Estaba buscando la gente que por Twitter se comunica en latín, encontré a uno, piqué su botón y el ordenador me responde: Esta persona te ha bloqueado. Leches -pienso- qué importante soy. Al sentimiento de orgullo por una tan inusitada circustancia siguió otro de pequeña rabia y durante diez segundos bloqueé también a la persona en cuestión. Rehíce la bobada, me reí de mi propia instintiva estupidez y sentí inmediatamente curiosidad por comprender la causa del bloqueo.
El titular de la cuenta twittereña era persona muy comprometida con la iglesia católica, un sacerdote o una monja, vamos. Vivía en Centroeuropa, pedía insistente la firma contra la píldora anticonceptiva y el fin de la discriminación hacia el cristianismo. Seguí leyendo sus entradas y en una de finales del mes pasado se entiende: Si alguien envía tonterías blasfemas no le seguiré. La red está llena de gente mala, lo sé, pero no quiero leer tales cosas.
¡Ah, hombre! A éste ya lo tenía antes entre mis followers, chacho. Me ha leído algo y se ha mosqueado. La curiosidad mató al gato, pero no podía quedarme en ello. Reviso mis twitts del día de autos y me encuentro con que ¿será blasfemo esto? ¿O quizá esto? Pos claro, las dos cosas.
Luego dirán que no vamos mejorando. Hoy sólo nos bloquean. Hace algunos años nos habrían carbonizado.
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