miércoles, 30 de abril de 2008

Tu párbula voca


Desde niño la ortografía me ha traído de verdad por la calle la amargura. Cuando nos tocaba la hora del dictado, los minutos que el maestro nos concedía para el aprendizaje de las palabras difíciles yo, desesperando de ser capaz de tal proeza, los dedicaba a codificar en clave numérica las bes y las uves del texto. Quizá ése sea el motivo por el que, entre los inmundos errores que arrastra desde su origen la especie a la que pertenezco, sea el del desliz ortográfico el que me inspire mayor benevolencia... por la cuenta que me tiene.

Esta mañana, leyendo el comentario de Paco de la Vega a mi entrada anterior he pegado un buen respingo: ¿Pero párvulo de verdad es con uve? Pues claro, atontao, pero si lo sabes desde que tenías quince años: Marcus parvus est.

Qué bochorno. Mi primera reacción fue el ir al ordenador, corregir la falta y ponerle una vela virtual a santa Rita para que mucha gente no hubiera pasado por el blog. Después, en un flash, me vino la frase que la semana pasada habré repetido veinte veces a mis alumnos primerizos: Una de las mejores enseñanzas que se puede recibir del aprendizaje de un idioma es la habilidad de reírse de los propios errores, porque, mientras los éxitos son estériles, meter la pata sin miedo ni pudor constituye posiblemente la fuente más inagotable de conocimiento de la que pueda disponer la humanidad.

Pues ahí dejaré el párbulo por los siglos de los idem. Además, si a mí se me hace más bonito con la b y todo. Qué cosas.





martes, 29 de abril de 2008

Yōchien de niños grandes


En la clase de lectura, al fondo del aula, un estudiante me dormía plácidamente. Los profesores indígenas rara vez se molestan por esta costumbre de tanto arraigo tradicional; seguramente ellos mismos la practicaron en sus años juveniles y hasta es posible que continúen con ella en las interminables reuniones de los comités variados a los que uno se ve obligado a pertenecer si enseña por estas tierras. Algunos universitarios se divierten o trabajan por las noches. ¿Por qué no duermen en su casa? Porque vital es estar ahí en el instante cumbre de la clase: cuando el docente pasa lista.

Por mi parte, desde el primer día de curso dejo clara mi postura: voy a pasar lista porque ésa es la política de la universidad; pero el venir o no venir a clase no afectará en absoluto la nota final.

Cuando sonó el timbre llamé a capítulo al durmiente. El muchacho adoptaba durante mi perorata el aire natural y seguro para la ocasión: cabeza gacha, apariencia sumisa; por un oído me entra y por otro me sale. Me pidió perdón con la boca pequeña y ya iba a salir del aula cuando le solté: ¿Tú sabes cuánto te ha costado la clase de hoy? Piensa en lo que pagaste de matrícula y divídelo por las clases anuales: aproximadamente cinco mil yenes. Mientras has estado dormido has tirado ese dinero a la basura. Me miró y, por primera vez en toda la entrevista, pronunció una palabra con tono sincero: Sumimasendeshita ("Usted perdone"). Que se lo diga a sus padres, claro, que son quienes le subsidian el invento, porque lo que él saca con el curro de una noche de macdonals o de super veinticuatro horas se lo gasta tan feliz a la siguiente.

Money makes de world go around, claro. El que estos muchachos, con toda su vida por delante, sea casi el único idioma que comprendan de verdad, me produce uno de los sentimiento de tristeza más severos de toda mi vida profesional por este negocio del -según sabia expresión de mi heredero- parbulario de niños grandes. Qué le voy a hacer...




lunes, 28 de abril de 2008

Mamma mia!



Os lo podíais imaginar: de tal hija, tal madre...

sábado, 26 de abril de 2008

La casa del parque


Finalmente ya estamos asentados en la nueva casa del parque. Aunque no se trate de un lugar tan bucólico como el de la pintura, lejos no le anda. Por las mañanas, cuando voy al trabajo, lo hago por el camino de un río desde el que me saludan las ánades reales y un solitario cormorán -negro, impresionante- que a esas horas están procurándose el desayuno. Hace unos días, cuando volvía por la tarde, me topé con una víbora de más o menos dos metros que plácidamente tomaba el sol sobre un bloque de cemento.

Estamos todavía rodeados de cajas, pero esperamos salir con el oficio durante la pequeña vacación de golden week.

