miércoles, 19 de diciembre de 2007

Dos amigos

Decía mi abuela (y Chus Lampreave en "La Flor de Mi Secreto") que "en mi casa hasta el culo me descansa." Bueno, pues tras una semana de no parar por la Piel de Toro, ya estoy otra vez en la mía, y aunque sea brevemente quiero dejar constancia ahora de mi particular y odiseico periplo.

Empezaré por lo malo: me ha causado mucha tristeza el no poder disfrutar de más tiempo con mi familia (unos minutos perdidos aquí y allí) y no encontrarme en absoluto -en un caso muy brevemente- a mis maestros y amigos, a varias de las personas que, aún sin verlas durante mucho tiempo, siguen siendo tan importantes en mi vida: no las nombro porque ellas saben quienes son. Con todo, después de cinco años sin volver por mi tierra de origen esta semana ha estado llena de sorpresas, casi todas gratas. La primera es que, por primera vez, he disfrutado de un simposio, del que, con el título "Civilizaciones y fronteras" hemos celebrado en la suave Salmántica. A mí estas cuestiones de congresos académicos siempre me han dado muchos repeluses. Soy de los que pienso que casi todo está en los libros: que si el contenido de lo que se dice merece la pena al final se publica y uno puede disfrutar de esas actas en su casa tranquilamente. En fin, viendo estas cosas como mero turismo camuflado, siempre que había podido declinaba mi participación. Ahora me estaba vetado hacer lo mismo por el simple motivo de que fue precisamente mi Universidad la que me encomendó la organización del evento y que, por mera cortesía, no podía negarme.

Para no ser prolijo lo diré en cuatro palabras: hasta el tener que hacer de moderador, presentar una ponencia y contestar a las preguntas de los sabios, me ha divertido no poco; pero lo mejor de todo es que he hecho un montón de amigos a los que espero ver, si es posible, en el próximo simposio internacional del año que viene, el que según me dicen se organiza en Canadá.

Estas nuevas amistades son fundamentalmente miembros del equipo de investigación japonológica de la Universidad Han'yang, dirigidos por la profesora Chung, la gran señora de los estudios de Niponología de Corea. Por el Museo del Prado, la Alhambra y los edificios de Gaudí he disfrutado de su sentido personal del humor, humanidad y sencillez, así como del de los otros quince miembros de la expedición de ese país. Cuando nos despedimos para regresar cada uno a nuestra tierra les dije "me iría con ustedes a Corea" y no era retórica.

En aquellos programas históricos de televisión de nuestra infancia siempre había alguien que tras llevarse las mil pesetas -de la época- o el apartamento en Lloret de Mar preguntaba "¿Puedo saludar?" Yo aquí, antes que nada, quiero reverdecer aquella regia costumbre y enviar los mejores deseos de felicidad a las hermanas de Paco de la Vega, que por lo que me cuenta él, sin conocerme de nada, son lectoras de estas líneas y que, además, son tan amables hasta para reírse con mis ocurrencias. Muchísimas gracias.

Hablar con mi familia después de tanto tiempo, el simposio, la compañía de mis colegas, el viaje y las risas que le han acompañado, todo ha sido excelente, pero una de las mejores cosas que me han pasado ha sido el poder ver después de diez años a mi queridísimo amigo Paco y haberle encontrado tan bien como le dejé la última vez que nos despedimos, aquella resplandeciente tarde de verano, en un pueblito de su tierra donde vivía. Las canas inevitables a mayores que ahora luce no hacen sino darle aún más el aire de filósofo antiguo con el que pintábamos en la facultad a ese Séneca que nos aparecía en el magín durante las clases de aquella tonante profesora por la que sentíamos el mismo temor reverencial -imagino- que los romanos por sus dioses penates. En fin, que esas siete horas que pasamos juntos en los Madriles ya son para mí inolvidables y casi míticas. Me llevó a cenar a un restaurante "de toda la vida" de la parte antigua donde lo peor no era sin duda la mulatita caribeña que nos servía las viandas. Nos pusimos al día de nuestras cuitas, esperanzas y temores; regamos la comida con un vino estupendo de Rioja y a su hilo recitamos sus poemas y los míos -muy indecentes, en su mayor parte- para asombro, supongo, de los comensales de las mesas vecinas. Cuando, después de un largo paseo -tradición nuestra-, a las dos de la madrugada me dejó en el hotel de la Gran Vía en el que me hospedaba con mi grupo, al despedirme de él, me vi en un estado de euforia como hacía mucho tiempo que no me encontraba. Supongo que se debería a esa verdad que hace tanto ya nos descubrieran los griegos y que a fuerza de repetida hemos venido olvidando: sin nadie a nuestro lado que nos entienda, la vida, de verdad, es que no vale medio duro.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Mi vida como padre turulato


