lunes, 15 de octubre de 2007

El jardín de infancia de mi chibi-chan

Estos últimos meses, en el hōikuen de mi hijo -el jardín de infancia- las cosas no han ido demasiado viento en popa. Además de los problemas económicos habituales a los que ya estábamos acostumbrados, y solventamos con no poca donosura - el centro no recibe ningún apoyo oficial-, ahora pesa sobre nuestras cabezas una amenaza de desahucio. Resulta que el dueño del terreno en el que se encuentra, después de hacer números, debe de haber visto que, con una universidad -la de Kanagawa- a no más de doscientos metros de distancia, un alquiler de varios miles de yenes al mes no le resulta el mejor negocio del mundo y, consecuentemente, obliga al desalojo. Desconozco los detalles legales del asunto, pero parece que la base de la amenaza está en el hecho de que el espartano edificio de madera desde hace varios años no cumple la legislación anti-seismos (como, me imagino, la mitad de las construcciones de este país; pero eso es otra historia).

Puesto que el encontrar en el vecindario un local que reúna las condiciones mínimas parecía descartado, ayer los miembros de la asociación de padres estábamos convocados para lo que suponíamos sería la reunión disolutiva del centro, recibir la noticia de que a partir de abril del próximo año deberíamos buscar un nuevo acomodo a nuestros rapaciños. Al final la directora, con una actitud medio entre mujer al borde de un ataque almodovariano, medio adolescente ennoviada de primeras, nos ha comunicado que acaba de decidir el empeñar los futones si hace falta, comprar cierto terreno muy propicio y construir en un plazo de uno o dos años un flamante jardín. Parece ser que el dueño del solar de ahora, con estas condiciones, accede a prorrogar el trato hasta que sea posible hacer la mudanza. Aunque el nuevo plan no ha recibido todavía las bendiciones oficiales -y podría verse frustrado por su falta- todos hemos respirado un poquito más tranquilos.

La veintena corta de familias que formamos el "Ōzora hoikuen" ("El jardín de infancia del cielo inmeso") somos, mayormente un grupo de piraos; lo sabemos y disfrutamos de ello. Se nos hacía muy duro el tener que desmembrar esta pandilla de sufridos retoños de padres chalados que forman nuestros niños; pero, sobre todo, lo que más nos quitaba el sueño era el que al final no nos viéramos con otra alternativa que la de obligarles a aceptar una disciplina cutroide de cualquier parbulario o jardín de infancia regular japonés que ninguno de nosotros soportaría ni media hora. Puede que exagere, pero cuando he visto la actitud de inmadurez palpable de las maestras de alguno de éstos, cuando he oído las historias que circulan sobre el sistema semi-militar, semi-jilipollesco de reglas al que se obliga a los niños que tienen la desgracia de acudir a ellos, se me ponen los pelos de punta. Hay uno en Isehara, por poner un ejemplo algo estrambótico -pero cierto a rajatabla-, cuyo currículum se basa en estos tres pilares sacros: "inglés, matemática, ordenadores". Los niños que salen de este parbulario para la escuela elemental posiblemente no sepan cantar, dibujar, hacer origami, jugar, hablar su lengua nativa o sencillamente reírse, pero según parece todos son unos mostruos usando la de Harry Potter, la teoría moderna de conjuntos y los sistemas de programación computeril.

La rutina en Ōzora es más o menos ésta: ejercicios de coordinación y flexibilidad y masaje por la mañana; paseos por el monte o juegos en el patio de la escuela. Cuando uno visita el centro por primera vez lo primero con lo que se tropieza es con las carretillas, las palas y los agujeros en la tierra del patio: más que un jardín de infancia parece lo que llaman por aquí "kōjō gemba", el solar de una obra. Los días de lluvia, entre las cuatro paredes, los niños hacen sumō, esa lucha que aunque resulte tan ridícula practicada por los tristes enfermos de obesidad que la tienen como oficio, se convierte en un arte graciosísimo cuando los oponentes no levantan más que cuatro palmos del suelo. Al mediodía viene la comida y dos horas de siesta. Por la tarde, dibujo y ejercicios de ritmo. Estos ejercicios son fundamentales en la filosofía del jardín, lo que se llama "Saitō Hōiku", el sistema desarrollado en Japón por la señora Saitō Kimiko sobre los fundamentos educativos de Steiner en Alemania. Los niños bailan todos los días de media a una hora acompañados por el piano que toca una de las maestras. En Ōzora no se usa nunca música en lata. El piano está allí, en la habitación y los niños juegan con él cuando les apetece. No reciben ninguna instrución "formal" en música o dibujo (es más, se desaconseja en este nivel de desarrollo). Pero nunca he visto pinturas con un sentido de color más alucinante que las de los críos de cinco y seis años de esta escuela.

Todo el año está salpicado de actividades: esta expresión se aplica con más propiedad a la temporada de verano, en la que se monta una piscina en el patio (un simple agujero cubierto de lona impermeable). Hay conciertitos de música tradicional japonesa, clásica, danzas en las que participan los padres, incluso un campeonato de sumō en la playa en el que todos tomaron parte en la última edición, si descontamos a Katherine, una mamá canadiense, y a mí mismo.

Ōzora es uno de los sitios más divertidos y llenos de imaginación (algo que no sobra por aquí) de los que me he encontrado. Lo mejor sin duda es que la gente relacionada con el jardín de infancia formamos una gran familia (para lo bueno y también -sólo puede ser así- lo malo a veces). Yo, poco dado a la nostalgia en casi ninguna de sus reencarnaciones, por primera vez siento como algo muy triste la incapacidad humana de viajar atrás en el tiempo y no poder, por ello, disfrutar como mi hijo, cada día, en Ōzora Hōikuen.

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