sólo el principio de la liberación nacional) subiremos todos en romería de acción de gracias, con el Marikelo de comandante, al santuario de la Peña de Francia. Ese enclave sagrado se verá, ya para entonces, convertido en bastión de las más puras esencias de la raza. Ahora, os advierto de que, con tal nombre, no vamos ni de aquí a la esquina. Habrá que rebautizarlo "Penya de Nueßtra ßenyora de lya ßanta Txarhería". Termino. No puedo seguir: me lo impide la emoción. Salid sin duelo, lágrimas, corriendo...




La segunda parte del artículo está aquí.



viernes, 28 de marzo de 2008

Puñetero Danieliyo

¡Estoy rodeado! En mi habitación todo son cajas; cajas... de libros, y nada más. La mudanza no vendrá hasta dentro de quince días, pero, como siempre repito, esto es el Japón...

Mi legítima me visita a media mañana, me pilla abismado en la prosa de Kawabata (estoy leyendo Yukiguni, El país de la nieve) y tajantemente me informa de que hay que comenzar a meter libros en los cartones; que enseguida llega abril, que el niño tendrá su vacación de primavera y que, para propina, el tiempo vuela. Con un suspiro he abandonado la tersa sintaxis del maestro de Kamakura, me he puesto a la labor y, después de unas seis horas de trabajos forzados, las estanterías han quedado casi vacías: se han salvado de la quema los cuatro libros que siempre releo -que son de verdad los que necesito- y los que tengo prestados de la biblio. Mientras estaba en el asunto me he ido dando cuenta del montón de basura impresa que he acumulado en estos dos años largos que llevamos viviendo en el apartamento que ahora abandonamos. Me parece que una buena parte de ella, en cuanto lleguemos a la nueva casa, va a ir para fuera. Es más: he hecho propósito de no comprar otros mamotretos que los imprescindibles. En realidad a estas alturas casi sólo leo clásicos, y ésos, todos andan ya por internet. Lo que me está apeteciendo es aprender encuadernación y entonces urdir primorosas ediciones, de un solo ejemplar, de Horacio, Sófocles, una antología de la literatura islandesa medieval...

Ayer descubrí -no tenía ni idea- que la mayor parte de la música que merece el nombre está ya en una página llamada Mutopia y casi me da un soponcio de placer. Precisamente poco antes me había venido una resolución misteriosa de, en la nueva casa, volver al piano. Mi primer pensamiento fue intentar, por enésima vez, 4' 33"; pero casi al instante cambié de opinión: me da que todavía estoy demasiado verde para algo tan profundo, tan difícil y complejo... Entonces me fui a la estantería, abrí el Clavierbüchlein der Anna Magdalena Bach y lo estuve hojeando; me vino la idea de trabajarme los minuetos que ya ensayé hará unos cinco años, pero al final me he decidido por el aria con la que dan principio las Variaciones Goldberg. Entonces, yendo al ordenador, es cuando me he topado con la página de la que hablo; pura maravilla: ¡pero si hasta se incluyen ficheros de audio! Después busqué en el Youtube. Pues nunca lo hubiera hecho; me salió al paso, de primeras, la interpretación de Barenboim. ¡Cȯmo se puede ser tan hijo de tu madre! ¡Cómo se puede tocar de esta manera!, ¡con tal gracia!, ¡con ese aplomo!, ¡con tanto estilo!, ¡con esa sencillez, a la vez tan profunda! Ahí me quedé y, por si acaso, para no deprimirme irreparablemente, olvidé más búsquedas; porque dicen que cuando era todavía un imberbe acababa de forma soberbia cualquier pieza y, todo desparpajo, solía soltar: "Ahora voy a interpretarla, pero de otra manera." Y lo hacía, también como un maestro, pero con una perspectiva radicalmente diferente a la de la anterior. En fin, que me pasé una hora sobre el computer con el puñetero Barenboim (perdón, Danielín), pero de atreverme a ir para el teclado, nada. Ann Holden-Moses, dulce y -para mí al menos- extraordinaria pintora americana, siempre me cuenta que ella pasa más tiempo pensando en un rincón que dándole la murga a los pinceles; y que eso, el comerse el coco, el admirar y aprender de la obra ajena, es lo que construye de verdad al artista. Bueno, será que ya estoy en el buen camino, porque admiraciones, es que ¡¡¡me sobran!!!



* 4' 33" en Wikipedia.











miércoles, 26 de marzo de 2008

Primavérica




Ayer me fui a Tokio y, entre unas cosas y otras, me di un palizón; no me acosté hasta las dos y hoy, tirado, amanecí a las once. Para entonces mi señora y mi heredero ya no andaban por casa y yo, aunque tengo algo de trabajo acumulado (preparación del nuevo curso, que empieza la semana que viene y eso) decidí tomármelo con calma. Desayuné, y, sintiendo de nuevo el agotamiento que me ataca en primavera, me volví al futón.

Del año la estación florida, por estas tierras, es que me destroza: el primero de vivir por aquí creí que padecía de cosa seria. Es que llegó el mes de mayo y, para andar medianamente fresco, tenía que dormir la mitad de la jornada. Pasaron los tiempos y comprendí que la cosa es natural, que también a los japoneses cuando llegan los calores les suceden tres cuartos de lo mismo. El cuerpo se me ha ido acostumbrando (no en vano ya llevo un tercio de mi vida por estas tierras); con todo, no hay que bajar la guardia. Por eso, cuando siento la modorra del inicio de primavera, hago como esta mañana y así voy conservando fuerzas. El secreto está en no dejarse llevar del todo por la pereza, porque entonces sí estás listo. Mañana haré mis estiramientos, me daré mi paseo, en fin, me agotaré lo suficiente para tonificar el organismo y, después, una buena ducha y una horita (no más) de sueño. Este tratamiento me viene de maravilla, me prepara para la auténtica ordalía climática: el tsuyu, o sea, la estación de las lluvias. Ahí, por el mes de junio, sí que no hay nada que hacer. La humedad continua, el calor pegajoso y constante, destruyen al más pintado. Cierto amigo me contó hace años que los japoneses gozan de una ventaja con respecto a nosotros: un menor número de glándulas sudoríparas por milímetro cuadrado de piel. En clima seco el organismo se regula segregando sudor copioso. En uno húmedo ese proceso es desfavorable. Pues bien, cuando llegan los calores tropicales, nosotros nos cocemos en nuestro propio caldo. A los japoneses que viven en Castilla les sucede lo contrario, o sea, que viene la canícula, faltos del proceso humidificador natural del que disfrutamos los nativos del país, sienten literalmente freírse la epidermis. Gracias al cielo, no hay mal que milenios dure: la esposa japonesa de un conocido que lleva ya casi dos décadas en Salamanca me cuenta que, cuando pasaron diez años, comenzó a sudar de repente y que ahora los agostos no se le hacen tan horribles. A mí me sucede ya lo inverso: el verano seco castellano me deja la piel hecha cuero de tambor, y el de las islas nipónicas lo tengo más llevadero.

Bueno, pues hoy me he pasado casi el santo día cual marmota. He vuelto a resucitar -de muy malos pelos, añado- a eso de las cuatro y, no queriendo amuermarme en casa, ni hacer diana de mi bilis negra a la gente que me rodea, me he marchado para Atsugi, donde me he tomado una cena enorme (me había saltado la comida), he probado el café de Nayotake, un garito muy agradable, he esperado a que escampara una tormenta aparatosísima que me ha pillado allí, me he dado un paseo y he vuelto para casa.