Es conocimiento público que, desde hace más de treinta años, me pegan bajones anímicos de intensidad variable durante la primavera: este año los estoy combatiendo, además de con paseos por el monte, con sesiones de escritura poética -he vuelto a los sonetos eróticos- y ensayos musicales pianeros. Otro día intentaré explicar cuál es el motivo por el que creo que éstos (amén de la práctica del dibujo) me parecen que sean los mejores tratamientos para los ataques de la bilis negra que, por lo que nos dicen los libros, han acechado a la humanidad desde que el mundo es mundo.

Eso es todo: el niño lleva ya dos horas de siesta y si no lo despierto ya, por la noche no hay quien lo acueste. Aunque esté lloviendo nos vamos a dar un paseo hasta la biblioteca de Tsurumaki a tomar prestado algún librito: la paternidad, ya se sabe...




viernes, 11 de abril de 2008

jueves, 10 de abril de 2008

miércoles, 9 de abril de 2008

Por un bofetón dado a una dama

¡Oh, mano convertida en duro hielo,
turbadora mortal de mi alegría!
¿Pudiste, mano, oscurecer mi día,
turbar mi paz, robar su luz al cielo?


El rubio dios que nos alumbra el suelo
corre con más placer que antes solía,
cubierta viendo a quien su luz vencía
de un mal causado, indigno y turbio velo.


¡Goza, envidiosa luz, goza de aquesto!
¡Goza de aqueste daño, oh, luz avara!
¡Oh, luz, ante mi luz breve y escasa!;


que aún pienso ver, y créeme, luz, muy presto,
cual antes a mi luz serena y clara,
y entonces me dirás, luz, lo que pasa.




Francisco de Aldana





martes, 8 de abril de 2008

Basura de los dioses




Por la mañana, corriendo hacia el trabajo, me pilló de contrapié una galerna inusual de esta estación y, sin aviso, cierta ráfaga de viento impertinente hizo perecer de muerte tonta e inesperada mi paraguas más pomposo. Tras el seceso automáticamente recordé ese párrafo de Rayuela en el que a uno de ellos, víctima de un combate semejante, tras la tormenta que acabó con él, se le organiza el funeral vikingo más inolvidable de toda la literatura hispana. Mientras me acercaba a la Universidad iba pensando en una ceremonia que, en el santuario de Asakusa, se conmemora anualmente, y de la que cuando supe no pude sino pensar que sería una de las más delicadas que celebrarán sobre la tierra: un sepelio en honor de las agujas de coser fenecidas durante los doce meses precedentes. Los restos de paraguas que me iba encontrando en mi camino, abandonados sobre el pavimento, me hacían considerar que, en los últimos años, este país realmente sí que había cambiado, o que, por lo menos, lo había hecho en eso que respecta a la sensibilidad por lo mínimo, por los objetos de los que nos servimos cotidianamente en nuestra vida más menuda.

En esto llevaba ocupada bien la mente cuando, parapetado de la lluvia en su garita, me saludó el guarda de la puerta y entré finalmente hasta lo seco, al edificio donde tengo mi despacho. Allí, en mitad del pasillo, me salieron al encuentro los siete cubos usuales del negocio reciclero. Supongo que no necesitaré aclarar que, al arrojarlo al que correspondía a su natura, por el alma de mi paraguas ni siquiera entoné la jaculatoria más ligera. Eso sí, lo que no pude evitar fue que me tocara de repente un ligero sentimiento de nostalgia por todo aquello que, tras su día de gloria en este mundo, acaba finalmente como él: en el fondo de un humilde tacho de basura. Porque, qué narices: el sueño de una sombra -que diría el griego-, el polvo enamorado del ingenio, las medulas que han gloriosamente ardido, lo que quieras, mirados todos con el ojo más sensato -o sea, el de la aguja- no serán nunca otra cosa sino basura al fin.




lunes, 7 de abril de 2008

Bárbaros del sur


Un biombo nanban del Museo Nacional de Tokyo que repongo en honor de mi amigo Paco de la Vega, quien me cuenta que le gusta. El resto está en esta página. Los disfrutéis, que yo me voy a amarrarme al duro banco, o sea, al curro. O, tempora. En fin.




Chōjū-giga


Una muestra de Chōjū-giga, rollos satíricos del siglo doce y trece.




domingo, 6 de abril de 2008

Barenboim, clases magistrales







































Las obras del tiempo






Me acabo de enterar de que, durante la anterior legislatura, el joven diputado que le escribe los discursos al Sr. Rajoy casó con una colega suya, parlamentaria también, pero ella del Partido Socialista de Cataluña. Si no hubiera ya suficientes argumentos a favor del sistema electoral de listas abiertas, éste sería, para mí, el definitivo. Y es que me parece una tragedia el que mis conciudadanos y yo, tras de lo que ha llovido, no podamos ejercer un derecho básico: el de otorgar nuestro voto a ambos miembros de un matrimonio compuesto, a todas luces, por dos personas tan sensatas y, con seguridad, de inteligencia no pequeña.

