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jueves, 3 de junio de 2010

ABC > XYZ

Sr. Director:

Desde mi infancia, en que leía su suplemento Gente menuda, he tenido gran respeto a su periódico. Ayer se lo perdí quizá para siempre. Leí estupefacto un artículo que han tenido Vds. la triste ocurrencia de publicar: "¿Por qué las japonesas caminan así?" Todo él está lleno de falacias y despropósitos de cuya relación le haré gracia; a pesar de todo no quiero insultar su inteligencia. Le diré solamente que envié dos comentarios y, reiteradamente, ambos fueron borrados. Uno decía:

"¿Por qué las españolas tienen el trasero así?" Artículo escrito por un japonés con vídeo de señora enferma de esteatopigia (hipertrofia morbosa de las nalgas). ¿Gustaría en ABC? Mañana se lo envío.

Sr. Director, después de leer la basura que son algunos de esos comentarios que su periódico sí ha respetado, el que los míos no lo fueran, nunca lo tendré como baldón, sino más bien como timbre de gloria. Muchas gracias.

Por favor, no publiquen en su sección Cartas al Director este mensaje: se trata de una nota dirigida a su persona; consideraría una desgracia el ver mi nombre impreso en ninguna página de un periódico que se rebaje a publicar -sin rectificación- porquería de esa estofa.

Atentamente.

SMC
DNI XXXXXX
Kanagawa, Japón

Web: El Diario del Nanbanjin http://bit.ly/93fx53



lunes, 24 de mayo de 2010

Arqueólogos abusicas


Cuando voy al trabajo paso junto a un pequeño yacimiento del período Jōmon, el neolítico japonés. La zona donde está mi curro cuenta con tantos restos de esa época que si hacemos una obra ya sabemos que aparecerán los agujeritos redondos de las columnas de madera sobre las que se afirmaban las viviendas de este pueblo.

Estas cosas siempre me fascinan. Un día, mi hijo y yo nos paramos a observar los agujeritos en cuestión. Era verano y acababa de llevarle al Museo Nacional a ver los haniwa. De repente me pregunta. "Papa, ¿qué es ese agujero?" Apuntaba a uno rectangular, profundo, de unos dos por cuatro metros. No se me ocurrió decir más que: "A mí me parece la piscina de los niños."

Reanudamos el camino en la bici para casa y, por el camino, me entró mala conciencia: ¿La piscina de los niños? Qué bobada... Iba a corregirme y enseguida me vino a la cabeza: ¿Por qué no? Mi conjetura, tan buena como la del más experto jomonólogo...

Aquel día no regresamos directamente a casa: antes paramos a jugar en otra piscinita, la que en cualquier parque, durante el infernal verano del Japón, los niños libremente practican su pasatiempo favorito, el mizuasobi, el juego con el agua. La de la excavación parecía más divertida; pero la disfrutan todo el tiempo, en exclusiva, los abusicas arqueólogos. No hay derecho.



domingo, 5 de julio de 2009

Las hortensias


Gracias a la humedad de la primavera de esta tierra, en el mes de junio las reinas del paisaje son las hortensias. Uno de los viajes más hermosos de toda mi vida fue aquel que una mañana de domingo hice con mi hijo en brazos hasta Gora, el final de la línea Tozan, la que nos sube por las alturas de Hakone. En ese trayecto de apenas una hora el tren de montaña, el más empinado del mundo, te va conduciendo a través de un paisaje dramático, abrupto, que durante la estación húmeda florece por sus taludes y laderas en azul, granate y rosa.
Las hortensias, cuando las vacaciones de mi infancia de la dulce Donostia, me representaban la alegría del verano, de unos veranos temperados y algo misteriosos. Ahora todavía sus colores difuminados por el sfumato de la luz insegura de la estación de las lluvias me traen nostalgias de aquellas flores de mis primeros años, los conectan con las de mi madurez presente y me enseñan que toda tierra es patria.




martes, 20 de enero de 2009

Haiku gitano


髪塗らず
雨に守った
神かかれ


Kami nurazu
Ame ni mamotta
Kami ka kare?

Tan seco el pelo,
¿qué hado te guardó
del aguacero?


Who kept your hair dry
From storms, winds and thunders?
God was! (or was man?)


Hace un rato, mientras buscaba un haiku apropiado para traducir (y no lo encontraba), me vinieron a la memoria unos versos que oí recitar a Antonio Gala y que recuerdo así:

Dime por dónde te entraste
la noche del aguacero,
que no te mojaste el pelo.

Con este material se me antojó escribir un haiku y ahí arriba lo tenéis. Al contrario de como los había escrito hasta ahora, he comenzado por la versión castellana, después ha salido el japonés y finalmente, sin mucho esfuerzo (ni demasiada gracia, creo) el inglés. Las diferencias estilísticas y de contenido son suficientes para que su comparanza merezca detener la atención unos instantes, digo yo. Vosotros ya me diréis.





miércoles, 14 de enero de 2009

Haiku de invierno


野も山も
雪にとられて
なにもなし


No mo yama mo
Yuki ni torarete
Nani mo nashi.
Montes y llanos
Arrebató la nieve:
Nos queda nada.



Both plains and mountains
Have been captured by the snow-
There is nothing left.