La primavera, en su punto: los cerezos sakura más madrugadores ya han florecido, y las cunetas de la línea del tren están de mil colores. Para remate, esta semana es precisamente la de las ceremonias de graduación: se ven por todas partes estudiantes trajeados y de hakama, la vestimenta tradicional con la que las chicas acudían a las clases hará ahora unos cien años y que en este siglo sólo la visten en una fecha, la última de su paso por la universidad. No lo puedo evitar: me dan una envidia enorme. Y a la vez melancolía y tristeza: la mayor parte de ellos se convertirán inmediatamente en lo que yo nunca he logrado ser: gente responsable, shakaijin, "personas de la sociedad", fulanitos integrados en el aparato del "sistema"; pagarán impuestos, pensiones sociales, seguros médicos... ¿Conocerán la felicidad? Menudo preguntón. Feliz aquel, que de pleitos alejado... ¿Será la primavera o me toca ya la edad esa de que hablaba Cortázar, del Jano bifronte que mira con anhelo a los jovencitos unirrostro? De verdad, cuando empecé esta entrada me había hecho el propósito de pasar de citas. Como dicen en la Biblia no sé dónde: es que no tengo enmienda...




lunes, 24 de marzo de 2008

Palabras de un gran maestro


Foto tomada de la página de Peter Ladefoged en la Universidad de California.



No creo que pase un mes sin que consulte, por necesidad o entretenimiento, The Sounds of the World's Languages, el trabajo, producto de toda una vida de investigación, del gran fonetista anglo-americano Peter Ladefoged. Si hay una persona de las que han pasado por este mundo que realmente siento no haber conocido, sin duda de él se trata. Es imposible leer la obra de Ladefoged sin vernos contagiados de su pasión, su gran pasión por una disciplina que al común de los humanos les suena a total música de las esferas: la fonética experimental. Pero para mí lo que hace única la obra del maestro no es tanto el indiscutible valor científico, sino la conjunción de éste con su profundo sentido común. Una prueba de ello sigue a continuación: el extracto de un artículo publicado en Language hace ya más de quince años (1992). Me perdonaréis -espero- la amplitud: creo que pocos días se leen palabras tan acertadas.

So now let me challenge directly the assumption of these papers that different languages, and even different cultures, always ought to be preserved. It is paternalistic of linguists to assume that they know what is best for the community. One can be a responsible linguist and yet regard the loss of a particular language, or even a whole group as far from a catastrophic destruction. Statements such as "just as the extinction of any animal species diminishes our world, so does the extinction of any language" are appeals to our emotions, not to our reason. The case for studying endangered languages is very strong on linguistics grounds. It is often enormously strong on humanitarian grounds as well. But it would be self-serving of linguists to pretend that this is always the case. We must be wary of arguments based on political considerations. Of course I am no more in favor of genocide or repression of minorities than I am of people dying of tuberculosis or starving through ignorance. We should always be sensitive to the concerns of the people whose language we are studying. But we should not assume that we know what is best for them.

We may also note that human societies are not like animal species. The world is remakably resilient in the preservation of diversity; different cultures are always dying while new ones arise. They may not be based on ethnicity or language, but the differences remain. Societies will always produce subgroups as varied as computer nerds, valley girls, and drug pushers, who think and behave in different ways. In the popular view the world is becoming more homogeneous, but that may be because we are not seeing the new difference that are arising. Consider two group of Bushmen, the Zhuloãsi and the !Xóõ who speak mutually unintelligible languages belonging to different subgroups of the Khoisan family, but otherwise behave in very similar ways. Are these two groups more culturally diverse than the Appalachian coalminers, Iowa farmers and Beverly Hills lawyers? As a linguist, I am of course saddened by the vast amount of linguistic and cultural knowledge that is disappearing, and I am delighted that the National Science Foundation has sponsored our UCLA research, in which we try to record for posterity the phonetic structures of some of the languages that will not be around much longer. But it is not for me to assess the virtues of programs for language preservation versus those of competitive programs for tuberculosis eradication, which may also need government funds.

In this changing world, the task of the linguist is to lay out the facts concerning a given linguistic situation [...]

Last summer I was working on Dahalo, a rapidly dying Cushitic language, spoken by a few hundred people in a rural district of Kenya. I asked one of our consultants whether his teen-aged sons spoke Dahalo. "No," he said. "They can still hear it, but they can not speak it. They speak only Swahili." He was smiling when he said it, and did not seem to regret it. He was proud that his sons had been to school, and knew things that he did not. Who am I to say that he was wrong?






sábado, 22 de marzo de 2008

Sábado de gloria

Para los niños de la posguerra el sábado de gloria era un día especial: se terminaba el muermo de la semana santa y en los cines aparecían las películas principales de la temporada que entonces daba comienzo. Yo, aunque también niño de posguerra, lo fui de la tardía, o sea, de hartuna televisera de imágenes, y por eso no recuerdo el haber sentido nunca en esa fecha la ilusión de los nuevos estrenos. De todos modos, como remembranza de aquella vieja y nostálgica costumbre, aquí os dejo una de películas más entrañables de mi primera juventud. También lo será de la vuestra.










viernes, 21 de marzo de 2008

A una muger que se afeitaba y estaba hermosa




Yo os quiero confesar, don Juan, primero:
Que aquel blanco color de doña Elvira
No tiene de ella más, si bien se mira,
Que el haberle costado su dinero.

Tras eso confesaros quiero
Que es tanta la beldad de su mentira
Que en vano a competir con ella aspira
Belleza igual en rostro verdadero.

Más, ¿qué mucho que yo perdido ande
Por un engaño tal, pues que sabemos
Que nos engaña así Naturaleza?

Porque ese cielo azul que todos vemos
Ni es cielo ni es azul: ¡Lástima grande
Que no sea verdad tanta belleza!



Lupercio y Bartolomé de Argensola

jueves, 20 de marzo de 2008

Felicitar al Emperador por contrato


Como hoy afortunadamente no se ha muerto ningún otro de los mitos de mi adolescencia y me sobraba un rato (¡¿?!) pues me dio por escribir a El País la carta que sigue. No es que vaya con mucha sustancia, pero, con todo, el argumento alguna gracia tiene. Sea como sea, para que quede documentada aquí la dejo.

Nos informa la prensa en estos días de que, como respuesta a la repatriación de nacionales brasileños en aeropuertos españoles, un mayor número de conciudadanos nuestros ven rechazado su ingreso en el "país del eterno futuro". Esta "reciprocidad" es generalmente la piedra angular de las relaciones bilaterales entre estados, por eso, no creo que sea algo falto de razón el suponer que bastantes de los españoles de tierras lejanas hayan sentido temor de que nuestras naciones de acogida se vieran obligadas, por causa de la tal reciprocidad, a aplicarnos un trato paralelo al que el señor Rajoy y sus muchachos pretendían endosar a los inmigrantes que trabajan en nuestro país.

La inmensa mayoría de los españoles que vivimos en Japón somos gente respetuosa de la ley: según las normas del derecho internacional (y las del sentido común) eso es todo lo que se nos puede exigir; la firma de ningún contrato de integración en las costumbres de la tierra lo consideraríamos, con toda seguridad, como una obligación cercana al insulto. Por aquí al delincuente, de cualquier origen, la ley le cae encima con todo su rigor, y ahí ya muere el cuento; los que nos movemos en la más estricta legalidad, si tenemos intención o no de participar en las ceremonias shinto, somos aficionados al sumo, desayunamos pescado o acudimos o no a felicitar a S. M. el Emperador por su cumpleaños, queremos decidirlo nosotros, y no que lo hagan en nuestro lugar, ni aún de forma algo indirecta, unos señores en el otro lado del mundo, en la calle Génova más concretamente.




