miércoles, 26 de marzo de 2008

Primavérica




Ayer me fui a Tokio y, entre unas cosas y otras, me di un palizón; no me acosté hasta las dos y hoy, tirado, amanecí a las once. Para entonces mi señora y mi heredero ya no andaban por casa y yo, aunque tengo algo de trabajo acumulado (preparación del nuevo curso, que empieza la semana que viene y eso) decidí tomármelo con calma. Desayuné, y, sintiendo de nuevo el agotamiento que me ataca en primavera, me volví al futón.

Del año la estación florida, por estas tierras, es que me destroza: el primero de vivir por aquí creí que padecía de cosa seria. Es que llegó el mes de mayo y, para andar medianamente fresco, tenía que dormir la mitad de la jornada. Pasaron los tiempos y comprendí que la cosa es natural, que también a los japoneses cuando llegan los calores les suceden tres cuartos de lo mismo. El cuerpo se me ha ido acostumbrando (no en vano ya llevo un tercio de mi vida por estas tierras); con todo, no hay que bajar la guardia. Por eso, cuando siento la modorra del inicio de primavera, hago como esta mañana y así voy conservando fuerzas. El secreto está en no dejarse llevar del todo por la pereza, porque entonces sí estás listo. Mañana haré mis estiramientos, me daré mi paseo, en fin, me agotaré lo suficiente para tonificar el organismo y, después, una buena ducha y una horita (no más) de sueño. Este tratamiento me viene de maravilla, me prepara para la auténtica ordalía climática: el tsuyu, o sea, la estación de las lluvias. Ahí, por el mes de junio, sí que no hay nada que hacer. La humedad continua, el calor pegajoso y constante, destruyen al más pintado. Cierto amigo me contó hace años que los japoneses gozan de una ventaja con respecto a nosotros: un menor número de glándulas sudoríparas por milímetro cuadrado de piel. En clima seco el organismo se regula segregando sudor copioso. En uno húmedo ese proceso es desfavorable. Pues bien, cuando llegan los calores tropicales, nosotros nos cocemos en nuestro propio caldo. A los japoneses que viven en Castilla les sucede lo contrario, o sea, que viene la canícula, faltos del proceso humidificador natural del que disfrutamos los nativos del país, sienten literalmente freírse la epidermis. Gracias al cielo, no hay mal que milenios dure: la esposa japonesa de un conocido que lleva ya casi dos décadas en Salamanca me cuenta que, cuando pasaron diez años, comenzó a sudar de repente y que ahora los agostos no se le hacen tan horribles. A mí me sucede ya lo inverso: el verano seco castellano me deja la piel hecha cuero de tambor, y el de las islas nipónicas lo tengo más llevadero.

Bueno, pues hoy me he pasado casi el santo día cual marmota. He vuelto a resucitar -de muy malos pelos, añado- a eso de las cuatro y, no queriendo amuermarme en casa, ni hacer diana de mi bilis negra a la gente que me rodea, me he marchado para Atsugi, donde me he tomado una cena enorme (me había saltado la comida), he probado el café de Nayotake, un garito muy agradable, he esperado a que escampara una tormenta aparatosísima que me ha pillado allí, me he dado un paseo y he vuelto para casa.

La primavera, en su punto: los cerezos sakura más madrugadores ya han florecido, y las cunetas de la línea del tren están de mil colores. Para remate, esta semana es precisamente la de las ceremonias de graduación: se ven por todas partes estudiantes trajeados y de hakama, la vestimenta tradicional con la que las chicas acudían a las clases hará ahora unos cien años y que en este siglo sólo la visten en una fecha, la última de su paso por la universidad. No lo puedo evitar: me dan una envidia enorme. Y a la vez melancolía y tristeza: la mayor parte de ellos se convertirán inmediatamente en lo que yo nunca he logrado ser: gente responsable, shakaijin, "personas de la sociedad", fulanitos integrados en el aparato del "sistema"; pagarán impuestos, pensiones sociales, seguros médicos... ¿Conocerán la felicidad? Menudo preguntón. Feliz aquel, que de pleitos alejado... ¿Será la primavera o me toca ya la edad esa de que hablaba Cortázar, del Jano bifronte que mira con anhelo a los jovencitos unirrostro? De verdad, cuando empecé esta entrada me había hecho el propósito de pasar de citas. Como dicen en la Biblia no sé dónde: es que no tengo enmienda...




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