Un nuevo haiku de invierno, éste de Jōsō, uno de los diez alumnos de Bashō (es que estoy leyendo Oku no Hosomichi, Las sendas de Oku). El original y la traducción al inglés también los he tomado de One Hundred Famous Haiku, la antología seleccionada con tanto cariño por Daniel C. Buchanan.





martes, 7 de octubre de 2008

jueves, 11 de septiembre de 2008

Franco en Atsugi


Cuando voy a la biblioteca de Atsugi siempre dejo la bicicleta en un aparcamiento municipal al lado de mi estación. Me cobran cien yenitos al día, pero por lo menos voy seguro de que cuando vuelva por ella estará donde la dejé. Si la abandono por la calle cabe la posibilidad de que tenga que ir a recogerla al depósito del ayuntamiento, y pagar una multa que asciendería a una cantidad de cuarenta o cincuenta veces lo que me cuesta el magro aparcamiento diario.
Los cancerveros del negocio son un grupito de jubiletas que, con todo el tiempo del mundo pa gozá, te pegan una hebra de media hora a poco que te descuides. Algunos de ellos el palique con la gente de otras tierras, aunque deseado, lo rehuyen por cosa la "vergoña nipónica" en el trato con la lengua inglesa; pero si encuentran un extranjero que hable un poco el idioma de esta tierra no se pueden resistir. Por eso, no hay día que vaya por el aparcamiento de bicicletas que no me toque contar mi vida a los abuelos guarderos.
Ayer mismo -cuando llevaba una prisa especial porque me esperaban para comer en Atsugi- uno de ellos me entretuvo un buen rato. Al final, cuando yo ya no podía casi mantener la compostura mínima me soltó "¿Usted dónde vive mejor, en Japón o en España?" Yo, no queriendo extenderme en explicaciones (en esta tierra tengo mis familia, mis libros, mi trabajo, mi vida en definitiva) le contesté simplemente "Pues en Japón". "Claro, esque los japoneses somos gente responsable (otonashii). Ninguno es como Franco, ¿verdad?"
Ante tanta erudición histórica no tuve respuesta alguna. Pensándolo bien, mucha razón sí que tiene: según opina Brian Dutton, Franco fue fruto de una obsesión que arraigó entre los militares africanistas y que el Generalísimo, tan cándidamente, transmitió a un plumilla del Times en el verano de 1936: "Aunque haya que terminar con media España, lograremos que la otra media, la que merece la pena, logre vivir en paz". Por Japón, durante aquellos años, gente como Franco ni falta que hacía: salvo muy honrosas y escasas excepciones, la oposición al régimen totalitario fue, de todo punto, inexistente.







domingo, 22 de junio de 2008

Control de calidad


Entrar en una tienda, hacer consultas a la dependienta hasta casi desbordar el límite de su paciencia, salir con una pequeña compra, volver a su oficina y escribir algunos folios sobre todo lo anterior: en eso consistía el trabajo cotidiano de Yoko, cierta amiga mía, empleada de una multinacional del negocio del cosmético.
- Estoy harta. Lo peor de todo es cuando pillo a una pobre chica en un mal día. Odio escribir un informe negativo.
- Pues haz la vista gorda.
- No puedo. A veces la dependienta descuidada es un cebo, o sea, una super-controladora que comprueba que nosotras, las controladoras normales, hacemos a conciencia nuestro trabajo.
En fin, el deporte nacional: control de calidad. Un buen día mi amiga tuvo la certeza de que la dependienta de turno era en realidad una de esas super-controladoras. Me contó la cosa con detalle, pero la trama era tan complicada que me perdí a la mitad del hilo cartesiano de tan fina conclusión. Al final, además, mi amiga dedujo que la super-controladora sospechaba erróneamente que ella, Yoko, no era una controladora normal, sino una super-super-controladora a quien enviaba la empresa para comprobar la probidad del trabajo de las super-controladoras. Vaya lío.

Pasaron los días, y las noches en vela para mi amiga: no hacía sino conjeturar hasta dónde llegaría el afán de control de la compañía por sus empleadas, tanto que al final no le quedó más remedio que ir a donde el siquiatra. Pues no sirvió de mucho: ha pasado ya una década, pero Yoko todavía continúa convencida de que con una carambola ridícula del destino el doctor la tomó por una inspectora del Ministerio camuflada y que el diagnóstico no correspondía a su verdadero cuadro clínico, sino, claro, al más favorable para los intereses de la sanidad pública...








lunes, 7 de abril de 2008

Chōjū-giga


Una muestra de Chōjū-giga, rollos satíricos del siglo doce y trece.




sábado, 1 de marzo de 2008

暗くない Kurakunai


暗くない
君との夜に
星が咲く


Kurakunai
Kimi to no yoru ni
Hoshi ga saku.


Las blancas noches
en que juntos estamos
astros florecen


So bright is the night
When we are one together
That stars are blooming.



El otro día vi en el Yutube a Sabina. Decía que una aristócrata afiliada al sindicato mediatiquero la había abordado con: "Dime, ¿es cierto que resulta más difícil desengancharse del tabaco que de la coca?" Bueno, pues el haiku debe de ser del mismo pelamen que la nicotiana tabacum: a pesar de mis buenos propósitos de tres días atrás, cuando escribí que me iba a limitar a la traducción, ya he vuelto a reincidir y he perpetrado otro trilingüe. Para compensaros de algún modo limitaré el latazo exegético a una sola frase: Si non è vero... En fin... y un beso muy grande para todos.

jueves, 28 de febrero de 2008

春なれや Haru nare ya!


