jueves, 1 de noviembre de 2007

A propósito de cinco poemas de La cifra. Borges y Japón I.

Decía Marguerite Yourcenar que el tiempo y el azar eran los más perfectos escultores. Debemos sin duda al segundo el hecho de que en la última década de su vida Jorge Luis Borges tuviera un interés especial y una relación estrecha con Japón. Un fruto de esa relación es posible que sea la pasión creciente en nuestro país por la obra del genial autor argentino (el presidente de la Asociación de Estudios Borgeanos de Japón, el Prof. Noda, es un querido colega mío en la U. de Waseda). Gracias a Delia Ingenieros y a su biografía laureada del autor de Ficciones conocemos ciertos detalles de su vida íntima que, de otro modo, habrían quedado olvidados. Por cierto, a pesar de esto -a lo mejor hasta por ello- y en contra de los hábitos de este blog, no recomendaré en absoluto la lectura del libro. Piadosamente silencio las razones. Ingenieros nos cuenta que a finales de los años sesenta, creo recordar, Borges, ya casi ciego, necesitaba emprender un viaje a algún lugar remoto. A sus sobrinos, los acompañantes habituales del escritor, les resultaba imposible aceptar el compromiso, así que, como último recurso, se optó por encargar la labor de lazarillo a una joven y -aparentemente- tímida María Kodama. Para sorpresa de todos los que, ante la supuesta impericia para cualquier asunto práctico de María habían intuido el desastre, el viaje resultó un éxito; ella se ocupó con habilidad del confort de Borges en el viaje y se decidió en el futuro encomendar a la casi invisible señorita de origen japonés misiones similares. A partir de aquel momento María Kodama se convirtió en la sombra fiel del escritor, poco a poco fue ganando terreno en su vida personal hasta que, pocas fechas antes de morir el anciano, sellaran su relación oficialmente con la firma de un certificado de matrimonio, extrañamente no en la Argentina natal de ambos, sino en el vecino Paraguay.

Lo que sabemos de la historia íntima de la relación de esta singular pareja es bien poco. La especulación -siempre morbosa cuando se trata de dos personas con una diferencia tan grande en la edad- mucha. Por la forma aparentemente draconiana con la que ella administra el legado literario de Borges deducimos que se trata de una mujer de carácter férreo, casi inflexible. Lo que nos cuenta Delia Ingenieros de los comienzos de aquella relación nos inclina a pensar que esa naturaleza interior de María, que años después habría de emerger, quedaba velada por una característica muy propia de las mujeres japonesas: el ser capaces de aparentar un desvalimiento muy lejano al de su auténtica naturaleza. En el Japón tradicional diferente es lo que las cosas son, el honne, y lo que aparentan, el tatemae. En el caso de las mujeres la fachada al exterior ha de ser espejo de una simplicidad casi infantil, a ser posible cercana incluso a la estupidez. Esa imagen, claro, de ningún modo se refleja en la realidad interior de la fémina. Yendo aún más lejos: la jovencita japonesa, como recién horneada en las tahonas de Disneylandia, cuanto de más dulce, tímida, desvalida y opaca apariencia se muestre, por dentro esconderá una realidad más inteligente, calculadora y brillante.

En la Universidad de Shenshū, hará de esto una década, me encontraba una vez a la semana con una alumna que ponía a prueba los límites de mi paciencia: llegué a pensar que se trataba de un caso incurable de estupidez motivado por excesiva exposición a los programas de telebasura que proliferan en cualquier lugar del mundo desarrollado. Esta pobre chica parecía el estereotipo de la joven tonta que airean las cadenas comerciales a cualquier hora. Un buen día al acabar la clase, cuando acabé de borrar la pizarra, vi que quedaban sólo dos estudiantes en el aula: la tontita en cuestión y un compañero de ella al que aparentemente estaba explicando algún punto de la gramática del inglés. Yo, un poco sarcásticamente -me duele ahora el reconocerlo- en el mismo idioma le pregunté: "Sabes algo de inglés". Con un perfecto acento californiano, me respondió: "He vivido en América siete años". En la media hora que siguió, gracias a mi conversación con ella, creo que aprendí más de la sociedad del Japón que en el lustro aproximado que llevaba viviendo por aquí. La chica era una recién regresada a esta cultura donde uno de los refranes más conocidos es: "Al clavo que sobresale se le machaca". Por contra de lo que yo había pensado se trataba de una joven con una inteligencia realmente notable, y todo ese poder intelectual lo estaba malbaratando sólo para conseguir ser aceptada por un grupo que, estúpidamente, valoraba, sobre todo, la homogeneidad. Esta chica, adoptando las formas de hablar idióticas de sus pares, la misma indumentaria clónica y simulando una incapacidad para aprender lenguas extranjeras que de ningún modo sufría, seguramente estaba consiguiendo verse aceptada.

Para no dar una impresión equívoca a la gente que no ha vivido en este país diré que, en la última década las cosas han ido cambiando, y me imagino que lo seguirán haciendo, y a marchas forzadas: hoy en día "unique", que era una palabra con un estatus un poco ambiguo en el idioma japonés, va tomando un matiz francamente respetable. Entre los jóvenes existe cada vez más una tendencia a diferenciarse, a buscar su camino y a no aceptar las rutas trilladas. Ejemplo claro de ello es el que cada vez más las nuevas generaciones opten por la escandalosa vía -para los políticos televiseros, por lo menos- del niito, el muchacho que no busca la seguridad del trabajo de por vida en la empresa, sino que va tirando con chapuzas temporales, vuelve a estudiar a veces, viaja, se dedica a las artes, en fin, busca su ruta personal al margen de ese -perdón por la franqueza- suicidio en vida, camino de muertos vivientes, que supone la aceptación de la disciplina de la empresa media de este país. Las cosas están cambiando, sí. Como no soy sociólogo, no ando al tanto de investigaciones serias con respecto a la deriva de la sociedad nipona, no viajo demasiado, ni tampoco hablo con mucha gente, no puedo hacer una valoración de cuánto irá calando esa tendencia anti-uniformadora que veo en el ámbito de mi universidad. No obstante cuando salgo a la calle y miro la masa oscura de los autos que circulan por las calles me da por pensar que ese afán de ser diferente, de impactar, de distinguirse, no debe de andar muy extendido. Pero vete tú a saber qué hay debajo de esa cortina de tatemae, que fluye detrás de las gamas ocres de las pinturas de los coches.

4 comentarios:

  1. He leído la biografía de Borges y me parece muy buena. ̃No entiendo por qué no los recomiendas. Si no lo haces por lo menos deberías dar razones, me parece a mí.

    Paco Rodríguez

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  2. No creo que las japonesas solas sean tan hipócritas. Yo tuve una novia q parecía la prima de Dracula. Nunca me dijo la verdad hasta el dia q me dio la patada, Era catlana

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  3. y al final queria casarse conmigo. De buena me libre

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  4. Pues no tiene quien le diga ahi te pudras

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