lunes, 19 de noviembre de 2007

De Dionisio el dulce don

Eel horario laboral de la gente de la oficina va de nueve a cinco de la tarde. La jornada comienza y termina del mismo modo: con los altavoces del campus emitiendo a toda pastilla el himno de la Universidad, una melodía compuesta por el actual presidente del consejo de administración. La letra es obra de su padre, el fundador del centro. Para mí durante las tardes de los jueves de bastantes años ese sonsonete se convirtió en el preludio de mi “staff-class”, esa que comenzaba precisamente un cuarto de hora después. Los noventa minutos de la sesión –lo que duran todas las lecciones por aquí- eran una de mis delicias personales de la semana: hasta habría pagado dinero por encargarme de ella.

Asistían todos los años los mismos alumnos, profesores y oficinistas, gente adulta, con un gran interés por España, su idioma y por el aprendizaje de lenguas. A menudo en la encuesta de las clases normales, las de los veintañeros estudiantes, me escriben lindezas como ésta: “Profesor, si no le importa, explique menos etimología y más gramática, que por eso estamos aquí.” Para qué nos vamos a engañar: llevan razón. Pero a veces –como decía ayer- olvido que no es necesariamente universal mi entusiasmo por minucias como, verbigracia, que el kasutera (un dulce importado por los misioneros portugueses en el dieciséis) y Manchester tengan el mismo origen etimológico (el latino castrum). En fin, que en esa clase de “staff” podía no sólo dar rienda suelta a mi afición por la lingüística histórica, sino que incluso los estudiantes me aseteaban a preguntas sobre las relaciones de parentesco entre las lenguas de Europa, su común origen y el de préstamos léxicos. Si todos mis estudiantes eran auténticas joyas, el que se llevaba el premio gordo era el profesor Watanabe. Cuando he acabado de escribir lo anterior, lo de “premio gordo”, he dado un respingo y me ha venido el reflejo de borrar la frase inmediatamente. El motivo es que el profesor Watanabe, con su metro sesenta centímetros, deberá de pesar más de cien kilos. Si dejo la expresión de arriba sin más no es por crueldad, sino todo lo contrario: él era el primero que en la clase hacía chistes acerca su condición de “hombre grande”: me parece que sería algo ridículo el censurar un desliz mío con el que el interesado se partiría de risa.

Este catedrático, especialista en Historia del Pensamiento Económico Mundial, hoy ya retirado, es una de las personas de trato más agradable que yo haya conocido: simpático, cariñoso, un auténtico pedazo de pan. Según me ha contado él mismo se ha convertido en profesor emérito de una universidad de escasos recursos en algún confín perdido del remoto noreste de China. En agradecimiento a su labor el edificio central del campus de ese centro lleva su nombre, “Biblioteca Watanabe.” 

Este entrañable historiador de la economía cuenta con amigos en casi todos los rincones del mundo. Durante sus años universitarios había disfrutado de una beca larga en una universidad de Holanda (creo que era Leiden, pero no estoy muy seguro) y de allí venía este episodio que voy a contar. Un buen día una pareja de amigos le invitaron a una velada en la casa de ambos. Al llegar, los anfitriones le recibieron y mientras que el esposo le servía la bebida, la señora marchaba a la cocina a preparar la cena. El profesor Watanabe, como buen japonés, cuando terminó su trago, a pesar de no haber saciado todavía su sed, permaneció con su vaso vacío sin atreverse a pedir más al dueño de la casa. Al regreso a la suya contó el suceso a una persona de su confianza: “Oye, no me han ofrecido más que la primera cerveza.” “¿Y tú por qué no has dicho nada?” “¿Pero, cómo? Es cosa de ellos preguntar al invitado.” “No en Holanda. Nosotros lo vemos así: con los amigos hay confianza y no existe la necesidad de agobiarlos: si quieren beber más, lo piden y ya está. Si no lo hacen, será que no tienen sed.”

A pesar de esta anécdota no se crea que era una persona muy aficionada a la bebida: las veces que, al acabar el curso, terminábamos en la nomiya de rigor nunca le vi probar más de una jarrita del espumoso y rubio líquido monacal. Supongo que, como persona inteligente y moderada que es –durante las vacaciones de verano se convertía en estudiante de una universidad budista- conocía sus límites. Aunque exitirán diferencias grandes entre individuos, según parece la tolerancia al alcohol de los japoneses es menor que la de los occidentales. Dicen que se debe a la falta en su sistema digestivo de cierta enzima que acelera el metabolismo de esta substancia, y que por eso, a causa de la mayor concentración de alcohol en el riego sanguíneo, el rostro se les enrojece cuando consumen demasiado material espiritoso.

Si bien no me he encontrado todavía con ningún japonés violento a causa de la euforia que produce el alpistillo, sí puedo decir que conozco varios sucesos curiosos, de oídas, claro, pero, sobre todo, por haberlos vivido como protagonista. De los primeros elegiré para referir aquí el que me contó cuando lo conocí un graciosísimo y entrañable colega brasileño que hace mucho que no veo, Miguel, quien, junto a un compañero suyo, auxilió cierta noche en las cercanías de la estación de Shinjuku a un “salaryman” bastante pasado de trago. Según parece, cuando la víctima de la intoxicación alcohólica gracias a la ayuda de estos muchachotes subía al taxi, se quitó su Rolex de la muñeca y se lo entregó a ellos en recompensa por la buena acción. Ni que decir tiene que rechazaron el regalo. No sé si el reloj sería auténtico: Miguel aseguraba que sí y yo no tengo motivos para dudar de su palabra; entre otras cosas porque de oro él sabe más que yo: no en vano precisamente de ese metal era la medalla que le dieron en la olimpiada de Seúl. Más que por otra cosa, para que nadie se quede con la duda añadiré que entonces no se le ocurrió decir que no.