Donʼt get me wrong







miércoles, 19 de marzo de 2008

martes, 18 de marzo de 2008

Darlington Revisited





La secuencia más erótica de toda la historia del cine del siglo XX







lunes, 17 de marzo de 2008

Natalia


Вашу мысль
мечтающую на размягченном мозгу,
как выжиревший лакей на засаленной кушетке,
буду дразнить об окровавленный сердца лоскут:
досыта изъиздеваюсь, нахальный и едкий.

У меня в душе ни одного седого волоса,
и старческой нежности нет в ней!
Мир огромив мощью голоса,
иду - красивый,
двадцатидвухлетний.



Your thoughts,
dreaming on a softened brain,
like an over-fed lackey on a greasy settee,
with my heart's bloody tatters I'll mock again;
impudent and caustic, I'll jeer to superfluity.

Of Grandfatherly gentleness I'm devoid,
there's not a single grey hair in my soul!
Thundering the world with the might of my voice,
I go by -- handsome,
twenty-two-year-old.


Vladimir Mayakovsky

(From the prologue of A Cloud in Trousers)



¡Uf, que alivio! Ya acabé con lo de la conferencia y puedo vivir tranquilo. Para los que no estuvistéis allí (la mayoría): la cosa salió no mal del todo, el público, correcto, soportó muy estoicamente los ataques de sopor, reprimió de forma educada sus pulsiones, no arrojó ningún objeto contundente al conferenciante y hasta tuvo la amabilidad de preguntar varias cosillas al final y de aplaudirme casi más de a Pavarotti la última vez que por aquí anduvo. El punto cumbre de la faena fue –para mí por lo menos- éste: nada más abierta la entrada del auditorio pasan unas simpatiquísimas abuelitas decimonónicas, me echan un ojo de patriarca gitano experto tasador de burros y lanzan de sobaquillo un “¡qué profesor más guapo!” que me llegó al alma; pero, vaya, hasta los más encerrados columbros de su séptimo sótano. Hacía ya casi dos décadas que nadie me dedicaba palabras tan estupefacientes, y lo cierto es que la última vez me lo pusieron más a tiro que a Fernando séptimo: fue cuando estrenándome como docente en un instituto femenino de mi tierra compartía el tablao con un equipo de profesores de los cuales el más joven me llevaría unos treinta y pico años de ventaja. Más regalado, imposible…

En fin, que al día siguiente, ya libre de la losa del negocio de la víspera, decidí hacer algo de provecho y, recordando que tres días después regresaba a Moscú mi compañera Natalia, la profesora invitada de Ruso, la llamé y, como despedida, nos fuimos a comer a “Hidamari”, el restaurante que aparece en el margen del blog. A Natalia la conocí a principios del pasado abril, cuando empieza el curso académico por estas latitudes. Resulta que entonces, todos los años y delante de unos seis mil nuevos alumnos (tres mil cada día) me toca a mí hablar unos minutillos sobre la maravilla que es el aprender el idioma este en el que escribo ahora, de su gran utilidad, hermosura y beneficio general para mentes educandas urbi et orbe. En fin, que ese día fatídico para mí (porque lo paso fatal) a Natalia le tocaba también salir a la palestra acompañada por otros seis nativos de las lenguas principales que enseñamos en el Centro (ruso, coreano, chino, alemán, francés, inglés y español). En el escenario, puestos en fila, cada uno saluda en versión original, improvisa alguna frase y se despide. De este cirquillo –dura unos diez minutos- yo me veo libre: otra profesora es tan compasiva de hacerlo en mi lugar; yo ya he tenido suficiente explicando unos momentos antes lindezas como el que los hinchas del Real Madrid vociferan precisamente more cervantino y el que en Venezuela no se habla inglés o, en su defecto, venezolano, como alguno parece en su juvenil inocencia todavía creer. Cuando Natalia estaba esperando a que le tocara la vez para convertirse instantáneamente en una estrella del show business se acercó una de las secretarias y me preguntó en japonés: “¿No podría hacer usted algo? La profesora de ruso debe de estar helada (la sala de detrás del escenario goza del microclima perfecto para la cría en cautividad del pingüino emperador), además hasta dentro de una hora no tiene que salir…” Inmediatamente me volví hacia mi compañera y le pregunté: “¿No querrías tomar un café o algo?” Ella me miró con cara de sorpresa, pero de una sorpresa bastante esperable, de algo así como “ya sabía yo que estos latinos todos son unos tíos de un ligón incorregible…” La cosa es que Natalia no entendía una palabra del habla de esta tierra y, por consiguiente, no había podido descifrar el significado de las que había pronunciado la amable muchachita japonesa.

En fin, nos fuimos hasta una de las salas de profesores, nos servimos el brevaje –una máquina las expende- y le di un somero “tour” por las dos bibliotecas del campus que teníamos más a mano. En una de ellas, mientras yo le enseñaba los libros en ruso de las estanterías, encontrándome con una traducción de unos relatos de Cortázar, tontamente comenté: “Es un autor argentino muy interesante. Seguramente no lo conoces…” Ella me miró, entre sorprendida e indignada, y respondió: “¿Por quién me tomas? No es que lo conozca: he leído gran parte de su obra…” Ni que decir tiene que, como añadiría bobamente el otro, “aquel fue el principio de una hermosa amistad”; hermosa, pero breve y limitada casi a cuatro charlas sobre literatura a trashoras en las oficinas de nuestro negocio…

Para mí Rusia, y en particular su idioma, siempre ha tenido un atractivo grande. Hoy en día sigo considerando a esta lengua como la más eufónica de todas las europeas y a sus gentes, (por lo menos las que yo he conocido) como unas de las que mejor entienden qué sea eso del vivir disfrutando de nuestra estancia en este mundo lacrimoso. Mi relación con la parla de Pushkin comenzó una tarde de otoño de hace casi treinta años. Aquel verano había estudiado francés intensivamente y pensaba matricularme en el instituto de idiomas de la Universidad. Con todo, dudaba: también quería aprender alemán, había oído que era cosa difícil y pensaba si sería conveniente iniciarse en ello a la edad más temprana posible… En fin, que ante la ventanilla de admisión, en lugar de marcar la cruz en una de las dos lenguas por las que no acababa de decidirme, la puse en la última de la lista: el ruso.

Lo estudié sólo un curso, pero lo hice con esa intensidad con la que seguimos las pasiones de nuestra primera juventud, eché toda la energía que me permitían mis años mozos (que era mucha) y eso me llevó a conseguir una base sólida que me ha hecho posible el continuar durante estas tres décadas el estudio por mi propia cuenta, disfrutando de ello como sólo sabemos hacerlo los viciosos de los flipes lingüísticos. A estas alturas ni puedo hablar con soltura, ni leer un periódico sin mucho diccionario, pero la vuelta sobre alguno de los manuales de aprendizaje que guardo entre mis libros o la labor de desciframiento, con ayuda de una versión bilingüe, de un poema como el que pongo arriba, es uno de los placeres más subidos que he experimentado en mi vida…

Qué más decir: a estas horas Natalia estará ya embarcada en su avión rumbo a las vegas bullentes del Moscova; y yo me quedaré aquí, contemplando infinitamente el Potemkin, espiando los amores prohibidos del insolente, del irresponsable, del maldito, imperecedero y genial Maiakovski; me quedaré aquí, escuchando a Borodín y ensoñando con un paisaje de nieve sobre el que, mientras al fondo se elevan las cúpulas de la catedral de San Basilii, la momia de Vladimir Ilich, aburrida, al fin, de su siesta ya casi centenaria, harta sin remedio de esa eterna y celestial pereza de que gozan los muertos, se levanta, se desentumece y, pícara, por entre las murallas, incrédulas, del Kremlin, persigue a una horda adolescente y terrorífica de turistas americanas macdonáldicas.





sábado, 15 de marzo de 2008

viernes, 14 de marzo de 2008

Salamanca en la Literatura



(Texto de la charla pronunciada el 13 de marzo de 2008)



0. Introducción.

Es para mí un gran honor y una gran satisfacción el encontrarme hoy aquí, con ustedes, el poder dirigir estas palabras a una audiencia de amigos y a la vez, de amantes de la cultura española y de nuestra universidad salmantina. Antes que nada quiero agradecer a mis compañeros de la Junta directiva de la Sociedad Universidad de Salamanca en Japón, y en especial a su presidente, el embajador Hayashiya, el haberme ofrecido esta oportunidad de hablar de algo que me apasiona sin medida. Tampoco quiero olvidar a la Sra. Miotani, quien me ha ofrecido su apoyo incondicional en el proceso elaboración de esta conferencia. A todos, Muchísimas gracias.