Aquella mañana, a eso de las siete, mi madre se acercó muy despacito a donde yo dormía (no quería despertar a mi hermano que estaba al lado) y me dijo susurrando: “No hace falta que te levantes: hoy no hay colegio.” A las nueve tomé el desayuno, cogí mi pelotita y me fui al campo de fútbol. Sin clase –imaginaba- todos los niños ya estarían allí dando patadas a destajo. La sorpresa fue que el terreno estaba vacío y no fue sino media hora después cuando empezaron a llegar mis amigos: “¿Por qué no has venido a la escuela”. “Mi madre me dijo que no había.” “¿Y cómo lo sabía tu madre?”

A la hora de comer, al volver a casa, se lo pregunté. “Pero hijo, ¿cómo iba a haber clase el día en que se ha muerto Franco?” No pude sino sentir orgullo: la mía había sido la única que, usando solamente el sentido común, había razonado y no había enviado a sus hijos al colegio.

Agradezco a la fortuna el que, por haber nacido tarde, mis recuerdos del franquismo no estén cargados de amargura: me viene a la cabeza la foto que, junto al crucifijo, presidía nuestra primera escuela, las pintadas en la piedra de los edificios del centro hechas con plantilla en las que se veía la imagen negra del perfil del dictador sobre un “¡Viva España!” y la Cruz de los Caídos que dominaba el Campo de San Francisco. La única noticia indirecta de la represión de aquellos años eran las que en los veranos nos daba mi abuelo, portero de la finca en la que se alojaban los Peces-Barba durante las vacaciones estivales. A veces nos contaba que el joven don Gregorio ese año no podría bañarse en Ondarreta porque “estaba a la sombra.” Tengo todavía la imagen precisa del primer día que lo vi. En su apartamento veraniego no había teléfono. El insigne jurista (un muchacho de treinta y pocos o ventimuchos) necesitaba comunicarse urgentemente con alguien en Madrid y mi abuelo le habría dicho: “Vete a casa y llama. Allí está el niño.” Tocaron el timbre y yo, contraviniendo todo lo que me habían advertido, abrí. Recuerdo todavía la imagen de un gigante gordo, inmenso, que en pantalones cortos me dijo: “Me manda tu abuelo para que use el teléfono.” Yo contesté: “Aquí no hay nadie” y, a pesar de sus insistencias, no le permití pasar. El que aceptara la negativa de un niño de seis años, se fuera tras sus pasos y no forzara su entrada en el apartamento siempre lo he tenido como una muestra de su talante personal y cuando años después lo veía en su tribuna del Parlamento –con una figura infinitamente más esbelta que aquella con la que apareció por primera vez en mi vida- me venía a la memoria su respeto a la voluntad de ese chiquitajo que había sido yo y no podía por menos que considerar que, como poco, la dirección del Congreso estaba en manos de alguien que sabía respetar a las minorías. En fin, que para mí el franquismo en la infancia era exclusivamente el efecto causante del hecho inexplicable de que una persona tan amable e inofensiva como don Gregorio hijo tuviera que pasar los veranos sin disfrutar de las jornadas donostiarras que tanto le agradaban.

