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domingo, 4 de julio de 2010

Masugu

"Ya terminé el negocio. Es hora de celebrarlo." El prohombre se acercó al recepcionista y en su inglés de colegio de pago preguntó por un buen restaurante de comida hispana. Dos minutos después ya estaba en la puerta del hotel con una tarjeta en la mano mirando a derecha e izquierda. "Estos chinos es que no hay quien los entienda. Oiga, buen hombre -al portero- esto, ¿dónde está?" El señor de los galones mira la tarjeta y señala una dirección: "Kore wa, ne, masugu, masugu... Wakarimasuka? Masugu, masugu..." Sí, hombre sí, que ya te entiendo, que el restaurante se llama "Masugu". Mira, vamos a subir al taxi y que él nos lleve."

En el taxi. El gran hombre henchido de autoconfianza recita: "Restoran Masugu, ¿entiendes? ¡Masugu!" El taxista, guantes impolutos, gorra generalesca, camisa de gala, responde con su mejor sonrisa: "Waaakarimashita: masugu."

Diez minutos pasan. El conductor se vuelve: "Masugu?" "Que sí, hombre, que al restaurante Masugu, que ya te lo he dicho."

Un cuarto de hora, media hora, una hora después la escena se repite. La tensión aumenta. Aquí hay algo raro. El taxi se para. Fin de la carretera: enfrente, el mar. "¡Pero qué te he dicho yo, que me lleves al restaurante Masugu!" El genio de los bisnes saca la tarjeta y se la pasa a su sherpa japónico. Éste la mira, intrigado, y de repente se hace la luz. "Ah! Kono mise wa, Tokyo, Tokyo desu. Wakarimasuka? Tokyo, Tokyo desu.

Y volvieron a Tokio, exactamente a cien metros del hotel. La cuenta del taxi, unos cuarenta mil yenes. El hombre de negocios aprendió por ese dinero una lección importante de verdad: se puede ir muy lejos incluso sin saber japonés. Bueno, fueron dos lecciones. La segunda: masugu en japonés significa "todo recto."




sábado, 12 de junio de 2010

Misterium Nostrum Cotidianum

Un genio anónimo de los negocios, hará unos ciento cinco años, cargó un barco entero de café brasileño de la major calidad y gratis lo envió al Japón Meiji. Sus habitantes desde entonces no han podido soportar la porquería barata que a veces se encuentra en otros rincones de la tierra.

El café para algunos japoneses es un sacramento. En mi garito preferido, junto a la estación de Shinjuku, me siento en la barra y admiro la delicadeza con que ofician la ceremonia del café (la del té, como toda tradición cadavérica, no soy capaz de sufrirla). Entre preparar y calentar cacharros, colar el líquido aromático y servirlo, tardan una eternidad en miniatura durante la que uno, hipnotizado por los movimientos precisos del sacerdote cafetero, no se atreve casi a respirar. Cuando acaba, se toma la taza con reverencia y sin otro añadido -la leche o el azúcar serían sacrilegios- a pequeños sorbitos, mezclándolo con el aire que se aspira lentamente, se va bebiendo.

Nuestra época no es de ritos: los pocos que subsisten son falsos y traidores. Si me obligáis a elegir uno, si he de convertirme a alguna religión, dejad que profese esta humilde del café: su misterio, evidente y plano, jamás ha llevado a nadie al fanatismo.


martes, 8 de junio de 2010

Maquiavelos de bolsillo

Para matar el tedio -digo yo- los gobiernos del Jiminto, el Partido Liberal Democrático, ahora en la oposición, se inventaban historias fantásticas que parecían de miedo.

Cuando el euro empezó a circular, cayeron en la cuenta de la vergüenza que suponía tener una moneda que se mercara a ciento y pico por dólar -o euro, en este caso- y propusieron quitarle a los billetes dos ceritos. Un economista algo aguafiestas hizo cuentas de lo que supondría cambiar toda la calderilla circulante, tunear las máquinas que funcionan con ella y a los dos días el proyecto, a la basura.

