miércoles, 30 de junio de 2010

Los choris no descansan

Me afeitaba cuando escuché por uno de los altavoces del ayuntamiento que en el vecindario se habían producido algunos casos del timo del ore-ore. El caradura llama por teléfono a una persona de edad provecta, suelta esas palabras ("soy yo, soy yo"), le cuenta que tiene un problema serio y le pide que le mande una buena cantidad.

Me lo hago con mi madre: decía un e-mail. Pensando que tenía un chalado en clase, le di al enlace. Me apareció una página porno de las guarras. Ya sabéis que no soy en absoluto puritano, pero era tan cutre que -al día siguiente me enteré- tardé exactamente ocho segundos en abandonarla.

"Muchas gracias por acceder a nuestra web. Nos debe cien mil yenes. Si no paga informaremos a su empresa." Para curarme en salud y al mismo tiempo avisar del timo consulté con la sección de informática en mi curro. Me dijeron que pasara de todo, que los estudiantes estaban más avisados que yo y raro es el que pica en bobadas como ésta. Vaya plancha. Yo pensaba que había descubierto la pólvora.

Pues eso: señora, que los choris -sobre todo en Japón- no descansan...


martes, 29 de junio de 2010

El desturista accidental


Cuando Richard Feynman estuvo por aquí sus colegas del departamento de Física de la Universidad de Tokio le agasajaron como correspondía: visitas a museos, templos, representaciones de Kabuki... Agotado el turisteo tokietero, los anfitriones amenazaron con un encore por la zona de Kansai. Feynman, en legítima defensa, tomó un mapa de Japón y señaló al azar un punto perdido en la península de Miura: "Aquí queremos ir." "Pero si ahí no hay nada." "Pues por eso."

Investigando se descubrió que el único alojamiento disponible era un ryokan, un modesto albergue japonés. Algún colega del físico americano intentó persuadir al dueño del negocio para que acogiera a Feynman y a su esposa una semana. Al conocer la alta alcurnia del extranjero, argumentando la humildad de su aposento, aquél se negó en redondo: "Dile que el mes pasado, en África, paramos en un chamizo donde teníamos que utilizar una palita cada vez que hacíamos nuestras 'cosas.'" Con tan convincentes argumentos el hospedero aceptó.

En ese lugar de Japón no hay "nada". Allí pasaron Feynman y su esposa una de las semanas más felices de su vida. No es extraño que se le considere una de las mentes más lúcidas del pasado siglo.


lunes, 28 de junio de 2010

Quererme por mis errores

Si Fleming hubiera sido un investigador cuidadoso, ordenado y pulcro hoy nadie sabría de él. Si Conan Doyle hubiera gozado de éxito en su praxis, si los pacientes hubieran abarrotado la consulta, Sherlock Holmes -¡horror!- jamás habría nacido. Si Bach hubiera sido un pundonoroso docente, si hubiera dedicado su gran genio a la enseñanza - queríamos un maestro, no un músico, reprochaba el severo consistorio de Leipzig- su música habría muerto nonata.

Cuando cometemos un error, cuando sufrimos un fracaso, cuando somos negligentes, deberíamos recordarlos: "Nada es nada hasta que nada acaba."


domingo, 27 de junio de 2010

Laberinto de Fortuna

Cuando Juan Pablo II, infalible si alguien hubo, visitó Chile consolaba a los nativos con la frase: "Vuestra dictadura terminará. La de mi patria es para siempre." No hay recuerdo de las palabras con las que saludó, pocos años después, la hecatombe en la que la perdurable tiranía de Polonia se desmoronó mientras la pasajera pinochetiana aún se mantenía con vigor.

Hace cien años, ¿qué nación era la más menesterosa del viejo continente? ¿Portugal, Grecia, acaso Albania? Lo habréis acertado: Noruega. Flandes no le andaba lejos, mientras que la francófona Valonia florecía en la abundancia.

¿Qué pensaba Newton cuando redactó sus obras en Latín? Que esta lengua y no la suya, vulgar, sería, por los restos la única digna de uso con el fin de transmitir la ciencia.

¿Hay algo para siempre? ¿Existen fortunas, naciones o lenguas benditas de los dioses? Los cielos, caprichosos, juegan en su rueda de fortuna. No sólo al tonto se le olvida...


sábado, 26 de junio de 2010

Vivir


"I don't want to live someone else's idea of how to live"

"No quiero vivir una vida que no sea la mía"



viernes, 25 de junio de 2010

Llamitas frente a la tormenta

El héroe futbolero de Corea del Norte, ese muchacho que llora cuando escucha el himno nacional, es un joven japonés, nacido y educado aquí, que un día eligió defender los colores de la más oscura tiranía que existe hoy en el mundo.

Cuesta mantener la fe en el ser humano cuando uno observa cómo miles de ellos se decantan más o menos libremente por eso tan castizo de me quiebro las dos piernas por verte patizambo a ti. Los coreanos de tercera generación que viven en este archipiélago tienen varias opciones: tomar la nacionalidad japonesa -algo no difícil, según creo-, mantener la coreana del sur o la de la dictadura del norte. Aunque esta última pudiera pensarse una insensatez para gente nacida y criada en un país democrático, un porcentaje no pequeño la escoge. ¿Motivo? Porque Corea del Norte es el único del mundo que mantiene una beligerancia implacable con el antiguo invasor de su territorio, la pérfida Niponia.

