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viernes, 9 de mayo de 2008

No disparen al pianista: curas quedan mogollón


Me levanto a las seis de la mañana y, como todos los días, doy un paseo por el río. Cual conviene a su naturaleza lacedemónica, ya están los muchachos de la sección de judo en un primer entrenamiento. Vuelvo a casa con propósito de relatar la terrorífica aventura de cuando los cien kilos de divina humanidad de nuestra campeona olímpica estuvieron a punto de venírseme encima y entonces cometo la insensatez de mirar El País.

Según nuestra rozagante vice-presidenta, una de las prioridades de la legislatura neonata -si en su boletín oficioso aparece de pole position, la fundamental, imagino- será "El avance en la laicidad del Estado". ¿Cuándo estos muchachos acabarán por asimilar de una santa vez que la Transición terminó hace muchos años? A ellos, ahora, lo que les corresponde es gobernar, gestionar sin aspavientos épicos un país normalito, vulgar y corriente, de ésos en los que lo básico es preocuparse del sistema de pensiones, de la enseñanza, la sanidad pública, la red viaria, en fin, todas estas minucias fundamentales que, parece, no están entre las prioridades del nuevo gabinete.

Es obvio: durante los cuatro años, con mesura y discreción, habrá que presentar leyes que continúen el espinoso e histórico serial que protagonizan la Iglesia y el Estado. Querer convertir esta labor callada en estandarte de guerra de una larga legislatura nos habla -siendo benévolos- de cortina de humo para una peligrosa falta de ideas y -no siéndolo- de la más frívola irresponsabilidad que de un político (perdón: política o político) pudiérase esperar.






domingo, 3 de febrero de 2008

Suave aroma de incienso sosegado

Ayer iba en el tren para la biblioteca de Atsugi -ya sabéis: donde McArthur tenía el garage- cuando entraron en mi vagón dos niñas de unos ocho y seis años que, por apariencia e impedimenta, deduje irían a su lección de ballet.

- Oye, cuando lleguemos a Ebina -le decía la mayor a la pequeña- nada de andar: hay que correr.
- De todas maneras vamos a llegar tarde.
- Bueno, la posibilidad de que lleguemos tarde está en un cuarenta por cien. De que lo hagamos a tiempo, en un sesenta.

Esa precisión matemática me hizo sonreír y me trajo a la memoria una escena que viví hace unos días cuando se me acercó mi hijo con un libro, señaló una ilustración y me preguntó:

- Papa, ¿sabes qué es esto?
- Claro, un dinosaurio.
Inclinó la cabeza en un gesto de "para ese viaje..." y soltó.
- Bueno, la verdad es que es un Stegosaurus.

La primera vez que fui a un museo de la ciencia -el de Tokio- debía de tener unos treinta y tantos; mi hijo aún no podía andar cuando entró en él, por eso, me imagino, no tendré que extrañarme de que "Stegosaurus", y además "Tiranosaurus", "Velociraptor" o "Alosaurus" sean palabras comunes para él: son los nombres de los fósiles del museo que su padre le ha leído varias veces y que, como todas las experiencias que vivimos en la primera infancia, le han quedado grabados en la memoria.

En el libro de lecturas en ruso con el que medio estudié ese idioma en mis años mozos ya aparecía un texto con una conversación entre dos abuelos acerca de este tema: "Ivan Ivanovich, hoy en día los niños ven la televisión, visitan los museos, las bibliotecas, las salas de concierto... Es normal que a tan corta edad adquieran conocimientos de los que nosotros no disfrutamos hasta que fuimos adultos..." Es posible que esta generación que ahora a mí me parecen el límite del espabilamiento sientan lo mismo que los dos abuelos rusos del manual cuando les llegue su turno, y así volveremos a la cosa de Demócrito de que "todo permanece" y santas pascuas.

En los últimos tiempos, con los exámenes finales (horribilis sobre horribilis), no he tenido tiempo para nada. Además, como soy vago rematado, el exceso de trabajo me pone en un nivel de ruina anímica que no me permite labor de provecho. Casi sólo para dar unas magras señales de que seguía en el mundo y batallando incluí en este blog durante los últimos días dos citas de un libro de economía que estaba leyendo y cuatro links a otras tantas interpretaciones magistrales de divinas señoras de la lírica. Las dos conversaciones que refiero arriba -la de las dos niñas y la de mi pequeño y su padre, o sea, yo mismo- y el presente espléndido de las voces de las grandes damas que nos ha regalado la vida, me obligan aquí a echar un cuarto a espadas en favor de Heráclito, y considerar que en el fondo las cosas, incluso las de la infancia, sí que cambian, y a veces para bien. Veréis.

Tendría yo unos seis años cuando comencé a comprender las palabras que cada domingo repetía el cura. Una frase en especial me llenaba de desasosiego: "He pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión". Y es que sentía que, si me esforzaba titánicamente, podría refrenar de todo mal mi pensamiento, mi boca o mis acciones y así ganar el paraíso; pero ¿cómo evitar el pecado de omisión? ¿Cómo renunciar a los tebeos, al partido de fútbol de platillos, a la Vuelta a España con ellos alrededor de mi barrio cuando llegaba el verano, a las partidas de ajedrez en el recreo de la escuela o, tras la salida del colegio, a los indios de plástico y el fuerte que me trajeron los Reyes? Claramente esos buenos ratos no eran sino "pecados de omisión", momentos dedicados egoístamente a mí mismo en lugar de a los demás, a las buenas obras, a las oraciones o los sacrificios? Bueno, pues estos tormentos producidos por escrúpulo de conciencia sólo fueron el principio. No voy a relatar los que sufrí hasta los dieciséis, más o menos, a manos de aquellos curas continuadores de la más pura tradición nazista que no desaprovechaban puntada para corromper nuestras mentes angelicales con terrores del sadismo más refinado.