Otra delirante fue la de conseguir que todo peatón japonesito, en un plazo de digamos una década, adquiriera nivel conversacional de inglés. Motivo (vete tú a saber): de nuevo la vergüenza, la torera que supone comparar el nivel del euroínglis entre los jóvenes del viejo continente y el casi inexistente japoídem entre los de por aquí. Una vez más los meros hechos contables y una lógica de mucho arroz pa poco pollo remataron la bobada.

La más alucinante fue la de construir, por las llanuras del norte, una nueva capital y así descongestionar a la del este, Tokyo, que es lo que significa. Los tenderos y toda su cofradía -vade retro- pusieron su grito en el cielo y entonces murió el cuento.

¿Eran serias estas historias o meras cortinas de humo para hacer hablar y distraer al personal? Serísimas sin duda: no creo que les dé el coco para tejer tan gran maquiavelismo.


sábado, 8 de noviembre de 2008

¿La manguera, dónde está?


Viendo las imágenes de la magna, esplendente, portentosa, monumental, tonante y arrebatadora obra que el Miquel Barceló acaba de rematarnos para la sede de la UNESCO me han venido a las meninges los recuerdos de una historia que sucedió a los pocos días de estar yo por aquí. 

*      *      *

Finalmente había encontrado el cartel sarnoso recomido por la hiedra que señalaba nuestra legación diplomática. Culebreando entre los barreños de limpieza que recogían el agua de la lluvia que por las goteras amenizaba con sus ritmos el ambiente, entré en la coquetona villita casi centenaria. Un paisano se quejaba amigablemente del sablazo que le había supuesto la renovación del pasaporte; tres veces el precio que en España, aseguraba. Me invitaron a sentarme en una sala contigua y en ese momento entró un jovencillo meritorio del Ministerio de Exteriores al que había conocido dos semanas antes. "Mira, mira, Rogelio -digamos-, aquí te voy a presentar a un profesor, " refería a su acompañante, un señor cincuentón, de cintura generosa, vestido de oscuro y cargado más o menos del empaque que los profanos suponemos en los diplomáticos de vieja escuela.
- Ah, ¿profesor? Para los profesores lo que haga falta. Vosotros sois la voz de nuestro país por esta tierra. Por cierto, ¿has comido?
- No, pensaba hacerlo después, cuando terminen con lo de mi pasaporte. 
Miró hacia el mostrador y  la gestión que por la actitud primera del funcionario supuse que se alargaría hasta la hora de la cena quedó en cosa de un minuto. Veinte después ya estábamos delante del mantel, en un restaurante de la zona.
- ¿Te va el pescado?
- Me encanta.
- Pues entonces dos de esto.
Ya en aquel momento yo andaba alucinando: el diplomático, en el taxi, después de haberme preguntado muy directamente mi currículum, había procedido a una recitación rapsódica impromptu de la primera olímpica de Píndaro. Nuestra conversación posterior brujuleó -¡en diez minutos!- desde la poesía medieval islandesa, hasta la inscripción de Botorrita; había pasado por Rilke, minucias de etimología escandinava y una forma verbal que -según él- no aparecía más que en un verso de la Eneida. Y el tío sabía de lo que hablaba.
- Oye, qué rico este pescado, satisfecho afirmó mi interlocutor. Íbamos ya por el postre.
- De verdad que sí. Es lo que tiene el Japón.
- ¿A ti que te parece si comemos otra vez?
- ¿Cuándo? Bueno, la semana que viene yo creo que estoy libre...
- No, no: ahora.
Antes de que pudiera reaccionar ya tenía delante de mí el mismo plato -ración extrasize- de hacía treinta minutos.
Me salía el salmón por una oreja. Otro helado; café, copa, puro (él).
- ¿Sabes lo que te digo? Esto del comer es cosa de empezar. -Tono confidencial-. Verás, lo cierto es que estoy casado con una señora teutónica de mucho genio. Hoy me ha preparado un ragú que... En fin, si no paso por mi casa voy a tener un conflicto verdaderamente diplomático. Tú espérame por aquí; luego volvemos a la Embajada que quiero que me eches una mano en cierta cosilla.