Triste esa circustancia de sentir odio por la tierra que te vio nacer y que ese odio te haga abrazar una extraña esquizofrenia que desgaja el corazón de la cabeza: estos norcoreanos japoneses no son ni mucho menos unos tontos, reconocen la horrenda realidad de su gloriosa república de trabajadores pero el sentimiento arrastra a la razón. Esclavos de nuestras pulsiones más cutres ¿no nos pasa a todos un poco de lo mismo? Pobres velas de razón perdidas en noche de galerna: no es extraño que su luz se nos apague a cada paso...


jueves, 24 de junio de 2010

Beso sin bigote, sopa sin sal

"¿Qué haces?" "Nada, lo de siempre: tomándome un cubata y viendo porno en internet. Tengo clase y si no me preparo..." Mi colega Marc, el cátedro de francés, viene a enseñarme un artículo del Japan Times. Él, el de alemán y yo solíamos formar en el departamento la cofradía de barbudos. Con el periódico en la mano, fuimos a hacer fotocopias a la sala de profes. Dos minutos después ya teníamos formado el corrillo alrededor.

"Esto es que nos tienen envidia." Apuntaba en broma un colega de perilla elegante. "No, es cuestión de castigar lo diferente." Por ahí van los tiros: "Al clavo que sobresale, se le machaca," dice el famoso mantra nacional. Hasta hace poco la barba por Asia era un signo de conocimiento, de saber de viejo. Cuando un mequetrefe se la dejaba crecer, los de alrededor murmuraban: "Quién se creerá que es éste."

Me volví a mi despacho a seguir con mis vicios. Dejaba ya a media facultad discutiendo sobre la identificación del despropósito con uno de los siete signos de la Apocalipsis. No creo que haya para tanto. Este país, por la fuerza de las cosas (inmigración, turisteo, juventud más libre) está cambiando y nadie pondrá puertas al campo. Pero tampoco hay modo de evitar que, de vez en cuando, algún tonto en un despacho nos dé su pataleta.


miércoles, 23 de junio de 2010

La barbarie de los justos

En Estados Unidos han fusilado a un infeliz. Esta ejecución ha producido extrañamente más rechazo que aquellas del "humanitario" método de la inyección letal que es, no obstante, el más cruel que la humanidad haya ideado. Uno puede imaginarse la angustia que sentirá el reo los veinte minutos aproximados que dura el sufrimiento. Se le inyecta una dosis de paralizante con el exclusivo fin de evitar a los testigos un espectáculo de espasmos que hasta al más antiabolicionista produciría serias dudas. El protocolo del asesinato de estado se desarrolla para evitar rechazo por la más repugnante de las penas, convirtiéndolo, paradógicamente, en una tortura digna de refinado sado-nazista.

El país en el que vivo presenta la situación más triste del mundo democrático. Un condenado hasta durante varias décadas no es más que un muerto en vida a quien no se le permite apenas la conversación, se le limita el ejercicio, la higiene, se confina en un mínimo cubículo y, para colmo de crueldad, sólo se le informa de la ejecución unas horas antes de llevarse a cabo. Ésta se deja al capricho del Ministro de Justicia: cierto budista convencido promovió una moratoria, mientras que otro llevó a cabo varias tras la publicación de un artículo donde se señalaba como un síntoma en el camino a su extinción el que en todo un año natural no hubiera habido ejecuciones. Se ha terminado con la vida de individuos de estado mental retardado o hasta con problemas muy serios de salud síquica.

Japón es un país extraordinario en bastantes aspectos: con suelo cultivable escaso, carente de recursos minerales y plagado de desastres, ha sabido crear una sociedad en la que la mayoría de sus ciudadanos viven en un estado de igualdad relativa. Es digno de emulación el amor de su ciudadanía por el conocimiento, la música y las artes. Un país tan admirable no puede permitirse el anacronismo de mantener -con el apoyo de una mayoría de la población- un rito salvaje y atroz que le acerca más a la caverna que al mundo de la razón al que, por méritos sobrados, digno es de pertenencia.


martes, 22 de junio de 2010

El halcón admirable


A veinte minutos de donde ahora escribo, en una cajita humilde de aluminio, está guardada la materia más preciosa que jamás ha poseído el hombre: ninguna sustancia atesora mayor interés para la ciencia que el polvo de asteroide que la sonda Hayabusa nos ha traído hasta la tierra.

Es el viaje más largo con retorno que un objeto artificial hiciera nunca. Los Voyager y Pioneer están ya a horas luz de nuestra casa, pero nunca regresarán a ella.

Este periplo de ida y vuelta de Hayabusa es, para mí, una de las obras más maravillosas que la humanidad. ¡Y yo he contribuido a ella con mis yenes! Cuando vea la declaración de la renta pensaré un instante en esto: quizá me escueza un poco menos...


lunes, 21 de junio de 2010

Pajarito inquisidero

Estaba buscando la gente que por Twitter se comunica en latín, encontré a uno, piqué su botón y el ordenador me responde: Esta persona te ha bloqueado. Leches -pienso- qué importante soy. Al sentimiento de orgullo por una tan inusitada circustancia siguió otro de pequeña rabia y durante diez segundos bloqueé también a la persona en cuestión. Rehíce la bobada, me reí de mi propia instintiva estupidez y sentí inmediatamente curiosidad por comprender la causa del bloqueo.

El titular de la cuenta twittereña era persona muy comprometida con la iglesia católica, un sacerdote o una monja, vamos. Vivía en Centroeuropa, pedía insistente la firma contra la píldora anticonceptiva y el fin de la discriminación hacia el cristianismo. Seguí leyendo sus entradas y en una de finales del mes pasado se entiende: Si alguien envía tonterías blasfemas no le seguiré. La red está llena de gente mala, lo sé, pero no quiero leer tales cosas.