Cuando se me propuso esta intervención de hoy no tuve ninguna duda en aceptar, tampoco dudé en cuál sería el tema. Sólo después, al pensarlo, en frío, caí en la cuenta de varias dificultades que se me presentaban. De estas dificultades déjenme hablarles, pero un poco más adelante. Antes quiero dedicar un poco de mi tiempo a exponer brevemente mis intenciones para la ponencia que ahora comienzo.

Cuando llegué a Japón, en el ya lejano año de 1994, como es lógico, todo a mi alrededor no dejaba de sorprenderme. Créanme cuando les digo que ya desde el primer momento mi relación con este país fue ésa que de forma un poco insípida se suele llamar “amor a primera vista”. Desde entonces y hasta ahora la situación básicamente no ha variado: me encuentro más feliz en esta tierra que en la mía nativa. Esta afirmación que a ustedes les puede extrañar supongo que tengo que aclararla un poco. Soy español y siempre lo seré: amo profundamente a mi tierra, a mi cultura y a mi lengua; pero eso no me impide el sentir un amor casi igual por este país que es el de la mayoría de ustedes, y eso por muchas razones. De la mayor parte de ellas no voy a hablar ahora. Podría decirles de la hermosura de la naturaleza de estas islas, de la amabilidad que siempre he encontrado en el pueblo japonés, del gran valor de su literatura y, sobre todo, de su idioma, para mí, profesional de la lingüística, un tesoro diario de descubrimientos. Todo eso que les digo es verdad. Pero quizá lo que más me agrada de vivir en Japón sea el hecho de que aquí veo mi cultura española, nuestra historia larga y dramática, nuestro idioma y nuestra literatura con una perspectiva diferente e imposible de adoptar si permaneciera en mi país. Cuando me encuentro en España me rodea gente que habla mi lengua nativa, el español. Esta lengua española obviamente, es allí, en mi tierra, lo normal, lo natural. Cuando regreso a Japón sucede, claro, lo contrario: en mi entorno, mi familia, mis estudiantes y colegas, casi todos mis amigos, hablan japonés. Entonces el español se convierte en una lengua especial, más mía, íntima y personal; se convierte no en lo necesario, en lo inevitable, sino en un lujo auténtico; sus palabras, que sólo utilizo para escribir, para comunicarme conmigo mismo, toman otra forma, las veo con nueva perspectiva; les diré aún más: esa perspectiva se convierte en casi mágica.

Con la literatura española me sucede algo paralelo. Recuerdo que el primer otoño que viví en esta tierra lo dediqué a leer el Quijote. Llevaba un ejemplar pequeño en el bolsillo de mi abrigo y lo iba devorando con avidez en cualquier parte. Una tarde, sentado en un tren expreso de la línea de Odakyu, casi cerca de la estación de Shinjuku ya, levanté los ojos de mi libro y vi una imagen que me maravilló: la luz del atardecer del otoño llenaba el vagón del tren, y en esa hermosísima luz naranja se recortaban las siluetas de las personas –jóvenes, ancianos, niños- sentadas frente a mí. Eran todos japoneses, claro. Eran todos gente de finales del siglo veinte, claro. Hablaban una lengua muy diferente de aquella en la que yo estaba leyendo. Yo venía, en aquel momento, del mundo de principios del siglo diecisiete, de un país del otro lado de la tierra, de la historia de un hombre, don Quijote, que en su propia época, vivía otra ya pasada, ya muerta y que él se empeñaba en hacer volver a la vida. Ese contraste tan fuerte entre idiomas, ambientes y paisajes de mi lectura y de la realidad que me rodeaba aquella tarde tan hermosa del otoño japonés me hizo sentir la grandeza de la literatura y me hizo ver lo afortunado que yo era de poder disfrutar de dos experiencias que para las personas “normales” son muchas veces del todo desconocidas: la de la lectura reposada de la literatura clásica de su propia lengua y la del goce desde el interior de una cultura remota a aquella en la que ha nacido.

Por eso, como les decía antes, el hablar de esta literatura clásica española a ustedes, el hacerlo en mi propio idioma, y sobre todo, el poder tratar de ello en el corazón de esta ciudad de Tokio, a la que tanto amo, me llena de satisfacción. Les tengo que hablar de todas maneras de alguno de mis temores. Los alemanes tienen un refrán muy oportuno en esta situación: “Nunca regales lechuzas en Atenas”, o sea, “No quieras enseñar a los atenienses algo de filosofía, porque ellos saben más que tú”. Tengo constancia de que ahora me escuchan personas que conocen más de literatura española que yo mismo, por eso sería una muestra de la más ridícula imprudencia por mi parte, algo del todo sin sentido, el que yo intentara en este momento pronunciar una charla erudita ante esas personas. Los salmantinos somos gente muy habladora, nos encantan las tertulias, esas conversaciones a la hora de la siesta en las que, en los cafés, durante las largas tardes castellanas del verano o la cortas del invierno, nos reunimos para tratar de todo, de lo divino y de lo humano. Permítanme que hoy aquí sienta que eso es lo que estamos haciendo: que aquí nos reunimos no para una conferencia académica, sino para una charla en la que yo les presento a ustedes, mis amigos, a otros amigos queridos: los libros de la literatura española que hablan de mi ciudad, esos libros por los que yo siento una gran pasión y sin los que mi vida sería mucho más oscura, mucho más triste y mucho más vacía. Permítanme también, finalmente, olvidarme a partir de este momento de mi profesión académica, de mi formación como filólogo y lingüista, y véanme ustedes sencillamente como un lector empedernido y nada más.

El título de esta conferencia en español es “Salamanca en la literatura”. La verdad es que más que el nombre de una conferencia éste debería ser el de todo un curso. Intentar hablar en una hora de todas las obras, de todos los libros o escritores relacionados con Salamanca a lo largo de la literatura española, sería igual que intentar recorrer el museo del Prado en una hora. Acabaríamos enfermos. Por eso me he permitido hoy reducir mi charla a cuatro o cinco escritores y obras clásicas. De la literatura contemporánea de Salamanca esperemos tener ocasión de hablar en otro tiempo. Les pido que me disculpen de antemano: la selección está motivada por causas personales. Estos son los autores que desde niño más me han apasionado, los que siempre me han acompañado en el viaje de mi vida y los que lo harán hasta que éste acabe. Si a alguno de ustedes esta selección les parece demasiado limitada o si su curiosidad no se siente suficientemente satisfecha les recomiendo este libro: Salamanca en la literatura, de D. Luis Cortés, el gran experto en letras medievales de nuestra Universidad.