Dos cafés más tarde mi nuevo conocimiento regresó  sin presentar, sorpresivamente, síntomas de congestión intestinal. Nuevo taxi; Ovidio, Eminescu y Donelaitis. Al llegar a la Embajada una treintañera rubia de muy buen ver nos esperaba: según me había informado se trataba de una profesora española de instituto que, tras un viaje de turismo por el país, había decidido cambiar una vida grisácea en el nuestro por otra más especiada en éste, andaba buscado trabajillo por las universidades de Tokio y quería asegurarse el apoyo de algún miembro del alto funcionariado hispano aparcado en ultramar.
Las cuatro de la tarde. Bar moderno de Roppongi. Tres gaijines. Espumosa bavieriana. 
- Veréis yo es que era del Partido Comunista pero bien que se la metí al Caudillo embajador ya que tenía que ser sí señor mi rango es equivalente a comandante a capitán de navío con mando en plaza es que ahora soy del PP ¿sabéis? por eso me tienen tanta inquina sin problemas en las próximas generales les vamos a dar bien pal pelo estoy muy informado hace dos semanas me lo decía Isabel Tocino (Isabel Jamón que yo la llamo): "En la próxima arrasamos Rogelio te lo digo yo". -Puesto ahora en pie, varios decálitros de birrita circulantes por el body- ¡¡Felipe, morritos, gatazo, te vamos a correr a palos!! 
Ocho de la noche. La gente que pasa a nuestro alrededor nos felicita: están convencidos de que las decenas de botellas vacías apiladas sobre la mesa, por el suelo, en los rincones; el discurso inacabable del orate; las caras céreas de los otros dos que le acompañan no pueden ser sino la mejor instalación de arte pop que han visto a lo largo de su vida. El diplomático -vigésima segunda vez- se escapa hacia el retrete.
- No me abandones a este chalao, por lo que más quieras (voz de María Barranco, suplicante, en película vieja de Almodóvar).
- Pues cuando fuiste tú para el servicio hace un minuto me pidió que no le dejáramos colgao de sopetón. Que si yo quería que me marchara, pero que te quedaras con él.
- ¡No! ¡Por caridad!
Vuelve restaurado. Me levanto para irme. Ella hace lo mismo. Arde Troya. Pies para qué os quiero. Nos persigue: amaga un placage hacia la hispana. En jugada magistral, de un empellón, logro que marre el lance. Tirado perneará patas arriba a la puerta del garito. Gratitud eterna de la rubia a mi persona.

*        *         *

Aunque nunca volví a ver al erudito diplomático, sí oí rumores bien jugosos de variadas correrías: en setiembre del setenta y cinco, cuando las protestas por los últimos fusilamientos del régimen, se cuenta que en cierta ciudad de Centroeuropa, comandando las turbas indignadas y al grito de "españoles, hideputas", logró pulverizar las ventanas de su propio consulado. A principios del noventa y dos había sido expulsado de un destino en la legación de Estocolmo por supuestos contactos con espías cubanos (o de la Europa del este; nunca quedó del todo claro): nada hermana tanto en zona glacial como veintimuchos mojitos (o  Moscow Mules) en su punto y por su sitio. 
Lo último que me llegó de él es que, tras terminar un segundo doctorado con una tesis de un nivel de erudición atontizante, el Gobierno le había hecho la gracia de enviarle como miembro permanente de la peña que encasquetan a la Unesco. No sé si seguirá por allí. Si es así, me alegro por Barceló; no me extrañaría que le hubiera quitado gran parte del trabajo: se lo habrá pasado pipa echándole mano a la manguera. Bueno, a la manguera y a lo que hubiera menester. ¡Claro! Seguramente sea por eso por lo que el ministro Moratinos eludió hablar del presupuesto; la pintura es lo de menos: el verdadero escándalo estará en el gasto con las birras.