¡Ah, hombre! A éste ya lo tenía antes entre mis followers, chacho. Me ha leído algo y se ha mosqueado. La curiosidad mató al gato, pero no podía quedarme en ello. Reviso mis twitts del día de autos y me encuentro con que ¿será blasfemo esto? ¿O quizá esto? Pos claro, las dos cosas.

Luego dirán que no vamos mejorando. Hoy sólo nos bloquean. Hace algunos años nos habrían carbonizado.


domingo, 20 de junio de 2010

Placebus vobiscum

Leo que se está promoviendo campaña contra las farmacias que venden unas pulseras que prometen salud, medicinas homeopáticas y demás remedios que en el fondo no son más que placebos.

Me parece una campaña admirable y pido a los promotores que continúen con ella, que vayan adelante contra todos los placebos que nos rodean en el mundo: la religión es placebo; el fútbol en el que ahora vivimos empantanados, placebo también; la enseñanza, tras la razzia socialista de finales de los ochenta, placebo de placebos; la política -a la vista están los resultados- supremo placebo; la medicina misma, gracias a la triste situación de muchas universidades -docentes mileuristas de contrato precario, bibliotecas infradotadas, laboratorios con menguados fondos-, ¿no tendrá mucho de placebo? ¿No será al fin el sistema de farmacia todo, los visitadores, multinacionales y oficinas, un grandísimo placebo?

Ánimo, que trabajo no es que falte.


sábado, 19 de junio de 2010

Numancia for ever

Queridos compañeros Toxo y Méndez:

Recientemente me he enterado de vuestra convocatoria de huelga general. Decís que este paro no es un arma contra el Presidente y así debe ser.

Los pérfidos especuladores extranjeros han sido tan ladinos que durante los últimos años nos han venido prestando dineros con la aviesa intención de que ¡se los devolvamos!¡Si deberían de estar agradecidos de que hiciéramos tan buen uso de lo que a ellos les sobra! Nosotros, con esos dolarillos, yenecitos, euracos, mantenemos una cultura mediterránea que ha de ser preservada como reserva de la biosfera. ¡Qué sería del futuro sin las paellitas junto a la playa, sin las tardes interminables en baretos, sin las noches de farra hasta el amanecer! ¡Cómo vamos a tener tiempo, encima, de trabajar para devolver los préstamos! ¿Están mal de la azotea?

Nos dicen que los negocietes tan prósperos que teníamos (las muñecas de Famosa, los somieres de Alcoy, el glorioso Chupa-chups), hemos de cerrarlos o llevarlos a la China, donde los currelas hacen las cosillas por cuatro perronas. Farfullan los "expertos" que tenemos que estudiar para poder competir
con estos horrendos ojirrasgados, pero ahora en excelencia. ¡Estudiar! ¿Qué se ha tomado esta gente? Como si fuera posible clausurar los amados bares y garitos -templos nacionales de suprema sabiduría- levantarnos con el alba y enterrar nuestras narices en tochazos horroríficos. ¡Antes muertos!

En fin, la culpa -nunca- es de ZP, sino de estos extranjeros insensatos: ellos deben ser objetivo de la contienda. Me apunto, y pido desde aquí que todo español penante en esas tierras de perficia se sumen a una huelga contra los irresponsables que manejan el parné del mundo alante.

¡A la lucha, compañeros! Está en juego nuestra hispánica cultura. ¡Viva Numancia!


El Jacobo





viernes, 18 de junio de 2010

Yo pecador me confieso a vos...

Lo confieso, hermanos: he pecado. Podéis dejar de leerme, podéis blandir el flagelo, podéis denunciarme al Tribunal de Haya. Ayer, en el restaurante, al leer el menú del día, mi tierno corazoncito sufrió un rebrinco. No había duda: el ideograma de pez + el de capital = ballena. Qué gente ésta. Yo no puedo, ¿o sí? Pues sí: pude. Pedí la ambrosía -ochocientos yenes- y esperé con el corazón en un puño mirando a la puerta del garito, no fuera a aparecer algún compañero australiano y tuviéramos un terrible altercado diplomático.

Oiga, que se ha equivocado, que esto es carne de vaca y además de la más cutre... Que no, que era ballena. Pues nada, lo que sea: si dicen esos jodíos extranjeros que no podemos comerla, que se amuelen y se aguanten. ¿Que tenemos que hacernos enemigos de medio mundo para poder seguir dándonos gustito? Pues se hace, porque somos los más chulos y los más echaos palante.

Además, si bien mirado los ecologistas, los que se juegan la vida por las aguas heladas, también salen con lo suyo. ¡Qué envidia! ¡Qué poético y bonito! Lo que se deben de ligar contando a las chicas estas épicas batallas, el desprecio con el que mirarán al pobre tonto que protesta contra la cría inhumana de pollos, vacas o marranos. ¡Deja sitio en la barra, pringao!

Salí feliz del restaurante. En los quince años que llevo comiendo en él sólo un día he encontrado la maravilla; por el resto de figones, ni eso; en el súper, jamás de los jamases. Las debemos de estar esquilmando. Pobrecitas.


jueves, 17 de junio de 2010

Que cien años no es nada...

Publico aquí por primera vez en español un artículo que apareció hace ya casi una década en japonés dentro de Salmantino, la revista de la asociación Universidad de Salamanca en Japón, de la que, como todos sabéis, soy sheriff (o jefe indio, todavía no está decidido). Pido disculpas por su tamaño: a pesar de lo anticuado que ya queda no he querido mutilarlo...