Salamanca es una ciudad en la que aún hoy en día se respira literatura: en la parte antigua es imposible situarse en ningún punto en el que no podamos encontrar algo que no nos recuerde algún episodio, algún personaje del mundo de las letras. Si paseamos por el Puente Romano veremos el famoso toro sin cabeza contra el que el ciego golpeó al Lazarillo de Tormes. Un poco más a la izquierda, al final de la cuesta que sube a la facultad de Ciencias, encontramos la escultura de la vieja Celestina. Si pasamos esta facultad de Ciencias podemos ver la casa de Torres Villarroel, el famoso profesor del siglo dieciocho al que debemos, entre otras obras, el relato más divertido de la vida de cualquier persona de la época. En fin, siguiendo así no podríamos parar: porque hasta ese siglo dieciocho de Torres Villarroel casi todos los personajes importantes de la literatura española, por una causa o por otra, han tenido relación con la ciudad, y sobre todo, con nuestra Universidad.



1. El Libro de Buen Amor

Es precisamente en la biblioteca de ella donde se guarda una de las obras maestras de nuestra literatura medieval: el manuscrito del Libro de Buen Amor. Existen otros dos –en la Real Academia y en la Biblioteca Nacional, ambos en Madrid- pero el nuestro, el salmantino es, sin ninguna duda, el más completo y el más hermoso. Se trata de un manuscrito con letra de gran elegancia, negra y roja, de principios del siglo XV. Nunca olvidaré la mañana de abril en la que, gracias a mi maestro en Literatura Medieval, el sabio profesor Pedro Cátedra, tuve oportunidad de ver y de hojear por primera vez el manuscrito. Esa mañana la recordaré siempre como una de las más emocionantes de mi vida. Salvo que sean ustedes investigadores profesionales seguramente será muy difícil que puedan tener el privilegio de sentir en sus manos esta gran joya de las letras españolas. De todas maneras existe una edición facsímil publicada en 1975 a cargo del profesor Real de la Riva. La edición es tan buena que cuando uno de los mayores expertos contemporáneos en esta obra, el Prof. Blecua, publicó su edición no tuvo necesidad de consultar el original: trabajó sobre la facsímil y solamente una vez vino a Salamanca: cuando quiso comprobar si un punto era realmente tinta o un excremento de mosca…

Personalmente, el Libro de Buen Amor es mi obra preferida de la literatura española de la Edad Media. Lo es por varias causas, pero el principal es porque conozco pocos libros más divertidos que éste. En él vamos conociendo los amores vividos por el Arcipreste de Hita, el propio autor. Se trata de un texto realmente avanzado, hasta revolucionario en la época: no sólo se nos habla de amores, sino de los de un sacerdote católico, alguien al que no se le estaban permitidos. De este Juan Ruiz, de este Arcipreste, conocemos muy poco que no sea invención: casi todo lo que sabemos es eso que digo: que era religioso, que era nacido en la ciudad de Hita, en la provincia de Guadalajara, que escribió nuestro libro y que persiguió, admiró, respetó y amó mucho a las mujeres, a todas: a las rubias, a las morenas, a las jóvenes, a las monjas (lo que era un escándalo, claramente), pero sobre todo a las pequeñas, algo que yo mismo comparto. Cuando alguna jovencita japonesa se me queja de su pequeña estatura yo siempre le recuerdo el poema de este Arcipreste de Hita que en el siglo catorce, con gran inteligencia decía estas cosas que me permitirán ustedes que les lea ahora.


De las chicas que bien diga el Amor me fizo ruego,
Que diga de sus noblezas; yo quiérolas decir luego;
Decir vos he de dueñas chicas, que lo habredes por juego:
Son frías como la nieve, y arden como el fuego.

Son frías de fuera, con el amor ardientes;
En la cama solaz, trebejo, placenteras, rientes;
En casa cuerdas, donosas, sosegadas, bien facientes;
Mucho al y fallaredes, adó bien paráredes mientes.


Sin duda el Arcipreste era un hombre de gran inteligencia ¿no les parece? En este libro, en versos muy diferentes y variados, cabe todo el mundo, todo el mundo de la Edad Media española, con él sentimos la vida de la calle, de hombres y mujeres a los que les mueve esa presencia continua en la literatura española: el amor. Curiosamente ese “Buen amor” del que nos habla el título no es tanto el amor al que me refiero, el amor erótico, sino el amor a Dios. Al amor de hombre y mujer, el Arcipreste lo llama “Loco Amor”, ése que debemos evitar. En su prólogo nos lo dice: “Habrá gente que se escandalice con lo que aquí escribo cuando muestro tanto del loco amor. Lo hago para que lo desechen”.

Y desecharán y aborrecerán las maneras y maestrías malas del loco amor, que hace perder las almas y caer en saña de Dios, apocando la vida y dando mala fama y deshonra y muchos daños a los cuerpos. Empero, como es cosa humana el pecar, si algunos, lo que no les aconsejo, quisieran usar del loco amor, aquí hallarán algunas maneras para ello.


¿Era verdad este propósito del Arcipreste o se trataba solamente de evitar los problemas con las autoridades de la Iglesia a la que él pertenecía? Yo quiero creer que un hombre tan sinceramente apasionado, que tanto valoró a las mujeres, no puede de verdad considerar que el fruto de su relación con ellas, el amor, sea un fruto malvado.

Sin ninguna duda el Arcipreste fue uno de los hombre más notables de su época. Antes he dicho que casi no sabemos nada de él: pero no es cierto. Conservamos su retrato literario, el que él mismo se hizo en su libro.

El único problema de la lectura del Libro es, seguramente, su gran variedad. Como ya les he dicho, aquí cabe todo el mundo medieval, no sólo la narración de los amores del Arcipreste, también las oraciones, a Cristo, a Santa María, gran cantidad de “enxiemplos”, que son cuentos en verso con los que el autor nos pone ejemplos de lo que trata. Como todos los libros grandes de poesía no les recomiendo que lo lean de seguido, sino que lo tengan sobre su mesa, al lado de su cama o futón y lo vayan abriendo de vez en cuando, disfruten dos o tres páginas y se diviertan recreando ese mundo de pasión de uno de los más notables de la literatura en lengua castellana.

El Libro de Buen Amor tiene una profunda relación con Salamanca. Durante siglos, no obstante, por decisión real, estuvo depositado en la Biblioteca del Escorial. Ello era para nosotros un motivo de gran tristeza. Pero este estado se remedió en los años cuarenta del siglo pasado gracias a nuestro rector Antonio Tovar, que consiguió la devolución del manuscrito. Con todo, ni el Arcipreste ni el argumento del Libro tuvieron relación aparente con nuestra ciudad de Salamanca ni con nuestra Universidad.


2. La Celestina

La siguiente obra de la que les voy a hablar, la Celestina, sí que la tuvo, y por muchos conceptos. Primero porque su autor, Fernando de Rojas, fue estudiante de nuestra Universidad: estudiante de Derecho, según parece, a finales del siglo quince. En el prólogo de esta obra de teatro, sin duda la más notable de todas las que se han escrito en español, el autor nos cuenta que el primer acto de ésta circulaba entre los estudiantes salmantinos y que él, en unas vacaciones de quince días, escribió el resto. Hoy nos parece bastante difícil de creer que una obra tan profunda y pensada esté escrita por un estudiante durante un período de tiempo tan corto. Con todo, nadie ha logrado ninguna prueba de que lo que se afirma no sea verdad. En esta obra, a medio camino entre la Edad Media y el Renacimiento, se nos cuentan los amores de un joven noble, Calisto, y de la bella Melibea. El joven ha entrado en el jardín de la casa de ella a rescatar un halcón, un pájaro con el que estaba cazando, y se encuentra de repente con la hermosa Melibea. Entonces le intenta hablar, pero ella lo rechaza. Completamente enamorado solicita, a través de un criado suyo, la ayuda de una vieja alcahueta, Celestina, intermediaria entre los amantes, y, finalmente consigue su propósito: Melibea termina perdidamente enamorada de él. Pero este lazo entre ambos Celestina, lo había conseguido gracias a un pacto con el diablo: el fin no podía ser diferente del desastre. La pareja de enamorados, los criados, la propia Celestina, tras gozar, terminan muriendo como castigo de su pasión y de la intervención del diablo.