春なれや
名もなき山の
薄霞



Haru nare ya!
Namo naki yama no
Usu-gasumi.


¡La primavera!
Sobre un monte sin nombre
suave es la niebla.




Has spring come indeed?
On the nameless mountain lie
Thin layers of mist


Bashō




Esta mañana, en el desayuno, le he preguntado a mi señora: "Oye, aquí ¿cuándo empieza la primavera?" Entre nosotros, hispanitos de la calle, una duda así no tiene sentido: acostumbrados estamos a que cada veinte de marzo el hombre del tiempo nos informe exactamente de a qué hora, minuto y segundo comienza la estación de las flores. Es que está muy claro: cuando el sol entra en la constelación de Aries, entonces. Pero para los japoneses la cosa no es tan simple: las divisiones meteorológicas del año no tienen que ver con la cronología o con fenómeno sideral ninguno, sino con el sentimiento. Así que, después de escuchar mi pregunta, ella se lo ha pensado un poco y me ha respondido: "Cuando florecen los ciruelos." O sea, que ya estábamos en primavera y yo, con estos pelos, todavía escribiendo, todavía perpetrando por ahí traducciones de haiku de invierno. Bueno, aunque lo hecho hecho está y ahí queda, propósito de enmienda no me falta: inmediatamente me he ido a la antología y he elegido el poema que habéis leído. No sólo después de mi decisión, después incluso de tener el texto castellano rematado he caído en la cuenta de que se trataba de uno compuesto por Bashō, el gran poeta.

Mi elección no ha sido ni mucho menos azarosa. Cuando, con los restos del desayuno aún en la mesa, me he quedado solo, he mirado por la ventana: en los montes de Tanzawa la neblina de la mañana todavía se resistía a acabar disipada por el sol. Los más altos y alejados, a esa hora aún sólo se adivinaban.

Aunque el original japonés puede tener -como siempre en un buen haiku- variadas interpretaciones, me ha parecido apropiado evitar la interrogación retórica que nos propone el Prof. Buchanan. Es posible que mi parcialidad por la expresión admirativa sea un simple eco de mi sorpresa matutina, la que me produjo el conocer el desfase estacional en el que aún vivía. El verso inicial lo he traducido en un primer borrador como: ¡Ya es primavera! Inmediatamente de las cavernas de mi subconsciente una voz opaca, macilenta, de ultratumba, me ha respondido: En el Corte Ingleeeeeés. Así que me lo he pensado un instante y al final ha quedado como está.

Del resto poco hay que decir: suave es la niebla es lo mejor que he encontrado para usu-gasumi. Ciertamente una traducción literal obligaría a dejarlo como "ligera neblina", así, a secas, sin es ni nada. El adjetivo suave se recomienda por sí sólo: reproduce, a mi juicio, el espíritu del poema (el que yo siento por lo menos). El verbo lo incluyo porque las dos eses me traían una tentación demasiado grande para no ser capaz de sucumbir a ella.

Concluyo: apunta la edición que sigo que el monte sin nombre del segundo verso no lo es tanto por naturaleza, sino por deseo del poeta, o sea, un monte de cuyo nombre no quiero acordarme. Otra vez la vaguedad, la afirmación, que traspasa todo haiku magistral, de la victoria de sentimiento frente al raciocinio. Bueno, no sólo del haiku, claro: también de la vida communis.


miércoles, 27 de febrero de 2008

天も地も Ten mo chi mo


天も地も
なしただ雪の
降りしきる



Ten mo chi mo
Nashi, tada yuki no
Furishikiru.


Ni cielo o suelo
se ven. Sólo la nieve
cayendo insomne.



No sky and no earth
At all. Only the snowflakes
Fall incessantly.



Hashin (1864-?)




No os voy a negar que los tres haiku que escribí y que luego traduje al español me han hecho una ilusión grande. Dándome cuenta de mis limitaciones y no queriendo hacerme empalagoso he decidido cambiar de tercio: como hoy tenía que pasar por la biblioteca central he tomado prestada allí la antología de Daniel C. Buchanan One Hundred Famous Haiku y me he hecho el propósito de intentar traducir al español uno de ellos cada tanto, empezando, claro, por los de invierno. La ventaja de haber elegido una antología bilingüe es que así me es posible incluir la versión del erudito americano y a vosotros contrastar unas y otras.

El haiku que he seleccionado para hoy entre los veinticinco de esta estación me ha parecido el más hermoso. El kigo es el mismo que el del primero que escribí yuki, "nieve". Mi versión de la última línea quizá a alguien le parezca demasiado libre: furi-shikiru, algo así como "no dejar de caer", o "no parar de nevar" lo doy en castellano como cayendo insomne. Una alternativa más ajustada a la letra es cayendo siempre. Ésa fue mi primera apuesta, pero no he podido resistirme a la triple aliteración de enes, a la gracia que produce la mayor variedad en vocales en ese verso, y al eco de la o acentuada de la segunda línea. Confieso que, a pesar de estos argumentos de eufonía, he tenido mis escrúpulos. Luego, pensándolo detenidamente, me ha parecido que insomne, o sea "sin descanso", se ajusta no mal al significado y, sobre todo, al espíritu del poema. A pesar de este veredicto mío, si a alguien se le hace siempre una elección más acertada, me gustaría que me lo hiciera saber. Ya lo decía la Santa de Ávila: "Qué aburrida sería la vida sin problemas". Qué horrible si nadie nos llevara la contraria...

