viernes, 2 de noviembre de 2007

A propósito de cinco poemas de La cifra. Borges y Japón II.

Gracias a ese interés, motivado por la relación del escritor con María Kodama, Borges, acompañado por ella, visitó Japón en septiembre de 1978. Fruto del viaje son cinco poemas publicados en el libro La cifra: "El go", "Shinto", "El forastero", "Diecisiete haiku" y "Nihon". Aunque sea universalmente conocido por sus relatos, durante su larga vida cultivó continuamente el género poético. Al igual que otros grandes de las letras recordados sobre todo por sus obras en prosa, se consideró desde su juventud "un poeta que escribía también historias". A la hora de rastrear su mundo fantástico, la génesis de sus ficciones y sus referentes literarios e ideológicos la poesía de Borges es fundamental. Con todo, como atestiguan los poemas de los que tratamos, su obra en verso merece atención también por sus valores intrínsecos.

Estos cinco poemas, al final del libro, aparecen entre otros dos, que les sirven de marco: "A cierta isla", que los precede, y "La cifra", cerrando el volumen. Me detendré en "A cierta isla", una oda a Inglaterra, la nación por cuya literatura -especialmente la anglosajona- Borges sintió tanta pasión. El poema es una alabanza no a esa literatura, a la historia o filosofía de la nación insular, sino a los símbolos y a los objetos cotidianos. Al evocarnos Japón en los poemas siguientes Borges elegirá el mismo camino; pondrá en primer plano los elementos simbólicos y las realidades mínimas y no estridentes para crear el tono de sugerencias con el que nos pintará la nación insular del oriente. Esta realidad insular resaltada por el escritor servirá de referencia común a ambas culturas. Los atributos de la "delicada Inglaterra" aparecerán en paralelo a los de Japón. Con el siguiente verso: "un hombre que extraña (y que a nadie dice que extraña)/ el Oriente y las soledades glaciales" se nos introduce a otro extrañamiento del Oriente, el personal de Borges.

"Hoy, nueve de setiembre de 1978,/ tuve en la palma de la mano un pequeño disco", comienza la primera de las composiciones, "El go". Aparecen elementos del mundo particular previo de nuestro escritor: "juego astrológico", "ajedrez", "el tablero es un mapa del universo", "sus variaciones negras y blancas/ agotarán el tiempo.", "laberinto"; en resumen: el juego (en especial el ajedrez, que aparece en dos memorables poemas de su juventud), el mapa, el tiempo y el laberinto. En el pequeño disco que sostiene en la palma de la mano, en ese objeto minúsculo y sencillo, Borges funde las señas de identidad de su cosmos íntimo. Como en textos previos ("El poema de los dones", notablemente) agradece a los númenes no lo que posee, lo ya aprendido, no el acto del conocimiento en sí, sino la potencia de ese acto: el desconocimiento que implica el infinito, "un laberinto/ que nunca será mío".

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