Como en todos los lugares del planeta, el alcohol también en Japón es un elemento importante en la vida social de las gentes. Aunque recientemente se ha iniciado la producción de morapio con uvas nacionales todavía la mayor parte de los caldos que se consumen interiormente proceden del extranjero. El vino francés es la estrella; no obstante, a causa de sus precios, el californiano, el australiano y el chileno gozan de mucha popularidad. En bastantes supermercados es posible encontrar los españoles, fundamentalmente Torres “Sangre de Toro” y algún rioja de calidad media. En las tiendas especializadas de Tokyo la variedad no es problema, pero sí lo es el precio.

Contaba hace unos días cómo el sacerdote del santuario shinto en el que celebramos la fiesta del “shichi-go-san” de mi hijo nos había aconsejado no tomar el sake servido al fin de la ceremonia en caso de que alguno de nosotros tuviera que conducir después. Los japoneses están muy concienciados de los peligros de la bebida al volante. Con todo, y como en cualquier otro lugar de la tierra –a excepción de Arabia Saudí, probablemente- los accidentes por este motivo no son pocos. De cualquier modo, y por lo que veo, es posible que como causa de muerte el suicidio presente en las estadísticas un índice cercano. Casi todos los días, cuando subo al tren, en la pantalla que hay en nuestra estación se nos avisa de retrasos en tal o cual línea a causa de lo que se denomina eufemísticamente en la jerga ferroviaria “jinshin jiko”, o sea literalmente, “accidente de cuerpo humano” (por contraste con el provocado exclusivamente por el mal estado de los raíles o del funcionamiento de las máquinas). Aunque, como digo, se trata de un fenómeno casi cotidiano, no puedo por menos de sentir una y otra vez idéntica tristeza cuando leo la frase en las letras rojas que corren sobre el fondo negro de ese monitor alargado; siempre se me pinta en la imaginación con los mismos tintes tenebrosos la anónima tragedia del hombre –apenas son mujeres- que no encuentra otra salida a su dolor vital que el de terminar con su existencia y que lo hace de una forma sin duda tan horrenda. Mi hijo, siendo un fanático trenero, insiste siempre en que, para ver las maniobras del conductor, de las que no pierde ripio, viajemos en el vagón de cabeza. Esta inocente costumbre de mi pequeñajo me produce desazón: es que algún amigo me ha contado la horripilante experiencia que supone el ir en ese primer vagón del comboy y sentir el golpe seco, el frenazo consiguiente y la media hora de fría espera hasta que las fuerzas del orden, el forense y los camilleros llegan y levantan el cadáver. Creo haber leído en la prensa que estos procedimientos cada vez se van agilizando –cosa de todos los días, como digo- y que ahora ya el asunto entero dura solamente quince o veinte minutos. No deja de ser desasosegante el tratamiento burocrático que inevitablemente tienen en nuestro mundo urbano estas tragedias.

Un día, cuando el sol ya se había puesto, daba mi paseo cotidiano por un camino paralelo a las vías de la línea de Odakyu, la que pasa justo al lado de mi casa. Vi con sorpresa a pocos metros delante de mí a un hombre que lentamente, como dudando si hacerlo o no, intentaba saltar por encima de la verja de hierro de más o menos metro y medio que separa el trazado del ferrocarril del de la calle. Al llegar a su altura le miré y supuse que sus torpes movimientos se debían a algún problema de salud, quizá depresivo, que le atenazaba las articulaciones. Sin pensarlo mucho me dirigí a él y le interpelé: “Lo que está haciendo usted es peligroso”. El hombre me miró sin contestarme. En aquel momento, observé con horror que un tren salía de la estación y se acercaba a toda velocidad a donde estábamos. Pasó inmediatamente por mi cabeza la imagen de este hombre arrojándose delante de mí bajo las ruedas y siendo destrozado en mi presencia. Le así con todas mis fuerzas por la cintura, sentí pasar los vagones y respiré un segundo. En aquel momento el fulano me miró y con aquella mirada lo comprendí todo: “No se preocupe, yo no me quiero suicidar: ‘short-cut, short-cut,’ -con la mano señalaba el otro lado- ¿me entiende?“ Perfectamente: no era más que un borracho que salía del “Doppo,” el afamado tugurio de la esquina, y no queriendo molestarse en caminar doscientos metros hasta el paso a nivel cruzaba por lo sano. “¿De qué parte del Sudeste de Asia es usted?” me preguntó. Estaba perfecta e irremediablemente cocido. Con un cabreo inevitable contra mí mismo no contesté y seguí a trancos firmes y rabiosos mi paseo. Cuando miré para atrás pude ver, ahora ya sin inmutarme, que un tren procedente de la dirección contraria de aquella a la que miraba el individuo había evitado el laminarlo por una mera fracción de segundo. Verdaderamente que los hay con suerte…

4 comentarios:

  1. Que toman los japoneses en el bar ese de la esquina?

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  2. A ti lo que te gusta es la priba. No lo puedes disimular.

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  3. La bebida es sobre todo cerveza, aunque también toman sake, frío y caliente. Otros licores, como whisky (el japonés es de primera calidad) se pueden encontrar, pero son menos populares

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  4. Se me olvidaba. Bueno, la bebida no es que me disguste. Sobre todo tomo whisky (japonés) y cerveza (alemana). La japonesa también la bebo, pero me gusta más la europea. De todas maneras hay hasta meses que me paso sin beber nada

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