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Μe enloquece tu parte, la postrera...

(Para el poema, click aquí)

Hace un año Günter Grass, poco antes de publicar un volumen de memorias, reveló que durante el final de la Guerra Mundial había pertenecido a las SS. Como mis lectores son todos gente culta y literata me ahorraré ahora comentar la batalla que se entabló entre críticos y defensores del genial autor de Die Blechtrommel (El tambor de hojalata) porque ya resulta archiconocida. Sólo diré que en aquellos días me encontraba entre los segundos, o sea, los aliados de Grass, y no a causa de motivos sentimentales o humanitarios, ni mucho menos: mi simpatía por el esqueleto que nuestro premio Nobel había sacado de su armario estaba movida por razones muy egoístas. El caso es que yo también tenía, en el fondo de mi guardarropa, sin que nadie en el mundo lo supiera, un hermoso ejemplar osamentario que, como el del escritor alemán, esperaba su turno para orearse en la terraza de mi casa. Aprovechando lo de que el Guadiana pasa por Valladolid, en lo más crudo de la polémica grasseña me planteé dar yo también el paso adelante y decir con voz firme: “Aquí estoy, ¿algún problema?”. No fui valiente y de verdad que lo siento mucho. Pero, como pasó con lo del Tercer Secreto de Fátima, algún día tenía que ser; hoy llegó el momento y allá va la bomba: Yo, la verdad, es que nunca me he leído El Quijote…

Sí, sí; ya oígo el rechinar de dientes, los cielos que se hunden sobre mi cabeza, siento al velo del templo rasgándose a modo y la tierra que, temblona bajo mis pies, se abre amenazando engullirme con sus fauces… Vale, vale, que me explico. Cuando afirmo que “no he leído El Quijote” lo que realmente quiero decir es que no lo he hecho como todo el mundo, o sea, empezando por “En un lugar de la Mancha…” y terminando por la palabra “Fin” del segundo tomo.

Como a todos los españolitos de mi generación la tabarra que sufrí desde mi primera infancia con la obra de Cervantes fue de no contar: a la tierna edad de seis añitos el maestro –una bestia corrupia de la que ya he hablado hace algún tiempo- se empeñó en leernos todos los días un capitulo del librito –le tocaría en una tómbola- a la hora teórica de la siesta: recuerdo ahora que escuchaba esa lectura como si fuera música concreta. Entendía que aquellos párrafos estaban escritos en mi idioma, que debería comprender lo que decían, pero por mucho que me concentraba –al principio, luego desistí- era incapaz de sacar una idea, una imagen coherente de aquellas parrafadas en un idioma “que aunque fuera castellano, el lenguaje era el moscovio.” No sé muy bien cómo aquella degradación de bípedo implume había concebido tal idea: me imagino que en esa genialidad habría bastante ingrediente de nacionalismo natural de aquellos años. Sea como fuere yo saqué la impresión de que los libros de los mayores, en especial los escritos hace bastante tiempo, eran infinítamente más insoportables que la misa del domingo, dónde iba a parar. A partir de ahí cuando en mitad del bachillerato –una vez-, en primero de Filología –dos-, en cuarto de Hispánicas –la tercera- me vi obligado a leer los dos dichosos tomos, siempre me las arreglé de alguna modo para persuadir a mis examinadores de la ficción de una labor cumplida que no lo era sino en su apariencia.

¿Cuál es el motivo principal de mi cabezonería? Un rasgo de mi carácter que con seguridad ya conoce todo aquel que a alturas tan avanzadas lee estas líneas: desde mis más tiernos años siempre he odiado el que me mandaran nada y, sin embargo, he soportado cualquier esfuerzo, hasta los irrazonables, para alcanzar aquello que fuera mi puro capricho. Ese es el motivo por el que, sin ir más lejos, cuando tenía que estar traduciendo el griego, Tucídides se me caía de las manos y, sin embargo, ahora, cuando me siento agobiado por el japonés me paso la tarde perdido en La Eneida, y eso sólo porque nadie me obliga. Soy así: ni me enorgullezco ni me avergüenzo. He aprendido a vivir con este demonio particular, le invito a café de vez en cuando y hemos logrado un cierto entendimiento con los años. En fin, como no hay nada nuevo bajo el sol, supongo que a muchos os habrá pasado lo mismo ahora que tenéis unos añitos.

Cuando me vine a Japón, con treinta, jamás había leído ni un solo capítulo de la obra del gran manco. Ese otoño, cuando más añoraba España y sobre todo el uso diario de mi idioma, tomé prestado el libro de la biblioteca y me lo devoré con una avidez que nunca había sentido por la literatura (que ya es decir). Lo leía en cualquier parte: donde más disfrutaba era cuando, por la tarde en el tren, levantaba la cabeza de las aventuras del hidalgo de la Mancha y me encontraba con el paisaje irreal de esa estación –uno de los más hermosos de la tierra-, con esa luz dorada de los crepúsculos, con los rostros de la gente, lo que contrastaba tanto con aquella ficción de la España de hace ya tres siglos.