El caso este que refiero me ha traído a la memoria una costumbre mía que el tiempo y sus cambios me han convertido ya en pura historia. Hace años, cuando cerraban la biblioteca de Atsugi, solía parar unos minutos a tomar algo caliente en Nayotake, un lugar delicioso por su música, su ambiente y, claro, por la buena hechura del café. En la esquina en la que yo siempre me sentaba había una estantería bien cargada de catálogos de museos de arte. Mi favorito era el del Metropolitano de Boston. Me pasaba las horas muertas contemplando tres retratos: el de Góngora y los dos que veis sobre estas líneas. Durante el verano acostumbro a llevar una lupa en mi mochila: es para poder observar con detalle las arañas, que en esa estación aparecen por todos los rincones. No lo puedo evitar: estos animales, estos tigres de la microfauna, me apasionan. Pues con esa lupa me habré pasado lo que no se cuenta escrutando los detalles de estos dos geniales trozos de vida que, congelados en el tiempo, nos legó esa maravilla del hacer humano que es el arte.

No voy a insultaros con la tortura de un comentario; tengo la seguridad de que vosotros mismos sacaréis conclusiones, con mucho, más dignas de figurar aquí, negro sobre blanco. Además, ya lo decía D. Julio: Vanidad de creer etc. Muchos besos para todos.





sábado, 5 de abril de 2008

Las ideas estropean la pintura



Pocas veces se le ocurre a uno recomendar El País en estos tiempos, y sin embargo hoy aparece una entrevista muy digna de leerse. Aquí va el final, para abrir el gusanillo...

El arte se ha convertido en una payasada monumental. Una payasada a la que no deberíamos contribuir. No sé si deberíamos plantear una especie de huelga contra los museos contemporáneos, o contra los museos en general. ¿Por qué no? No tienen que ver con el arte sino con la industria de las imágenes. Es una pena que el arte, que fue concebido para hacer más grata la estancia del hombre sobre la tierra, se haya convertido en algo que es una fuente de obsesiones, de preocupaciones, manías. Y luego están todos esos artistas que se dedican a agobiarnos. Montones de artistas que se dedican a denunciar la triste situación de los pobres. ¿Pero eso a quién va dirigido, a los ricos o a los pobres? Los pobres ya lo saben, no tiene que venir un Santiago Sierra a explicárselo. El arte se ha convertido en una forma de dar caña. Como si no tuviéramos ya suficiente. Nos dan caña en el trabajo, en el museo, en casa. ¿Y dónde pasamos un buen rato? Yo siempre digo, en la discoteca. Yo les digo a mis estudiantes, mientras haya discotecas hay esperanza.


La entrevista entera, aquí.






viernes, 4 de abril de 2008

Todas las cheerleaders mueren













Una vara de palo

Durante todo el invierno a un arbustito -una mera vara de palo- de una esquina de la terraza se le veía tan seco que cuando llegaba la hora del riego casi me parecía ridículo echarle a él también su pocico de agua. Ya llegó la primavera y para mí la alegría mayor, la sorpresa de la estación, es verle cubierto tan pimpante con sus hojas.

Los lectores habituales de estas líneas os habréis dado cuenta de algunos cambios. El primero, el título. Durante la semana santa, una temporada casi tan odiosa para mí como la navidad, pensé que sería bueno el bromear cambiando la palabra invocación por alguna otra, a ser posible estrafalaria y siempre en consonancia con la noticia principal del día. De la media docena de estos nombres me quedo con Bajo la roucovarelización de Venus, el que llevó durante viernes santo.

Terminada la semana, decidí rebautizar definitivamente mi blog y aquí tenéis el resultado. Bajo la invocación de Venus, fue producto de un deseo otoñal de florecimiento de lo mejor de la vida en la estación filosófica de los fríos. Me negaba a una denominación que tuviera que ver con la tierra esta en la que vivo. El motivo principal era, como siempre, la huida del tópico; pero también porque lo que realmente me apetece no es tanto recrearme -refocilarme- con este marco oriental en el que pasan los ratos de mi vida, sino ir más allá de él, y así encontrarme a mí mismo en un ambiente destemporal y atópico -ole los palabros-, algo que sólo es posible hallar dentro del mundo del arte, el pensamiento o la escritura.

