lunes, 14 de junio de 2010

Había una vez un circo

Hola, Jacobo:

¿Qué tal andamos? Por aquí mejor de lo que pensaba.

Perdona que te escriba a ti y no lo haga a éstos: me da como que no van a hacerme mucho caso. Oye, ¿podrías decirles tú que me dejen la cosa como estaba? La verdad es que me hacía mucha ilusión la anterior sentencia. Una vez uno de éstos me llamó "bufón": como ellos no entran en la categoría, seguro que no me entienden. En fin, cuando se vean como yo, comprenderán la ilu que produce el que
gente grave, importante, atareada en trabajos profundos, se ocupe de ti y te trate como uno más.

Bueno, Jacobo, majo. Un abrazo. A ver si nos vemos pronto (o mejor no).


Pepe.

5 comentarios:

  1. Este pobre hombre era un caso muy caracteristico de lo que se suele ver en sitios en los que se hace de la integración en una determinada idea de la patria la sal de la vida. Necesitaba ser más catalán que Prat de la Riva, Pujol y toda la purria nacional socialista. Por cierto que otro Pujol, uno que se decía filosofo, fue el que predijo que en el futuro los catalanes iban a estar tan maravillosamente considerados en el mundo que iba a ser mejor ser catalán que millonario. Por lo demás, el tal Rubianes, era una de las víctimas más notorias del cartel de Cali. Le vi varias veces en la tele catalana haciendo velada apología de su addición. Y desde luego que se le notaba, vive Dios.

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  2. Sí, era un auténtico bufón, como un juez bastante lúcido le definió.

    No entiendo dos cosas:

    1. Cómo gente que no lo debería ser se lo tomó en serio (cuando como tú dices, evidentemente no había por dónde cogerlo).

    2. Por qué no le dejaron tranquilo después de muerto: ¿No tienen los titulares de los juzgados labores más urgentes a las que atender? Dos sentencias para un solo muerto parecen excesivas. Mr. G habría pedido por lo menos el certificado de defunción de antemano...

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  3. El gran Rubianes todavía haciendo bromas... ¡desde el otro lado! Qué tipo.
    A mí me gustaba mucho su pecualiar manera de combinar el castellano y el catalán. En eso era único. También en su habla rastrera y juramentosa, que tenía un punto de irracionalidad saludable, como una bocanada de aire fresco en el ambiente estanco de lo políticamente correcto. Cuando aparecía en la tele iba corriendo a verlo: disfrutaba siempre de sus excesos. Fui incluso a aplaudirlo al teatro y me desternillé de risa. Pero sus opiniones políticas no pasaban de los cuatro tópicos habituales entre los viejos progresistas. Políticamente vivía instalado en la autocomplaciente resistencia tardofranquista, como tantos otros. Que Dios lo acoja en su seno (el cielo sería más divertido).

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  4. Hay que reconocer que cuando hizo de Maky Navaja lo bordó. Una de entre las mejores series televisivas que se hicieron en España, a mi juicio.

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  5. A ver, muchachos:

    La ley es la ley y uno no se puede librar de ella tan fácilmente, ni escondiéndose, ni marchándose del país, ni metiéndose en un agujero de dos metros, faltaría más.

    Además, no juzgar a Rubianes se consideraría una acción anticonstitucional. ¿Se puede discriminar a alguien por una circunstancia tan baladí como la de haberse muerto? Ni mucho menos: hay que tratar a todo el mundo por igual. Lo dice la Constitución. No se puede hacer distinciones con nadie ni por activa ni por pasiva, ni por raza, ni religión, ni creencia ni estado. El estado de muerto ha de tener los mismos derechos que el de vivo. Para eso tenemos al Ministerio de Igualdad.

    Voy a escribir ahora mismo a mi amiga Viviana para que se ocupe de ello. ¡Que vivan los muertos!

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