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domingo, 7 de noviembre de 2010

Academy Royal Manzanares

¡En menudo lío se han metido los chicos de la RAE reformando cuatro cosillas de la ortografía! Yo hace tiempo renuncié a aprender los intríngulis de la antigua; con la moderna ni lo voy a intentar.

Hoy ya la estoy asumiendo, pero en la juventud consolaba mi estulticia pensando que en el Siglo de Oro no existía una norma bendita por academia alguna; se puede distinguir qué cajista compuso qué pliego de El Quijote por el manejo ortográfico peculiar de cada uno. Bueno, pues el que la gente pusiera las uves a su aire no impidió esa eclosión de ingenios y vete tú a saber si algún día un erudito freudiano no nos convencerá de que fue la anarquía letrera precisamente la que la propició.

Muchos de los hispanohablantes tan terriblemente injuriados por la reformita de los acentos preguntan justicieros: ¿Quiénes son estos señores para decidir cómo debemos escribir nosotros? A veces soy perverso, así que recordaré una frase que nos repetía a sus discípulos uno de los miembros más notables hoy de la Alta Institución (y a quien no voy a señalar no me lo vayan a poner de cara a la pared el próximo jueves sus colegas, que leen este blog) : "La Academia redacta el Diccionario, sí; ¿qué tal si el rumbo de la economía la decidieran las sociedades de los amigos del país?" Convencido estoy de que, sabio como es, aún piensa lo mismo...

miércoles, 30 de abril de 2008

Tu párbula voca


Desde niño la ortografía me ha traído de verdad por la calle la amargura. Cuando nos tocaba la hora del dictado, los minutos que el maestro nos concedía para el aprendizaje de las palabras difíciles yo, desesperando de ser capaz de tal proeza, los dedicaba a codificar en clave numérica las bes y las uves del texto. Quizá ése sea el motivo por el que, entre los inmundos errores que arrastra desde su origen la especie a la que pertenezco, sea el del desliz ortográfico el que me inspire mayor benevolencia... por la cuenta que me tiene.

Esta mañana, leyendo el comentario de Paco de la Vega a mi entrada anterior he pegado un buen respingo: ¿Pero párvulo de verdad es con uve? Pues claro, atontao, pero si lo sabes desde que tenías quince años: Marcus parvus est.

Qué bochorno. Mi primera reacción fue el ir al ordenador, corregir la falta y ponerle una vela virtual a santa Rita para que mucha gente no hubiera pasado por el blog. Después, en un flash, me vino la frase que la semana pasada habré repetido veinte veces a mis alumnos primerizos: Una de las mejores enseñanzas que se puede recibir del aprendizaje de un idioma es la habilidad de reírse de los propios errores, porque, mientras los éxitos son estériles, meter la pata sin miedo ni pudor constituye posiblemente la fuente más inagotable de conocimiento de la que pueda disponer la humanidad.

Pues ahí dejaré el párbulo por los siglos de los idem. Además, si a mí se me hace más bonito con la b y todo. Qué cosas.





domingo, 28 de octubre de 2007

Deliciosa paella mista a la sombra del Vesubio



El siguiente artículo es una "carta al director" en respuesta a "A la caza de la "paella mista" y el "rebuelto"", uno del periódico madrileño El País. Imagino que, siguiendo una tradición añeja del citado rotativo de publicar lo mínimo posible que contradiga las opiniones de sus propios redactores, no la incluirán. Yo lo hago aquí para evidente regocijo de mi afición incondicional, esa gran afición que, obviamente, no merezco.



El que en Pompeya no existiera una "Unión de Correctores del Idioma del Imperio" es algo de lo que se congratulan mis colegas, los estudiosos de la lengua latina. Entre los tesoros que debemos a los arqueólogos que desenterraron aquella ciudad romana el menos conocido para el público general son las pintadas que hermosamente adornaban sus paredes y cuyos vigorosos errores ortográficos -¡sorpresa!- los convierten en testimonio de valor incalculable a la hora de reconstruir la pronunciación del idioma latino en aquel siglo I de nuestra era.

A los cocineros que ahora se sentirán seguramente abochornados por haber visto sus "rebueltos" y "paellas mistas" en papeles de tanta alcurnia, si no les sirve de consuelo suficiente el que sus "errores" de escritura les pongan precisamente en conexión con aquellos clásicos habitantes de la Roma antigua, quizá sí lo haga el saber, por ejemplo, que regla de oro de nuestros hombres más eruditos del Renacimiento era la naturalidad, el que "se debe escribir como se habla" (precisamente lo que hacen ustedes, señores cocineros); que las normas de ortografía castellana constituyen un sistema muy incoherente desde el punto de vista etimológico; que nada menos que un ilustre premio Nobel de literatura propuso no hace demasiado tiempo finiquitarlo y que, de remate, si en escritura original leen a nuestros mejores literatos del Siglo de Oro encontrarán sus obras plagadas de esos "errores" ortográficos que los censores modernos les afean a ustedes: en fin, que los mejores son reconocidos precisamente por su genialidad -al igual que les sucede a nuestros artistas de los fogones- y no por su pericia en el manejo de las uves o las haches.

Con todo, si lo de arriba no acaba por curarles el escozorcillo en el amor propio que de forma tan insensible les acaban de herir, les revelaré un secreto personal: el que esto escribe obtuvo en sus años mozos dos licenciaturas en filología, conoce con bastante detalle el idioma latino -origen del nuestro- consiguió matrícula de honor en la asignatura de historia de la lengua española impartida por uno de los más reconocidos expertos vivos en esta disciplina y, para remate, se ha pasado más de veinte años a vueltas con el idioma de Cervantes y su evolución. Pues bien, a este señor tan listo también de vez en cuando se le escapan elles a destiempo, se le descontrolan ges y jotas o hasta hay días en que le salta de rondón, cuando menos se lo espera, una be un pelín impertinente. Si esto le sucede se ríe de sí mismo y va a otra cosa. No obstante, cuando a toro pasado cae en la cuenta de que ha escrito alguna estupidez, descortesía o fanfarronada, eso sí que, de verdad, le quita el sueño.

Lástima es que no exista una organización paralela a esa de correctores que vele, no por la forma ortográfica, sino por el contenido, que nos ponga en guardia contra los políticos que bromeen al tratar de problemas de gravedad, como, por ejemplo, el cambio climático. Ellos, puesto que no se descuidan omitiendo hache, jota o uve, cuando plasman negro sobre blanco sus idioteces -pido disculpas, pero no sé calificarlas de otra manera- a la vigente "Unión de Correctores" no le queda más remedio que inhibirse.

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