miércoles, 4 de junio de 2008

Altos retos del espíritu


Ya salió el cartel nuevo del mes de junio de la campaña del metro "Hazlo en casa". Comentarios huelgan. Fijaos en el pobre caballero del fondo. De sobra se le ve en la cara: demasiada aventura, demasiada tragedia y emociones lleva ya en su vida para que le venga ahora la chica del teléfono añadiendo (en susurros, seguramente) pizquitas de sal cotidiana. Si temas de conversación con su señora (¡La juventud ya no sabe comportarse!) le sobran: para eso está Kant, el teatro del absurdo, la teoría de supercuerdas, Schoenberg y sus estudios de armonía...
Qué os diré del Equipo de Comunicación del Metro que no sepáis, toda esta pobre gente cuyo única labor en la vida no es otra sino la suprema de aplicarse a reprimir millares de chicas desconsideradas como la del anuncio: ¡pero si ellos lo que de verdad anhelan es que, por falta de trabajo, la empresa los emplee en obras más perentorias para la humanidad sufriente, que los deje libres de perseguir su vocación auténtica, esa verdadera y singular llamada del destino a superar los más alumbrados retos del ser, del arte, del espíritu...! ¡Cómo se puede ser tan insensible!







viernes, 16 de mayo de 2008

Sección de calzado impermeable masculino


Regla número dos: en Tokio nunca te subas a un tren sin la fontanería desahogada; un suicida o un terremoto lo pueden parar por tiempo indefinido y adiós muy buenas. En la estación de Nihonbashi entro en el de caballeros, me planto y ¡pánico!: un rostro femenino me sonríe por encima del mingitorio. Justamente ahí ¡han instalado vídeos de publicidad!

Mientras continúo con el proceso de reciclaje de mis humores internos, embelesado miro la pantallita y comienzo a ensoñar. En el metro el que no se instruye... Teles que nos enseñan idiomas por los vagones, carteles que completan nuestra magra ilustración: "El dinero es más global que el inglés", nos advierte una revista de economía. Toma, más aún lo son las ratas, que inventaron la globalización hace milenios. "Hazlo en casa", afea otro afiche la trabajada costumbre de mozas casaderas de maquillarse en el tren. ¡Con todo lo que yo viéndolas he aprendido de la condición femenil! ¿Y los ronquidos y las posturas al dormir de algunos? El "Dúchese antes de subir al tren", ¿para cuándo?

"Disculpe, sería tan amable de dejar de contemplar la pantallita: mire cómo me está poniendo los zapatos". "Usted perdone, no volverá a suceder..."





domingo, 11 de noviembre de 2007

Sushi de morcilla de Burgos

Son las ocho de la noche, acabo de meter a mi heredero en el futón y por fin me pongo a escribir. Como hoy mi santa esposa tenía un trabajo relacionado con el famoso jardín de infancia, me ha tocado hacer de padre y madre en una pieza y no se me ha ocurrido cosa mejor que llevar al niño al acuario de Enoshima, a ver los pingüinos, los delfines, los tiburones y demás maravillas marinas. El momento cumbre de la visita ha sido cuando me ha dicho: "Papa, ¿me compras un pingüino?" He respondido que me parecía muy buena idea, que seguramente a su madre le iba a gustar para la cena. Él me ha dedicado una mirada de incredulidad idéntica a la de mis estudiantes cuando les suelto esas bromas que invariablemente nunca entienden. Creo que me ha salido más japonés de lo que yo pensaba desde que le vi aquella cara de pícaro que traía al nacer. A la vuelta no me ha perdonado la visita a la biblioteca de Atsugi (ya sabéis, donde tenía su garaje Mac Arthur), ni la cenita en un restaurante de por allí, con postre salvaje incluido. He llegado agotado y ahora pensaba resarcirme contando prolijamente este día en el que me he comportado como padre modelo. Después de leer la polémica que ha generado mi último artículo me voy a ahorrar la bitácora del dominguero y puntualizaré algunas cositas que creo que debería haber aclarado antes, porque nunca es tarde. Como parece que el problema principal son los números, o sea, las cifras de lo que ha costado el Cervantes de Tokyo, voy a empezar hablando de ellas, en fin, poniendo un poco las cosas en contexto.