Estas consideraciones sobre las épocas pretéritas de irracionalidad fascista –pretéritas al menos por el momento- me han venido a la cabeza a causa del primer “shock” importante que he recibido como padre. Ayer, cuando mi hijo y yo íbamos paseando con intención de admirar las hojas del otoño que están en su mejor sazón, esperando la luz verde de un semáforo, cruzó, como alma que Saturnino a sus azufres lleva, uno de esos furgones negros que, con lunas tintadas y la bandera japonesa en sus latas, iba soltando a toda ganga música de marchas militares. Esta imagen, aunque no cosa de todos los días, es más o menos común en este país: las jaurías de la extrema derecha emplean tal sistema para recordar al público su existencia. Imagino que, dada la nula representación en el parlamento y los medios tan rudimentarios que tienen que emplear para hacerse sentir (“Perro ladrador, poco mordedor”) deben de ser cuatro nostálgicos que, acabada la faena, finiquitarán la jornada en el bareto más cutre de la zona intercambiando bravatas o planeando una próxima visita a algún “soap-lando”, uno de esos burdeles con baño incluido a los que yo imagino abonada a esta gente.

Cuando pasó el cacharro miré a mi peque y le dije: “Qué pesados, ¿verdad?”. Él, muy serio, me respondió: “No, papa: ellos defienden Japón de los malos.” Oír esta frase en labios de un renacuajo de cuatro años que casi no levanta los mismos palmos del suelo es una experiencia surrealista; si ese epsilón resulta ser tu hijo, la cosa se convierte en traumática sin paliativos. Yo, presa del atontamiento, no respondí nada en aquel instante. Más tarde, comentándolo con mi mujer, llegamos a la conclusión de que se debe de tratar de una frase que habrá oído en el jardín de infancia de labios de otro niño y que –metería la mano en el fuego- tal indeterminado ñajo lo habrá aprendido de alguno de sus abuelos.

Como ya he dicho en anterior ocasión, que persona con dos dedos de frente sienta simpatía aquí por la extrema derecha no puede sino achacarse a la estulticia más irreductible. Basta leer cuatro líneas de historia para comprender que, por encima de todo, quienes llevaron al Japón a un combate tan desigual como fue la Guerra del Pacífico no eran tanto unos fanáticos, como, plana y sencillamente, unos gilipollas. Los archivos están repletos de diarios, cartas y papeles de todo tipo en los que los altos mandos militares dan constancia del sinsentido de un enfrentamiento a enemigo tan absolutamente superior. ¿Por qué esos mandos, muchos de ellos responsables de las acciones más inteligentes y exitosas de la guerra, no se plantaron ante los catéticos mentales que gobernaban la nación? Para mí es un misterio, como lo es más aún el hecho constatable de que, incluso en los momentos en que el desastre ya era claro, gran parte de la ciudadanía mantuvo una actitud arrogante y suicida con respecto a la contienda. Por una vez lo que escribo no lo he aprendido en los libros: mi propio suegro me ha contado que si él no combatió como piloto kamikaze fue, sencillamente, porque debido a su corta edad no se lo permitían, y que lo mismo les sucedió a todos los amigos de sus años.

Gracias al padre de mi dómina he podido conocer de primera mano el relato de la angustia de los bombardeos, cuando el Japón ya derrotado tuvo que sufrir los crímenes contra la humanidad que supusieron los ataques incendiarios, las ráfagas de los helicópteros o, quizá aún más patético y destructivo para los adolescentes que aquella época, el que, al día siguiente de un discurso poliflamígero en el que se les exhortaba a la muerte por la patria, tuvieran que soportar el oír de los labios de sus queridos maestros la información alucinante de que lo bueno y lo fetén era de verdad el sistema parlamentario, y América -literalmente la víspera, el enemigo-, ahora, el paraíso que habían buscado a tiros y bombazos durante todos aquellos años.

En fin, creo que lo mejor será que me haga un poco el sordo a la frase de mi chiqui. En mi caso la suerte ha querido que tenga fácil el remedio: si dentro de unos años repite la misma insensantez, sencillamente le enviaré a donde su abuelo, que le diga cuatro cosas.

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