Me divertí enormemente. Ahora alguien preguntará “Pero no decías que no lo habías leído como todo el mundo.” Así es: será que soy demasiado cabezón, o que era incapaz de sobrellevar el putativo trauma de veinticinco años negándome a romper el tabú. En fin, que me lo fui devorando a saltos, a golpes, a brincos. Comencé por el principio del segundo tomo y fui dejándome llevar por el capricho. Cuando un capítulo, un párrafo, alguna frase se me atragantaba buscaba en el índice y, un poco a la buena de Dios, me decidía por tal o cual capítulo que no había leído y seguía el hilo hasta que, otra vez aburrido, repetía la operación. Al final, excepción hecha de la novelilla de “El Celoso Impertinente”, de la que di cuenta tiempo después, creo que acabé por leérmelo todo. En estos catorce años habré vuelto otras tres o cuatro veces al libro, pero nunca de una forma sistemática, como mandan los cánones. Lo más que me habré aproximado a la ortodoxia reconocida será cuando hace un lustro más o menos, comencé otra vez por el principio del segundo tomo, me lo leí de seguido, sin saltos ni interrupciones, volví al principio y di fin al primer volumen, eso sí, saltándome otra vez el “Impertinente”, que siempre se me hace demasiado demasiado.

Mi reacción inicial tras aquella lectura fue una mezcla de alegría y rabia: lo segundo, por haberme privado de un libro tan hermoso durante muchos años de mi vida; lo primero, por todo lo que había disfrutado, especialmente, cómo me había reído. Para mí El Quijote es sobre todo un libro divertido, posíblemente el más divertido que conozco. Hay un pasaje, “La aventura de los leones”, que siempre me ha hecho reír a carcajada. Cuando pienso en este pasaje una imagen sobresale: el enorme felino enseñando sus “postreras partes” a D. Quijote. Esta expresión, “postreras partes,” es seguramente la que se me hace más presente de todo el libro y en lo que queda de artículo voy a explicar por qué.

Ya lo dicen los ingleses “Last but not least,” y es que cuántas veces lo que viene al final acaba siendo lo más importante. Ejemplos sobran y postres hay de todo tipo; ninguno será lo peor de la comida. Con respecto a los valores de esas “partes postreras” no de los leones, sino de los humanos, hay ejemplos de sobra: ahí están los negritos de tal desierto a los que, cuando la comida abunda, no paran de trasegar y acumulan toda su energía precisamente allí, de modo que si viene la sequía, se convierte en la parte fundamental de la que sacan fuerzas para ir sobreviviendo. Con respecto a la importancia en los procesos intelectuales que algunos atribuyen a la zona glútea contaré la opinión de Emmanuel Lasker, el gran campeón de ajedrez de principios del siglo pasado, quien sostenía que el patrimonio más querido de cualquier profesional era su “carne de sentarse”, y que él había comprobado que precisamente había una correlación positiva entre éxito en el noble juego y volumen de la susodicha zona. Cualquiera que haya participado en un campeonato medianamente serio y haya tenido que pasarse cuatro o cinco horas sentado comprenderá perfectamente al genio alemán.

Si uno se pone pesado y empieza a citar lo que va diciendo por ahí la gente de ciencia con respecto a ese elemento posterior de nuestra anatomía habría de incluir pasajes muy jugosos. Recuerdo ahora, por ejemplo, que hará unos veinte años se hizo pública una encuesta entre el público femenino (seguramente americano, de dónde si no) que revelaba que la zona del cuerpo masculino a la que las mujeres concedían más importancia era precisamente ésa. Ellas –contrariando la sabia filosofía gurruchaguesca- los preferían mínimos: cuanto más pequeños mejor. No faltó tampoco en el jubileo el antropólogo de guardia que apuntaba que esa inclinación no era sino un atavismo de aquella época, en la que el mozo que más corría, más proteína aportaba a la unidad familiar en forma de carne de antílope praderero. “Culo zapatérico, difícil de cargar,” sería un refrán muy repetido por las señoritas casaderas del África original durante esos milenios remotos y el muchacho al que la nalga le llegaba al suelo se quedaría para vestir santos.

Bueno, la historia del trasero masculino es -lógico- sólo la mitad del trayecto. Porque, unos quince años antes de la encuesta de la que hablo, publicó Desmond Morris, un egregio súbdito de su majestad británica, su obra más conocida The Naked Ape y en ella ya sabéis todos lo que argumentaba: que, ahora sí, al igual que aquella sabia caterva de profundos pensadores –la Orquesta Mondragón- ellos también las preferían gordas, por lo menos cuando las veían por detrás. Y es que una buena popa era el elemento de mayor atractivo para nuestros antepasados masculinos: esa generosa y “levantada grupa” que decía Alejo Carpentier, y la amplia cavidad pélvica que la acompaña, se vería como la mejor prueba de facilidad para el embarazo y, por tanto, promesa de la descendencia numerosa imprescindible para el sobrevivir del grupo familiar.

Sean verdad las causas que nos cuentan los antropólogos o no, lo cierto es que “ese lugar donde la espalda pierde su casto nombre” resulta uno de los puntos más eróticos del cuerpo humano, o, por lo menos, para mí lo es. Desde los años del bachillerato, cuando levantando el cuello me hacía jirafa si salía a la pizarra Julita (la llamábamos en secreto “Julito”, por su “culito” rozagante) hasta hoy, cuando todavía se me alegran las pajarillas ante un trasero en pompa, no hay parte de las señoras que me parezca más atractiva. Personalmente creo que, viviendo en este país, tengo mucha suerte. Me explico.

