lunes, 14 de marzo de 2011

Tercer día

A las seis de la mañana me levanto y veo a mi mujer que mira el ordenador donde sale ese pobre secretario de estado que no debe de haber dormido dos horas seguidas desde el viernes. Explicaba que como un reactor de la nuclear de Tokaimura tenía problemas similares a los de Fukushima había que racionar la electricidad, que muchos trenes dejarían de funcionar y que tendríamos cortes de fluído a lo largo del día. Ella se ha ido a poner gasolina al coche antes de que hubiera colas enormes y yo, después de mandar al niño a clase, me he marchado a las ocho a hacer dos gestiones al banco pensando que la gente iba a acaparar capital para hacer frente a la crisis: además de servidor había solo otros dos tontos que opinaron lo mismo.

En el supermercado de veinticuatro horas, en el que pensaba comprar la última barra de pan que quedara en las estanterías, casi no había nadie, y la cantidad y calidad de los productos eran los habituales, así que he dejado la acaparación alimentaria para otro rato que tuviera más tiempo y me he marchado para casa. Al llegar he escrito algo en el Twitter y me he puesto a meter libros en las cajas de la mudanza que tenemos para el viernes. Nos hemos tomado un café y mi señora se ha pasado la mañana haciendo trámites, llamando por teléfono y escuchado las noticias: en un reactor de Fukushima, como era de esperar, ha habido otra explosión. Lo habían predicho los ingenieros, pero parece que los chicos el El País no lo sabían, porque han decidido que esa noticia de tan poco relieve era lo más importante que había pasado en el mundo en este día y la han puesto la primera.

El niño ha regresado pronto del cole, porque como al mediodía íbamos a tener un corte de luz -que luego no tuvimos- no le podían hacer la comida allí y no era cosa de tenerlo ayuno hasta las tres. Después de tomar el condumio del mediodía nos hemos marchado hasta el ayuntamiento, porque teníamos que arreglar los asuntos del cambio de domicilio. La funcionaria me ha preguntado que si me dio miedo el terremoto y yo le he respondido la verdad: que mucho. Me ha dicho que firmara con la fecha, le he preguntado que a cuánto estábamos y ella me ha respondido que a catorce. Me he dado cuenta de que hoy era el White Day, o sea, cuando los chicos les regalan a las chicas dulces en el curro o en el colegio. Parece que ella no había cosechado muchos, porque tiene la política de dar pocos chocolates a los compañeros de trabajo el día de San Valentín. Le he respondido que hace muy bien, que en esta vida bobadas, las justas. Mi hijo ha visto un libro de arqueología que estaba por allí para que la gente se entretenga mientras espera y se ha puesto muy pesado con que se lo comprara: le he prometido hacerlo, pero el día que lo sepa leer, o sea, dentro de diez años, más o menos: sólo los alumnos de bachillerato conocen tantos caracteres como para entender cosas así.

Como mi mujer no acababa con los trámites suyos, el niño se ha puesto cargante y nos hemos tenido que ir al parque del otro lado del río donde me ha obligado a jugar al onigokko (corre que te pillo) y a subirme en el tobogán gigante de unos siete metros de altura. Cuando estaba arriba he pensado: Mira si ahora viene otra vez un terremoto imponente y me tira para abajo; pocas muertes más ridículas. En ese momento, cuando estaba arriba, el tobogán ha empezado a moverse. Yo he pensado que tenía que ser necesariamente sugestión, pero cuando he bajado mi hijo me confirmó que ¡se había sentido un pequeño temblor, no imaginario, sino de los de verdad! Tranquilos: parece que mi salud mental no está tan por los suelos.

Hemos vuelto a casa entre anuncios de los coches de la policía de que dentro de poco habría un corte de electricidad y que como estaba anocheciendo y no habría semáforos era mejor no conducir y marcharse para casa. Eso hemos hecho, nos hemos preparado una tortilla para la cena y ahora, mientras estoy tumbado escribiendo esto mi hijo hace los deberes y mi señora mira las noticias en su ordenador.

Si no fuera por los avisos de cortes eléctricos (que luego no se han producido), las colas de coches delante de las gasolineras y la gente que llenaba por la tarde los supermercados y que, según me han dicho por teléfono, ha acabado con las existencias (que mañana estarán completamente repuestas), un día como otro cualquiera: viento del nordeste, temperatura máxima de diecisiete grados, nubes y claros.



3 comentarios:

  1. Buenos días Santiago,
    Mi nombre es Cynthia Alonso, redactora del periódico La Gaceta de Salamanca, y le escribo de parte de Ana Hidalgo. Nos han comentado que trabaja en la Universidad de Tokai y en relación a la situación que está sufriendo Japón tras el tsunami y el terremoto, así como la delicada situación en Fukushima, nos gustaría contar con su testimonio de primera mano de cómo se está viviendo allí el día a día tras la tragedia, después de las explosiones en la central nuclear, etc. No sé si sería posible que cada día nos mandara unas líneas desde Japón en primera persona para publicarlas en el periódico.

    Espero su respuesta y ante todo, muchas gracias por su atención.
    Un saludo,

    Cynthia Alonso
    La Gaceta (calonso@lagacetadesalamanca.es)

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  2. Esas explosiones deben de ser del hidrógeno que se produce al funcirse el núcleo del reactor. En "Le Monde" de ayer había un artículo de un ingeniero nuclear que explicaba muy bien todo lo que había pasado. Creo recordar que terminaba el articulo diciendo que todo ello era sólo un problema industrial infinitamente menor que todos los otros que había creado el terremoto.

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  3. Mañana te leeré en la Gaceta. Un beso, Manoli

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