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jueves, 25 de noviembre de 2010

La gran vida de los muertos

Guía de mudanza de la tumba

Ayer, cuando llevé a mi hijo a la tienda de butsudan de Hasegawa para su clase de Kung-fu caí en la cuenta por primera vez de un cartel de publicidad de cierto servicio que ofrecen al cliente: Ohaka no hikkoshi, "Mudanza de la tumba".

Me reí pensando que sería una expresión que los de esta empresa habrían inventado. Ni mucho menos: cuando llegué a casa y miré en internet, tanto en el buscador de palabras como en el de imágenes, me encontré con que es de uso muy corriente.

El paisaje urbano, los lugares donde están los vivos pueden ser auténticas mierdas, pero los cementerios se cuidan con esmero: qué sitios más estupendos y tranquilos, cuánta atención para el difunto. En este país, sin ninguna duda, los que de verdad viven bien son los muertos.


sábado, 29 de mayo de 2010

La fábula oriental del caballero

Hace mucho tiempo, en un apartado país oriental, un joven caballero tomó para sí la galante labor de socorrer doncellas, defender al débil y desfacer entuertos. Obseso en estas obras, pronto los límites de su patria se le hicieron harto estrechos. En las lejanas buscó dragones, los acosó, les dio muerte y la fama de este noble caballero se extendió por los últimos confines de la tierra.

Ya maduro, como Ulises regresó a su patria. El último dragón que la oprimiera se había consumido, aun antes de nacer él, arrugado, achacoso y solo en su gruta horrenda. Al morir el monstruo los caballeros negros que le habían servido mudaron sus siniestras vestimentas: los de bajo rango se perdieron en las multitudes y los del más alto pactaron con los hijos de las víctimas del dragón, los caballeros blancos, que también habían hecho matanza entre los negros, se perdonaron injurias y vivieron en paz hasta el día del retorno del valiente.

Al principio de su tiranía, el dragón y sus negros caballeros masacraron a los blancos y los arrojaron a una sima oscura de donde, por los largos años trancurridos y por la profundidad de ésta, cosa de magia parecía el sacar de allí sus osamentas. El caballero, falto de labor más alta y menesteroso de ella para agrandar su fama, cargó sobre su espalda la obra de volver los muertos a los vivos. Quiso convencer a unos y a otros de que el perdón antiguo era una ofrenta al honor de los difuntos y que sus espíritus vagarían eternamente, agonizantes, hasta que no se rescataran sus tristes calaveras.

Los dioses de esa tierra, todos los dioses, son envidiosos de la gloria humana. Las divinidades excitaron en los otros caballeros la más cruel de las pasiones: la pálida envidia. Una noche sin luna sigilosamente lo apresaron, lo cargaron de cadenas y lo encerraron en la mazmorra más profunda. La insania, el horror y el rechinar de dientes fueron grandes entre aquellos linajes de los blancos que sustentaban al noble caballero. Finalmente hubo que buscar un nuevo pacto: se permitió su exilio por tierras de las que había regresado de su caza de dragones.

Han pasado los años y el insensato caballero que osara enmendar a los dioses y soliviantar al pueblo es ya un anciano. Sus días de ostracismo fueron pocos. Hoy, decrépito, se sienta en el umbral y ve jugar los niños. Siempre el sopor le vence y siempre, desde que fuera joven, su sueño es sólo uno: se transforma en dragón, el más horrendo que vio el mundo, y domina el orbe todo.



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