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jueves, 28 de febrero de 2008

春なれや Haru nare ya!


春なれや
名もなき山の
薄霞



Haru nare ya!
Namo naki yama no
Usu-gasumi.


¡La primavera!
Sobre un monte sin nombre
suave es la niebla.




Has spring come indeed?
On the nameless mountain lie
Thin layers of mist


Bashō




Esta mañana, en el desayuno, le he preguntado a mi señora: "Oye, aquí ¿cuándo empieza la primavera?" Entre nosotros, hispanitos de la calle, una duda así no tiene sentido: acostumbrados estamos a que cada veinte de marzo el hombre del tiempo nos informe exactamente de a qué hora, minuto y segundo comienza la estación de las flores. Es que está muy claro: cuando el sol entra en la constelación de Aries, entonces. Pero para los japoneses la cosa no es tan simple: las divisiones meteorológicas del año no tienen que ver con la cronología o con fenómeno sideral ninguno, sino con el sentimiento. Así que, después de escuchar mi pregunta, ella se lo ha pensado un poco y me ha respondido: "Cuando florecen los ciruelos." O sea, que ya estábamos en primavera y yo, con estos pelos, todavía escribiendo, todavía perpetrando por ahí traducciones de haiku de invierno. Bueno, aunque lo hecho hecho está y ahí queda, propósito de enmienda no me falta: inmediatamente me he ido a la antología y he elegido el poema que habéis leído. No sólo después de mi decisión, después incluso de tener el texto castellano rematado he caído en la cuenta de que se trataba de uno compuesto por Bashō, el gran poeta.

Mi elección no ha sido ni mucho menos azarosa. Cuando, con los restos del desayuno aún en la mesa, me he quedado solo, he mirado por la ventana: en los montes de Tanzawa la neblina de la mañana todavía se resistía a acabar disipada por el sol. Los más altos y alejados, a esa hora aún sólo se adivinaban.

Aunque el original japonés puede tener -como siempre en un buen haiku- variadas interpretaciones, me ha parecido apropiado evitar la interrogación retórica que nos propone el Prof. Buchanan. Es posible que mi parcialidad por la expresión admirativa sea un simple eco de mi sorpresa matutina, la que me produjo el conocer el desfase estacional en el que aún vivía. El verso inicial lo he traducido en un primer borrador como: ¡Ya es primavera! Inmediatamente de las cavernas de mi subconsciente una voz opaca, macilenta, de ultratumba, me ha respondido: En el Corte Ingleeeeeés. Así que me lo he pensado un instante y al final ha quedado como está.

Del resto poco hay que decir: suave es la niebla es lo mejor que he encontrado para usu-gasumi. Ciertamente una traducción literal obligaría a dejarlo como "ligera neblina", así, a secas, sin es ni nada. El adjetivo suave se recomienda por sí sólo: reproduce, a mi juicio, el espíritu del poema (el que yo siento por lo menos). El verbo lo incluyo porque las dos eses me traían una tentación demasiado grande para no ser capaz de sucumbir a ella.

Concluyo: apunta la edición que sigo que el monte sin nombre del segundo verso no lo es tanto por naturaleza, sino por deseo del poeta, o sea, un monte de cuyo nombre no quiero acordarme. Otra vez la vaguedad, la afirmación, que traspasa todo haiku magistral, de la victoria de sentimiento frente al raciocinio. Bueno, no sólo del haiku, claro: también de la vida communis.


martes, 12 de febrero de 2008

De sus obras y sus pompas



Una compañera de trabajo se enteró de que a mis estudiantes les hago escuchar cierta canción de Antonio Machín en la clase que dedico a la música popular dentro de la asignatura de "Cultura y Sociedad Españolas" (en fetén スペイン語文化と社会). Parece ser que uno de ellos, con esa ingenuidad enternecedora que sólo se disfruta a los veinte años, le había preguntado si ella también compartía esa mi afición por la música del bardo cubano. No sabiendo con qué carta quedarse -si con la de la indignación proporcional a la gravedad de la circustancia o con la de la incredulidad benevolente- se me acercó en la sala de profesores y, provista de la energía del púgil peleón fajado en mil veladas, ése que salta al ring dispuesto a devorar al otro primerizo y tontorrón, me preguntó a bocajarro por el asunto. Cuando le confirmé sin rubor su sospecha me miró con cara de pasmo y soltó un irreprimible "¿Y no te da vergüenza?" que le salió del alma.

No era ésta la primera vez que me veía blanco de su santa y justificada indignación: poco tiempo antes, cuando tras las lecciones me pilló absorto en la misma sala sobre el Polifemo me pulverizó con una mirada telúrica al tiempo que me esquinaba contra las doce cuerdas lanzándome un directo a la parte más blanda de mis asaduras en forma de: "¿Pero no me digas que tú lees poesía...?" Ella parecía que no; por eso me ahorré la cita de César Vallejo que me vino a la cabeza -ella es española, aclararé-; bueno, por eso y porque, obviamente, compartiendo ambos la nacionalidad, a lo mejor el verso se me podría caer también a mí un día en la cabeza.

Como yo soy de los que escarmientan poco, este segundo round -el de Machín, digo- su pregunta me pilló también de guardia baja y tampoco supe responder de forma más o menos decorosa. Creo que, como la otra vez, sencillamente, con un buen juego de piernas hurté el cuerpo al castigo. Ahora me doy cuenta de que obré de forma muy prudente: si ella hubiera sabido de mis gustos plebeyos en materia musical quizá habría removido Roma con Santiago hasta conseguir por lo menos un K.O técnico, o sea, que el catedrático encargado del currículo académico no me asignara otra obligación que la de enseñar cursos de "Gramática 1" con el argumento de que en clases más avanzadas me convertía en peligro público para la sanidad mental de nuestros pupilos.

Como estamos en confianza, como esto no lo leéis más que vosotros que sois muy de casa, os lo digo así, en voz susurrada y con mucho sotto voce: lo cierto es que, además de Machín, me alegra y hasta estimula escuchar ciertas canciones de Manolo Escobar, María del Monte, Antonio Molina o Sara Montiel. Qué le vamos a hacer: hay lo que hay, se es como se es y, del mismo modo que sucede con los padres o los hermanos, uno no se puede escoger a sí mismo. Pero quede claro, y advertidos os dejo: si se lo contáis a alguien, si lo vais repitiendo por ahí, si llega hasta los oídos de la Santa Inquisición, renegaré las veces que haga falta; y me sentiré como un bendito, oye.




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