Cuando D. Francisco Villar, nuestro profesor de Indoeuropeo de mis años mozos, nos hablaba del sistema de numeración solía empezar su discurso refiriéndose al más primitivo que se conoce. Según parece hay algunos grupos lingüísticos -seguramente sería mejor usar el pasado- cuyas matemáticas se reducen a cuatro números: "uno, dos, tres, muchos". A cuatro parece ser que no llegan, o si lo hacen, no distinguen más allá. Son gente que no tienen necesidad o preocupación de contar ganado, lentejas, ni mucho menos monedas. Los japoneses, seguramente por suerte para ellos, gozan de un sistema mucho más sofisticado. Bueno, por suerte para ellos, pero no para los que de vez en cuando nos vemos en la papeleta de traducir discursos de gente importante. Me explico.

Hará unos tres años teníamos una fiestecilla de esas otoñales de la "Asociación 'Universidad de Salamanca en Japón'", de la que, como es sabiduría mostrenca, yo soy uno de los insignes directores. Bueno, pues al entrar por la puerta, se me acercó el secretario y me dice muy amablemente: "Profesor, ¿podría usted traducir unas palabritas, un brindis de unos cuantos segundos, del Sr. X, presidente de la sección lingüística de la Fundación Japón?" Yo, como nunca aprendo, dije que sí. Por si a alguno de los que puedan leer esto le sirve de algo lo digo: ante una situación similar, se suelte un no, no se salga de ahí, y punto. El consejo no es mío, sino de Donald Keene, el más importante japonólogo contemporáneo a quien yo he tratado realmente poco, y eso me da mucha pena. Él me lo dio a toro pasado varios minutos después, cuando ya no había remedio. "Pero, hijo -me regañó-, ¿sabes tan poco de la cultura de este país como para creer de verdad que un brindis de un intelectual que desempaña un cargo político durará solamente unos segundos?"

Ya os lo habréis imaginado: el señor en cuestión habló durante unos quince minutos. De vez en cuando se paraba, me miraba y yo tenía que traducir a toda velocidad sus palabras, y eso sin contar tan siquiera con la ayuda de una libretita para ir tomando notas, la herramienta básica de todo traducteta, incluso el amateur. Bueno, la cosa es que en un momento determinado yo traduje algo así como que la Fundación Japón debía de tener por el mundo unos diez millones de profesores y que los alumnos ascendían a varias veces la cantidad de los habitantes actuales de nuestro planeta. Esto me pasó -además de por bobo- a causa del susodicho sistema de numeración nipónico: mientras nosotros contamos en unidades, decenas, centenas, millares, decenas de millares y tal, ellos lo hacen un poco a su manera: hasta llegar al millar la cosa no cambia, pero en las decenas de millar introducen una unidad de la que nosotros carecemos: el man, y esto complica la cosa. Lo explicaré simplificando un poco: lo que nosotros llamamos "un millón", para ellos serán "cien manes"; diez millones nuestros, se convierten en mil manes; y cien millones occidentales, en un oku. En definitiva, que entre manes, okus y mandangas, o uno escribe la cifra y la traduce leyéndola directamente del cuaderno, o le puede suceder lo que a mí: que toda la población del globo, gracias a la Fundación Japón, acabe estudiando la lengua de estas islas.

