martes, 13 de julio de 2010

La música callada


Decía el Arcipreste que él había nacido bajo el signo de Venus y que por eso nunca podría pasar de las mujeres. A mí, desde chico, cuando me enamoraba de las profesoras de inglés, de matemáticas, de latín, griego, de hogar o lo que fuera, me ha sucedido lo mismo: señora graciosa que veo, señora graciosa tras la que me van los ojos.

Como he dicho varias veces en este blog, las jovencitas de que por cosa de mi oficio me veo obligado a rodearme no me atraen ni un pimiento. Una hermosa mujer la veo como un buen vino: sin años, sin experiencia, no vale un duro. Leí una vez que cierto perfumista a veces, por la calle, perseguía a una fémina a causa del aroma que vestía. Para mí más bien la voz es el síntoma y la gala de una personalidad seductora: no puedo soportar a una mujer de timbre agudísimo y gritoso que te llena de electricidad la vida.

Cuando por las tardes salgo a pasear generalmente me acompaña una voz dulce y reposada como la de esta gran dama que me susurra al oído. ¿Podríamos soportar la vida sin música de una historia bien hilada?


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