Otro ha sido también el motivo de la redenominación: a partir de ahora quiero no tanto aburriros con reflexiones largas y sesudas, sino mediante entradas más breves y pictóricas (no pintorescas, el cielo nos libre) que consuman menos de mi tiempo y también de vuestra paciencia. Así, podré conseguir dos objetivos: mantener el hábito purgante, que diría el otro, adquirido durante este medio año y, al mismo tiempo, dejar más espacio para actividades menos placenteras, pero sí más urgentes, como son estas mías profesionales que me llevan a tan mal traer. Vaya, que el nuevo carácter del blog parecía simplemente exigir la mudanza onomástica.

En la cabecera del blog he querido ir mostrando por capricho ilustraciones diferentes, una nueva cada semana. La que veis ahora me da que será la definitiva; no puedo imaginar en ningún punto del universo conocido paisaje más poético o espléndido que el del rincón de la literatura griega de la biblioteca del Trinity College de Oxford .

A los no iniciados en los ritos de la Japonia les informaré casi telegráficamente de que nanbanjin (literalmente "bárbaro del sur") no era otra cosa que esos nuestros antepasados ibéricos de aquel siglo feliz que acabó a principios del XVII con la mayor efusión de sangre inocente que nunca se viera en estas islas.

Supongo que os agradará saber que por la ventana de la habitación desde la que os escribo -y que la semana que viene abandonaré para siempre- se ven los cerezos florecidos entre la verdura euforizante de los montes de Tanzawa. Éste es el paisaje que casi durante una década ha acompañado las mañanas de mi vida: quieran nuestros númenes que no tenga que echarle en falta. Como mamori (amuleto de la tierra) me llevo conmigo el arbustito al que no dejé de echarle agua: seguramente aprenderé más con él que con la tonelada de libros que, de aquí en siete días, tendré que acarrear tan tontamente.

Vale et valete.



jueves, 3 de abril de 2008

La bendición de Babel


A propósito de la anterior entrada de este blog, varios amigos me han escrito preguntándome si de verdad yo estaba tan molesto por el resurgimiento de las lenguas regionales, ésas que en España reverdecen ahora por doquier, como para escribir un artículo tan cáustico. Ni mucho menos -les respondo-, los creadores de lenguas, los hablantes de ellas, de las que sea, gozarán siempre, no sólo de mi aprobación y entendimiento, sino de mi apoyo, mi estímulo y hasta mis más calurosas bendiciones.

A alguien quizá sorprenda la afirmación esa de que los creadores de lenguas gozarán siempre de mi apoyo; porque, el extremeño, ¿no es una lengua natural, o sea, no creada? Lo cierto es que todas las lenguas, por lo menos en el espacio europeo en el que nos movemos, no son sino productos "artificiales", obras construidas por decisiones humanas, y no del todo fruto de una evolución similar a las realidades de la naturaleza. Me explicaré.

Imaginemos a un viajero que en el año mil de nuestra era recorre a pie, desde Madrid hasta París, una ruta que atravesara los Pirineos centrales. En su andadura comprobaría que, cotidianamente, la lengua del lugar en el que hiciera noche se iba diferenciando ligeramente de la del de su origen; pero le sería con toda seguridad imposible determinar en qué punto de su camino un idioma había dejado paso a otro. Mil años después, en un bar de este lado de la frontera el camarero te pregunta por tu consumición en castellano; caminas quinientos metros, atraviesas una línea imaginaria, entras en el primer tugurio que te sale al paso y la totalidad de la parroquia conversa ya en francés. ¿Qué ha sucedido entre tanto, desde el hipotético viaje de nuestro caminante hasta este siglo veintiuno? Literaturas, medios de comunicación de masas y, sobre todo, estados-nación, han florecido. De entre toda esa sopa amorfa de variantes lingüísticas con las que se encontraba el caminante, una, la de la corte, se ha convertido en la prestigiada; en ésa se han escrito los libros fundamentales de la nación, las leyes y los fueros, en ella se ha instruido primero a las élites y después a las masas. Desde un punto de vista estrictamente científico los rasgos fónicos, morfológicos o sintácticos de la lengua de Madrid, París o Londres no son más "válidos" que los de la de Zaragoza, Marsella o Bristol; sencillamente condicionamientos humanos, extralingüísticos han hecho que aquellas variantes y no éstas fueran objeto de exaltación y, por tanto, se vieran imitadas. No inclinaron la balanza supuestos méritos internos del castellano para que ella se convirtiera en la lengua de la administración, sino las decisiones de los reyes y las élites. Con respecto a los idiomas regulados en nuestra época esa "artificialidad" se nos hace más evidente. La lengua hebrea moderna es producto de un grupo de sabios que determinaron, por ejemplo, cuál era la pronunciación canónica de entre todas las posibles. La lengua vasca unificada, el "euskera batua" que aprendemos los no euskaldunes, el que se emplea en la escuela o en televisión, es también un constructo de expertos y así lo sienten, según me dicen, los hablantes nativos. Dentro de cien años, cuando todos ellos ya hayan sido escolarizados en batua, tal sentimiento desaparecerá. Al bable moderno, al aragonés, a todas las otras lenguas regionales emergentes -también al estremeñu de la Güiquipeya- les sucede lo mismo: o se ha implantado como común una variante elegida -artificialmente- entre las muchas posibles, o se trata de un sistema lingüístico ensamblado usando materiales de esas variantes.