En el artículo del número anterior hablábamos de la Salamanca de Carmen Martín Gaite, una autora que nació en nuestra ciudad, pero que en su primera juventud la abandonó para continuar su carrera en otras tierras. En el de hoy trataremos de un novelista que, nacido lejos, eligió Salamanca para trabajar y vivir los últimos veinticinco años de su vida: Gonzalo Torrente Ballester

Gonzalo Torrente Ballester, tras una larga vida de profesor, periodista, crítico dramático, autor de teatro y, sobre todo, novelista, llegó a la ciudad del Tormes a principios de los años setenta. Torrente en aquellos días regresaba de una larga permanencia en Estados Unidos, país en el que había enseñado lengua y literatura española en la Universidad de Albany, en el estado de Nueva York. Al llegar a Salamanca ya tenía detrás una obra novelística de peso: la trilogía Los gozos y las sombras, Don Juan y sobre todo La saga-fuga de JB. Sin embargo, aunque reconocido por la crítica y por una élite selecta y entendida, no era un autor de fama para el gran público. Fue viviendo en Salamanca cuando la obra de Gonzalo Torrente Ballester adquirió renombre universal: desde los dos domicilios que tuvo en nuestra ciudad salió para recoger los premios más importantes de la literatura en lengua española: el Planeta, el Príncipe de Asturias de las letras y el Cervantes. En la Universidad de Salamanca recibió su doctorado "honoris causa", un doctorado que no había obtenido de forma regular, porque se negó a presentar su tesis (El Quijote como juego) ante un tribunal de especialistas que "sabían de la obra de Cervantes mucho menos que él". También en su casa de la Gran Vía salmantina un triste día del invierno de 1999 le sorprendió la muerte, nominado perpetuo al premio Nobel de literatura.

Vamos a comenzar nuestro pequeño viaje siguiendo los pasos de D. Gonzalo en un lugar emblemático de Salamanca: la Plaza Mayor. En uno de los animados cafés, el más conocido, sin duda, el Novelty, encontramos una estatua que representa al escritor sentado. Les recomendamos que se levanten temprano una mañana de invierno y que contemplen la luz azul y difusa del sol entre la niebla y cómo aquél la va disipando, poco a poco, hasta que podemos ver el cielo, azul y limpio. Encontrarán que los estudiantes se apresuran a sus clases cruzando la plaza en diagonal, desde el arco de la calle Toro hasta el de la del Corrillo. El café de Novelty tiene fama.

Cuando ya la niebla ha levantado y el sol calienta algo las calles de la ciudad saldremos a nuestro paseo: giramos a la izquierda y tomamos la calle Toro. Justo en mitad de ésta, delante del número 39 nos paramos. Miramos hacia arriba. En la última planta del edificio estuvo la primera casa del escritor. Don Gonzalo vino a nuestra ciudad con una familia a la que no se podía llamar pequeña: siete hijos, adolescentes y niños, y una esposa. La nueva vivienda de Salamanca tenía que ser, necesariamente, amplia. La sala más impresionante de la casa era la biblioteca: miles de libros en lenguas diversas, una reproducción del famoso dibujo de Don Quijote y Sancho de Picasso y, en una esquina, la mejor iluminada, una mesita de trabajo con un brasero eléctrico: D. Gonzalo siempre dijo que lo único que necesitaba para escribir era, además de papel y lápiz, tener los pies calientes.

Cuando Torrente llegó a Salamanca lo hizo para tomar posesión de una plaza de catedrático de literatura en el Instituto de Bachillerato Torres Villarroel, y tuve la suerte de que ése fuera el instituto en el que yo estudiaba. Allí también acudirían casi todos sus hijos, y me hice amigo de los dos de más o menos mi misma edad: Álvaro y Jaime. En aquellos años de mi adolescencia yo tenía una ligera idea de que Torrente escribía libros, pero sobre todo era, para mí, el padre de mis amigos. Como D. Gonzalo tuvo siempre una gran afición por la música y, sobre todo, por los aparatos electrónicos, en su biblioteca nunca faltaba el mejor equipo de alta fidelidad que había en el mercado. Por eso, cuando los padres abandonaban la ciudad, inevitablemente aquella biblioteca se convertía en sala de audiciones y centro de fiestas de las amistades de los hijos.

Continuamos nuestro camino hasta el final de la Calle Toro. Giren hacia la derecha y sigan hasta una plaza donde se encontrarán con una estatua del dios Mercurio. Continúen caminando por la Gran Vía. Miren la segunda puerta del lado de la calle que no tiene soportales. Si levantan la cabeza, en el último piso, verán una terraza y quizá algunas plantas: esa casa, a la que se mudaron a principios de los años ochenta, fue la última en la que vivió la familia Torrente en Salamanca y la que todavía sigue habitando su viuda.

A pesar de que la vivienda de la calle Toro no era oscura, ésta aparecía bastante más soleada y amplia. El centro de la vida en ella no era tanto la biblioteca sino la acogedora sala de estar y la terraza contigua en el verano. Don Gonzalo acabó perdiendo vista en los últimos años de su vida y le resultaba muy difícil leer: le fue posible continuar con la escritura hasta poco antes de morir gracias a la ayuda de la tecnología. Disfrutaba con la conversación en aquella sala, por las tardes, tomando el té delante de la chimenea en el invierno. Yo, personalmente tengo un gratísimo recuerdo de aquellas charlas, en las que nos mostraba sus grandes conocimientos de historia, de literatura y, sobre todo, de la vida del ser humano. Varios días antes de venir yo por primera vez a Japón, me recibió en aquel lugar: era una tarde fría de finales de marzo. El, que había pasado por la experiencia de enseñar su idioma en el extranjero, me dio sus buenos consejos y me animó a seguir adelante. Guardo entre mis libros, como un tesoro, el ejemplar de su querida novela de juventud La bella durmiente va a la escuela con la dedicatoria de aquel día en su primera página: "A Santi, en su largo viaje, con todo mi cariño".

