miércoles, 23 de junio de 2010

La barbarie de los justos

En Estados Unidos han fusilado a un infeliz. Esta ejecución ha producido extrañamente más rechazo que aquellas del "humanitario" método de la inyección letal que es, no obstante, el más cruel que la humanidad haya ideado. Uno puede imaginarse la angustia que sentirá el reo los veinte minutos aproximados que dura el sufrimiento. Se le inyecta una dosis de paralizante con el exclusivo fin de evitar a los testigos un espectáculo de espasmos que hasta al más antiabolicionista produciría serias dudas. El protocolo del asesinato de estado se desarrolla para evitar rechazo por la más repugnante de las penas, convirtiéndolo, paradógicamente, en una tortura digna de refinado sado-nazista.

El país en el que vivo presenta la situación más triste del mundo democrático. Un condenado hasta durante varias décadas no es más que un muerto en vida a quien no se le permite apenas la conversación, se le limita el ejercicio, la higiene, se confina en un mínimo cubículo y, para colmo de crueldad, sólo se le informa de la ejecución unas horas antes de llevarse a cabo. Ésta se deja al capricho del Ministro de Justicia: cierto budista convencido promovió una moratoria, mientras que otro llevó a cabo varias tras la publicación de un artículo donde se señalaba como un síntoma en el camino a su extinción el que en todo un año natural no hubiera habido ejecuciones. Se ha terminado con la vida de individuos de estado mental retardado o hasta con problemas muy serios de salud síquica.

Japón es un país extraordinario en bastantes aspectos: con suelo cultivable escaso, carente de recursos minerales y plagado de desastres, ha sabido crear una sociedad en la que la mayoría de sus ciudadanos viven en un estado de igualdad relativa. Es digno de emulación el amor de su ciudadanía por el conocimiento, la música y las artes. Un país tan admirable no puede permitirse el anacronismo de mantener -con el apoyo de una mayoría de la población- un rito salvaje y atroz que le acerca más a la caverna que al mundo de la razón al que, por méritos sobrados, digno es de pertenencia.


3 comentarios:

  1. De todos modos nuestra sociedad está llena de contradiciones, paises muy desarrollados culturalmente no dudan en ejecutar a individuos considerados antisociales de forma mas o menos cruel,someten al cincuenta por ciento de la población de forma mas o menos sutil, desatienden a miserables que llaman a sus puertas pidiendo ayuda de forma mas o menos legal.
    Por supuesto que me alegraría muchísimo que se consiguiera la abolición de la pena de muerte, pero que me dices de las guerras, no es una crueldad que a pobres civiles que solo pretenden pasar por la vida sin demasiadas angustias vivan los horrores de las guerras porque lo deciden los mandatarios de otros países o de sus propios países. Quede claro que no hay otra cosa en la historia reciente de la humanidad que me emocione mas que el desembarco de Normandía.

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  2. Desde luego que da escalofríos. Esas ejecuciones en serie que se ven en China. O aquellas que se relatan en "El volador de cometas". Aprovechando el descanso de un partido de futbol. Las variedades son infinitas y a cual más cruel. En Tácito se lee: "... lo pagaba luego con la vida; remedio que calificó la experiencia por más saludable y mejor que la piedad y misericordia." Bueno, de Tácito acá la experiencia demuestra que no hay forma de parar ni el mal ni la disidencia sea cual sea el castigo. Parece demostrado de sobra y sim embargo a la gente parece que le calma los nervios sacrificar vidas humanas. Como si fuera una justicia divina.

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  3. Las guerras y las penas de muerte son dos caras de la misma moneda, como es lógico: la violencia del estado, la violencia de una sociedad contra un individuo, contra otras sociedades o contra ella misma (en el caso de las civiles). En principio parece que es cosa relacionada con el territorio -individual o colectivo- es posible que sea una pulsión que esté dentro de nuestros genes (ya veis las investigaciones que se publicaron ayer sobre la violencia de los primates).

    ¿Podremos acabar con ellas? Vete tú a saber, pero de cualquier modo nadie puede negar que hemos mejorado. Hoy por hoy nadie podría proponer el reimplantar la pena de muerte en Francia, por ejemplo, a pesar de que hace treinta años más o menos, cuando se terminó con ella creo recordar que fue una decisión del Presidente de la República y que había una parte sustancial de la nación que estaba a favor de mantenerla. Inglaterra también ha tenido una tradición terrible de su aplicación hasta los años setenta. Hoy un político que la defendiera tendría que irse a casa.

    Supongo que habréis visto Queridísimos verdugos del gran Patino. Ahí se aborda el asunto de una forma muy profunda y al mismo tiempo amena (?). Creo que mejor que leer veinte tratados es ver esa peli.

    De Tácito no voy a hablar: pocos placeres hay más grandes que leerlo. Alguien que lo haga en profundidad, meditando toda su sabiduría, no puede volver a ser el mismo.

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