¿Era el charro una broma mía? Lo era, pero no tanto. Salamanca fue una zona lingüísticamente castellanizada desde muy temprano. No obstante, gracias a lo que sabemos hoy en día de las hablas astur-leonesas vivas, a cualquier lingüista bien formado le sería posible reconstruir con bastante fidelidad el dialecto usado en la provincia de Salamanca antes de su castellanización definitiva. Requeriría un esfuerzo continuado e ímprobo, pero si hubiera auténtica voluntad por parte de los ciudadanos en dos generaciones existiría una masa suficiente de hablantes nativos como para considerar el idioma reimplantado. ¿Merecería ese esfuerzo la pena o no? Para responder a esta pregunta tendremos que considerar ahora lo que sigue.

El idioma presenta dos caras, dos funciones: la primera, la que apela al consciente humano, es aquella que llamaré expresivo-comunicativa, esa que usamos para hacernos entender. La lengua tiene, además, un componente más "profundo", más hundido en nuestro mundo síquico; gracias a esta cara subconsciente nos es posible convertir al idioma en un vehículo de placer lúdico, de juego maravilloso: el uso de la palabra por mera diversión, la poesía, la literatura, nos lo atestiguan. A esta segunda naturaleza subterránea del lenguaje oral humano pertenece eso que un poco torpemente se da en llamar las "señas de identidad", el sentimiento de pertenencia a la tribu, el placer pitecantrópico de usarlo como arma, la tentación de convertirlo en crisol de las esencias de la raza. Yo hoy prefiero no hablar de algo con tufos tan sulfídricos: contra ellos iba, fundamentalmente, mi parodia del idioma Txarho. No diré más: me limitaré a esperar, quizá ingenuamente, que, junto a ejércitos, fiestas de toros, supersticiones religiosas y otras rémoras aún supervivientes del neolítico, pasen algún día, natural y tranquilamente, a mejor vida.

En definitiva, la recuperación de las lenguas regionales, de todas, personalmente me parece de perlas; y me lo parecerá siempre que los resurrectores cuenten con una perspectiva lo suficientemente apolínea y distanciada, siempre que tengan claro que la función de la que hacen uso es la segunda, la lúdica, y no la primera, la comunicativa. El juego es placer personal, elegido y nunca impuesto. Pocas cosas en la vida son mayor fuente de gozo, de energía, que él, y bueno es que los chicos de la Güiquipeya jueguen, y que lo hagan con salud. Ahora, si algún día empezaran a dar la matraca con la obligatoriedad de su enseñanza a los escolares, con la conveniencia del desvío de caudales públicos para su promoción o con un supuesto gran valor cultural e histórico, ahí me tendrán, del otro lado de la barricada, radical y firmemente siempre frente a ellos. Los currículos de los colegios están lo suficientemente embutidos de asignaturas fundamentales como para pretender sustituir una de ellas por un inocente jueguecito; los impuestos se podrán gastar a cualquier hora mejor, en la sanidad, el cuidado de los abuelos o la renovación de la red viaria.

Si bien ambas caras del idioma son importantes, la básica es para mí la comunicativa. No creo que haya falta convencer a nadie de que el panorama de un futuro ideal sería aquel en el que cada habitante del planeta dominara una lengua vernácula y otra auxiliar con el nivel más alto de competencia posible. No obstante, si alguien me plantease esta disyuntiva: ¿Qué preferirías, la situación actual o una hipotética en la que todos los idiomas desaparecieran y sólo sobreviviese uno? sin ninguna duda yo me quedaría con la última opción. Por la utopía de que todos nos pudiéramos entender en una lengua común tengo que es legítimo sacrificar mi castellano nativo, y a Cervantes, a Lorca y a Neruda. Además lo haría porque no puedo sino estar muy convencido de que Neruda, Lorca y, obviamente, Cervantes, allá desde el Parnaso -no el de los literatos, sino el de las almas nobles- me enviarían sus más efusivas bendiciones, sahumadas, eso sí, con la mejor edición de obras completas de Chaucer, Oscar Wilde o hasta de Shakespeare...





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