Cervantes nos dice de la Celestina, un texto que sin duda conocía bien que es una obra divina, si no fuera tan humana. Y es que este libro está lleno de humanidad, pero de humanidad en el peor de los sentidos: de pasiones bajas satisfechas, de ambición, de engaños, de egoísmo. Si en el Libro de Buen Amor encontrábamos, a pesar de los avisos morales del prólogo, una obra llena de vida, de alegría, en la Celestina el mundo ya es oscuro, terrible, negro totalmente. A pesar de esto, es una obra que hay que leer: está recorrida por gran sabiduría: humana, clásica, literaria y popular. Los estudiosos de las letras la consideran, después de el Quijote, la segunda gran obra de la literatura española: su prosa, su estilo son magníficos, suaves y musicales en algunas partes, brutales y salvajes en otras.

Los filólogos nos dicen que el marco de la Celestina, la ciudad donde se desarrolla, no es un lugar real, sino una ciudad ideal que sólo existe en la imaginación de Fernando de Rojas. Esto los salmantinos no lo aceptamos. Para nosotros, aunque no se diga en la obra, la ciudad en la que sucede es sin duda la nuestra: Salamanca, la Salamanca de finales del siglo quince. Para afirmar eso incluso hemos dado a uno de los tres pequeños montes sobre los que se construyó en época pre-romana el nombre de Peña Celestina y hasta hemos localizado el propio huerto de Melibea en uno de los lugares más hermosos de la zona antigua, junto a lo poco que queda de las murallas de la ciudad. Cuando vayan a Salamanca pregunten por él, por el “Huerto de Calisto y Melibea” y disfruten desde allí de la visión única de las catedrales al atardecer.


3. El Lazarillo de Tormes

Bien, ya hemos llegado a la mitad de nuestro camino, ya estamos en la época dorada de Salamanca, en el Renacimiento, en pleno siglo XVI. Ésta es la época en la que se construye nuestra fachada de la Universidad, en la que los Reyes Católicos y después su nieto, Carlos V, la favorecen; la época en la que jóvenes de todos los rincones del mundo –como nos recuerda Cervantes en uno de sus relatos, El licenciado vidriera, estudian en Salamanca. La ciudad se llena de todo tipo de gentes, de sabios y de ignorantes, de estudiantes serios y de estudiantes pícaros, de lo mejor de la nobleza de las Españas y de los peores criminales. Sólo en nuestra ciudad podría nacer un personaje como fue Lázaro de Tormes, el protagonista de El Lazarillo de Tormes, en la aldea de Tejares (hoy un barrio de Salamanca al que se llega en autobús en quince minutos). Yo siempre he sentido una relación especial con el Lazarillo de Tormes. Hoy en día todos los niños salmantinos nacen, al contrario de lo que le sucedió al Lazarillo, en el lado derecho del Río, en el gran hospital universitario. Yo pertenezco a los últimos niños de la última generación que tuvo el privilegio de nacer en su casa: mi hermano, que es cuatro años menor que yo, ya vino al mundo en la clínica Universitaria. Por eso, y porque la casa de mis padres está en el lado izquierdo del río, no muy lejos de Tejares, yo soy uno de los pocos salmantinos que pueden afirmar que, al igual que el Lazarillo, nacieron en la parte izquierda. Por fortuna para mí ahí se termina el parecido, porque mi vida y la suya en nada tienen de relación. La madre del pobre pequeño, no siendo capaz de mantenerlo, se lo entregó a un ciego como criado. Junto a este ciego, el Lazarillo se hizo hombre, dejó de ser inocente y niño. Éste es también un libro triste y brutal, como la Celestina. Especialmente los que somos padres no podemos dejar de leerlo con amargura. Sin embargo, les recomiendo a ustedes el viaje por la España triste del siglo XVI, por todo lo que vale. Hay mucha gente que sostiene que el Lazarillo es la primera novela moderna europea. No sé si será verdad. En ella el protagonista no es un noble, un gran hombre, un héroe, sino un pobre mendigo, o como lo llaman los especialistas: un anti-heroe. Tal idea de la gloria de lo pobre, lo triste, hasta lo despreciable, era revolucionaria en este tiempo. Más todavía cuando el relato está escrito por el propio Lazarillo, quien no esconde nada de sus obras, no se justifica, sino que se muestra tal y como era. Igual que decía la Celestina de sí misma, Soy una vieja como el mundo me hizo, ni mejor ni peor, lo mismo podríamos contar del pobre Lazarillo: el mundo le hizo pícaro y de esa vida de pícaro nacería un género literario que sin duda es el más notable de la literatura española: la picaresca, un conjunto de novelas en las que se nos cuentan los trabajos y las aventuras de esos hombres a los que hoy llamaríamos “homeless delincuentes”, esas vidas que al final resultarán más enriquecedoras para nosotros que las de los reyes, los santos o los papas.

La Celestina fue una obra anónima. Su autor no se atrevió en su primera edición a firmarla abiertamente. Si sabemos quién es fue porque al principio de ella incluyó unos versos acrósticos, o sea, que leyendo la primera letra de cada uno podemos conocer su nombre. El autor del Lazarillo no se atrevió a eso: hoy en día desconocemos quién fue quien lo escribió. Hay varias teorías, pero ninguna está completamente aceptada por la crítica. En nuestra ciudad quedan dos restos de la presencia de esta obra: la escultura del ciego y del Lazarillo y el toro ibérico. Este toro, como él nos cuenta en su libro, en el siglo XVI se encontraba a la entrada del Puente. Ahora lo vemos en el centro. Durante los últimos treinta años el Ayuntamiento ha estado moviéndolo de un lado para otro: cuando vayan a Salamanca no sé muy bien dónde lo van a encontrar. En cualquier caso fue aquí donde sucedió la siguiente historia.

Del capítulo primero

Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: “Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él.” Yo simplemente llegue, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: “Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo”, y rió mucho la burla.