Seguiremos nuestro paseo por la Gran Vía. Hace algo de frío por la mañana, por eso, mejor caminamos por el lado de la derecha, no por la sombra. Admiraremos, al llegar a la plaza de la Constitución, la Torre del Aire, el bello edificio renacentista cuyo nombre utilizó Torrente como cabecera para una serie de sus artículos en prensa. Casi al final de la calle, al llegar a la de san Justo, giramos a la derecha, subimos la cuesta y nos encontramos con el edificio del Gran Hotel, del que ya hablamos en el artículo anterior. Don Gonzalo, muchas tardes, después de comer, recorría este mismo camino que acabamos de hacer nosotros, entraba en la tranquila cafetería del hotel y, junto a una taza humeante, escribía, corregía o pensaba en las aventuras de sus personajes. El día que D. Gonzalo cumplió ochenta años, al felicitarle, le pregunté que cuál consideraba él que era la mejor edad de un hombre. Él, con un tono socarrón de buen gallego, me respondió: "Hijo, aquella en la que uno vive". Mi consejo, ahora, por tanto, es que, también ustedes entren, se sienten tranquilamente, pidan, quizá, antes de comer, un aperitivo de los que el hotel tiene justa fama y, en el ambiente sosegado de este salón, mediten las palabras del escritor del que la Salamanca de principios del siglo XXI se enorgullece de haber nombrado hijo adoptivo. Y sobre todo, disfruten de este momento, en el que ahora viven.


Sigue la ruta de este paseo en Google Maps.


miércoles, 16 de junio de 2010

Con cuarenta años de retraso

En la clase de Español inicial tengo tres estudiantes coreanas. Es cosa conocida la teórica animadversión que sienten entre sí coreanos y japoneses; mi experiencia me dice lo contrario. Imagino que será una monserga similar a la que circula entre lusos e hispanos, un estereotipo más para gentes que usan poco la cabeza. No obstante, hay en mi historia personal un episodio tocante a ese estereotipo.

Con siete años recién cumplidos una tarde de mayo llegué a mi casa. En la tierra lejana del Norte había muerto el abuelo. Mis padres nos cogieron a mi hermano y a mí y nos subieron en un tren nocturno repleto de emigrantes portugueses. Recuerdo muy vagamente la escena, pero sé que mi madre hizo que otra despertara a sus pequeños, tumbados y durmiendo, para que nosotros dos pudiéramos al menos ir sentados. También recuerdo el ambiente tenso del compartimento, los insultos repetidos entre la mamá lusitana y la mía y las miradas que nos cruzamos a lo largo del viaje los portuguesiños y yo mismo.

Cuando fui mayor y tuve la suerte de estudiar la historia de la lengua portuguesa y su literatura, a veces en mi mente aparecían, recortados en la luz pálida y rosada de un amanecer de primavera, los rostros soñolientos y hermosos de aquellos dos chiquillos.

Querido amigos:

Si alguna vez leyerais esto, os quiero pedir disculpas por molestar vuestro sueño; también quiero que sepáis que con el recuerdo que dejasteis en mi alma infantil, aprendí a amar a vuestro país, sus letras y su lengua. Estéis ahora donde estéis, sabed que llevaréis siempre con vosotros mi gratitud por todo aquello que en un día de infortunio me enseñasteis sin palabras.

Un abrazo muy fuerte.


martes, 15 de junio de 2010

Huella de jamón de pata negra

Cuánta razón tiene el Presidente: Camões, Cervantes, Pessoa, Unamuno, Queiroz, todos ellos escribieron en ibérico; las grandes películas, la música de Portugal y España, los monumentos clásicos de ambos países, todo ello son obra de gente que sentía una cultura común, la ibérica.

¿Quién se asustará de que casi siempre en los artículos de los periódicos españoles o en la televisión aparezca, en este orden, España y Portugal? ¿Habrá alguien tan suspicaz que se sienta ofendido porque se miente a Felipe González antes que a Mario Soares, que esto le parezca una descortesía de difícil inteligencia? ¡Nunca! Si en el fondo los portugueses lo saben y lo entienden: esa gran cultura ibérica no es otra que la cultura común llamada por un nombre más piadoso que puedan aceptar nuestros habitantes de la España Occidental.

Y a comer jamón ibérico: eso sí que es cultura.


lunes, 14 de junio de 2010

Había una vez un circo

Hola, Jacobo:

¿Qué tal andamos? Por aquí mejor de lo que pensaba.

Perdona que te escriba a ti y no lo haga a éstos: me da como que no van a hacerme mucho caso. Oye, ¿podrías decirles tú que me dejen la cosa como estaba? La verdad es que me hacía mucha ilusión la anterior sentencia. Una vez uno de éstos me llamó "bufón": como ellos no entran en la categoría, seguro que no me entienden. En fin, cuando se vean como yo, comprenderán la ilu que produce el que
gente grave, importante, atareada en trabajos profundos, se ocupe de ti y te trate como uno más.

Bueno, Jacobo, majo. Un abrazo. A ver si nos vemos pronto (o mejor no).


Pepe.

domingo, 13 de junio de 2010

Enseñar al que no sabe

Estos días leo con atención los artículos de mi primo Krugman en el NY Times, el blog de Jordi Sevilla, escucho lo que dicen los sabios por la tele y no entiendo lo que pasa. Me imagino que el espíritu de Keynes se aparece por las noches a los pies de la cama de la canciller(a?) Merkel -por cierto, me estomaga que hasta los corresponsales en Alemania pronuncien mal su nombre- y le repite punto por punto los argumentos que esgrimió en su famosa carta a Roosevelt.

