miércoles, 24 de octubre de 2007

Visita muy trabajada


Estos días, a causa de la visita a estas tierras del "rector que vino del Lejano Occidente" es que no he parado. Por eso, no ha habido tiempo de escribir cosa de fundamento. En lugar de las chorraditas que me saco del magín he publicado tres textos, para mí extraordinarios.

El poema de Pepe Hierro personalmente lo tengo por el más profundo de toda la literatura española; además, me parece que su belleza formal no desmerece en altura al tema. Nunca he sido capaz de leerlo sin sufrir ese escalofrío que nos ataca cuando sentimos la presencia del arte auténtico.

El fragmento de Carpentier lo recuerdo de tarde en tarde; me trae aromas de mis años mozos y me sirve de revulsivo y espirizante. Descubrí a Carpentier cuando tenía diecisiete años: un compañero del instituto, fanático del "boom", me prestó El siglo de las luces en esa antigua edición de Bruguera con inolvidable portata de etiqueta de ron. Me lo leí de un golpe (todo lo de golpe que se puede leer una novela de trescientas y pico páginas) y lo tuve hasta el final de mis años de universidad (por lo menos los primeros, los de Clásicas) como ejemplo superior de prosa castellana. Cuando fueron pasando los años esa admiración por el barroquismo carpenteriano se fue convirtiendo, un poco, en fastidio. Empecé a querer descubrir excesos verbosos y pirotecnia oropelera. Han pasado los años y, aunque a veces me fastidien algunos parrafos en los que el autor cubano se deja llevar por el impulso de la logorrea, lo frecuento, pero intentando ir hacia lo profundo -no como antes, que lo hacía casi a matacaballo-; releo y releo un mismo párrafo y me maravillo de su uso del lenguaje, del diálogo entre lo clásico y castizo que se entremezclan en sus páginas.

Finalmente hemos llegado al diálogo que da comienzo a What is Mathematics Really. Este libro lo encontré casualmente en la sección de historia de la ciencia en Heffers, aquella librería mítica de Cambridge que me recomendara mi maestra, Carmen Pensado. La verdad es que un año antes, cuando salió, lo había hojeado ya en Kinokuniya, en Tokyo, pero entonces lo pasé por alto. La promesa hecha en el prólogo, de "explicar en unas páginas las bases del cálculo infinitesimal" hicieron que me decidiera a invertir en él las últimas libras que me quedaban una hora antes de subir al autobús para Heathrow. A pesar de que leí las páginas en cuestión con mucho detenimiento he de confesar que no fue sino cuando estudié al detalle un manual de Cálculo cuando finalmente las comprendí. No obstante de este fracaso el libro me parece indispensable para todo el que tenga curiosidad por saber qué sean las matemáticas en el siglo veintiuno. Para los pirados de los números (entre los que felizmente me cuento) es casi una obligación. En cuatro palabras: la pregunta fundamental que subyace tras la obra es: "La matemática, ¿se descubre o se inventa?" Pocas problemas intelectuales me parecen más apasionantes que éste. Bueno, no quiero destripar el libro. Léalo cada cual si el fragmento que incluí hace unos días le ha despertado el gusanillo.

El Rector (y su señora) a las horas que esto escribo ya habrá llegado a Narita y estará esperando el embarque. A mí me quedará más tiempo y seguiré escribiendo estas naderías que de exorcismo a la soledad me sirven. Me ha animado mucho el que tres lectores -dos por e-mail y una en persona- me hayan asegurado que lo van leyendo y que lo encuentran moderadamente interesante: yo a estas alturas, al no haber ningún comentario, casi estaba convencido de que nadie lo miraba y a punto estaba de cerrarlo y volver a lo de antes, a un diario para uso personal.

Por cierto, la verdad es que sí que escribí alguna cosa en todos los trenes, metros y taxis a los que me he visto obligado a subir en estos días. Cuando me encuentro en estado de stress no me sale la prosa; es el verso el que me relaja, me hace salir del mundo y me pone en la estratosfera. Incluir esos partos poéticos de mi imaginación en este blog no me pareció oportuno. Unos los he publicado, junto con algún pergeño antiguo, aquí. Otro va en una página de romances que espero seguir ampliando. Si alguien quiere echarle un vistazo a este último no le quedará más remedio que mandarme un e-mail. Yo le enviaré la dirección con muchísimo gusto (y la vanidad consecuentemente inflada cual globo meteorológico).

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