jueves, 14 de abril de 2011

Pero mira que soy vago...

Decía un profe mío de mis tiempos de la facultad que una de las cosas más tristes que sucedían en esta profesión era que nosotros, los docentes, cada año cumplíamos uno más mientras que los estudiantes sentados frente a nosotros siempre tenían los mismos. A lo mejor es que soy un inconsciente -cosa que seguramente mis doctos lectores ya la tienen asumida- pero para mí precisamente ese es el atractivo principal del negocio en el que estoy embarcado.

Esta mañana tenía clase a las once de la mañana. Me desperté a las seis con un humor de perros. Apagué el despertador y me volví a dormir hasta las ocho. No tenía ganas de levantarme, de desayunar, de vivir. Si no hubiera sido por la puñetera clase me habría quedado todo el día metido en el futón vegetando. Hice de tripas corazón, me tomé medio vaso de leche de soja y me fui pal tajo.

Mientras pedaleaba la mañana era gloriosa; el cielo, azul intenso (en la primavera de Japón esto raramente sucede); los cerezos, en flor; la carretera, alfombrada con los pétalos que la lluvia de ayer por la noche había esparcido. Al fondo, inmensa, majestuosa, imponente, -poned el adjetivo más rimbombante que os dé la gana- la silueta brillante del monte Fuji.

Dejé la bicicleta al lado del edificio catorce donde tenía mis clases, me metí en el aula y el verla llena de veinteañeras sonrientes, de mozos tan bizarros y llenos de energía, tras ese paseo en bicicleta ¿cómo me iba a permitir el desperdicio de seguir todo el día hecho una piltrafa?

Tuve tres clases (cada una de hora y media, añadiré para los no iniciados). Las tres eran de principiantes y en estas siempre hago lo mismo: me pongo a explicar durante diez minutos el temario a toda mecha en español fingiendo que no sé ni una palabra de japonés y me lo paso pipa -no lo puedo evitar, lo siento- viendo cómo mis chavales van poniendo cara de "¿Y vamos a tener que aguantar un curso entero así?" Cuando ya la expresión de los muchachos es un poema, suelto en japonés: ¿A que este idioma suena bonito? Y todos se echan a reír.

Qué más decir. Como en todos los curros hay días que daría lo que fuera por no tener que ir a clase, pero no puedo imaginar un trabajo en el que yo, personalmente, pudiera disfrutar más. Bueno, para todo hay matices; como digo siempre, el Papa -el de Roma- tiene a su entera disposición toda la Biblioteca Vaticana. Eso no es moco de pavo, chacho. Quizá, si me ofrecieran la plaza, hasta me lo pensaba...




3 comentarios:

  1. Mira, una de las cosas que me hubiese gustado hacer en esta vida y no hice por motivos varios: ir pedaleando al curre. Sin duda, algo tonificante, no menos para el cuerpo que para el espíritu. En fin, me consuela saber que otros lo hacen. Tú y algunos profesores del MIT.

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  2. Comparto esa sensación de energía renovada que nos trae el inicio de cada curso, las caras nuevas, esos minutos iniciales de la clase en los que gestionas a placer la primera impresión que estás causando en los alumnos.

    Lo que no comparto (¡y ahí es donde te envidio, chacho!) es lo del paseo en bicicleta entre pétalos caídos con el Fujisan como testigo. Ya me gustaría.

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  3. Muchas gracias a los dos por vuestros comentarios y perdón por tardar tanto en responderlos: el principio del curso...

    Poder ir en bici de forma segura a cualquier parte es una de las cosas mejores que tiene Japón. A los ciclistas se les considera peatones y van por las aceras (despacio, obviamente). No conozco demasiado la ley, pero me imagino que en caso de no arrollar a alguien por ir a demasiada velocidad te debe de caer una buena multa.

    Desde luego que, para los tenemos esta afición, el inicio de cada curso es un momento en el que te cargas de energía. Juventud...

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