No es broma: de verdad que no lo entiendo. Por favor, que alguien me lo explique.

sábado, 12 de junio de 2010

Misterium Nostrum Cotidianum

Un genio anónimo de los negocios, hará unos ciento cinco años, cargó un barco entero de café brasileño de la major calidad y gratis lo envió al Japón Meiji. Sus habitantes desde entonces no han podido soportar la porquería barata que a veces se encuentra en otros rincones de la tierra.

El café para algunos japoneses es un sacramento. En mi garito preferido, junto a la estación de Shinjuku, me siento en la barra y admiro la delicadeza con que ofician la ceremonia del café (la del té, como toda tradición cadavérica, no soy capaz de sufrirla). Entre preparar y calentar cacharros, colar el líquido aromático y servirlo, tardan una eternidad en miniatura durante la que uno, hipnotizado por los movimientos precisos del sacerdote cafetero, no se atreve casi a respirar. Cuando acaba, se toma la taza con reverencia y sin otro añadido -la leche o el azúcar serían sacrilegios- a pequeños sorbitos, mezclándolo con el aire que se aspira lentamente, se va bebiendo.

Nuestra época no es de ritos: los pocos que subsisten son falsos y traidores. Si me obligáis a elegir uno, si he de convertirme a alguna religión, dejad que profese esta humilde del café: su misterio, evidente y plano, jamás ha llevado a nadie al fanatismo.


viernes, 11 de junio de 2010

Vito

Belén desde niña siempre quiso un perro. Ya lo tiene y en su página de Facebook ayer publicó fotos de él.

Cerca de nuestra residencia vagueábamos dos argentinas, mi colega de Tailandia y yo. Cierta señora paseaba un can tan adorable como Vito. Las chicas: "Qué animal más precioso." "¿Cómo precioso? -respondió mi amigo tailandés- Delicioso querréis decir..." Ante los ojos horrorizados de ambas, conoisseur, nos dio un curso abreviado y experto de alta gastronomía canina; explicó, casi babeando, por qué precisamente el bichillo que aún se veía en el otro extremo de la calle era del tipo más sabroso y cuál habría sido la receta que él le hubiera aplicado para sacar de su carne todo el sabor que atesoraba.

Las argentinas, con los ojos de aquel que ha visto un monstruo, se retiraron a sus habitaciones. Miré en redondo. Me cercioré de que no escuchaba nadie. "Oye, -le dije en un susurro- ¿hay en Tokio algún restaurante que sirvan esos platos de tu tierra? Llévame, hombre: yo te invito..."


jueves, 10 de junio de 2010

"Le Grand Masochisteur"

Ayer volví a meter la pata con el mandarín puñetero de la ortografía. No tengo solución, pensé otra vez. Al poco rato José publicó en su página del Twitter esta noticia: Vaya, con mi magra corrección escripturera no podré convertirme en auxiliar de la Junta de mi tierra...

Para la cultura japonesa el error es un diablo y quien lo comete, su hereje. Una de mis batallas es intentar persuadir a los estudiantes de que no hay que agobiarse por hablar un español fonética o gramaticalmente perfecto, que lo que cuenta es usar el idioma para transmitir a nuestro oyente aquello que queremos expresar.

A lo mejor esa batalla, aquí, está perdida. Cierto colega, uno de los hispanohablantes más correctos de estas islas, se mosqueo -con moderación, pero se mosqueó- por un artículo de Elvira Lindo en el que se afirmaba -es incierto: doy fe- que él confundía erres y eles. Qué tíos más raros estos japoneses: no digo ya Elvira Lindo (demasiado bueno sería eso); si al menos Belén Esteban me pusiera como un trapo, mi felicidad llegaría a un nivel estratosférico...


miércoles, 9 de junio de 2010

Personas y no máquinas

Decía Ortega que seríamos unos insensatos si no dedicáramos nuestros más serios pensamientos a las cosas más banales. ¿Lo es el fútbol? Para la compañera que está convencida de que si ganamos doblaremos estudiantes, no. Para muchos otros, tampoco: durante el Mundial del 94 convivía en una residencia con investigadores brasileños y argentinos, ingenieros, gente seria, responsable. Llegó la Copa del Mundo: se levantaban a las cuatro de la madrugada, revestidos de amarillo o azul celeste vociferaban, con banderas y estandartes, ante la pantalla de la tele y pasmoso -para mí- era su pasmo porque yo pudiera soportar estar dormido durante los partidos de España...

Regresaba a Madrid. Tomamos tierra y, simultáneamente, terminaban los cuartos: Dinamarca-España. El grupito de hombres de negocios que me acompañaban en bussines salió lanzado hacia la terminal. El primero avistó en la lejanía al guardia del control: "¡¡Cómo hemos quedao!!" "¡¡Naaa, hemos perdío!!" En el picoleto se veía la triste imagen del hundimiento humano. "¿Ustés, de dónde vienen?" "De Tokio." "Pos pasen." Tras tanta tragedia, ¿cómo iba a comprobar los pasaportes? Era una persona, no una máquina...


martes, 8 de junio de 2010

Maquiavelos de bolsillo

Para matar el tedio -digo yo- los gobiernos del Jiminto, el Partido Liberal Democrático, ahora en la oposición, se inventaban historias fantásticas que parecían de miedo.

Cuando el euro empezó a circular, cayeron en la cuenta de la vergüenza que suponía tener una moneda que se mercara a ciento y pico por dólar -o euro, en este caso- y propusieron quitarle a los billetes dos ceritos. Un economista algo aguafiestas hizo cuentas de lo que supondría cambiar toda la calderilla circulante, tunear las máquinas que funcionan con ella y a los dos días el proyecto, a la basura.