Yo me pasé varios pueblos con mi desatino; pero lo que sí es cierto es que La Fundación cuenta con un gran número de profesores por el mundo. Y esto lo digo para aclarar una cosa en la que el bueno de D. Ricardo erra de plano: si él, o alguno de sus hijos o nietos, estudian alguna vez japonés en una universidad española hay una probabilidad digamos como del cincuenta por ciento, de que lo estén haciendo no a costa del erario de nuesto Estado Español, sino de los sufridos contribuyentes del Japonés, entre los cuales me incluyo. En el caso de que don Ricardo fuera árabe, hispanoamericano, africano o nacional de algún país del sudeste o del centro de Asia, esa probabilidad de que el profesor que enseñe la lengua japonesa reciba su sueldo íntegramente de la Fundación Japón es muy alta. Esta Fundación de la que hablo no es otra cosa que la agencia nacional que se encarga de las relaciones culturales con el resto de los países. Una de sus labores es proporcionar enseñantes de idioma japonés a las universidades que, por motivos económicos fundamentalmente, les sería muy difícil conseguirlos por sus propios medios. En algunos casos, como es el de España, apoyan proyectos en naciones no tercermundistas, países que, si se lo proponen, tienen toda la capacidad del mundo para hacer frente a la minuta de un niponólogo.

¿Por qué malgasta así el dinero del contribuyente el Gobierno de Japón? Me imagino que sólo por seguir la que es consigna nacional de cualquier empresa exitosa de estas tierras: Kyakusama, Kamisama, o sea: "El cliente es Dios". Aunque la conducta de los últimos gobiernos parece desmentirlo, los japoneses no tienen un pelo de tonto: saben que gran parte de su riqueza procede del exterior, del comercio global, y están al tanto de que sin una buena relación con sus clientes la prosperidad se acabaría. Se trata del "macizar" que tan gráficamente nos ha mentado Paco de la Vega.

Maestros del macizamiento nipónico han sido siempre los franceses: cátedras de lengua y cultura japonesa en gran parte de las universidades del país, cantidades (y calidades) notables de expertos en la literatura y el idioma nipón, relaciones bilaterales cuidadas con mimo (un ejemplo rotundo es el centro de Tokyo del que hablaba ayer). ¿Resultados de todo ese desperdicio de carnada? En cualquier kiosko del país, en cualquier supermercado por mínimo que sea, cuando uno pide agua mineral la primera botella que aparece es de Evian, Valvert, Vittel... El vino, el queso, el champán, la moda, los coches, los restaurantes... Para no hacerme prolijo relataré sólo una anécdota que me contó hace unos diez años un diplomático español: el acero japonés goza de la reputación de ser el mejor del mundo. ¿Por qué, entonces, la mayor parte de los hornos de panadería y pastelería del país están importados de Francia? Sencillamente gracias a un prejuicio cultural positivo hacia la superioridad culinaria del mundo francés, un prejuicio alimentado muy sabiamente a lo largo de décadas por por nuestros queridos hermanos gabachillos, en muchos casos a costa del erario público galo.

¿Es el Cervantes de Tokyo parte de una campaña paralela de promoción a la realizada por Francia? ¿Le va a mermar un euro a la pensión de D. Ricardo? Ni mucho menos: el Cervantes de Tokyo -como explica Moisés "El Fotero" en su intervención- es un negocio, un gran negocio que, a pesar de los costos de la inversión en infraestructura propia de cualquier otro proyecto empresarial, dará con toda seguridad unos pingües beneficios. La prueba de que esto es así la proporciona el observar en qué momento se emprende la aventura: en uno en el que la divisa japonesa y el precio del suelo edificable se encuentran al nivel más bajo de las últimas décadas. Hace veinte años una empresa de este tipo habría sido un esfuerzo de promoción de la imagen de España a costos desorbitados; hoy en día, habida cuenta de la gran masa de clientes potenciales que en la década siguiente tendrá el Cervantes, no haberlo abierto habría sido escandaloso. "¿Qué clientes potenciales?" Se podría preguntar D. Ricardo. Yo, todas las semanas, me encuentro por lo menos con alguna persona de más de cincuenta años que me cuenta la misma historia: "Pues yo estudié español en la universidad. Me da mucha pena haberlo dejado; pero, bueno, ya verás cuando me jubile..." Pues ahí están: ávidos de conocimiento, sin problemas de dinero, con todo el tiempo del mundo a su disposición...