4. Fray Luis de León

Dejamos ahora en su viaje al Lazarillo, continuamos con el nuestro por el Renacimiento español y nos encontramos con una figura que para nosotros, los que nos sentimos salmantinos de raza, es un orgullo recordar: Fray Luis de León. No era salmantino de nacimiento, como no lo serían la mayor parte de los grandes nombres de la literatura relacionados con nuestra ciudad: Miguel de Unamuno o Gonzalo Torrente, por ejemplo. Nació en Belmonte (Cuenca) en 1527, en la época aquella en la que la segunda generación de conquistadores se abría camino por las rutas desconocidas de América. Fray Luis estudió en Salamanca, no la carrera de su padre, el Derecho, sino las letras hebreas. Éstos eran años de gran interés por los estudios de la Biblia: Lutero acababa de publicar su traducción y Erasmo de Roterdam afirmaba la superioridad de las versiones originales en griego y en hebreo sobre la versión al latín de San Jerónimo, que era el texto oficial de la iglesia Católica. Fray Luis tomó partido en esta discusión por el camino más valiente, pero también el más peligroso: defendió el valor del texto hebreo del antiguo testamento y eso le supuso grandes problemas frente a la Santa Inquisición. A causa de esta disputa religiosa, por defender valientemente sus opiniones desde su puesto de profesor de la Universidad, Fray Luis sufrió cuatro años de cárcel. Cuando salió ya libre de las falsas acusaciones que había tenido que soportar y volvió a sus clase se cuenta que ésta estaba llena de estudiantes esperando palabras duras contra sus acusadores. Él, sin embargo, tranquilamente continuó con la lección interrumpida cuatro años atrás con la frase: “Decíamos ayer”. La enseñanza de Fray Luis era la de que esas acusaciones, esos cuatro años de cárcel, no tenían en realidad ningún valor: lo que merecía la pena de verdad era lo que sucedía en esa clase, en sus clases en las que no había dejado de pensar durante todo el tiempo de prisión. Los grandes profesores de nuestra Salamanca exiliados por desgracia a lo largo de nuestra historia (Miguel de Unamuno, Enrique Tierno Galván) siempre han regresado con esa frase del maestro Fray Luis: “Decíamos ayer”.

Fray Luis de León fue un profesor excelente en sus estudios, un hombre envuelto en las luchas de su época, tristes y terribles, como tristes y terribles fueron la Celestina y el Lazarillo. Pero su literatura, los poemas que nos regaló, son obras de tono hermosamente sereno, suave y optimista. En la literatura supo encontrar una paz que le negó su vida real. Famosas son sus Oda a Salinas, el catedrático de Música ciego, gran amigo de Fray Luis, y su Oda a la vida retirada. Permítanme leerles algún verso de esta última obra, versos que para mí, español, salmantino y universitario, están llenos de una emoción inevitable.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.



Como no podría ser de otra manera, nuestra Universidad vive el espíritu de Fray Luis de León. Primero encontramos, la estatua que mira hacia la fachada de la Universidad, estatua que afortunadamente ahora se encuentra libre del pedestal que la elevaba: Fray Luis, hombre humilde y bueno, estoy seguro que hubiera preferido estar así, más a pie del suelo, más entre la gente, entre los universitarios que tanto le amaban. Dentro del Edificio Antiguo encontramos todavía su aula; la clase tal y como se veía en la época en la que daba sus lecciones. Pocos lugares hay más emocionantes que éste en toda la ciudad de Salamanca.


5. San Juan de la Cruz.

Quizá lo más grato de la labor universitaria sea el hecho de sentirse un elemento de la cadena humana del saber, de ver que se recogen los conocimientos de los maestros y se transmiten a la siguiente generación. Eso debió de sentir Fray Luis del siguiente poeta al que nos vamos a referir: San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes, que era su nombre real, nació en un pueblecito de la provincia de Ávila, Fontiveros, en 1541. Seguramente alguien les haya recomendado el que visiten Ávila: yo también lo quiero hacer ahora. Para mí sin duda es la ciudad que guarda más puro el espíritu de Castilla, de la Castilla de finales de la Edad Media y del Renacimiento. Dentro de sus murallas, en el aire frío de la sierra de Gredos, podrán vivir el tiempo detenido de una España eterna y universal, que diría nuestro Rector Unamuno. Pero además de visitar Ávila les recomiendo que se aparten un poquito y paseen por el pueblo donde nació san Juan de la Cruz, o, todavía mejor, por el campo que rodea el pueblo. ¿Qué hay de interesante en este campo? Seguramente otra persona les dirá: “Nada”. Y es que realmente, a excepción de enormes rocas en una extensión casi sin árboles ni naturaleza, en el campo que rodea la ciudad de Ávila no hay nada. Pero esa nada es una nada grandiosa, enorme, un espacio que sobre todo en invierno se nos hace íntimo, que nos obliga a mirar para dentro, a buscar en nuestro interior el calor, la belleza que no encontramos fuera. Bueno, para mí, particularmente, este paisaje desolado y salvaje tiene mucha belleza, una belleza primitiva y antigua, una belleza que nos trae recuerdos de ese mundo en el que no existían los hombres, en el que casi no existía la vida, un mundo del que nos hablan los geólogos y los físicos pero que de primera mano jamás podremos conocer.

Yo, cuando desde el tren o desde el autobús veo esta tierra llena de grandes piedras y de nada perfecta no puedo sino recordar al gran poeta que fue san Juan de la Cruz y no puedo sino pensar que sólo un poeta nacido dentro de este paisaje duro, profundo, nos podría haber regalado una obra tan profunda, tan contenida y tan serena. La gran obra de san Juan se reduce a trescientos versos excepcionales, trescientos versos que le hicieron inmortal. Del resto de su otra obra poética, de los comentarios en prosa y de su obra teológica, podemos prescindir. Son sólo tres poemas, el Cántico espiritual, la Noche oscura y la Llama de amor viva, los que nos maravillan, los que hoy me obligan a que en esta tarde de un remoto país, de un tiempo remoto para el poeta, les tenga que traer el recuerdo de ese hombre pequeño y humilde que vivió y murió en mi tierra ya hace casi quinientos años.

San Juan fue alumno de Fray Luis en Salamanca. A los veinte años comenzó sus estudios en nuestra Universidad y con ella mantendría una relación continua que sólo terminaría con su muerte, en 1591. Al igual que su maestro, fray Luis, san Juan fue un hombre valiente, peleador, empeñado en las reformas religiosas que traían los aires del Concilio de Trento, y por su lucha religiosa, al igual que su maestro, sufrió cárcel durante varios meses. San Juan era un hombre de muy baja estatura (Santa Teresa le llamaba: “mi medio fraile”) pero de sensibilidad grande y profunda. En su poesía esta sensibilidad se manifiesta de forma inevitable. Es su escritura, como digo, una escritura llena de fuerza y energía, y es que el tema único de ella es el amor, el amor erótico, entre hombre y mujer. Parecerá muy extraño que un fraile en el estricto siglo XVI escribiera de este tema y lo hiciera con palabras que contenían tanto fuego: del mismo modo que sucede en la Biblia, en el Antiguo Testamento, más concretamente en el Cantar de los Cantares, este amor humano es un símbolo del amor divino, el que sienten las criaturas por su Dios, el Dios cristiano. Así, en la obra de san Juan la figura de la amada, es el creyente, la criatura creada por su Dios; mientras que el amado, el esposo, será el propio Dios. Seguramente sea difícil para alguno de ustedes entender la poesía perfecta de nuestro autor en su versión original. Les pido que no la escuchen por su significado, sino por su sonido. Escúchenla como lo que es, como unas palabras que consiguen aquello a lo que aspira la auténtica y más elevada poesía: a convertirse en música. Para mí no hay poemas más musicales, con mayor belleza sonora que los de san Juan de la Cruz. Permítanme ahora que les lea ahora algunos versos del Cántico espiritual, quizá los más encendidos:


La Esposa

13. Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,

14. la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

15. Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.



Supongo que habrán observado que este paisaje fantástico, la tranquilidad en la que en esta noche el amado y la amada se encuentran está marcada por lo que llamamos los filólogos “aliteraciones”, repeticiones del mismo sonido en el mismo verso o en versos cercanos. En todo el fragmento las eses nos marcan con su tono suave el silencio de la noche. Es más, la aparición de sonidos nasales y líquidos, la m, la n, la r y la l, sonidos continuos en su pronunciación y, por tanto, dulces (por contraste con los oclusivos, como la p, la b, etcétera, en los que se produce una explosión en la boca al pronunciarlos) estos sonidos nos marcan un paisaje de suave melancolía.