La primera vez que leí Historia de Roma del genial periodista italiano Indro Montanelli me pasó como con El Quijote: no paré de reírme: todas esa hilarantes aventuras de los emperadores, sus extravagancias y ridiculeces son una forma más inteligente de aficionar a las nuevas generaciones a la historia antigua que el palo y tentetieso de los manuales de bachillerato. Al principio de su narrativa nos hace una confidencia: las mujeres romanas –al igual que las italianas contemporáneas, dice- sólo tenían un defecto: su trasero bajo y excesivo. De las japonesas no se puede decir ni mucho menos lo mismo. Cuando llegué a este país me encontré con un compatriota mío, el profesor que me precedió en mi plaza y que había pasado a trabajar entonces como enseñante a tiempo parcial. A este profesor tengo muchas cosas que agradecerle: apoyo, consejos, afecto, pero, sobre todo, las valiosas informaciones que me proporcionaba fruto de su larga permanencia en el Oriente. Un día, mientras comíamos me soltó una adivinanza: “¿Tú sabes por qué tantas japonesas son campeonas de natación, vaya, por qué las mujeres de aquí nadan tan bien? Muy sencillo: nada por delante, nada por detrás… Bueno, -añadió poniendo en la voz un tono doctoral- la verdad es que las cosas cambian. Cuando llegué a esta tierra claro que era así. Ahora ya van teniendo más pecho, más… en fin, ya me entiendes.”

Yo, para qué os voy a engañar: en mi desconocimiento y santa inocencia aquello lo tomé como la opinioncilla de un candidato al viejoverdismo más clásico y natural, si bien algo prematuro. Cuando ha ido pasando el tiempo he comprobado empíricamente que la opinión de aquel gran navarro no se retiraba un punto de la verdad. Será por lo que sea: la alimentación, el ejercicio (o la falta de él) por la ingestión de hormonas en la dieta (como dicen algunos) o por cosa de la inevitable expansión del universo de que nos hablan los físicos; el caso es que la parte postrera de las japonesas se está convirtiendo en un auténtico monumento a las glorias de Natura. Ahora se comprende bastante bien eso que contaban que decía un jesuíta ya mayor, uno de los habían abandonado los hábitos para maridar con nativa (nativa a la que por cierto embarazó de siete hijos casi en siete años consecutivos): “Oye, yo es que en España lo llevaba muy bien; pero cuando venía por aquí y me encontraba con una japonesa, que casi no me podía aguantar. Si no me caso hago una desgracia…” Bueno, uno puede comprender que durante el “Siglo Ibérico” no existan casos similares, por lo menos documentados, de misioneros que se volvieran locos por las mozas aborígenes: en comparación con las ardientes latinas de nuestra tierra las pobres tenían poco que ofrecer, por lo menos físicamente.

Aunque a día de hoy las posterioridades de las jóvenes –y no tan jóvenes- hispanas no tengan demasiado desperdicio, cierto es, por lo que yo veo, que las modernas Chōchō-san -la Butterfly de Puccini- comparadas con su triste predecesora juegan con ventaja a la hora de lidiar con los Pinkerton de hoy que, como yo, abundan en el país. Éstos las persiguen y las admiran a destajo; eso sí, si tienen buen criterio, ellos lo harán, del mismo modo que como dicen que va siempre el príncipe Felipe de Edimburgo –aclaro que por motivos bastante diferentes- caminando a unos tres pasitos de distancia, retrasados, obviamente…



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sábado, 17 de noviembre de 2007

El Japón heroico y galante

Algunos de mis lectores me han escrito para enviarme piropos pero que muy subidos. Como no puedo ir en absoluto de modesto -porque no lo soy- y como además confío en el criterio de ellos mucho más que en el mío propio, no les contradeciré en absoluto; me limitaré a darles las gracias y a enviarles con esta frase el afecto que desde hace muchos años ellos ya saben que les tengo. Uno me dice que las entradas que más le agradan son las que tratan de tema japonés, o sea, esas en las que yo cuento la vida diaria de mi tierra. Digo “mi tierra”, y lo digo muy a propósito, porque aunque me tenga –eso sí, sin estridencia ninguna- por español (“la patria es la lengua” sostenía alguien que sabía bastante de esto), a Japón le debo mucho de lo que soy, en este país está mi casa, y en él ha nacido más o menos la mitad de las personas que verdaderamente cuentan en mi vida. El desprecio enorme que siento por cualquier nacionalismo se me hace perfectamente compatible con el amor a un pueblo, a un país o a un idioma, sea o no el que uno mamara desde la cuna. En fin, que por circustancias de la vida, de las que no reniego en absoluto, al igual que manifiesta Donald Keene en el título de su libro, voy Viviendo entre dos patrias.

Un conmilitón mío de repente se echó una novia (la primera que se le conocía) y como resultado todos acabamos evitándole; es que terminó por ser incapaz de hilar más conversación que esa que trataba de las maravillas de su amada. Un poco de lo mismo nos pasa a los que andamos por el mundo usando de alguna pasión como combustible vital. Yo creo ser víctima de unas cuantas, entre las que reparto mis energías (y, seguramente, una ligera e innata tendencia al pelmacismo, que dirán algunos): la primera de ellas es el Japón y su cantarina lengua. Lo cierto es que muchas veces temo dejarme llevar en exceso por ese entusiasmo e imponer a mis contertulios o lectores un tema que no les importe demasiado o que sea obvio o manido para la mayor parte de ellos.

