sábado, 28 de agosto de 2010

El dinero no huele (pero la plasta, sí)


En las oposiciones de profesores titulares de español de las universidades japonesas suele ser norma habitual exigir que la lengua materna (bogo) de los candidatos sea o bien la de la tierra o bien la española. A una de estas plazas se presentó hace ya casi una década un muchacho barcelonés. Todos sus papeles de sus títulos que aportó, hasta el de su doctorado, estaban redactados en catalán. El tribunal de la oposición, según se ha rumoreado todo este tiempo, rechazó al candidato con el expediente de que, del mismo modo que una persona nunca tiene dos madres, tampoco existe humano que hable dos lenguas maternas, porque una sería dominante, y que todos los indicios apuntaban a que la del muchacho en cuestión no era la española sino la catalana.

Para mí, que tengo intención de vivir en esta tierra el resto de mi vida, a efectos prácticos el que Cataluña siga perteneciendo a la nación española o se convierta en una república de opereta no me afecta en absoluto; es más, entre la opción de seguir indefinidamente con el estado de encabronamiento que produce en el resto del país la actitud soberbia de los nacionalistas -somos ricos porque somos los mejores, en esencia- y el cortar por lo sano, prefiero la segunda opción. Estoy convencido de que a la larga España, sin la rémora que supone su cicatería insaciable -la frase más o menos es de Azaña- saldría adelante.

Mi razonamiento de arriba tiene un pero: en una Cataluña (o Euskadi) independiente, la gente a la que quiero, todos ellos personas de convicciones racionales, se verían entre la tesitura de fingir lo que no son -profesos del credo nacionalista- o quedarían relegados a la categoría de ciudadanos de segunda. Por eso estos días he estado pensando si no sería lo más correcto dar la matraca en la medida de mis posibilidades denunciando la falacia de la realidad diferencial, una falacia que a fuerza de repetirla durante treinta años en las escuelas, a fuerza de ser cacareada por semianalfabetos como el Sr. Montilla o el Presidente del Gobierno, ha acabado convirtiéndose en moneda común. Esta falacia asegura que solo las mal llamadas comunidades históricas gozan de un hecho diferencial, y por tanto tienen derecho a unos privilegios a los que el resto de las regiones deben renunciar.

Ahora, ¿es real el peligro de que Cataluña se independice durante los años de vida de los que ahora estamos en el mundo? Yo creo que no, y que por eso hasta es contraproducente el dar cancha a un tipo de pensamiento exclusivista que no lo merece: incluso en el momento de más euforia separatista los que apoyaban la secesión no rozaron ni a una tercera parte del censo del Principado. Los dirigentes de CiU, zorros viejos del chalaneo, han dejado hoy claro que sí, pero no y que ya veremos, porque ya se sabe y que in questo mondo, signorina, il quadro non è tondo...

Poco habría leído uno de Cataluña si no supiera de la naturaleza pragmática de su gente, un pragmatismo que estoy convencido que, a pesar de unos cuantos exaltados, que harían bien en digerir algo a los clásicos, mantendrá a esa región nuestra al margen de cualquier aventura milenarista.

En fin, que ésta es la última ocasión que trataré del tema y que a partir de ahora no pienso entrar ni una vez más al trapo: a los nacionalistas que les sirva de sparring de su frustración otro. Y que lean un poco a Gracián, leche; la vida es demasiado corta para perderla en chorradas adolescentes.


2 comentarios:

  1. Dicen algo así: la merda en la montanaya fa pudor sí la remenas con un basto. Si, desde luego que lo mejor es no remover la mierda que cosas más entretenidas hay por ahí.

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  2. Perfectamente de acuerdo: más entretenidas y más saludables.

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