viernes, 16 de julio de 2010

Vanidad de vanidades


En la puerta de las unis japonesas suele estar apostado un cancerbero que controla quién entra o quién sale del campus. En la nuestra, como cada día pasan toneladas de personas, se limita a saludar marcialmente a cada profe que viene hasta su curro.

Estos pistolos -no llevan armas, pero su apariencia es del todo militar- no pueden conocer al ejército de docentes uno a uno, así que para distinguir quién lo es y quién no se basan en la política tradicional del ojo del cubero. Con mi bicicleta, mi mochila y mi aliño indumentario pocos me creen digno de pleitesía, así que cada mañana hago apuestas conmigo mismo sobre si ese día el guardián de turno se llevará la mano a la gorra -casi nunca-, hará una ligera reverencia, saludará sólo verbalmente o ignorará del todo mi ohayo gozaimasu.

Con treinta y pocos años y vistiendo de riguroso traje corbatero he de confesar que me mosqueaba el no recibir el vasallaje y hasta hubo vez que fui yo, con gesto irónico, quien saludé al pistolo llevando la mano hasta la sien. Los pobres, dada mi bisoñez, dudaban de mi estatus. Hoy, cuando pasan de mí, pienso que posiblemente aún les suceda lo mismo y me pongo muy contento: de ilusión también se vive...


4 comentarios:

  1. La edad lo cura todo. Es una de las grandes recompensas de cumplir años: lo que piensen los demás de uno, algo que antes era de tanta importancia, ya nos va resbalando. De los treinta y pocos a los cuarenta y muchos (que son los que yo tengo ahora), ¡qué gran deferencia! ¡Y cuánto se gana!

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  2. Pues sí, no es cuestión de lo de la zorra y las uvas: lo cierto es que es así, uno se reserva para lo fundamental. Será porque ya se siente que uno no tiene por delante todo el tiempo del mundo como cuando se era veinteañero, o por lo que sea, pero las cosas se van viendo con diferente perspectiva y se ríe uno de todos esos desasosiegos de la juventud sin los que, no obstante, hoy en día no seríamos lo que somos.

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  3. No sé, no sé. Optimistas os veo. Espero que el optimismo no sea antropológico como el del eterno adolescente. Porque esa es al decir de algunos la normal condición del adulto contemporáneo. Obstinación en el secreto compromiso que uno contrae con uno mismo. El amor cósmico y todo eso tan fácil de asumir cuando se mira el mundo por el ojo de una cerradura. En fin, me voy a pedalear por ahí y dar gracias a los dioses por seguir concediéndome ciertos dones a ésta mi ya provecta edad.

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  4. Pos a ver. Como digo arriba: de ilusión también se vive...

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