Esas represiones, esos horrorosos remordimientos, aquellos dolores de la conciencia, aunque ahora, como adultos, no tengan más presencia visible en nuestra realidad, sin duda han dejado un poso de veneno en el cerebro, en nuestra forma de ver el mundo y de sentir la vida. Cuando contemplo a mi hijo y a los pequeños que juegan con él, me alegro porque, aunque inevitablemente llegará el día en el que sufran el zarpazo terrible, misterioso y contradictorio de la existencia humana, por lo menos, podrán disfrutar de todo lo bueno de la vida -de una voz rotunda y prodigiosa, por ejemplo- sin escrúpulo alguno, porque se habrá evitado que ningún carroñero sotánico les perturbe el sueño sembrando en sus mentes infantiles la cizaña repugnante del remordimiento estéril.




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martes, 30 de octubre de 2007

Beatus Ille

El domingo pasado la iglesia católica beatificó a varios centenares de mártires de la Guerra civil española. Informaré a los pocos que no lo sepan que soy un gran aficionado a la hagiografía: años atrás lo primero que hacía al despertarme era tomar el santoral de Sellner y leer el relato de la vida del bienaventurado al que se dedicaba la fecha. Los hay de todo tipo: divertidos, sorprendentes, surrealistas incluso. Mi preferido es aquel del joven noble que, obligado a casarse contra su voluntad, la noche de bodas, un instante antes de consumar el matrimonio mira a su desposada y le dice: "Oye, ¿qué te parece si en lugar de pecar nos encomendamos a san José?". Siento mucho no acordarme del nombre de ese benemérito caballero, pero prometo buscarlo e incluir su referencia.

Existen patrones de, contra y a favor de cualquier cosa: yo soy parcial de san Simón y san Judas (contra las malas mujeres viriles, [¡líbranos señor!]) y de santa Ágata (contra las heridas del recto [otro tanto de lo mismo] ), aunque también guarde devoción a santa Notburga (del reposo laboral), Conrado (contra el trabajo duro [es posible que, por desgracia, se trate de un error del pobre Sellner]), san José Copertino (de los astronautas y los célibes), santa Bibiana (de los bebedores [único vicio que para la iglesia católica merece santo]), san Porciano (de los enfermizos, entre los que afortunadamente me encuentro), santa Clara de la Cruz (de los patizambos, a los que, también por suerte, creo no pertenecer).

Es posible que mi afición por el santoral venga favorecida por los cuatro patrones que me acompañan y protegen en mis correrías por el mundo: Santiago, el Menor; San Jorge de Capadocia; San Martín de Tours y San Cipriano de Antioquía: dos alquimistas (san Jorge no es sino uno muy bien disimulado), un aficionado a los libros (Santiago, hijo de Alfeo) y un cuarto del que no hace falta dar referencias. Con todo, y a decir verdad, lo que más me agrada del lote con el que voy por la vida es el que, de cuatro, sólo uno es mártir probado (el santo de Capadocia tiene todas las papeletas para ser apócrifo). Y digo todo esto porque, si algo no puedo soportar, -pido disculpas a quien se sienta ofendido- son las historias de martirios.

Sé que me tengo que explicar. Asesinatos por causas de conciencia siempre han existido y qué duda cabe de que los primeros cristianos los sufrieron: es lógico que la Iglesia posterior reivindique su martirio y hasta que lo ensalce. Pero -lo siento mucho- esas efusiones continuas de sangre, huesos crujientes y carnes humeantes me parecen excesivamente irreales y su relato cercano al morbo más cutre. No afirmo que sean todas ellas producto de la imaginación de los apologetas, -de cualquier modo nunca se podrá comprobar a ciencia cierta- pero pienso lo mismo que un cura joven con el que tuve una conversación muy interesante acerca del sacramento de la penitencia: "Mira, si una feligresa viene y confiesa que ha pecado contra el sexto, le pregunto cuántas veces y basta. No hace falta que me dé más detalles." Pues eso.

Me parece muy, pero que muy bien, el que la Iglesia organice todas estas ceremonias de masas en Roma: para eso está y para eso ha estado siempre. Personalmente pienso como los modernistas: el mayor atractivo del mundo católico es el rito. Sin él toda la cristiandad se vería ahora luterana. He leído, por ejemplo, que se les critica por no haber reconocido también como mártires a las víctimas a manos del bando nacional. Es su elección dentro de su ámbito y, como cualquier otra no impuesta al resto de la ciudadanía, respetable. Claro está que los miembros del Real Madrid son libres de dar la medalla de oro y diamantes del club a quien les venga en gana, y que los socios del Atlético, por ejemplo, nunca irán a meter la cuchara en asuntos internos del equipo merengue.

En resumen, las cosas de la Iglesia católica son problema de sus miembros, y nadie más que ellos tiene derecho a criticar sus actividades de puertas para dentro. Punto. Eso sí, nunca hay que olvidar que la recíproca también cuenta: yo, como persona ajena, no tolero que ningún directivo de ese club privado vaticano -ningún obispo, vaya- se venga a meter en mi conciencia, la evolución política de mi país, la moral de mi sociedad o mi comportamiento de alcoba, faltaría más. Iré más lejos: a estas alturas de la historia, una asociación civil que practica en su seno discriminación reconocida contra mujeres y homosexuales, por ejemplo, carece de estatura ética para dictar lecciones de civismo. Esta realidad se debería recordar machaconamente tras cualquiera de las diatribas sociales que emite periódicamente la Conferencia episcopal española.

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