sábado, 12 de junio de 2010

Misterium Nostrum Cotidianum

Un genio anónimo de los negocios, hará unos ciento cinco años, cargó un barco entero de café brasileño de la major calidad y gratis lo envió al Japón Meiji. Sus habitantes desde entonces no han podido soportar la porquería barata que a veces se encuentra en otros rincones de la tierra.

El café para algunos japoneses es un sacramento. En mi garito preferido, junto a la estación de Shinjuku, me siento en la barra y admiro la delicadeza con que ofician la ceremonia del café (la del té, como toda tradición cadavérica, no soy capaz de sufrirla). Entre preparar y calentar cacharros, colar el líquido aromático y servirlo, tardan una eternidad en miniatura durante la que uno, hipnotizado por los movimientos precisos del sacerdote cafetero, no se atreve casi a respirar. Cuando acaba, se toma la taza con reverencia y sin otro añadido -la leche o el azúcar serían sacrilegios- a pequeños sorbitos, mezclándolo con el aire que se aspira lentamente, se va bebiendo.

Nuestra época no es de ritos: los pocos que subsisten son falsos y traidores. Si me obligáis a elegir uno, si he de convertirme a alguna religión, dejad que profese esta humilde del café: su misterio, evidente y plano, jamás ha llevado a nadie al fanatismo.


2 comentarios:

  1. Interesante asunto, a mi juicio, ese de ritualizar la vida para conseguir ciertas cosas de mucha conveniencia. Con ritos, claro está, que no sean falsos y traidores. Pondré un ejemplo: te levantas temprano, desayunas, unas cuantas oraciones (cada uno según su estilo), abluciones y... una sesión de ésto:
    http://videolectures.net/mit801f99_physics_classical_mechanics/

    Es que tengo que ir a trabajar, me dirás. Bueno, entonces madruga más y vete al curre con los deberes hechos, te contestaré. ¡No te fastidia...!

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  2. Claro que sí: el levantarse por la mañana en verano es lo mejor que se puede hacer (y tarde en invierno, claro). Uno lo hace antes del alba cuando no están las calles puestas, cuando se escucha el rumor de todo lo escondido. Se toma un café disfrutando del olor de la mañana recién estrenada y del brevaje divino, se pone a trabajar en esas cosas que dices, te estiras un poco y sientes cómo te corre la sangre por las venas. Parece que el mundo fuera sólo para ti.

    Esos ritos son los que merecen la pena, ritos solitarios que esponjan el alma y que te reconcilian con ti mismo.

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