jueves, 15 de julio de 2010

Palabras dignas de la piedra negra

Como no llegaba el presupuesto para Roma mis compañeros de estudio decidieron que al menos deberíamos ir a visitar la noble Emporion, así que una tarde de primavera de hace ahora veinticinco años me subí con ellos a un autobús y puse rumbo por primera vez a Cataluña.

Entre nosotros había un chaval gallego, nacionalista del Bloque, que durante todo el viaje nos fue dando la tostada: "Cuando se dirijan a vosotros en catalán no seáis tan provincianos de enfadaros: aclarar vuestra triste procedencia, pedid perdón por no poder hablarlo y haced propósito de enmienda."

Llegamos a Barcelona de mañana y él se perdió entre las calles buscando una librería donde comprar gramáticas y diccionarios con los que, en la semana que íbamos a estar allí, darse un homenaje con un curso intensivísimo y abreviado del idioma.

Volvió al final del día ostensiblemente mosqueado. Contaba sus cuartos con pesar. "¿Pero qué te pasa? ¿No has encontrado el diccionario?" "Sí. Lo he encontrado. ¿Sabéis qué os digo? Que me hablen en catalán todo cuanto quieran... pero al tratar de dinero o darme el cambio, ¡que lo hagan siempre en español!"


4 comentarios:

  1. Dignísimo: "Poderoso caballero."

    En honor a la verdad diré que este colega mío ya entonces era un personaje de nota, intelectual prometedor que, como todos los que lo son de verdad, tenía sus puntos no pequeños de excéntrico, por eso es posible que en esa expresión hubiera más de ironía que de otra cosa, pero la verdad es que no metería la mano en el fuego. Hoy en día es uno de los más notables expertos en latín medieval que tenemos en el país y, por lo que dicen los críticos y la Wikipedia -yo no he tenido la suerte de leer nada de él- un gran poeta en su lengua gallega.

    Yo, que nunca me presentaba a los exámenes de junio, estudiaba durante el verano con sus apuntes: eran un caos maravilloso, mucho más interesantes que las clases planas de algunos profesores. Cuando nos licenciamos él solicitó una beca para Alemania y, como no podían hacer de otra manera, se la concedieron. Se gastó todo el importe en tres partidas: beber y comer -engordó un quintal-, comprar toneladas de libros y alquilar una furgoneta para poderlos repatriar cuando acabó la estancia.

    Algún día escribiré más en extenso acerca de él: es una de las personas más interesantes que he conocido en mi vida.

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  2. La impresión que me han dado siempre los catalanes en general y algunos en particular no es en absoluto el de ser unos tíos avaros, usureros o cosa por el estilo. Incluso, si me apuran diré que suelen ser derrochones como el que más. Ahora bien, lo que creo que no soportan y les carcome el alma es pensar que están dando más de lo que reciben, es decir, que están saliendo perdedores del trance. Lo cual trae parejo la agotadora, y quizá fea, costumbre de estar sometiendo las relaciones a un continuo sopeso de entradas y salidas.

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  3. Pues tres cuartos de lo mismo les pasa a los japoneses: pueden ser derrochadores de verdad, pero siempre lo harán con una mano en el bolsillo y la otra en el cuaderno de contabilidad. Siempre he pensado que esta naturaleza pesetera se debía al hecho de vivir en una tierra que no regala nada sujeta a continuos cataclismos. Lo de los catalanes no sé muy bien cómo se explicará. Será cosa, como decía Pla, de ser pueblo de frontera. Con todo hay gente que vive entre dos tierras y son derrochones o no. Vete tú a saber.

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