miércoles, 15 de diciembre de 2010

Esclavos de su propia sombra



Hace unos años me enteré con escándalo de que la correspondencia de Fernando el Católico todavía no estaba publicada. Eso sí que es un atentando contra la memoria histórica que ningún juez se ha preocupado de enmendar, me dije.

Hay dos personajes trágicos de nuestra historia fundamentales para entenderla, Manuel Azaña y José Antonio Primo de Rivera, que merecen una atención más profunda y desapasionada. Que yo sepa -me alegraría que alguien me contradijera- no existen ediciones críticas y asequibles al gran público de las obras de ninguno de los dos.

Los españoles de dentro de cien años no sabrán quién era Franco ni quién era yo, pero sí recordarán a Velázquez, afirmaba más o menos el primero -cito de memoria- ante el exilio de los cuadros del Prado.

José Antonio se dirigía así a sus correligionarios en 1935:

Evidentemente, para adueñarse de la voluntad de las masas hay que poner en circulación ideas muy toscas y asequibles; porque las ideas difíciles no llegan a la muchedumbre; y como entonces va a ocurrir que los hombres mejor dotados no van a tener ganas de irse por las calles estrechando la mano del honrado elector y diciéndole majaderías, acabarán por triunfar aquellos a quienes las majaderías les salen como cosa natural y peculiar

La historia nos enseña que el mejor gobernante es el rey-filósofo, sí; pero también que a su fértil sombra medran floridos ministros y consejeros caraduras, corruptos y legos en éticas, morales y metafísicas.



6 comentarios:

  1. La verdad es que habla un francés admirable. Claro que viniendo de donde venía tampoco es que la cosa tenga excesivo mérito. Y su discurso, a primera vista, parece muy asumible, pero después si se lo aplicas a él, a Mussolini, y a otros tantos como ellos, todos grandes arrastradores de masas, pues pronto caes en la cuenta de que, efectivamente, tiene toda la razón: sus ideas eran toscas y muy asequibles, por no hablar de peligrosas, etc..

    Sobre reyes filósofos, Federico II de Prusia creo que fue donde los haya.

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  2. Por eso es necesario conocer e interpretar su discurso: absolutamente asumible, atractivo, falaz y peligroso. Es muy comprensible que sirviera de sustento ideológico al régimen del dieciocho de julio, que le diera el barniz retórico y seudo-romántico que sus generales no podían darle. ¿Hubiera durado tanto el Franquismo sin el humus que le proporcionaba el retrato de ese "muchachito" -como lo llamaba despectivamente el general- colgado de cada escuela del país? Seguramente sí, pero es posible que sin los camisas azules, sus conexiones con Mussolini y su imagen de niño pulido y bien criado el régimen de Franco no hubiera gozado de un marchamo instáneo de confianza de cara a los fascismos europeos.

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  3. Sí, seguramente tienes razón. El sustento ideológico. Pero, también reconocerás conmigo que al pueblo le va la marcha. Quizá lo que le gustaba a la gente de Franco era simple y llanamente su autoritarismo. El "aquí no se mueve ni Dios". Eso unía a todos los españoles por encima de identidades históricas y demás mandangas. O sea, el "vivan las caenas". Fíjate, si no, en el entusiasmo acrítico con que ha sido recibida la reciente proclamación del Estado de Excepción.

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  4. Lo del estado de escepción ha sido flipante: un gobierno "bueno" haciendo uso de la fuerza militar para arreglar los desaguisados a los que le había llevado su propio buenismo. Si Aznar se hubiera atrevido a declarar el mismo estado de alarma cuando el 11M se le hubieran comido los lobos. En fin, la conclusión clara es de miedo: como militarizando se arreglan todos los males, sigamos con la cosa y militaricemos al Gobierno, que es realmente el origen de todos los males.

    De Franco yo creo que gustaba entre la gente común eso del golpe en la mesa (de ahí lo de ahora de ZP) y, entre las élites, su espíritu neutro, el que fuera un pan sin sal que se pasó cuarenta años sobre la poltrona dando la impresión de que ése iba a ser el último, y sin molestar en absoluto a todo el que quería hacer negocios imposibles en el resto de Europa. En fin: una joya.

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  5. Perdón por la excepción. A nada que me descuido que me descuido se me va la ortografía. Pura incontinencia.

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  6. No, no, si, como es habitual, he sido yo el que he metido la pata ortográfica. "Excepción" viene de "ex-ceptio", o sea que, aunque se pronuncie con [s], hasta que la ortografía académica no lo remedie, hay que poner la equis. En fin.

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