Pero mi dificultad principal al exponer temas del Oriente es la que sigue: tras morar casi una década y media por aquí he perdido mi sensibilidad de españolito de la calle. Ahora lo que vivo casi todo me parece intrascendente; de mi sentido común se ha borrado la frontera entre lo trivial y lo digno de interés que poseía durante mis primeros días en estas islas. Ya casi nada me asombra: lo que de verdad se me hace exótico es lo de España. Por ejemplo, si voy leyendo El Quijote en el tren, esa lectura se me convierte en una acción extrañante y evocadora, pero no por el marco japonés, ni mucho menos, sino por el ingrediente que aporta el hidalgo de La Mancha. Cuando paseo por mi barrio me cuesta un esfuerzo grande el sentirme ajeno: esto es mi vida y ya no hay más. La gente, al ver mi cara de extranjero puede considerarme como tal; yo por dentro, haciendo uso de mi libertad, experimento una sensación de pertenencia a ese ámbito de la que no me puedo apartar si no es con un ejercicio consciente de mi voluntad. En mi Salamanca natal me pasará lo contrario, supongo: para la gente que me vea sin conocerme seré un charrito como hay tantos: pero para mí ese paisaje, durante gran parte de mi vida tan familiar, goza ahora del matiz de lo inexplorado, de lo nuevo, de aquello que vemos por primera vez. Puede que alguien piense que exagero para hacerme el interesante, después de todo la Plaza Mayor sigue ahí, la Catedral, tantas cosas. Bien es cierto: pero yo soy ya otro. Mi ancestro que se iba viviendo engastado en ese mundo ya no existe: yo soy su heredero, pero en otro tiempo, en una dimensión diferente, cargado de otros lastres, con ilusiones y con una visión de mí mismo que andan por las australias de ese entonces.

Si pretendo escribir sobre Japón como lo que para mí no es, como una tierra exótica, envuelta en nieblas de misterio, de literatura romántica, me voy a morir de asco. Allá donde uno vaya, imagino, la gente se quiere, se odia, ambiciona, desea mejor suerte; en unos casos teme al futuro y en otros lo espera con ilusión: es el lote que le ha tocado a la humanidad, y ya está. Claro, hombre: no hay tierras iguales, a ésta la azotan los tifones dos veces al año, la superficie tiembla cada tanto, el suelo cultivable es mínimo: todo esto ha obligado a los japoneses a adoptar una visión del mundo con matices diferentes a la de la gente del territorio en el que nací, en donde el espacio sobra y la naturaleza es, por regla general, mucho más benigna.

Vaya, que yo lo veo así: seguiré escribiendo de mi vida japónica porque ser fiel a sus pasiones es una de las cosas más nobles que uno puede hacer. Pero, como yo en el caso de mi España, si no os parece mal, el exotismo lo ponéis vosotros: a mí no me sale.

Y que os quiero, salaos.


lunes, 5 de noviembre de 2007

A propósito de cinco poemas de La cifra. Borges y Japón V (y final)

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El Japón que vivió Borges gracias a su relación, quizá amorosa, con María Kodama acabó siendo, junto a los creados por la matemática y la filosofía, uno más de sus laberintos personales. Este nuevo dédalo estaba construido por elementos queridos para él, los mismos que constituían la realidad delicada de su amada Inglaterra: los pequeños objetos cotidianos (una pieza de ajedrez, el jardín, la brújula, el alba, en el primer caso; una ficha de go, el templo shinto, el espejo o la espada, la tarde, en el otro).

En la visión particular de Japón del gran poeta argentino no existe mención alguna de los avatares históricos del país insular del Oriente, de su literatura (de la que él tenía conocimiento: Ise Monogatari se contaba, en su apreciación, entre una de las obras principales de la literatura universal). Silencia cualquier referencia a la vida del país contemporáneo. Borges elige un Japón íntimo, a la propia medida de su sensibilidad: más que de la influencia de lo japonés en Borges podríamos hablar de la borgeización de los elementos culturales que entran en contacto con él en su viaje. Lo japonés que aparece en esta poesía no altera, no cuestiona el mundo interior del poeta; se acomoda a él. El go toma su puesto junto a los otros laberintos de su vida y su obra, el Shinto adquiere un sentido nuevo adaptado a su visión filosófica del mundo, los elementos naturales y cotidianos que tanto le conmueven lo hacen en la misma medida a los de la "dulce Inglaterra".

¿Es el Japón de Borges un mundo absolutamente asimilado a su visión personal? Sí y no. Sí, según se ha argumentado antes. Con todo "en ese laberinto no me fue dado penetrar". Como un indio pampa, esos que "Veían y tocaban esas cosas, no menos raras para ellos que para nosotros Manhattan, y volvían a su desierto", seguramente regresó a su Argentina donde en cinco magistrales poemas evocó una isla lejana, tan querida al final de su vida, quizá como su" amada Inglaterra".

viernes, 21 de septiembre de 2007

Tonto bilingüe, tonto doblado



Cuando yo era estudiante siempre sentí una gran fascinación por la figura del Rey del Ponto, Mitrídates, un personaje al que los historiadores describen con los rasgos de la desmesura. Un ejemplo: a lo largo de su vida había ido acostumbrando su organismo a la digestión de todos los venenos conocidos, así que, cuando acosado decide terminar con ella, ningún tósigo causa efecto y hay que recurrir finalmente a la espada. En el fondo, lo que más me impresionaba era que él, en una época pre-assimil-berlitz-linguaphone, hubiera sido capaz de dominar la decena larga de idiomas que se hablaban en su imperio.