España tiene una imagen extraordinaria en Japón: es Jonetsu no kuni, "el país de la pasión." Dentro de la mitología nacional los hispanos somos gente que realmente sabemos disfrutar de la vida, con intensidad. Nos envidian como a pocos. Si de verdad fuéramos inteligentes no se habría abierto el Instituto de Tokyo ahora: a estas alturas existirían ya, como poco, otros en Yokohama, Osaka, Kobe, Kyoto, Fukuoka, Sapporo... Y ya la morcilla de Burgos sería seguramente el plato nacional.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Una vida tan vivida


A principios de abril, cuando florecían en Tōkyō los cerezos, un anónimo abuelito americano tropezó, al atardecer, en una calle más, como hay miles. En el hospital comprobaron que el daño que había producido el trauma en el cerebro posiblemente sería irreversible. El anciano agonizó más de tres meses y en agosto, quizá el día más caluroso del verano, finalmente para siempre descansó.

Las manos compasivas que prestaron el primer auxilio, el médico que atendía esa noche las urgencias, no estarían seguramente al tanto: en su periplo por la tierra, la actividad de aquel extranjero de apariencia tan común había causado más impacto en la promoción de la cultura japonesa que la de todos los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores combinados. Su nombre era Edward Seidensticker, infatigable japonólogo, traductor -se dice escandalosamente pronto- del Genji Monogatari.

Seidensticker pertenecía a esa generación de americanos que, al oír la llamada del clarín de mando, no acudieron al campo de batalla. Al contrario de los jóvenes ingleses a los que recordaba en The Spires of Oxford Winifred Letts, Who took the khaki an the gun / Instead of cap and gown, ellos regresaron a los "hoary colleges" a estudiar a fondo la cultura del enemigo. Al principio de la Guerra casi no existía tradición japonológica en América. Como precisa Ruth Benedict en el prólogo de The Chrisantemum and the Sword el desconocimiento por parte del mando estadounidense del mundo ideológico de Japón era uno de los mayores peligros con los que se enfrentó América en aquellos años. Inmediatamente se comprendió que "sólo vence quien conoce" (un adagio que los líderes contemporáneos de esa gran nación parecen haber olvidado últimamente) y de la noche a la mañana en Harvard, por ejemplo, la asistencia a las clases de lengua japonesa se multiplicó exponencialmente, según refiere en sus memorias Edwin Reischauer (lectura ya casi olvidada, pero muy recomendable). Fue necesario organizar cursos intensivos y más cursos, suprimir vacaciones y hacer uso de cualquier profesor disponible.

Aunque -también según Reischauer- la mayor parte de esa juventud estudiosa, tras la victoria, decidió olvidar la lengua de la nación derrotada, un pequeño grupo -los más notables, Donald Keene, Ivan Morris y el propio Seidensticker- tomaron la decisión que, por lo menos para mí, los eleva, humana e intelectualmente, a la categoría de gigantes: olvidarse de venganzas o desprecio al enemigo, y acostarse con él.

Un buen día hará ya más de una década encontré en "El Infierno", el tercer sótano de la biblioteca central de Tōkai, un ejemplar de Genji Days, el diario que escribió Seidensticker a lo largo de los años en los que tradujo el clásico. He de reconocer que gran parte de la mitad de la obra, aquella en la que trata los problemas técnicos de su trabajo, no serán posiblemente de gran interés para quien no tenga como oficio el estudio de la literatura japonesa. No obstante, este diario está lleno de pasajes inteligentes, vivos, sensibles, apasionantes. Mi favorito es sin duda:

I did not make much progress, because the festivities surrounding the removal of Kaoru's bride to Sanjō go on and on, and get more and more maddening. At such times you can almost be tempted to think that the Genji as a work classic is Waley's creation, and that Murasaki really is a cette ennuyeuse Scudéry.