Vamos a verlo con más calma en los primeros cinco versos del fragmento. Observen por ejemplo: “Mi amado, las montañas”. Aquí, de diez consonantes cinco son nasales, o sea, m, n o ñ; sólo aparecen dos oclusivas, la d y la t, y aún ésta se encuentra “suavizada” por la n anterior, en una posición que solemos llamar de “coda consonántica”. Vean también como las erres se repiten en eco en tres casos de los versos restantes: “solitarios nemorosos”, “ríos sonorosos”, “aires amorosos”. En esta primera estrofa finalmente fijémonos un poco en las vocales: miren cómo juegan también las oes y la aes: en el primer verso, “Mi amado, las montañas” de ocho vocales cinco son aes; en el segundo, de doce, seis son oes; el tercero, de siete, cuatro aes; el cuarto, de siete, seis aes; en el quinto y final, doce vocales y cinco oes. En definitiva, existe un juego vocálico entre versos, en unos las aes son mayoría; en otros, la oes. ¿Será demasiado decir que este contraste entre vocales abiertas, y semi-cerradas, nos produce una sensación de variedad, de vaivén como el del viento, como ese “silbo de los aires amorosos” del final de la estrofa? Pero ¿son todo aes u oes? No: miren cómo los primeros acentos de las tres últimas sílabas caen precisamente en tres íes: ínsulas, ríos, silbo. Quizá ese sonido “cerrado” agudo de la más anterior de la vocales, ésa que se pronuncia en la parte más adelantada de la boca, nos sirva como contraste también, nos marca el ritmo de los versos, ofrece un dinamismo que evita la monotonía, el aburrimiento que podríamos sentir si las vocales abiertas o semiabiertas predominaran en el poema. Son algo así como la nota disonante que los grandes compositores siempre introducen para evitar que su música sea demasiado previsible.


6. Conclusión.

A las puertas del siglo diecisiete, el siglo de Cervantes, de Góngora y Quevedo, ese siglo fundamental en la literatura española, con el dulce y mínimo san Juan de Ávila, san Juan de la Cruz, muerto en el 1591, quiero terminar hoy nuestro primer viaje por Salamanca y las letras españolas. Créanme que ha sido un gran placer el poder compartir con ustedes en esta tarde de la primavera incipiente del Japón ese regalo de la vida que son las obras de nuestros grandes poetas. Nada me alegraría más que el poder pasear algún día con ustedes por Salamanca, por las calles, los caminos y los paisajes por los que también pasearon Fernando de Rojas, el Lazarillo de Tormes, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz; nada me llenaría más de satisfacción que poder mostrarles a todos ustedes personalmente, uno por uno, ese tesoro del que cualquier escolar salmantino se enorgullece legítimamente: el manuscrito del Libro de buen amor, sin duda la obra más vital de toda la Edad Media española. Hasta que llegue el momento en que este sueño se cumpla, me despido dándoles las gracias a todos ustedes por su atención y también haciendo un gesto de agradecimiento al espíritu de nuestros grandes literatos, ese espíritu inmortal que, estación tras estación, año tras año, en nuestro camino por el mundo, por la vida y por los siglos, nos acompaña, nos consuela y nos conforta. Muchas gracias.

sábado, 8 de marzo de 2008

Loving Emma...



Es posible que carezcas de una experiencia similar... sobre todo si no vives en Japón, ¿eh?





También puede ser que no te hayas visto en ninguna parecida a ésta...





Pero si de verdad jamás en tu vida has hecho algo así, ¿estás seguro de que tienes sangre en las venas?

miércoles, 5 de marzo de 2008

Entrevista


Buscando en el Youtube por si un amigo mío había colgado sus vídeos de guitarra me he encontrado esto. Me he reído un rato y, como viene de una televisión regional y algunos no lo conoceréis, aquí os lo dejo. Que lo disfrutéis.


lunes, 3 de marzo de 2008

Igual a un dios se me hace ése...

Φαίνεταί μοι κήνος ἴσος θέοισιν
ἔμμεν ὤνηρ, ὄστις ἐναντίος τοι
ἰζάνει, καὶ πλυσίον ἆδυ φωνεύ-
. σας ὑπακούει

καὶ γελαίσας ἰμερόεν, τό μοι μάν
καρδίαν ἐν στήθεσιν ἐπτόασεν·
ὡς γὰρ εὔιδον βροχέως σε, φώνας
. οὺδὲν ἔτ' εἴκει·

ἀλλὰ κὰμ μὲν γλῶσσα ἔαγε, λέπτον δ'
αὔτικα χρῷ πῦρ ὐπαδεδρόμακεν,
ὀππάτεσσι δ' οὐδὲν ὄρημ', ἐπιρρόμ-
. βεισι δ' ἄκουαι.

ἀ δέ μίδρως κακχέεται, τρόμος δέ
παῖσαν ἄγρει, χλωροτέρα δὲ ποίας
ἔμμι, τεθνάκην δ' ὀλίγω 'πιδεύης
. φαίνομαι [ἄλλα].

Safo de Lesbos


domingo, 2 de marzo de 2008

Y nada más que la verdad

Estoy releyendo por enésima vez el genial libro de Heilbroner, The Worldly Philosophers; y luego dirán que la historia de la economía es un latazo. Cada vez que vuelvo a él me encuentro con un algún párrafo que me hace sonreír y que, a la vez, me muestra otro nuevo senderito que en la anterior visita había pasado por alto. Hoy, en la página 183, en el capítulo dedicado a Henry George, he encontrado el siguiente. Como me hace mucha gracia traducirlo, lo voy a dar no en la versión original, sino en la mía:

Cuando la Universidad de California fundó una cátedra de Economía Política, se le consideró como un candidato muy en firme a la plaza. Para obtenerla debía impartir una clase delante de profesores y estudiantes. Entonces George fue tan indiscreto como para airear estas opiniones: "El nombre de la economía política se ha utilizado constantemente contra cualquier esfuerzo de la clase trabajadora para aumentar sus salarios", y, rematando, añadió: "Para el estudio de la economía política no hay necesidad de conocimientos especiales, de una enorme biblioteca, de costosos laboratorios... de hecho, si uno se toma la molestia de pensar por sí mismo, no hacen falta siquiera libros de texto o profesores."


Ésa fue la primera y la última lección impartida en una carrera académica que prometía maravillas. Pues acabo de caer ahora en la cuenta: sí que fue una suerte -para mí, no para los otros dos candidatos- que, cuando lo de mi oposición de titular, no le detallara al tribunal mis ideas sobre la enseñanza, ya sabéis...

sábado, 1 de marzo de 2008

Out of...









暗くない Kurakunai


暗くない
君との夜に
星が咲く


Kurakunai
Kimi to no yoru ni
Hoshi ga saku.


Las blancas noches
en que juntos estamos
astros florecen


So bright is the night
When we are one together
That stars are blooming.



El otro día vi en el Yutube a Sabina. Decía que una aristócrata afiliada al sindicato mediatiquero la había abordado con: "Dime, ¿es cierto que resulta más difícil desengancharse del tabaco que de la coca?" Bueno, pues el haiku debe de ser del mismo pelamen que la nicotiana tabacum: a pesar de mis buenos propósitos de tres días atrás, cuando escribí que me iba a limitar a la traducción, ya he vuelto a reincidir y he perpetrado otro trilingüe. Para compensaros de algún modo limitaré el latazo exegético a una sola frase: Si non è vero... En fin... y un beso muy grande para todos.

Tchaikovski









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