Esta admiración por el malabarismo en el manejo de las lenguas es moneda general entre la humanidad contemporánea. En el país en el que vivo se convierte casi en idolatría. Existe un prejuicio común entre la ciudadanía japonesa de que el estudio de idiomas extranjeros constituye una de las labores más inhumanas que pueda emprender una persona, y quien consigue tener conocimiento de seis o siete, en opinión del niponito de la calle, necesariamente habrá de ser un miembro de la "eliito", esa raza de nefelitas intratables que, dentro del pensamiento mitológico nacional contemporáneo, habitando las nubes de arriba el monte Fuji, manejan con hilos misteriosos los arcanos del presente, el porvenir y, -sobre todo- del ayer de la nación.

Esta idea preconcebida tiene raíces profundas y antiguas: el gran novelista de principios del siglo XX Natsume Sooseki relata en un texto autobiográfico su desesperación, después de tres años de denodado esfuerzo, por no haber sido capaz de dominar más que los rudimentos de la gramática latina. Es cierto que la estructura de la lengua japonesa -su orden de palabras, por ejemplo- se asemeja en poco a las de las lenguas más estudiadas por la gente del país, o sea: el inglés, alemán, francés, chino y español. No obstante, el hecho de que al húngaro o al finés o al estonio, por poner ejemplos bien trillados, les sucedan tres cuartos de lo mismo no ha sido nunca impedimento para que los ciudadanos de estas sabias naciones europeas hayan dominado las parlas de sus vecinos cuando la necesidad o el gusto les ha inclinado a esos estudios. En Japón, sencillamente, el conocimiento de las lenguas foráneas, debido sobre todo al aislamiento secular, y salvo para una pequeña minoría, nunca ha sido necesidad imperiosa. El búnker nacionalista siempre -lo sigue haciendo- ha fomentado el mito de la "diferencia inexplicable" del pueblo japonés, y obviamente de su lengua: según esta falacia el idioma del país sería, en su "espíritu" tan diferente de los otros que marcaría una barrera casi infranqueable entre el "soto" (lo de fuera) y el "uchi" (el interior, la nación nipona). De un japonés no se espera que sea hablante de una lengua que no sea la suya y, de un extranjero, que si hace uso de alguna jerga local, que lo haga no yendo más allá de construcciones similares a las que empleaban los siux del cine en los doblajes de las películas de nuestra infancia: "Tú, nihon; mi, gaijin. Jau".

Desde mi experiencia constato una realidad muy diferente. En primer lugar, los universitarios japoneses son unos extraordinarios aprendices de lenguas extranjeras: ¡Muchos, a pesar del pésimo sistema de enseñanza, hasta llegan a hablar con soltura algún idioma! Para mí, cómo sean capaces de conseguirlo contituye uno de los grandes misterios que atesora este país. Cuando digo "a pesar del pésimo sistema" no estoy recreando un mito; el sistema es malo, y con avaricia: clases kilométricas (hora y media) a lo largo de las cuales resulta difícil mantener una atención continua, grupos que ven a un mismo profesor una vez a la semana (diez o doce al semestre, y así es imposible tratar materias en extensión o profundidad), manuales de metodología preconciliar (tridentina, no vaticana), carencia de laboratorios de idiomas...

En fin, seguro que ahí están las causas por las que todavía no me he encontrado a un japonés que se considere a sí mismo un buen aprendiz de las hablas extranjeras o que, por consiguiente, no tenga en capítulo semidivino a aquel que se maneje en más de dos. Pero, vaya, éste es también un prejuicio extendido en el común de la humanidad: "Dime cuántas parlas y te diré cual listo eres".

¿Eso es así? Yo, que ya desde pequeño fui cayendo en el vergonzante vicio de estudiarlas a bulto. Como a pesar de variados intentos de reforma, contrición, períodos de abstinencia forzada y autocrítica (sincera siempre), ya desesperando, me veo incapaz de renunciar a ellas a estas alturas de mi vida, reintegrarme a lo normal en los mortales y dedicar mi tiempo a actividades mínimamente de provecho al bien común, en fin, me creo con las credenciales necesarias para dar una opinión, si no cabal, por lo menos que se asiente en experiencia contrastada. Y es ésta: el mérito del que suelte veinte tonterías en veinte lenguas diferentes no iguala, ni de lejos, al de aquel que en la nativa suya diga una sola sensatez. Al sabio que escribe en lenguaje marginal al final se le traduce; el imbécil, si quiere que le escuchen algún día, condenado se verá a ser su propio trujamán.

Dominar idiomas no dice de nosotros más que lo que dice: que disfrutamos de un "hobby" entretenido, que hemos tenido la suerte de vivir en lugares varios, que nuestros padres eran de patrias diferentes. Quien descubra los secretos de la materia original, del mecanismo último de la replicación de virus u, obviamente, de una teoría perfecta de sintaxis aplicable universalmente, merecerá nuestra admiración, la de las generaciones venideras, y, de propina, cuatro o cinco premios nóbeles. La gente como yo nos contentaremos, mientras tanto, con una medallita de recuerdo de algún club de traductores amateurs. Y habrá que dar las gracias.

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