Me acabo de enterar de que, durante la anterior legislatura, el joven diputado que le escribe los discursos al Sr. Rajoy casó con una colega suya, parlamentaria también, pero ella del Partido Socialista de Cataluña. Si no hubiera ya suficientes argumentos a favor del sistema electoral de listas abiertas, éste sería, para mí, el definitivo. Y es que me parece una tragedia el que mis conciudadanos y yo, tras de lo que ha llovido, no podamos ejercer un derecho básico: el de otorgar nuestro voto a ambos miembros de un matrimonio compuesto, a todas luces, por dos personas tan sensatas y, con seguridad, de inteligencia no pequeña.
El caso este que refiero me ha traído a la memoria una costumbre mía que el tiempo y sus cambios me han convertido ya en pura historia. Hace años, cuando cerraban la biblioteca de Atsugi, solía parar unos minutos a tomar algo caliente en Nayotake, un lugar delicioso por su música, su ambiente y, claro, por la buena hechura del café. En la esquina en la que yo siempre me sentaba había una estantería bien cargada de catálogos de museos de arte. Mi favorito era el del Metropolitano de Boston. Me pasaba las horas muertas contemplando tres retratos: el de Góngora y los dos que veis sobre estas líneas. Durante el verano acostumbro a llevar una lupa en mi mochila: es para poder observar con detalle las arañas, que en esa estación aparecen por todos los rincones. No lo puedo evitar: estos animales, estos tigres de la microfauna, me apasionan. Pues con esa lupa me habré pasado lo que no se cuenta escrutando los detalles de estos dos geniales trozos de vida que, congelados en el tiempo, nos legó esa maravilla del hacer humano que es el arte.
No voy a insultaros con la tortura de un comentario; tengo la seguridad de que vosotros mismos sacaréis conclusiones, con mucho, más dignas de figurar aquí, negro sobre blanco. Además, ya lo decía D. Julio: Vanidad de creer etc. Muchos besos para todos.
El caso este que refiero me ha traído a la memoria una costumbre mía que el tiempo y sus cambios me han convertido ya en pura historia. Hace años, cuando cerraban la biblioteca de Atsugi, solía parar unos minutos a tomar algo caliente en Nayotake, un lugar delicioso por su música, su ambiente y, claro, por la buena hechura del café. En la esquina en la que yo siempre me sentaba había una estantería bien cargada de catálogos de museos de arte. Mi favorito era el del Metropolitano de Boston. Me pasaba las horas muertas contemplando tres retratos: el de Góngora y los dos que veis sobre estas líneas. Durante el verano acostumbro a llevar una lupa en mi mochila: es para poder observar con detalle las arañas, que en esa estación aparecen por todos los rincones. No lo puedo evitar: estos animales, estos tigres de la microfauna, me apasionan. Pues con esa lupa me habré pasado lo que no se cuenta escrutando los detalles de estos dos geniales trozos de vida que, congelados en el tiempo, nos legó esa maravilla del hacer humano que es el arte.
No voy a insultaros con la tortura de un comentario; tengo la seguridad de que vosotros mismos sacaréis conclusiones, con mucho, más dignas de figurar aquí, negro sobre blanco. Además, ya lo decía D. Julio: Vanidad de creer etc. Muchos besos para todos.