Pasajes humorísticos sacados de la vida cotidiana abundan:

Speaking of scents: in the new instructions on how we should comport ourselves in this our Shūwa Residence is an admonition that we refrain from farting in the elevator.


También:

Wandering around Ueno in the evening, I came upon a shop that even outdid the one to which Donald Richie introduced me in Shinjuku. Such a variety of tresses an fetters and dildoes, some of them with batteries to make them swell and squirm. Even more charming were the customers. One handsome young couple was solemnly deliberating the relative merits of a variety of enema syringes. Who, I wanted to ask, was going to do what to whom? The name of the place is Atene, which I take to be Athens. I wanted to ask about that too. But I was timid both times.


A veces he oído a algunos japoneses, especialmente personas de avanzada edad, afirmar que algunos japonólogos extranjeros (sobre todo Donald Keene) "entienden y sienten más profundamente el carácter nacional que nosotros mismos". Un nuevo fragmento:

Monday, July 16: I sometimes think that my Colorado relatives would be a little less unhappy if they paid some attention to the fist call of the meadowlark, or the fist Indian paintbrush to come into bloom.


A pesar de su gran pasión por nuestro país y cultura, el suyo no era amor irracional o acrítico:

How very cute are the lists of things Japanese available in English -we really do not take the Japanese very seriously, and they do not themselves invite being taken very seriously when they make it appear that their chief contributions to the culture of the world have been the tea ceremony and paper-folding. [...] I suppose that we who seek to teach things Japanese, at least things artistically Japanese, are considered similarly quaint.


Quizá no haya sido justo con Seidensticker cuando más arriba he afirmado que sus consideraciones sobre la traducción que realizaba simultáneamente al diario no sean de interés más que para el especialista. Una prueba de mi retractamiento:

Waley once said to Ivan Morris, I think it was, that the translator, having taken so much away from his original, must add something by way of compensation. The principle is a dubious and dangerous one, and when what is added seems in dubious taste, why then things are dubious twice over. I take much courage from the thought that, though I am translating many things that Waley did not, there is a good possibility of ending up with fewer words than he.


Cuando leí el libro sobre el que ahora escribo, considerando su edad y su afición por el alcohol, supuse que habría muerto tiempo atrás. Después descubrí, en una página suya en internet, que disfrutaba de la feliz vida del jubilado académico americano, vi su foto sonriente y me alegré; su naturalidad, agudeza, falta de inhibición con respecto a sus pasiones, la bebida o las artes eróticas, me hacían sentir por él una fuerte empatía.

Muchas veces la vida es más sorprendente de lo que pensamos. Hará de esto como un año: paseando con mi hijo por la zona de librerías de Jimbōchō entramos en una de las dos de lengua china que hay, frente a frente, en el centro de la calle peatonal. Subíamos al segundo piso, cuando a mitad de la escalera un abuelito sonriente se le acercó, extendió la mano y le ofreció dos bolitas de caucho advirtiéndole: "Elige una". Sólo cuando vi la foto del obituario en el Asahi caí en la cuenta de que, a pesar de lo que yo creía, sí había tenido oportunidad de conocer personalmente a Edward Seidensticker, que, al decir aquel día "dōmō arigatō", no había agradecido solamente la amabilidad de un desconocido hacia mi pequeño: el azar, sabio, me había entregado la oportunidad insospechada de transmitir a un gran maestro, aún sin saberlo, mi aprecio más profundo por su obra, por su vida y por su ejemplo.

Saturday, June 30: Yesterday I lost a tooth. The incisor which Dr. Cluser, who later killed himself with drink, killed for me some forty years ago, and which has caused endless trouble, and endless discussions with this and that dentist as to whether it should be removed or root-channeled or something, quietly fell out, leaving no scars and drawing no blood and causing no pain. I said to myself, well, that is that and I am glad, and why all the fuss over the years. I wonder if one might not feel rather the same upon dying and seeing nor a small blackened tooth but one's whole ugly fetid body go.

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