lunes, 12 de noviembre de 2007

Alegato a favor de la libertad de información

Una vez al año, más o menos, se repite la misma escena: llaman a la puerta, salgo y un señor vestido muy correctamente, con una tarjeta de identificación prendida al pecho, me saluda y me dice: "Soy de la NHK. Vengo a cobrar." y al ver mi cara de extranjero añade. "¿Sabe usted a qué me refiero o no?" Yo le respondo que sí, pero que como no tengo aparato televisivo me creo libre de la obligación de pagar el canon. Entonces esa persona -creo que nunca es la misma- pone cara de incredulidad, a veces de fastidio, de alguien que, aunque no le es permitido hacerlo, se muere por soltar: "Eso ya me lo han dicho demasiadas veces..." La comedia continúa con mi parte del libreto: "De verdad que no tengo televisión (me hago a un lado invitando al señor a pasar). Si no lo cree, adelante." Respuesta: "Nosotros sólo cobramos; no podemos entrar en las casas."

No tengo la menor duda de lo que piensa en aquel momento el probo empleado de la Empresa de Radiodifusión Nacional: "Como que me voy a creer que a estas alturas haya una casa sin aparato." Pues lo cierto es que en la nuestra no lo hay. Hará unos tres años que se estropeó y decidimos no comprar uno nuevo. Lo hicimos sobre todo porque no queríamos que el niño se nos pegara demasiado a la pantalla, ni que viera los vergonzosos programas que se proyectan en horario infantil, claro. Sobre eso ya me extendere algun dia. Si soy sincero diré que echo de menos el concierto de la noche de los domingos, un programa estupendo sobre arte que había una hora antes que ése y las películas de "Cinefill Imagica", la cadena privada que sólo emitía películas, y que recibíamos por la módica cantidad de trescientos yenes al mes.

Existe mucha mitología sobre la televisión japonesa. Una vez en la BBC (Creo que en "Foreign Correspondent") vi un debate en el que periodistas de diferentes países hablaban sobre la calidad de las televisiones de aquí o allá. Una de ellos, que había vivido varios años por estas islas, con enorme desparpajo afirmaba: "En cuanto a la japonesa, qué voy a decir: después de la Suiza es la peor del mundo." Inmediatamente le respondió una graciosísima corresponsal de algún periódico escandinavo: "Pero, vamos a ver, ¿qué tal es tu nivel de japonés? Porque, vaya, si alguien que nos esté viendo no entiende el idioma en el que hablamos va a pensar que menudo aburrimiento que somos..." Pues la experta -creo que era de los Estados Unidos, pero no quiero equivocarme- se rio y, con un chiste, eludió la pregunta.

La televisión comercial japonesa es desastrosa, tanto que yo personalmente no puedo ver media hora de ella sin acabar francamente convencido de la estupidez general de la raza humana. De la pública no se puede decir lo mismo sin cometer una injusticia: el canal uno está lleno de documentales sobre biología, arte, historia, música, debates políticos, pequeñas clases de diez minutos de expertos en diferentes campos del conocimiento... De vez en cuando incluso, los domingos, pasan una ópera. En el segundo se pueden aprender media docena de idiomas, recibir clases de danzas variadas, cocina, instrumentos musicales, hay todos los días un cuarto de hora de noticias para los sordos... Los informativos, en muchos casos mera propaganda gubernamental, distan de esa independencia ideológica de la que hace gala, por ejemplo, la BBC. Por desgracia, según he oído, se trata éste de un mal común casi universal a todas las televisiones estatales. Salvo los programas infantiles, considero que la programación de la NHK es de muy alta calidad... para quien entiende el japonés, obviamente.

Además del mencionado evento periódico de la visita del cobrador de la tele hay otro que se repite casi siempre por las primaveras, cuando entran nuevos inquilinos al edificio en que vivimos.

-Buenas tardes, perdone que le moleste. Soy el representante del periódico X. ¿Cuál es el que lee usted actualmente?

He respondido a lo largo de estos años muchas cosas: que no sabía leer, que compraba "El Caso", prestigioso rotativo español (si alguien se preguntaba por qué los estudiantes no cogían mis chistes, aquí tiene una buena pista), que no me gustaban los periódicos, que no me interesaba el mundo contemporáneo... De todo. En cualquier caso procuro no dirigirme a ellos en un tono demasiado cortante, un tono que les pueda herir el amor propio o hacerles pensar que su interlocutor es un grosero. Lo hago, además de por elemental civilidad, por ósmosis cultural -aquí lo manda la buena educación-, pero también, como se verá, por motivos puramente egoístas. Generalmente al llegar a ese punto el vendedor pide disculpas y se marcha. No obstante, hay uno muy persistente que suele preguntarme por mi filiación, oficio, mi país de origen, mis intereses culinarios, estado civil y tal. Dependiendo de la respuesta que doy él me cuenta que la publicación que representa (el Yomiuri, me parece) se ajusta perfectamente a mis caracteristicas naturales, intereses, ideología política, aspiraciones en la vida y que, total, por una suscripción de un mes de prueba, pues no iba a perder nada. El señor lo ha intentado no sé cuantas veces, y con bastante gracia, aunque de tanto en cuanto le falla el tratamiento, o sea, el uso del keigo, la lengua de respeto, de la que otro día prometo escribir un poco. Ahora que lo pienso, la debe de usar bastante mal, cuando hasta yo me doy cuenta...

En definitiva, que con los empleados de la NHK y con estos vendedores de periódicos he practicado mucho el japonés, y gratis. A veces me da pena el no corresponder a sus improbos esfuerzos en favor de mi educación lingüística subscribiéndome a la tele nacional o a cualquiera de sus diarios; este sentimiento me asalta, en especial, cuando recuerdo la exquisita educación de la que siempre hace gala el joven que vende el Nikkei, el periódico económico. No sabe que, en caso de decidirnos algún día, lo último que haríamos sería encargárselo a él: como el tío de mi señora pasó toda su vida activa en esa empresa, gracias a su intervención podríamos conseguir un mejor arreglo -asumo- que el que nos ofrece ese caballero tan amable. No obstante, creo que seguiré sin darles un no definitivo -menos un sí, obviamente. Continuaré con las largas, y no creáis, no es por pura mala fe: si me definiera claramente no volverían jamás a llamar a la puerta. Entonces seguro que les echaría mucho de menos, insoportablemente quizá...

3 comentarios:

  1. No se como puede haber nadie a estas alturas sin tele. si es el mejor invento de la historia. Si no tuviera anuncios seria maravilloso.

    Josemari

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  2. Es una idea: tirar la tele a la basura.

    Kasiopea

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  3. Oye, pues los de la tele o los de losperiodicos como lean esto van a pasar de todo y no te van a volver a llamar a casa. ¿No?


    Josemari

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