lunes, 7 de junio de 2010

Torre homérica, ligero caballo, armada reina...

Tenía yo seis años cuando descubrí el ajedrez. Los niños se juntaban los días de lluvia en el salón del cole para practicarlo y, preguntando, aprendí sus reglas. Nunca he llegado a dominar las aperturas: me pierdo en la maraña. Competí de los dieciséis a los veinte años: una vez o dos logré ser el penúltimo de tercera división. Lo dejé, en el fondo sin dejarlo; mis estimulantes: un buen café, un sofá, una lámpara, el rincón tranquilo y un libro de finales.

Esta semana he enseñado a mi hijo los rudimentos del juego. Han pasado sólo unos días y ya entiende la teoría básica, qué pieza defiende a cuál y esas cosas. Le regalé las mías, balinesas, acompañadas del tablero, fina madera tallada a mano, y el mostruoso manual de László Polgár: 5333 problemas + 1. Me preguntó con cara de incredulidad, mezclada con asombro: "¿De verdad son para mí?"

Por mañana he encontrado el libro en la sala, abierto por la primera de sus mil y pico páginas: ha estado trabajando los estudios nuevos o repasando los que ya le había explicado. Quizá yo sea un insensato, pero pocas cosas me han hecho tan feliz como este pequeño éxito de haber trasmitido a mi chiqui la mínima pasión por un "severo ámbito en que se odian dos colores."


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