Otra delirante fue la de conseguir que todo peatón japonesito, en un plazo de digamos una década, adquiriera nivel conversacional de inglés. Motivo (vete tú a saber): de nuevo la vergüenza, la torera que supone comparar el nivel del euroínglis entre los jóvenes del viejo continente y el casi inexistente japoídem entre los de por aquí. Una vez más los meros hechos contables y una lógica de mucho arroz pa poco pollo remataron la bobada.

La más alucinante fue la de construir, por las llanuras del norte, una nueva capital y así descongestionar a la del este, Tokyo, que es lo que significa. Los tenderos y toda su cofradía -vade retro- pusieron su grito en el cielo y entonces murió el cuento.

¿Eran serias estas historias o meras cortinas de humo para hacer hablar y distraer al personal? Serísimas sin duda: no creo que les dé el coco para tejer tan gran maquiavelismo.


lunes, 7 de junio de 2010

Torre homérica, ligero caballo, armada reina...

Tenía yo seis años cuando descubrí el ajedrez. Los niños se juntaban los días de lluvia en el salón del cole para practicarlo y, preguntando, aprendí sus reglas. Nunca he llegado a dominar las aperturas: me pierdo en la maraña. Competí de los dieciséis a los veinte años: una vez o dos logré ser el penúltimo de tercera división. Lo dejé, en el fondo sin dejarlo; mis estimulantes: un buen café, un sofá, una lámpara, el rincón tranquilo y un libro de finales.

Esta semana he enseñado a mi hijo los rudimentos del juego. Han pasado sólo unos días y ya entiende la teoría básica, qué pieza defiende a cuál y esas cosas. Le regalé las mías, balinesas, acompañadas del tablero, fina madera tallada a mano, y el mostruoso manual de László Polgár: 5333 problemas + 1. Me preguntó con cara de incredulidad, mezclada con asombro: "¿De verdad son para mí?"

Por mañana he encontrado el libro en la sala, abierto por la primera de sus mil y pico páginas: ha estado trabajando los estudios nuevos o repasando los que ya le había explicado. Quizá yo sea un insensato, pero pocas cosas me han hecho tan feliz como este pequeño éxito de haber trasmitido a mi chiqui la mínima pasión por un "severo ámbito en que se odian dos colores."


domingo, 6 de junio de 2010

Ganga para el nene

Acabo de leer en el Mediafax que han pillado a un español en Rumania con más de venticinco kilos de hachís. En Japón la ley es muy estricta: asuntos que en Europa se considerarían bobadas de críos -que alguien te mande por correo una chinita, por ejemplo- puede causarte serios dolores de cabeza.

Hará unos quince años, una profesora americana, titular de inglés de una afamada universidad del corazón de Tokio, se enviaba a sí misma desde el extranjero alijos de maría. Recuerdo haber leído poco antes un artículo de ella sobre literatura contemporánea escrito en un tono de euforia raro. En fin, uno de estos alijos lo detuvieron en la aduana, la policía registró la casa y, por supuesto, encontró las sobras del paquete anterior. Resultado: expulsión fulminante, y desprestigio pa la uni. Tuvo suerte: a los transportes que pillan en el aeropuerto los enchiqueran unos cuantos años. Las cárceles japonesas gozan de un sistema semi-militar en el que no se permiten siquiera conversaciones entre internos. Según me han contado, el delincuente es un individuo pervertido en cuerpo y espíritu y labor de la sociedad es domar uno y otro. A base de bien lo hacen. Para comprobarlo basta leer el informe de AI del pasado año.

Contrasta mucho lo estricto de la persecución de las drogas ilegales con lo permisivo con respecto a las que no lo son. Que recuerde no he visto ninguna campaña anti-alcohólica y me viene ahora a la cabeza a un ministro que afirmó hace unos años -sin que ello le costara el puesto- que fumar era lo mejor para llevar una vida larga. Me imagino que el poder de las grandes compañías productoras de tabaco y alpistillo, amén de los impuestos que generan estas actividades, serán factores que uno tendrá que sopesar cuando se habla del asunto. En cualquier caso, el empapelar a unos muchachitos atolondrados que cultivaban su maría para ellos mismos y a causa de eso llenar las universidades del país con carteles de "Absolutamente contra la Marihuana" -y no de Deja el cigarrillo o Pasa de beber- resultará excesivo y a la larga hasta contraproducente.


sábado, 5 de junio de 2010

El misterio de la cifra embrujada

Una de las lecturas posibles de 4 es shi, homófona de "muerte," y otra de 9, ku, la primera sílaba de kurushimu, "sufrir," así que en un hospital de esta tierra no encontraréis habitación con esos números.

Decía algún escritor antiguo que los romanos eran los más supersticiosos (o "religiosos") de los hombres. Hoy, por lo que yo sé, esa calificación se podría extender a los ciudadanos de Japón: como los miembros del Imperio de alrededor del Mare Nostrum, los de estas islas tradicionalmente mantienen altarcillos en el mejor rincón de la casa, acuden al sacerdote cuando emprenden una obra o creen en el poder oculto de los números. He oído decir también que antes de dar nombre a un recién nacido -nosotros, irresponsables, no lo hicimos- cuentan los trazos de los caracteres que lo forman y miran bien que sea un número fasto.

Un amigo americano fue a contratar un teléfono. Antes de hacerlo, en la oficina de la NTT, la Telefónica local, le ofrecieron tres combinaciones: él, sin pensar mucho, apuntó a la primera. Después de que la empleada del negocio la hubiera tecleado, cayó en la cuenta: estaba repleta de nueves y de cuatros. "Quiero que me lo cambie: las chicas van a pensar que soy un tío raro y me voy a quedar pa vestir santos." No hubo solución y se tragó el número. La maldición pitagórica surtió efecto: se casó con una moza estupendísima. El resto -las muy bobas- huían despavoridas...



viernes, 4 de junio de 2010

¡Cráneos privilegiados!

En la uni donde curro un catedrático nuestro, emérito de Geología y experto mundial en terremotos, nos dio una clase magistral sobre predicciones de seísmos; a sacar en claro: con los conocimientos actuales estamos a años luz de poder adivinar cuándo y dónde será el próximo gran meneo. ¿Por qué entonces las librerías están llenas de manuales sobre el tema? Hay que buscarse la vida y con una palabra sola -ignoramus- no se hacía ni un yenillo.

Artículo de prensa de hará unos diez añitos:
"La Agencia Estatal X2 anuncia que existe un 80% de probabilidades de que se produzca un terremoto de alta magnitud durante los próximos veinte años en la región de Kanto."
¡Qué gente más sabia! Dentro de dos décadas los jerifaltes de la Agencia estarán jubilados o tal vez hasta muertos. El más joven del negocio, si viene el cataclismo, justificará con ello algún pingüe salariete. Si no, pues, oye, macho, no olvidéis el veinte por ciento que queda. Por supuesto no se molestaban en explicar los fundamentos lógicos de tan sesuda conclusión (¿Por qué no un 81% o un 79?): pa qué, si no nos da la inteligencia pa seguirlos.

En la mitad inferior de la página, bajo el artículo, dos anuncios: uno de seguros contra desastres naturales y otro, de cierta macroempresa que construye casas superguáis de alta tecnología indestructible. ¡Estos de la Agencia de verdad son tíos inteligentes!


jueves, 3 de junio de 2010

ABC > XYZ

Sr. Director:

Desde mi infancia, en que leía su suplemento Gente menuda, he tenido gran respeto a su periódico. Ayer se lo perdí quizá para siempre. Leí estupefacto un artículo que han tenido Vds. la triste ocurrencia de publicar: "¿Por qué las japonesas caminan así?" Todo él está lleno de falacias y despropósitos de cuya relación le haré gracia; a pesar de todo no quiero insultar su inteligencia. Le diré solamente que envié dos comentarios y, reiteradamente, ambos fueron borrados. Uno decía:

"¿Por qué las españolas tienen el trasero así?" Artículo escrito por un japonés con vídeo de señora enferma de esteatopigia (hipertrofia morbosa de las nalgas). ¿Gustaría en ABC? Mañana se lo envío.

Sr. Director, después de leer la basura que son algunos de esos comentarios que su periódico sí ha respetado, el que los míos no lo fueran, nunca lo tendré como baldón, sino más bien como timbre de gloria. Muchas gracias.

Por favor, no publiquen en su sección Cartas al Director este mensaje: se trata de una nota dirigida a su persona; consideraría una desgracia el ver mi nombre impreso en ninguna página de un periódico que se rebaje a publicar -sin rectificación- porquería de esa estofa.

Atentamente.

SMC
DNI XXXXXX
Kanagawa, Japón

Web: El Diario del Nanbanjin http://bit.ly/93fx53



miércoles, 2 de junio de 2010

El híbrido nuestro de cada día

Paseando con mi hijo por el parque de Yatoyama me encuentro este cartel firmado por La Agencia estatal del medioambiente: "No introduzcan en el país especies foráneas: se mezclan con las autóctonas y producen híbridos." Algún biólogo de verdad les debería explicar a estas gentes -como hizo conmigo mi suegro- qué comerían los japoneses si a partir del siglo tercero o cuarto nadie hubiera tenido la ocurrencia de introducir a toda mecha "especies foráneas" de fauna y flora en estas islas: el arroz, sin ir más lejos.

Miré al hermoso ejemplar de híbrido que llevaba de la mano y me sentí muy indignado. Mientras nos alejábamos, reprimiendo mi pulsión de destrozar el cartel, iba pensando: ¿No tenéis algo mejor en que gastaros mis impuestos? Iros a cagar, venga.

Perdón por la crudeza: ya sabéis que, en el fondo, no soy más que un maqui de barrio, algo redimido por un barniz ligero de cultura...


martes, 1 de junio de 2010

Tirando a la basura los fantasmas


Mi hijo dos veces por semana practica el kung-fu y lo hace en una tienda de butsudan, los altarcitos que algunas familias colocan en la sala como memento de difuntos. Hoy esta rama de la industria no debe de andar muy floreciente, así que, aunque resulta algo chistoso, el dueño alquila la segunda planta, vacía, y allí da clase la profesora de mi hijo.

Estos altarcillos me producen repelús. La mayoría son de color caoba con un fondo de pan de oro y recuerdan toda la parafernalia japonesa del mundo de los muertos. Imagino que a algunos nativos les sucede lo mismo, porque la última tendencia consiste en disfrazarlos de cosa que no son, o sea, diseñarlos pequeños y con tonos más discretos. Incluso he visto uno al que, a juego con el cambio de estación, se le mudan los paneles de las puertas.

En una calle cercana alguien tiró un butsudan a la basura. La gente de la recogida le plantó un papel en el que se informaba al ciudadano que nunca se harían cargo del invento y le recomendaban que, para deshacerse de él, llamara a un negocio del tipo del que hablo. El papel desapareció tras unas lluvias, pero los basuresos no se dieron por vencidos: volvieron a pegarlo, eso sí, ahora, previsores, forrándolo de plástico.

Al final el mueblecito, no sé cómo, desapareció. Me imagino lo que pensarían hasta entonces los vecinos: "Tanto tiempo la calle atascada de fantasmas; kimochi warui, qué mal rollo, leches".


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